SEGUNDO PADRE Mis padres eran maravillosos. Cariñosos y preocupados por su único hijo que crecía lleno de salud y vitalidad. Tal vez el hecho de que fuera hijo único, o por su forma de ser y de pensar me criaron muy consentido. Cuando cometía alguna travesura me explicaban con buenas palabras cómo debía comportarme y me hacían comprender que había actuado mal. No recuerdo que jamás me castigaran ni, mucho menos, me dieran algún azote. La verdad es que ese método pedagógico no funcionaba conmigo y me fui convirtiendo en un niño caprichoso y tremendamente travieso. Cuando tenía 8 años murió mi padre en un accidente. Mi madre, al principio, volcó todo su cariño en mí. Sus mimos eran cada vez mayores y yo crecía siendo un pequeño dictador y un gamberrillo de aupa. Dos años más tarde volvió a casarse. Julián , un viudo con dos hijos de 12 y 10 años, se convirtió en mi segundo padre. No piense nadie que era el típico padrastro de novela. Al contrario, es el ser más formidable que he conocido y hoy, a mis 41 años, aún lo llamó papá y siento que lo que soy se lo debo a él y, por supuesto, al cariño de mi madre. Al principio, para evitar problemas, mi madre se encargaba de mi educación y Julián de la de sus dos hijos, Mariano y Jorge. Desde muy pronto observé que era mucho más severo que mi madre, que ponía muchas reglas que sus hijos, casi siempre, cumplían a la perfección. Cuando desobedecían o cometían alguna travesura, le reñía con fuerza y si la falta era grave, se encerraba con ellos en su habitación y yo no sabía qué pasaba en esos momentos. Mis hermanos, para mí lo son, eran educados, obedientes y magníficos estudiantes. Todo lo contrario a mí. Al principio me pareció un rollo dejar de ser hijo único, pero pronto comprendí que era más divertido ser tres y comenzamos a llevarnos fabulosamente. Yo seguía comportándome mal y mi madre continuaba con sus métodos suaves y comprensivos. Julián le decía a mi madre que me estaba malcriando, que me iba de sus manos y que dentro de poco ya no me podría enderezar, pero se negaba a tomar cartas en el asunto. TODO CAMBIA Pero un día, para mi suerte, todo cambió en mi educación. Fue una tarde de verano. Teníamos la obligación de dormir la siesta o, por lo menos, permanecer en nuestra habitación, dormíamos los tres juntos, hasta las 5 y media de la tarde. A partir de esa hora podíamos ir al río a bañarnos ya que antes estábamos en digestión. La hora de la siesta era la hora del silencio mientras los mayores dormían. Aquella tarde mi madre estaba trabajando y solo estaba en casa Julián. Yo hice la propuesta. Mientras dormía Julián podríamos escaparnos y marcharnos al río a nadar. A las 5 volvíamos y nos metíamos en la cama y no se enteraría de nada. Al principio mis hermanos se negaron, temían ser descubiertos pero fui lo bastante convincente. Nos escapamos sin hacer ruido y nos fuimos al río. Todo iba a salir maravillosamente. Pero no contábamos con una llamada telefónica inesperada que despertó a Julián de su siesta. Extrañado de que no hubiéramos cogido el teléfono fue a nuestra habitación Y descubrió que no estábamos. Estábamos bañándonos cuando apareció. Nos ordenó que saliéramos inmediatamente del agua y que nos fuéramos corriendo a la casa y lo esperáramos en nuestra habitación. Salimos volando, aunque yo no entendía la cara de pánico de mis hermanos. Cuando llegó Julián al cuarto todavía estábamos en bañador y secándonos el pelo. Estaba muy enfadado, pero no gritaba. Nos decía que habíamos desobedecido y que nos habíamos puesto en peligro al bañarnos en digestión y que eran dos cosas muy graves. Se dirigió a sus hijos y les dijo que lo sentía mucho pero que tenían que castigarlos severamente y a mí me advirtió que ya hablaría con mi madre. Me sorprendí de veras cuando vi que comenzaba a quitarse el cinturón. Mariano, colócate, dijo. Mariano se puso con las manos apoyadas en los pies de la cama, lo que hacía que tuviera el culo hacia fuera. Se veía que no era la primera vez. Con fuerza, pero sin violencia, le dio 10 azotes en el culo. Mariano, al tercero o cuarto comenzó a llorar, pero sin gritar. Cuando terminó le ordenó que se acostara. Lógicamente lo hizo boca abajo. Sin que su padre dijera nada, Jorge se colocó igual que su hermano y recibió idéntico castigo. Yo lo había contemplado en silencio y un poco asustado, pero sabía que mi madre no sería tan severa.. Cuando terminó con Jorge, este que estaba llorando a mares, dijo que es verdad que se lo habían merecido, pero que no era justo que yo, que lo había organizado todo me iba a quedar sin castigo porque mi madre era muy blanda. Julián contestó que eso a él no le importaba. Pero yo, sorprendentemente, dije casi llorando de miedo, que tenía razón, que yo era el culpable y que si él me quería como a un hijo debía tratarme como si lo fuera. Mi padre, prefiero llamarlo así, me abrazó con cariño. Pues si piensas así, me dijo, ya sabes como debes colocarte. Así lo hice. Él descargó su cinturón 10 veces seguidas sobre mi bañador aun mojado. ¡Cómo picaba! Yo creí que había acabado cuando lo escuché decir: “Y este último por haber sido tuya la idea”. Y me dio un último correazo. A partir de ese día las cosas cambiaron en m educación. Mi madre cedió la disciplina a mi segundo padre y comprendí que es lo que pasaba cuando mi padre se encerraba con mis hermanos en su habitación. Allí recibí muchas azotainas y de diferentes formas, según la gravedad. Eso duró hasta los 15 años y en ese tiempo mi cambio fue radical. Me convertí en un chico obediente, respetuoso y buen estudiante