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l vehículo Nº III tenía algo que a Mandetta le estaba empezando a resultar familiar, aunque no por ello menos molesto. Quizá fuera que el vehículo Nº 3 era uno de esos lugares que: a) tenían el suelo recubierto de paja, y b) olían mal.
Pero también había algo que irritaba soberanamente[1] a Mandetta, y era que en el vehículo Nº III estaba representado lo más bajo de la sociedad, desde hombres con extrañas mutilaciones en la cara hasta futuros participantes de Operación Triunfo, y todos y cada uno de los integrantes contrubuían humildemente a engrandecer el mal olor que reinaba en el habitáculo.
– ¡Qué vehículo máz raro! – dijo una de las compañeras de viaje de Mandetta, que se hallaba sentada a su lado. Ésta tenía el pelo enmarañado la cara tiznada de hollín–. Empiezo a creer que ezto no ez un autobúz.
Mandetta, sabedora de que contestara o no, aquella individua continuaría soltándole el rollo, decidió que sería mejor no darle más conversación.
– ¿Zabe? Aquí no ze puede hablar con nadie. Zon muy azocialez. Zin embargo, yo zoy de ezaz perzonaz que bázicamente no pueden vivir zin la comunicación. Llevo doz zemanaz aquí y me eztaba volviendo loca de eztar tanto tiempo zin poder entablar una converzación.
– Qué bien– respondió lacónicamente Mandetta.
– Corre el rumor por aquí de que noz llevan a Dhoe. Me hace iluzión ir allí, porque azí podré acudir al XVII Mercado Internacional de Ezclavoz... Ziempre he querido tener uno para mí zola.
– ¿Esclavos? – replicó Mandetta.
– Zí, ezclavoz... Ezoz zerez que zon como perzonaz pero zon inferiorez, y trabajan y ezaz cozaz.
– Ya sé lo que son los esclavos. Soy una princesa.
– Zí, claro. Y yo zoy Dard Veider[2].
– Soy una princesa– instó Mandetta, indignada, al tiempo que sacaba su carnet del sindicato de princesitas.
– Oh, vaya.
– Bueno, será interesante pasearse un rato por el mercado de esclavos. Llevo mucho tiempo sin permitirme unas horas de ocio. Además, no he vuelto a ver a mis esclavos desde que les propuse aquello[3].
– Un hombre bajó del carro que encabezaba la caravana y anunció:
– ¡Próxima parada: Dhoe! ¡Próxima parada: Dhoe!
Los traficantes de esclavos estaban gratamente sorprendidos por el reciente descubrimiento de que hacerse pasar por un autobús mantenía tranquilos a muchos de los pasajeros, al tiempo que conseguía atraer esporádicamente a nuevos “clientes”. Por eso habían cogido un vehículo (el Nº III) y le habían puesto una barra horizontal por encima de la cabeza y una lucecita de “Parada Solicitada”.
– Ya debe faltar poco para llegar a Dhoe. ¡Eztoy impaciente!
– Tengo hambre– dijo Mandetta, a quien le había sabido a poco el buey que le habían dado para desayunar.
– ¿Creez que habrán ezclavoz negroz y muzculozoz? – preguntó MaryJoe[4].
– Eso espero– contestó ella.
– Por cierto... ¡Qué maleducada zoy! No me he prezentado... Me llamo MaryJoe[5].
– Yo soy Mandetta.
– Zí, ya lo zé. Lo vi cuando me enzeñazte tu carnet de princezita.
Tras varias horas de conversación insustancial, la caravana llegó a Dhoe. Había a la entrada un enorme cartel que decía “Bienvenidos al XVII Mercado Internacional de Esclavos de Dhoe”. Había un gran bullicio en la plaza central de la capital de la provincia.
– ¡Señor conductor! – gritó Mandetta–. ¿Será tan amable de abrir la puerta? Ya hemos llegado.
– Ezo, ábranoz que ya hemoz llegado.
Pero el conductor no contestó, y en su lugar se revolcaba por los suelos cual marrano en el fango, riéndose estentóreamente.
– ¡Oh, por Zan Zilvrztre de loz Bózquez! – exclamó MaryJoe–. ¡Creo que hemoz zido capturadaz!
– Eso no puede ser– replicó Mandetta–. Quizá no podamos abandonar el vehículo hasta concluir la visita turística a la capital...
– Ez verdá. Quizá zoy demaziado paranoica. ¡A lo mejor noz llevan a vizitar el Mercado Internacional de Ezclavoz...! – pero MaryJoe se rascó la cocorota en actitud pensativa (en la medida de lo pozible, digoooo... posible) –. ¡Ezpera! ¿No ez algo zozpechozo?
– Pues ahora que lo dices, empiezo a estar algo inquieta– repuso Mandetta mientras observaba cómo un hombre vestido de verdugo la miraba con ojos asesinos, agitando un látigo.
Segundos después, la caravana volvió a avanzar un trecho y luego a detenerse, y esta vez el conductor salió y se aproximó a la “zona de carga” del transporte, donde pronunció unas palabras:
– ¡Pasen y vean, señoras y señores! ¡El mejor cargamento de esclavos traídos de todos los rincones del mundo! ¡Maravíllense con las cualidades de nuestro género! ¡Fresco de hoy, oigaaaa!
Instantes después, varias decenas de personas se agolpaban alrededor del carro, levantaban las túnicas de los esclavos, les miraban los dientes, les medían el grosor de las uñas de los pies...
De repente, la gente comenzóa a apartarse, formando un hueco en cuyo centro se encontraba un hombre gordo, sudoroso y que iba ataviado con una camisa de color salmón, unos pantalones grises y unos tirantes en los que se podía leer “Perforaculum Per Secula Seculorum”. El susodicho personaje se dirigió al conductor de la caravana.
– Necesito 187 esclavos– dijo.
En ese mismo momento los ojos del mercader se iluminaron y éste respondió:
– ¡Perfecto! Justo aquí tengo un cargamento de 187 esclavos.
– Esto... señor... sólo tenemos 186– dijo uno de los aprendices de traficante de esclavos que trabajaba con ellos.
El mercader se giró súbitamente y propinó un puñetazo al aprendiz, que cayó en redondo.
– 187 y ese último con un pequeño descuento por los posibles desperfectos. ¿Puedo preguntarle el porqué de tamaña adquisición?
– Sí, puede– respondió el voluminoso comprador.
– ¿Cuál es el porqué de tamaña adquisición?
– Vamos a recibir la visita de la Familia Real de Pgolog al completo, y vamos a necesitar mucha mano de obra para la gran fiesta de bienvenida.
– Bueno, pues si no le importa, ahora voy a pedirle una serie de datos para la factura... Quiere factura, ¿no?
– Sí, por supuesto.
– Muy bien. ¿Nombre?
– Josemarr Iadean-Dresh.
– ¿Dirección?
– Castillo de Dhoe, s/n.
– ¿A quién debo cargar la factura? Supongo que no pagará usted de su bolsillo una compra tan importante– dijo sonriente el mercader.
– Casa Real de Dhoe, departamento de Recursos Humanos.
– Muy bien, señor Iadean-Dresh. Es un placer hacer negocios con gente como usted. ¿Ha traído su propio transporte o prefiere la entrega a domicilio?
– A domicilio, por favor.
– Muy bien, señor. Encantado de tenerle como cliente.
– Adiós.
La caravana volvió a arrancar.
– ¡Próxima parada, Castillo de Dhoe! – anunció por megafonía el conductor.
El castillo de Dhoe estaba situado estratégicamente en la cima de los Picos Rampantes, la montaña más alta de Dhoe, con sus dos picos gemelos. Dicho emplazamiento se debía a que desde allí arriba los miembros de la alta nobleza[6] podían organizar, dirigir y controlar mejor a sus súbditos, y además la ubicación elevada les ayudaba a sentirse superiores.
La caravana llegó a su destino. Allí se encontraba el procurador Josemarr Iadean-Dresh para formalizar la entrega del pedido. Tras el papeleo, un grupo de gente salió del castillo para hacerse cargo de los esclavos. El susodicho grupo llevaba una vestimenta muy peculiar: ropajes de cuero negro, con pinchos, muy ceñidos al cuerpo y un látigo.
– ¡Abran los carros! – gritó una voz femenina desde debajo de una de las máscaras de cuero.
Los esclavos comenzaron a bajar de los carros. Mientras tanto, los del látigo se pegaban latigazos entre ellos y emitían contínuos gemidos de placer.
Josemarr se encargó de acompañar a los esclavos hasta sus aposentos. Dichos aposentos consistían en una sala con el suelo recubierto de paja en la que se podrían meter, apretando mucho, cien personas. Mandetta gritaba desconsolada:
– ¡Esto es indigno! ¡Yo soy una delicada princesita! ¡Exijo una suite con mueble bar e hilo musical!
Los 186 esclavos restantes, ante los gritos de Mandetta que no les dejaban dormir, amenazaron con interpretar el Aserejé en su versión “Canon a 186 voces”, con lo que consiguieron dormir plácidamente hasta el día siguiente...
[1] Tal y como es propio en una princesa.
[2] Versión de Darth Vader chapurreado en spanglish.
[3] Los más afortunados encontraron algún utensilio que les permitiera una muerte rápida e indolora.
[4] NOTA: Algún avispado lector se preguntará por qué sé cómo se llama este personaje, si no se ha presentado. Bueno... por algo soy un narrador omnisciente.
[5] ¿Lo veis?
[6] La nobleza de Dhoe prefiere recibir el nombre de “Alta dirección” o “Dirección Estratégica”, en lugar del para ellos arcaísmo “nobleza”.