Reuniste todas tus noches de espera, en una sola y me la entregaste, envuelta en tus ojos llenos de melancolía y en tu voz nocturna que entraba en mi como tu noche. Nuestra energía acumulada, como las de las placas tectónicas del cordón de fuego de nuestra tierra, se liberó en ti y en mi y la locura de la energía se apoderó de nuestros cuerpos. Mi energía invadió tus ojos, la tuya envolvió mis manos. Entonces mis manos caminaron locas por tu cuerpo y tu cuerpo le entregaba la energía a mis manos, para que no se detuvieran. Cuantas horas juntos, para decirnos nada y todo, para sentir el temor de niña asomado a tu voz, que a veces también era de niña. Noche de encuentros, de energías tomadas desde la tierra y desde la distancia, que en ti dejo sabores agridulces y que en mi, se transformo en noche de estrellas desconocidas y misteriosas como tus ojos y como tu rostro. Te convertiste en noche, y caíste en mi como caen las noches generosas en mi desierto, llenas de estrellas tocadas con las manos y que entran en los ojos para permanecer en ellos, para alegrar aun más nuestras risas. Envolvedora de cuentos, y de palabras de terciopelo, tu voz se deslizó como se desliza la noche, con la suavidad de ella y con los misterios que sólo la noche lleva consigo.
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