Eres la flor que nació
en alturas solas,
solas de hombres y de tierra
y llena de vientos, soles
fríos y aguas.
Te descubrí hace algún tiempo
perdida entre los riscos gigantes
de las montañas.
Tu lecho fue construido de granos
con la paciencia del tiempo.
Un grano vino del mar y trajo
los secretos de él.
Otro vino del desierto y trajo
con él su silencio.
A otro lo trajo la lluvia
y llegó con las caricias de ella.
Un pájaro, quizás en sus alas
depositó también uno, el que
conocía la libertad.
Todos ellos atravesaron valles
cruzaron ríos, surcaron los mares
y con lo aprendido en su andar,
se ubicaron uno a uno formando
el lecho y te esperaron.
Tu semilla ya viajaba,
aprendiendo del arcoiris
para llenar de colores
tu nacimiento.
Llegaste traída
por un ave
y por el viento.
Además del sol
te alimentó la lluvia
y asomaste
y abriste tus pétalos
y los pintaste
con colores guardados.
Y desde lo alto ahora
descubrías el mundo,
se asomaron las estrellas
y fuiste amiga de ellas,
jugaste con la lluvia
y con el arcoiris.
Y a lo lejos encontraste el mar
y la cumbre de los volcanes
y más allá lejano,
te miré en tu altura
y tus pétalos crecieron
para encontrarme
y nos amamos.