LA MUSEOLOGIA Y EL DESARROLLO ECONOMICO SOCIAL

 

El siglo XXI nos encuentra aún desorientados. Heredera de culturas milenarias nuestra sociedad no ha podido evitar el mantenimiento de problemas pasados ni la emergencia de otros nuevos, tan graves como los pasados. Por ello el nuevo modelo de la economía global que no es totalmente nuevo, vuelve a poner de manifiesto la exclusión social del capital humano, la rigidez de los mercados laborales, la desaprensión por el cuidado del medio ambiente y el desconocimiento de los valores identitarios de las comunidades.

 

A través de estos siglos se ha comprobado que la historia y el progreso no son acumulativos, por ello hay que prestar

una mayor atención a la lectura del pasado, ya que la proyección de un futuro sociocultural para las naciones es hoy más que nunca una responsabilidad histórica y social compartida por todas las instituciones vinculadas con la sociedad. Sabemos que la economía se ha apropiado del modelo “global“ presentándose como un proceso que da cuenta de la intensificación de los flujos portadores, en espacio y en tiempo, de nuevas formas de pensamiento, de producción, de vinculación y de relación.

 

Este proceso avanza, sin que los países involucrados realicen y difundan adecuadamente los análisis sobre su naturaleza, causas o consecuencias y sin que se reformulen políticas para un desarrollo integral de la humanidad. Los estados, en general, han concentrado su accionar político en el manejo de la economía y de las finanzas, desatendiendo la implementación de políticas de resguardo en diversas esferas de la sociedad tales como la cultura, la educación y el medio ambiente. Por ello debemos considerar que no es sólo el desarrollo tecnológico-productivo el factor desencadenante de las nuevas prácticas socioculturales, sino que también existe una dimensión política, la de las decisiones, que incide en el vínculo que la sociedad establece con la cultura y con la calidad de vida en general.

 

Si en los años 80 la sociedad se volcó a ocupar la calle a través de los escenarios de la cultura, este fenómeno parece haberse clausurado en los 90 y es demasiado débil a fines del 20. Pareciera que las políticas culturales ya no constituyen un eslabón fuerte entre las planificaciones del futuro y el análisis de la realidad social.

 

Este descuido amenaza también infiltrarse en todas los ámbitos socioculturales, incluyendo los museos.  Nadie duda que fue y es tarea de los museos y de sus profesionales valorar el mantenimiento y la difusión del patrimonio histórico cultural y natural, cuya vigencia fortalece el desarrollo moral de las sociedades.

 

La museología, como formadora de agentes multiplicadores en la recuperación y difusión de una cultura integral, deberá preguntarse si realmente la globalización y las determinantes de su modelo económico podrán hacer volver atrás los resultados de una labor que mantiene aún en estado de alerta el largo proceso de construcción de las naciones, la matriz de origen de los pueblos, sus procesos de unificación, la constitución de las formas ideológicas y la construcción de singularidades que hicieron posible las diferencias entre unos y otros.

 

La perspectiva universalista de la globalización, utilizada como polo de análisis, es una visión inapropiada de la realidad. Y es tarea de los profesionales de museos, junto a otros agentes culturales, recuperar la visión adecuada.

 

Es evidente que la actualidad ha impuesto nuevas racionalidades que a menudo dejan de lado la preocupación acerca del desarrollo integral y de los estilos posibles de acceder al mismo. Pero, ¿Hay alguna otra opción? El sistema neoliberal se ha instalado y exige niveles de capacitación y de producción en constante superación y avances científicos y tecnológicos con los que estima que la sociedad contemporánea elaborará su transformación. Sin lugar a dudas, exigencias que demandarán a los agentes involucrados en los procesos socioculturales una permanente capacitación y una resistencia a todo riesgo.

 

Las estructuras de poder con las que nos enfrentamos actualmente son sumamente cerradas y vigorosas, sobre todo porque se encuentran sustentadas en resortes político-económicos ya consagrados institucionalmente. Pero estas estructuras no son de ningún modo indestructibles. Desde las instituciones vinculadas con un desarrollo cultural sostenible, hoy más que nunca es necesario volver a gestar nuevas y viejas formas microfísicas de poder, que posibiliten la acción transformadora.

 

Todavía las asociaciones de base tales como las cooperadoras, las asociaciones de amigos, las fundaciones, las juntas vecinales, los centros de profesionales, pueden llegar a consolidar una trama de poder mínimo para enfrentar las problemáticas generadas por los poderes máximos. Cada uno de nosotros, integrantes de alguna de ellas, debe asumir una vez más la impostergable responsabilidad de comprometernos a integrar esta trama del poder, capacitándonos para hacerlo. De este modo podrán gestarse nuevos espacios de diálogo y/o reivindicaciones parciales.

 

Los analistas del poder nos dicen que éste no se posee de una vez y para siempre, sino que circula

de unos a otros. Está claro que el tejido reticular que seestablece entre los sectores económicos y el poder político es mucho más cerrado que el que se establece dentro del ámbito de la educación y la cultura. Pero el aspecto verdaderamente liberador de esta concepción lleva a pensar que es necesario generar nuevas concentraciones de poder gestadas desde lo micro y que confluyan todas a enfrentar con decisión y coraje a las gestadas en lo macro.

 

El modelo de la economía global no es nuevo. Sus analistas más respetados y que más la respetan lo consideran como un instante de una modernidad “no acabada”.

 

No por ello debemos desatender sus efectos paralizantes en la esfera de la cultura.

 

Cualquiera sea su definición, el modelo ha generado opuestos muy marcados que hoy se manifiestan en minorías con solvencia económica y en mayorías sin recursos; en grupos con acceso a una capacitación permanente y en aquellos que no tienen acceso a la misma. Estas polarizaciones han originado una sociedad extremadamente tensionada. Se suma a ello el hecho de una reducción de la vida pública de las individuos, quienes dedican su tiempo libre al televisor.

 

Estas conductas, que generan distintos grados de incomunicación, afectan al desarrollo, a la preservación y a la transmisión de la cultura.

 

Las personas ya no recorren la ciudad, y por consecuencia son limitados los que concurren a los museos. Mayoritariamente van a los shoppings, lugares que ofrecen seguridad además de la posibilidad de adquirir lo que se precisa y lo que no se precisa a través de una atractiva cultura de la imagen. Estas nuevas formas de experimentar la ciudad muestran una transformación de la vida social y cultural y nuevas formas de relación entre lo público y lo privado que habrá que analizar, porque no atienden ni a la herencia patrimonial ni al intercambio social de los pueblos.

 

Este siglo, dónde hemos obtenido el poder que nos habilita para resolver muchos problemas enfrentados por la humanidad, ha aumentado por otro lado y de manera inaudita, el peligro de su abuso. Y este peligro es tan inminente que por primera vez en la historia, la supervivencia de la humanidad, de su calidad de vida y de su cultura podría estar en peligro. Por esta razón, la generación de espacios participativos de diálogo sociocultural es el requisito para convencer a los gestores de este modelo económico y político que lo más importante para una sociedad es el vivir en condiciones dignas para el hombre y por encima de los intereses de los grupos privilegiados.

 

Este proceso afectará cada campo de vida y exigirá el esfuerzo de todas las clases de talento humano. No sólo requerirá innovaciones técnicas y de empresa, sino también cambios en la esfera de las relaciones, en la esfera de la sociedad, de la política, del arte y de la vida espiritual.

Parece obvio que el derecho de gobernar se base en una especialización para hacerlo.  En general el que sabe mejor tendría que decidir por encima de los otros.

 

Tampoco se duda que en la esfera de la economía se puede conservar la competición como un factor estimulante, siempre que se lo combine con la cooperación. El mayor mal del presente no está causado por el mercado y /o por la competición que apunta a la maximización de ganancias. La causa de la crisis de hoy corre más profundamente.

 

Está en la naturaleza misma del mercado y consiste en el predominio de un tipo de interés privado por encima del interés de todos los otros, reduciendo la función del mercado a una sola dimensión: la ganancia. Por ello, hoy más que nunca la solidaridad se vuelve una necesidad de la vida cotidiana, un hecho empírico de dependencia mutua para el éxito. La solidaridad, junto a la cooperación voluntaria que tiene como finalidad un bien común, crean, tal como lo había intuido Aristóteles, una multiplicación cualitativa de la habilidad de la comunidad humana, en su conjunto, para resolver problemas.

 

Todos somos inevitablemente dependientes porque debemos estar en cooperación con otros. La vida del hombre es sólo posible dentro del armazón de la comunidad. Por consiguiente, cualquier noción de libertad sólo asume significado en un contexto de co-existencia humana. Pensando en libertad, nosotros buscamos una forma de co-existencia humana en la que todos los miembros participen decidiendo y haciendo libremente y en igualdad de condiciones.

 

De este modo, el debilitamiento del poder de los estados y de las políticas nacionales, característico del modelo global, ha cedido espacios de decisión que no pueden ser desaprovechados ni por las organizaciones, ni por la participación ciudadana. Para que ello suceda es necesario educar, formar y capacitar a los posibles agentes de la transformación. En este desafío debe estar también la actual Museología, construyendo participativamente con la comunidad proyectos de desarrollo sustentable.

 

Se afirma que el siglo XXI constituye un desafío formidable para las profesiones comprometidas

con el patrimonio de la humanidad. O se convierten en los transmisores de un “pensamiento único” que habla de la muerte de las utopías o se comprometen con audacia y con prudencia en una lucha con una nueva perspectiva de liberación social y humana  que exige la recuperación y la transmisión de una ética de la solidaridad que alguna vez fue el eje del patrimonio cultural de Occidente. Ética de la solidaridad que permitirá salvaguardar y difundir el patrimonio de la humanidad de manera tal que el tercer mundo integre el primero, poniendo a prueba la capacidad cultural de recibir al otro, de reconocerse en el otro y de evitar los holocaustos que han denigrado la humanidad de nuestra civilización común en el siglo XX.

 

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