La Imaginería
en las misiones
De
lo sacro-lingüístico al hecho visual
Las manos americanas que extrajeron
de materiales primarios cada figura bajo la guía jesuita, dejaron testimonio
acerca de su sensibilidad y de su interpretación estética de lo
devocional. Sabemos que el grado de desarrollo tecnológico y artístico
de los guaraníes distaba mucho de aquél alcanzado por otras culturas
del continente. Dentro de su cultura seminómade -apenas arribados a la
etapa agrícola- su acervo en el campo del hacer consistía en utensilios
de básica funcionalidad: alfarería, cestería, tejidos.
Sin embargo, la lengua guaraní tenía alto grado de refinamiento,
cuya variedad de matices permitía expresar todos los repliegues metafísicos
con que los Karaí (profetas) poblaban sus narraciones y poemas. El verbo,
emanado directamente de la Divinidad, se asociaba al alma de un modo tan estrecho
que las madres guaraníes acudían al chamán ante el inminente
nacimiento de su hijo "para recibir de éste el nombre más
indicado para el ser que viene al mundo". El chamán, conocedor cercano
de la otredad, actuaba como mediador entre el mundo espiritual y la comunidad,
para lo cual pronunciaba extensos discursos, a menudo muy ornados.
En cada fábula -tomada esta como retazo de mitología- abundan
las referencias al poder del Verbo, consubstanciado con el Primer Principio
y en relación manifiesta con las almas.
No es de extrañar, entonces, que la palabra de los misioneros hallara
en el encuentro con los guaraníes una resonancia especial, tanto en la
catequesis como en la aprehensión sutil de los estímulos culturales:
esto se traduciría indefectiblemente a la praxis artística.
El
trabajoso aprendizaje de una lengua tan rica como la guaraní no fue,
sin embargo, el único nexo para el encuentro de las dos culturas. El
paso inicial lo cumplieron las imágenes y los sonidos. Para evangelizar
llegaría a su tiempo la enseñanza de la Doctrina y la letra escrita.
Pero los jesuitas que se internaron en las Selvas a comienzos del Siglo XVII
a menudo se encontraron a solas con los moradores de aquellas tierras, munidos
apenas de algunos regalos (por lo general cuñas de hierro); aquél
era el tiempo del estandarte pintado con la figura de una Virgen, de la flauta
o el violín. La música, el impacto de un rostro pintado en lienzo,
construyeron junto a la palabra los jalones fundacionales de lo que sería
la Teocracia de las Misiones.
La síntesis de culturas vino a constituir este capítulo inédito
en la historia del Arte, manifestándose en cada ornamento arquitectónico,
en cada interpretación indígena de un recurso barroco, en la referencia
documental acerca de fiestas, músicas y ceremonias y en el experimento
social que las Misiones gestaron. Se nos revela entonces un mundo que -de no
mediar la expulsión- hubiera cambiado el destino sociocultural del Sur
de América.
Crucifijo jesuítico
Guaraní. Mediados ó fines del Siglo XVII. Museo San Miguel. Puede
advertirse el involuntario arcaísmo, que convierte esta imagen en una
curiosa reedición de los Cristos Románicos
Zurbarán: monje penitente
Los
modelos artísticos que portaban los jesuitas estaban alineados con el
manierismo y el barroco: así, estas imágenes se afirmaban desde
la dinámica gestual, el teatro emocional y naturalita del barroco. En
el ámbito hispanocolonial prevalecerían los criterios hispanobarrocos.
Imágenes caracterizadas por el patetismo, la impronta ascética
que adveretiremos tanto en el arte Cuzqueño. Tal el sino que caracteriza
la obra de Zurbarán (arriba) uno de los
artistas más imitados en el Altoperú
¿De
qué manera la gestualidad Manierista-Barroca -lenguaje in spiritualibus
que traen consigo los misioneros- se fusiona con la mentalidad indígena?
Una ontología de la forma se invoca desde la palabra.
El tallista guaraní -aún sin conocer la raíz simbólica
de la imagen que está rescatando del cedro- materializa un acto ritual
nacido del verbo: invocador del Ser Antiguo, dicho verbo posee el don de nombrar
y en ese acto la tradición mbyá quiere advertir que se accede
al misterio esencial de la cosa. (La Palabra es porción de la divinidad,
antecesora de la tierra y de todas las cosas, según los Himnos mbyás)
El ejercicio semiológico de trasladar signos, valores y conceptos a la
práctica artística fue factor esencial para entender -de manera
parcialmente despegada de su simbología original- la inmanencia de la
palabra en el acto de creación.
Por supuesto que esa operación interpretativa surge con absoluta naturalidad,
al resguardo de la comunicación espiritual que existe entre jesuitas
y guaraníes; ese plano de relación que viene a suplir los abismos
conceptuales que separan ambos mundos y que ya señalara Bartomeu Meliá
en relación a la experiencia religiosa.
La semiótica, el mundo traslativo e interactuante de los signos, es un
tríptico: idea, signo, interpretación. El hermético comienzo
del Evangelio de San Juan hallaría correspondencias en los poemas originarios,
como el Ayvu Rapyta. La sensible lengua
guaraní -luego redimensionada en las reducciones por la escritura- poseía
los repliegues necesarios para la traducción de los principios artísticos
europeos a un nuevo campo místico-estético.
El Santo Apohava o Hacedor de Santos.
Primer Período artístico (1609-1692)
SSi
para el Santo Apohava la creación no es un procedimiento estético,
sino la inmanente invocación, entonces es
natural que se prescindiera de los valores formales externos: estos quedarían
relegados tras dos impulsos: ante todo, el impulso místico, necesariamente
interno o intangible. Segundo, el atavismo aborigen, que muestra en cada cultura
precolombina su predilección por la geometrización y el estatismo.
Así quedaban rsoslayados todos los elementos formales del barroco: naturalismo,
dinamismo, expresión gestual.

Crucifijo jesuítico-guaraní: etapa icónica.
De alli que al primer período del arte misional
lo llamamos Etapa icónica: allí prevalece el símbolo
por sobre la descripción; los volúmenes contundentes sobre el
detalle, la quietud sobre todo dinamismo.
Al
analizar la cultura guaraní prehispánica y la trascendencia que
la palabra tuvo entonces (inmanencia asociada, entre otras cosas, a las exhortaciones
para buscar la mítica Tierra sin Mal) no es de extrañar que el
mismo ejercicio artístico se transformara en una invocación: descastados
los chamanes originarios, el acto por el cual se traía a nuestra presencia
la figuración de lo Sagrado, pasaría por ser en sí mismo
un procedimiento místico. Una invocación equiparable a la trascendecia
de las antiguas retóricas
Si consideramos que las reducciones son Teocracias, veremos que
el papel de los tallistas -dotando al templo de estas imágenes de
lo sagrado- es el más preciado entre cuantos pueden hallarse. Acaso
sólo fuera comparable al de los músicos. De allí que el
Santo Apohava ("Hacedor de Santos") representa una heredad del antiguo
orden místico, la pervivencia de lo sagrado en una función esencial..
Brasanelli
y la introducción del barroco en las misiones (Segundo período)
José Brasanelli llega al área de las reducciones después
de 1692. Buen conocedor de la obra de Bernini, a él se le asigna la introducción
de todos los elementos formales del barroco: drapeados ondulantes, naturalismo,
gestualidad teatral. No se tratará, sin embargo de esos teatros dolientes
del tenebrismo hispano, sino de un mundo algo más sensual, tan propio
de los últimos estertores de la dolcezza rafaelesca (recordemos que los
seguidores de Rafael todavía son multitud) y la novedad de Bernini. Brasanelli
influye sobre la arquitectura, reformando la tradición maderera con sus
templos mixtos (lignarios y líticos) así como dotando a esos templos
de un frondoso corpus escultórico. Así, mientras se desempeña
como arquitecto en San Borja, Itapúa, Concepción, San Ignacio
y Santa Ana, su obra constructiva hubo de estar impreganda de un pensamiento
escultórico. Así surgieron frontis como los de San
Ignacio (abajo) único resto conservado de su gnosis arquitectónica.Allí
se destaca la multiplicidad de texturas y volúmenes, la articulación
de símbolos y ornamentos, la recia concepción de un barroco ontológico.
Si
observamos su huella en la praxis escultórica, el trazo de lo barroco
es aún más evidente. Así, los San Miguel Arcángel
(tema predilecto del escultor guaraní, por la pervivencia de la idea
guerrera) muestran ese movimiento, ese desarrollo gestual, esa teatralidad inquívocamente
berniniana.
San Miguel arcángel. Talla policroma, Santa Mría de Fe.
O bien tallas como la Piedad (Santa Rosa) obra de ejecución mixta donde
se advierte la influencia de Brasanelli y acaso su intervención parcial.

Piedad (Santa Rosa) Aquí, la exploración del patetismo
místico se apoya en la tensión del peso corpóreo, en los
rostros y su teatralidad implorante. El universo expresivo- barroco estaba en
su esplendor, a comienzos del Siglo XVIII.
Tercer
Período (desde 1730)
Regresión de los impulsos barrocos
El que denominamos Tercer Ciclo en la imagen misional tiene en Trinidad su epítome:
en las dos alas del transepto y en las paredes laterales del presbiterio, unos
ángeles hacen sonar sus chirimías, bajones y trompetas. También
está el ángel arpista, el ejecutante de clave y de órgano,
el violinista. Otro,
empuña unas maracas, seguramente acompañando alguna coreografía
sacra del tipo descripto por Sepp en su Navidad:
"
.actuaron bailarinas y saltarinas delante
del pesebre. Una vez entraban disfrazados de mozos negros, la cara pintada,
otra vez como indios, con cascabeles fijados a los pies que tintineaban a
cada salto que daban. Todos bailaban alegremente en corro
"
(Navidad en la reducción de San Juan Bautista. A. Sepp)
La primera impresión que puede entregarnos el
friso, una suerte de candor descriptivo, se disipa rápidamente: entonces
la sensación dominante remite al empleo de algún recurso formal
eminentemente inaprensible. Ese recurso en el cincelado ha dado lugar a una
extraña fidelidad narrativa, secuencial y juiciosamente dispuesta:
no sólo cada ángel está entregado a su praxis musical
particular, sino que de algún modo armoniza con los demás sin
que para ello existan lazos lineales. Entidad estética opuesta a las
Cantorías de Donatello y Della Robbia -modelos de gracia y soltura
lineal- estos ángeles no están enlazados el uno al otro por
túnicas, miembros ni arabescos: sin embargo, la expresión conjunta
alberga una estética de Unidad. Y luego se nos presenta el dilema de
la gestualidad en acto ¿Cómo lograron los tallistas guaraníes
plasmar la impronta del gesto en cada músico? No ha sido a través
de los recursos formales del barroco, porque en Trinidad el arte ha vuelto
a sus cauces hieráticos, monolíticos; los patrones corpóreos
se han reencontrado con su síntesis geometrizante, con sus códigos
que rechazan todo naturalismo. Sin embargo, el frugal empleo de las líneas
en estos Frisos consigue orientarse vigorosamente a lo gestual, sin involucrar
para ello dinamismo ni sorpresa ilusionista. En una suerte de operación
hermética, los deteriorados ángeles parecen reconcentrados en
el sortilegio del instrumento que tañen.
¿Quién concibió los frisos y su disposición, quién
dirigió a los tallistas guaraníes? El Padre Pietro Paolo Danesi,
aficionado a la talla de piedras y a la confección de relojes mecánicos
y de sol, fue según parece el artífice del Púlpito, obra
de gran interés conceptual por sus cripticismo monolítico: un
conjunto donde los símbolos de los Evangelistas presentan reminiscencias
de transición románico-gótica. Cierto hermetismo en el
púlpito nos hace pensar más en un escolástico enfrentado
a la piedra que en un huésped frecuente de los talleres. ¿Fue
acaso el párroco jesuita quien ideó los frisos? Suponemos que
quienes tallaron los ángeles actuaron con gran autonomía: un
número reducido de artistas hubo de desempeñarse sobre esos
muros -en las entrañas de la gigantesca construcción- gestando
por medio de geometría intuitiva el fresco
de piedra: un mosaico de movimientos internos, apenas sugeridos, en los que
conseguimos rozar la individualidad de cada gesto.

Ángeles Músicos.
Friso de Trinidad.
El frontis de Trinidad de desplomó, sin que
hasta el día de hoy podamos reconstruir fielmente su apariencia: por
tratarse de un proyecto original de Primoli -al que siguieron Grimau y Danesi-
suponemos que debió tener algunos puntos de coincidencia con la fachada
de San Miguel. Pero en ese templo se empleó la solución técnica
de un cubrimiento liviano en madera -desafiando las pautas de Primoli ¿acaso
la "reforma" introducida en Trinidad de una bóveda de cañón
corrido en mampostería fue la responsable del desastre? Lo cierto es
que las ruinas guardaban consigo - enterradas bajo escombros- una considerable
reunión de ornamentos líticos, incluyendo una curiosa gárgola
de inspiración precolombina, que en su parte inferior lleva la inscripción
"Pez Volador".
La magnífica Puerta de acceso a la Sacristía atesora tras sus
umbrales otro emergente de la fase final jesuítico-guaraní:
una serie de cabezas angélicas que alguna vez se emplazaron sobre los
arcos o en las pechinas de la derrumbada cúpula. Presentan una síntesis
formal que -de no mediar las referencias- un primer golpe de vista atribuiría
al Románico; rostros de fisonomía aborigen, narices y ojos guaraníes,
rizos ornamentales como volutas: la geometría y el elemento hierático
aquí sin embargo se atenúan, mitigado por cierta dulzura, cierta
serenidad reveladora.
Tanto los frisos como estas cabezas fueron liberadas de la piedra cuando el
Orbe misional ya estaba próximo a desvanecerse. Fueron los últimos
pasos en un escenario que pronto quedaría a oscuras.
aEl
poder del Símbolo
A modo de las recomendaciones de la estética Medieval (pensemos en Escoto
Erígena) el esplendor del arte misional ofrece una entronización
del símbolo, un espejo signado por caminos no-literales.
Tal sucede en San Ignacio, en Trinidad. En la primera, con sus ángeles
sirenaicos, sus ornamentos frondosos; la segunda, con su infininidad de tallas.
Entre esas tallas, estaba el púlpito lítico, que tras el desplome
del techo y el frontis apareció entre los escombros y se procedió
a su "rearmado". Ofrece los cuatro símbolos de los Evangelistas,
de acuerdo a la tradición: El Águila, el Toro, el Ángel,
el León. Como sucede con los frisos de Trinidad, el púlpito muestra
una tendencia donde no prevalece lo barroco. Esta vez, asistimos a la experiencia
de un arte plagado de silencio, sedente: un escenario teológico propio
del intramuros románico.En mi libro Arte en las Misiones ofrezco la siguiente
imagen: su artífice habría sido un teólogo que no bebió
en las aguas de la contemporaneidad, valiéndose más del cripticismno
que de la gracia formal.
Púlpito de Trinidad: San Lucas.