VIOLENCIA O PAZ, HE AH� EL DILEMA. �por J. Mart�n Gu�dez
En general resulta evidente la conexi�n entre el clima de violencia que se est� imponiendo a la sociedad venezolana y los fines pol�ticos inmediatos de quienes, hace a�os, lo est�n construyendo. No obstante, creo que esta filosof�a de la violencia trasciende el momento pol�tico y posee unas causas m�s profundas e integrales. Resulta perturbador que estos objetivos demoledores no respeten siquiera el universo del entretenimiento infantil.
Estamos persuadidos de que, esta cosmovisi�n responde a las necesidades propias de un sistema econ�mico, pol�tico y social que se nutre de la violencia. Estamos arribando a un punto culminante en la construcci�n consciente del principio de autodestrucci�n. Es la estructura del sistema la que propicia y necesita de este escenario general. Es la competitividad sin l�mites la que requiere de este clima erigido en principio.
La competitividad fortalece preponderantemente el labrant�o de la econom�a capitalista de mercado. Se presenta como el motor secreto de todo el sistema de producci�n y consumo. Quien es m�s capaz (fuerte) en la competencia en cuanto a los precios, las facilidades de pago, la variedad y la calidad, es el triunfador. En la competitividad opera implacable el darwinismo social: selecciona a los m�s fuertes. Estos ?merecen? sobrevivir, pues dinamizan la econom�a. Los m�s d�biles son peso muerto, por eso son, incorporados o eliminados. Esa es la l�gica feroz y terrible del sistema capitalista neoliberal.
La competitividad invadi� pr�cticamente todos los espacios sociales: los lugares de trabajo, las universidades, las escuelas, los deportes, las iglesias y las familias. Para ser eficaz, la competitividad tiene que ser agresiva. El que m�s produzca, el que m�s consuma, el que m�s cabezas pise, ese es el Jefe. No es de admirarse que todo pase a ser oportunidad de ganancia y se transforme en mercanc�a, desde los electrodom�sticos hasta la religi�n, desde las cremas adelgazantes hasta la cultura. Los espacios personales y sociales, que tienen valor pero que no tienen precio, como la gratitud, la cooperaci�n, la amistad, el amor, la compasi�n y la devoci�n, se encuentran cada vez m�s arrinconados, como una especie ex�tica en v�as de extinci�n. Sin embargo, estos son los lugares donde respiramos humanamente, lejos del juego de los intereses. Su debilitamiento nos hace an�micos y nos deshumaniza.
En la medida en que prevalece sobre otros valores, la competitividad provoca cada vez m�s tensiones, conflictos y violencias. Nadie acepta perder ni ser devorado por otro. Lucha defendi�ndose y atacando. Ocurre que luego del derrocamiento del socialismo real, con la homogeneizaci�n del espacio econ�mico de cu�o capitalista, acompa�ada por la cultura pol�tica neoliberal, privatista e individualista, los dinamismos de la competencia fueron llevados el extremo. En consecuencia, los conflictos recrudecieron y la voluntad de hacer la guerra no fue refrenada. La potencia hegem�nica, EE.UU., es campe�n en la competitividad; emplea todos los medios, incluyendo las armas, para siempre triunfar sobre los dem�s.
�C�mo romper esta l�gica f�rrea? Rescatando y dando centralidad a aquello que otrora nos hizo dar el salto de la animalidad a la humanidad. Lo que nos hizo dejar atr�s la animalidad fue el principio de cooperaci�n y del cuidado. Nuestros abor�genes sal�an -y a�n salen- �en busca de alimento. En lugar de que cada cual coma s�lo como los animales, traen lo conseguido al grupo y reparten solidariamente entre s�. De ah� naci� la cooperaci�n, la sociabilidad y el lenguaje. Por este gesto inauguramos la especie humana. Ante los m�s d�biles, en lugar de entregarlos a la selecci�n natural, inventamos el cuidado y la compasi�n para mantenerlos vivos entre nosotros.
Hoy como ayer, son los valores ligados a la cooperaci�n, al cuidado y a la compasi�n los que limitan la voracidad de la competencia, desarman los mecanismos del odio y dan rostro humano y civilizado a la fase superior de la humanidad. Importa comenzar ya, ahora, para que no sea demasiado tarde. Podr�a ocurrirnos lo que le aconteci� al personaje que perdi� el cielo porque dej� cerrar la puerta abierta s�lo para �l, o como le ocurre al periodista, humorista y escritor venezolano, Roberto Malaver, qui�n admite no ser multimillonario ?en d�lares- porque ?tiene el vicio de no jugar?. Este envite no lo podemos dejar pasar sin consecuencias grav�simas. Los venezolanos est�n hoy frente a este dilema hamletiano: ser o no ser. Elegir la opci�n que nos conduzca hacia una sociedad basada en los principios de la cooperaci�n, la solidaridad y el respeto, contenida en la Constituci�n Bolivariana de 1999 o tomar el atajo oscuro y perverso de la competencia a cuchillo. A eso queda limitado el campo de batalla. NO por la vida o SI por la muerte. NO por la solidaridad o SI por odio y el desprecio social. NO por el humanismo o SI por la competencia salvaje. La decisi�n est� en nuestras manos. Yo se muy bien cual es mi elecci�n, entre otras cosas porque mi madre pari� un hombre y NO un consumidor. En Santa In�s la elecci�n es NO.
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