| Una joven ondina se enamor� profundamente de un muchacho del lugar, el cual, por
su parte, qued� cautivado por la doncella, cuya voz era tan suave como el murmullo
de las olas del lago, y en cuyo pelo reluc�an como diamantes miles de gotitas de agua. No
obstante la ondina morir�a si permanec�a m�s tiempo en la tierra, as� que como era
diestra en encantamientos, formul� un hechizo que permitir�a al joven vivir bajo el
agua, sin necesidad de aire para respirar, pero no pudo eliminar la nostalgia por lo
suyos.
Poco a poco, el joven se fue entristeciendo y debilitando entre los salones de
cristal en los que habitaba la ondina.
El esp�ritu, dec�an los suizos, us� todos sus poderes para aliviar el
sufrimiento de su amante.
Entre un ocaso y un amanecer, hechiz� la ciudad, traslad�ndola a las
profundidades del lago.
Durante siglos, quienes miraban las aguas de Zug pudieron ver algo m�s que los
reflejos de las nubes y las monta�as.
Si el aire era lo bastante n�tido y la luz clara, distingu�an una ciudad entera
bajo el agua.
Y no era una ciudad sumergida: la gente andaba por las calles y los jardines.
Al caer la noche, las luces tintinaban en las casas y entonces, desde la orilla se
pod�a escuchar el ta�ido de la campana de la iglesia emergiendo desde el fondo del lago,
llamando a la ondina y a su amante a reunirse en el sosiego de su hogar. |