Pero no las llenó enseguida, se sentó junto al estanque, disfrutando del aire fresco y
escuchando como las cigarras festejaban la belleza del medio día.De pronto
los lirios se estremecieron, el agua se rizó y susurró al chocar contra las piedras.
Entre los nenúfares apareció una mujer infinitamente seductora, infinitamente
misteriosa.
Su piel era más blanca que los pétalos de lirio, sus ojos eran verdes como las hojas.
Una oscura melena, con tallos entrelazados, caía sobre sus hermosos hombros, fundiéndose
con el agua.
Levantó una mano y Borno se acercó a ella. Luego vaciló y retrocedió.
-No sois mortal, doncella-dijo.
La muchacha sonrió perezosamente y asintió con la cabeza, los ojos del muchacho
se oscurecieron de deseo, inclinándose sobre el estanque.
Tan pronto como la punta de sus dedos tocó el agua, la mujer le sujetó como si de
un grillete se tratara. Sus pequeñas y afiladas uñas se clavaron en su carne y Borno
cayó inexorablemente al agua, penetrando en el mundo sin aire que se ocultaba bajo la
tierra, dónde aún reinaban los espíritus acuáticos y los humanos no podían vivir.
O por lo menos eso es lo que dijeron los compañeros de Borno. El asno había
regresado hasta los campos rebuznando lúgubremente. Fueron al estanque, donde encontraron
las tinas del agua en el suelo, vacías. Le buscaron y le llamaron hasta el amanecer, pero
fue en vano.
Algo mágico flotaba en el aire alrededor del estanque.
Más tarde, tras haber dado por terminada la búsqueda, los irlandeses compusieron
una melodía para Borno, contando como fue raptado por la ninfa del estanque.
La cantaron durante siglos mientras recolectaban el grano. |