En febrero de 1922, en Versalles, fue ejecutado Henri Desiré Landrú, condenado por haber matado a 11 mujeres a las que engañaba prometiéndoles matrimonio. El 25 de mayo de 1946, Marcel Petiot fue guillotinado, al ser declarado culpable de 25 asesinatos cometidos entre enero de 1942 y mayo de 1943...
En Londres, entre marzo de 1943 y el mismo mes de 1953, John Christie asesinó a 8 personas, entre las cuales estaban su propia esposa y una niña de un año. De alguna forma se había conseguido que el padre de la niña declarase su culpabilidad en dos asesinatos y fuera ejecutado por ellos.
Cuando José Delgado "El Arropiero", fue detenido en el Puerto de Santa María (Cádiz), se confesó autor del asesinato de 22 personas. En Cantabria, José Antonio Rodríguez Vega, entre los años 1987 y 1988, asesinó a dieciséis ancianas...
Para definir a este tipo de criminales, el agente del FBI Robert Ressler, psicólogo y criminólogo, acuñó en los años 70 la denominación "serial killer", que se suele traducir al castellano como asesino en serie o asesino múltiple. Ninguna de las dos traducciones es exacta, porque, cuando Ressler utilizaba la palabra "serial" hacía referencia a "los seriales de aventuras que solíamos ver los sábados en el cine", según dice en su libro El que lucha con monstruos: "Cada semana, te veías obligado a ir a ver otro episodio porque al final del anterior, había un momento de gran suspense, No era un final satisfactorio porque aumentaba la tensión. La misma insatisfacción se produce en los serial killers".
Robert K. Ressler fue el hombre que introdujo los estudios de psicología en las dependencias del FBI. Encontró para ello una fuerte resistencia porque sus superiores consideraban que los agentes del FBI no eran sociólogos y su misión consistía únicamente en perseguir a los delincuentes. Él les convenció de la necesidad de comprender las motivaciones psicológicas del criminal. Esto le permitiría prevenir estos crímenes sin motivo, tarea imprescindible en un país donde se dan anualmente 20.000 asesinatos, y la tercera parte de ellos son cometidos por "serial killers".
Robert Ressler profundizó tanto en el tema que, con solo una inspección ocular del lugar de los autos, llegó a ser capaz de saber la edad, el sexo, la raza, la profesión y los estudios del asesino, llegando a aventurar la zona en la que vivía el sospechoso. A él se debe la creación del Proyecto de Investigación de la Personalidad Criminal en el FBI y, en 1982, el Centro Nacional de Análisis Violentos en Cuántico (Virginia).
El acto de matar deja al asesino en serie descontento y en tensión porque no es tan perfecto como su fantasía. Después de un homicidio, piensa en como podría haber mejorado el asesinato. Cuando sigue este hilo de pensamiento, su mente se proyecta hacia delante para ver como podría asesinar con mayor perfección la próxima vez; hay un perfeccionamiento continuo.
Resulta asombroso que a semejantes monstruos no se les pueda reconocer a simple vista. Da escalofríos pensar que podamos estar codeándonos con ellos en el trabajo o en el metro, deseándoles buenos días o buenas tardes en la panadería. Y sin embargo así es. Cuántas veces hemos leído en los periódicos la sorpresa de los vecinos al descubrir que vivían, pared por medio, con un descuartizador...
Nos cuesta otorgarles la categoría de locos después de tanto tiempo de tratarlos con confianza. Nos cuesta porque nuestro sistema judicial relaciona la locura con la irresponsabilidad (lo que es erróneo), y ésta con la inocencia y la ausencia de castigo. Los delitos cometidos por estas personas son tan abominables y provocan tanta rabia que no nos resignamos a aceptar que puedan permanecer sin un castigo ejemplar.
John Wayne Gacy era un respetable hombre de negocios, un contratista de obras de Chicago. Amigo del alcalde y de la esposa del presidente Carter, trabajaba como voluntario para el partido demócrata local y hacía muchas obras de caridad.
Entre el 3 de enero de 1972 y el 11 de diciembre de 1978, mató a 33 chicos después de mantener relaciones sexuales con ellos y los enterraba debajo del parqué de su casa. Él decía que los crímenes no los cometía él sino otro hombre que había en él llamado "Jack el Malo".
Entre enero de 1988 y julio de 1991, en Milwaukee, Jeffrey Dahmer asesinó a quince personas. Conservaba los restos de las víctimas por toda la casa: cráneos, cabezas putrefactas, vísceras en el frigorífico...
Arthur Shawcross, que cometió doce asesinatos, a veces daba vueltas con el coche con el cadáver de la víctima a su lado, o iba a ver los cuerpos algunos días después. Llegó a quedarse plácidamente dormido junto a ellos durante horas.
¿Cómo no considerar enfermos mentales a estas personas? Si concluimos que un demente no es dueño de sus actos, tendremos que aceptar que lo son, puesto que está demostrado que el asesino en serie no puede evitar el asesinato. Es un impulso más fuerte que él, constituye una adicción.
Dijo Peter Sutcliffe, conocido como el Destripador de Yokshire: "Matar prostitutas se había convertido para mí en una obsesión, era como una droga".
Ted Bundy murió en la silla eléctrica el 24 de enero de 1989. Fue considerado culpable de 17 asesinatos, se manifestaba adicto y aunque como hacen los heroinómanos, aseguraba que podría dejar de matar en cuanto se lo propusiese, no dejó de hacerlo hasta su detención.
En el caso de John Joseph Joubert, autor de dos asesinatos, el doctor Modlin dijo tras tenerlo bajo observación: "Este hombre parece ignorar lo que son el amor y el afecto. Los homicidios fueron un intento de experimentar sensaciones fuertes..."
Es la definición más perfecta que podía hacer de lo que en psiquiatría se considera como psicópata. Según los doctores William y Joan McCord, "el psicópata es una persona asocial, altamente agresiva e impulsiva, que carece de sentimientos de culpa y que es incapaz de crear lazos duraderos con otros seres humanos". Y según el psiquiatra H. Williams, "el psicópata es capaz de sacrificarlo todo, cualquier cosa, con la excitación".
Dice Robert Ressler de los asesinos en serie que estudió: "todos, sin excepción, habían sufrido malos tratos emocionales en su infancia. Y todos evolucionaron hacia la condición que los psiquiatras calificaban como adultos sexualmente disfuncionales, es decir, eran incapaces de mantener relaciones maduras, entre iguales, con otro adulto".
Ted Bundy por ejemplo, fue un hijo no aceptado por su madre y se crió en casa del abuelo, hombre violento que con frecuencia pegaba a su esposa. El asesino confesó a su psiquiatra el día antes de la ejecución, que toda la rabia que había desahogado contra las diecisiete mujeres que asesinó, estaba en realidad dirigida contra su madre. La misma psiquiatra cuenta que la madre de otro famoso asesino en serie, Arthur Shawcross, le clavó una vez un mango de escoba en el recto como castigo porque lo sorprendió cometiendo incesto con su hermana. A pesar de lo cual, años después, esa misma madre se asombraba de lo que había hecho su hijo...
En este sentido, es paradigmática la historia de Edmund Kemper, el gigantesco asesino de estudiantes con un elevadísimo coeficiente intelectual. Cuando era pequeño su madre lo obligaba a dormir en el sótano y lo encerraba con llave para que se endureciera y se hiciera un hombre. El muchacho fue a pasar el verano de 1964 a casa de sus abuelos. Éstos tenían un temperamento despótico y Ed Kemper que, en aquellos años contaba con 16 años de edad, los mató a tiros con una escopeta. Fue ingresado en un hospital psiquiátrico, del que saldría cinco años después porque los doctores lo consideraban ya curado. ¿Pero qué significa exactamente curado en este caso? ¿Cómo se cura uno de su pasado o de su manera de ser? Al salir del psiquiátrico bajo la custodia de su madre, que vivía sola, Kemper empezó a recorrer carreteras donde recogía a jóvenes autoestopistas y las mataba. Su madre inició una campaña para borrar del historial de su hijo los antecedentes Ed Kemper solía visitar a su madre con el cadáver de la última víctima en el maletero del coche. Llegó a subir el cuerpo hasta la habitación, metiéndolo en el armario, antes de bajar a tomar el té.
Su madre, ignorante de los hechos, consiguió que borrasen oficialmente del historial de su hijo los asesinatos que le habían llevado al manicomio. Ese día, Kemper se compró un revólver y devolvió el arma que había utilizado hasta entonces, prestada por un amigo. La compra, no obstante, despertó las sospechas del sheriff y Kemper, cuando intuyó que iba a ser detenido, se apresuró a hacer lo que, inconscientemente siempre quiso hacer. Mató a su madre, para luego confesar que aquello había representado para él un gran alivio.
Un psicópata actúa como un niño. Está dispuesto a todo con tal de atraer la atención, no se adviene a razones y estalla. Para evitar el sufrimiento que sus problemas internos le comportarían, cierra las puertas de la introspección y se desahoga en la acción. Pensar en los motivos y consecuencias de sus actos le produce ansiedad, se limita a un tipo de reflexión concreta, práctica, que propicia la acción. No dudará en perjudicar a quien sea con tal de obtener sus objetivos, ya sean económicos o puramente hedonistas. Actúa y, en el fondo de su actuación perversa hay un gran deseo, una gran necesidad, de llamar la atención.
Esta necesidad viene recompensada por la resonancia que los crímenes vienen en la prensa diaria.
Jack el Destripador, en 1988, jugó con la prensa enviando notas a la policía y a los periódicos para hacerse notar. Igual que en 1976 David Berkowitz, conocido como "El Hijo de Sam", escribía cartas a la policía para decir "Volveré" o "No puedo dejar de matar". Igual que William Heirens, en 1945 escribió con lápiz de labios en el espejo de uno de los lugares del crimen "¡Por el amor de Dios, detenedme antes de que siga matando!".
Se preocupan por ocultar o hacer desaparecer el cuerpo y, se llevan trofeos de su hazaña para mantener viva la excitación. Son los que vuelven al lugar del crimen para controlar de cerca los progresos de la investigación. Son aquellos a quienes la psicosis "ha desbordado", aquellos cuya barrera psicopática ha cedido y toda su vida se ha desorganizado. Fueron taciturnos de pequeños y aún lo son de mayores, no eligen a las víctimas de manera lógica, no ponen ningún cuidado a la hora de cometer sus crímenes y no esconden el cadáver. Sus delitos carecen de móvil y son cometidos contra personas desconocidas y elegidas al azar.
La indignación provocada por sus actos agresivos despierta con frecuencia instintos equivalentes que llevan a muchos ciudadanos a exigir la pena de muerte, a que les hagan lo mismo que ellos hicieron, a que les sea aplicado el ojo por ojo.
El tema del castigo, la reinserción y la reeducación serían objeto de otro estudio tan amplio como el presente. Bastará, de momento recurrir a las palabras del experto Robert Ressler cuando terminaba su libro diciendo: "Los criminólogos están de acuerdo desde hace mucho tiempo en que la pena de muerte nunca ha disuadido a los criminales violentos. Si podemos asegurar que no se permitirá que tales monstruos cumplan unos años de encarcelamiento y luego vuelvan a nuestra sociedad, si somos capaces de ponernos de acuerdo para mantenerlos bajo custodia el resto de su vida, entonces habremos hecho progresos".
O lo que es lo mismo, "es más útil mantenerlos vivos para poder estudiarlos y salir al paso de otros que pudieran ser como ellos. Es más útil y más humano..."