El Nacional, 17 de Octubre de 2000

La traicionada sociedad civil

Earle Herrera

Se hicieron visibles en el escenario bajo el ropaje de organización no gubernamental. Graves, circunspectos y demasiado solemnes, casi hasta lo funerario, nadie imaginó que estos bien ponderados scholars resultarían unos verdaderos tíos. Con entusiasmo de becarios a fin de mes, se dieron un nombre organizativo y se dedicaron a buscar financiamiento. Martillaron alto, no con el descascarado pote de la batida a puertas de universidades y liceos, por Dios. La selectiva raqueta apuntó a corporaciones privadas, los siempre repudiados organismos de papá Estado e instituciones y fundaciones internacionales. Todos se bajaron y los tíos se hicieron de una buena boloña.

Empezaron a trabajar por la justicia de paz. Hasta allí todo muy bien. Eran, sin duda, una expresión más de la sociedad civil. Los medios, en busca de cualquier palo para ahorcarse, se les abrieron. El nombre redentor -Primero Justicia- remitía a Tamakún o a Santos Luzardo urbano. Uno de ellos logró un espacio televisivo -Justicia para todos- que hace de la miseria humana su insumo principal y cuyos "invitados" nunca serán considerados sociedad civil, ni jamás se les verá sentados en una mesa de diálogo. Son desheredados, marginados, excluidos sociales, cuyas miserias, provechosamente, algunos Midas civiles las convierten en lucro. En nombre de la justicia, por supuesto.

De haber nacido como partido político, no habrían logrado financiamiento nacional e internacional, incluso de inocente Estado. El truco de organización civil fue una buena jugada. Ya financiados y con un nombre posicionado, como dirían los publicistas, esperaron las elecciones regionales. Cayó la máscara civilista y no sería la única. Armaron una plancha a puro dedo, en el más tradicional estilo partidista. Enrique Mendoza, un político populista de agudo olfato y lengua heterodoxa que la clase alta digiere bien y sin eructar, los apoyó, como lo hizo con Irene mientras le sirvió. Al aceptar ese respaldo, también cayó el discurso contra la vieja clase política. Pero no les fue mal. Así, regando máscaras si rubor, accedieron a algunas cuotas de poder.

Fue entonces, y sólo entonces, cuando se definieron partido político. Fundar un partido es algo legítimo; buscar financiamiento bajo una figura y, logrado éste, convertirse en otra, es un fraude, por decir lo menos. Por eso Luis Miquilena se preguntó con qué se come la sociedad civil. Los precoces gourmetes de Primero Justicia lo saben a la perfección. Estos sí es verdad que se masticaron a sus anchas a quienes aportaron dinero de buena fe, con la creencia de apoyar a una ONG que, a las primeras de cambio y sin hacer la digestión, se dedicó a buscar curules para provecho propio.

La declaración de partido político no implica cambiar un discurso que dio buenos resultados. En la Asamblea Nacional, los diputados de Primero Justicia se desgarran las vestiduras por una sociedad civil a la que ya le jugaron sucio, la defraudaron. Es así como, desde una supuesta ONG, unos pocos se benefician en detrimento de las auténticas ONG. Primero Justicia perdió -canjeó- toda autoridad para hablar en nombre de la sociedad civil. Sin embargo, nadie se llame a engaño, el suyo no será el último beso de Judas. El discurso social-civilista no ha llegado a su última cena. Todavía se le puede sacar mucho y así será. ¡Ay sociedad civil, cuídate de los que más te besan!

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