El País, 2 de Septiembre de 2002

Estados carcelarios

Editorial

Análisis al editorial de El País por Alberto Nolia

La tendencia a que la política penitenciaria tome la vez sobre la política social no sólo no se ha invertido en EE UU, donde se impuso 30 años atrás, sino que sale reforzada en las últimas estadísticas sobre el número de presos. Dos millones de reclusos y 4,6 millones de personas en libertad condicional, convierten a Estados Unidos en el mayor penal del mundo desarrollado. Tasas cercanas a los 700 presos por 100.000 habitantes sólo se dan en EE UU y en Rusia.

El endurecimiento de las penas, especialmente en materia de drogadicción y narcotráfico, el decaimiento de la filosofía de la rehabilitación y otros factores, han llevado a esta situación, en tres décadas que también han registrado un importante crecimiento de las desigualdades sociales. La privatización de un buen número de cárceles se ha convertido en un negocio lucrativo, y ha llevado a situaciones aberrantes, como que California se gaste más dinero en el sistema penitenciario que en la educación superior pública.

La reducción de la tasa de crímenes en los últimos años contribuye al respaldo popular a esta política de dureza de penas de encarcelamiento, en un cuerpo electoral del que faltan casi cinco millones (un 2,3% del total), pues han perdido su derecho a voto debido a las condenas. La menor criminalidad puede tener otras causas, desde el menor número de jóvenes, al reforzamiento de los controles policiales.

A pesar de que Europa tenga tasas de población reclusa entre seis y siete veces inferiores a las de EE UU, en algunos países europeos, como el Reino Unido, Francia y España, el número de presos está aumentando a un ritmo preocupante. Desde enero de 2001, la población carcelaria ha crecido en España en más de 5.000 internos, es decir, más en 18 meses que en los cinco años anteriores. En todo caso mucho más rápidamente que el número de plazas disponibles, como ocurre también en Francia, donde el número de presos se ha doblado en los últimos 25 años. El consecuente hacinamiento inhumano de los presos y el deterioro de las condiciones en las cárceles alimentan las tensiones, la violencia y la delicuencia en los centros. No es razonable seguir deslizándose hacia Estados carcelarios. Ésa no es la forma de reducir la criminalidad, de resolver los problemas que la originan, ni de dar esperanzas de rehabilitación y alejar de la reincidencia a los muchos que acaban entre rejas.

Análisis por Alberto Nolia

Este artículo de El País refleja una concepción pendeja de la realidad, del mundo delictivo y unos cuantos sofismas criminológicos, muy propios de la pseudocultura de izquierda. Y me refiero a pseudocultura pues cuando la izquierda se transforma en poder, suele ser implacable con el delito y con los delincuentes. Igualmente, me parece que se manejan cifras de manera pediátrica. Por ejemplo, al considerar que en California se invierte más en el sistema carcelario que en educación superior pública. Es, dicho sea de paso, una forma sofisticada de mentir, dirigida al público europeo. En el viejo continente la educación universitaria -que es a la única que se refiere sesgadamente el autor de ese análisis- es casi exclusivamente pública y las grandes universidades (Sorbona, Oxford, Cambridge, Autónoma de Madrid, Salamanca, Bolonia y así hasta casi el infinito) son del Estado, mientras que en EEUU la tendencia es la inversa, pues las mayores y mejores universidades son privadas. Dicho sea de paso, en California -abrumada por la violencia urbana, las guerras de bandas, el narcotráfico y un sinfín de plagas similares- la delincuencia es un problema mucho más grave que las carencias de la educación superior pública, que no deben ser muchas en un estado que cuenta con Berkeley y UCLA. Al mismo tiempo, me parece razonable que se inviertan sumas respetables en el sistema carcelario. No hacerlo quiere decir que las condiciones de encarcelamiento son inhumadas, por hacinamiento, mala comida, ausencia de programas de rehabilitación y muchas cosas más. Es algo así como lo que pasa en Venezuela, que los gobiernos de la IV y la V república casi no construyen cárceles, por temor a ser acusados de represivos. En las últimas décadas, lo más significativo que se realizó en materia de prisiones fue dinamitar el Retén de Catia, una de las múltiples canalladas de Caldera y Asdrúbal Aguiar, quienes, por razones electorales (querían meter Convergencia en Catia, donde esa voladura fue popular, pues cárcel implica molestias para los vecinos) demolieron la mejor cárcel del país. Por esa lógica imbécil y a sabiendas de la superficialidad y estupidez del grueso de los ciudadanos, combatieron el hacinamiento tumbando la mejor de las prisiones. Es algo así como que para resolver el problema de la vivienda derribes Parque Central. Claro, el retén de Catia era un infierno, pero sólo porque allí alojaban diez veces el número de reclusos que cabían. El Hotel Tamanaco es vergatario, pero si metes allí 150 mil huéspedes se tornará en un lugar de suplicio.

El problema no es que en EEUU haya un número excesivo de presos. El problema sería si quienes están presos no son delincuentes. Creo que uno de los problemas más terribles de Venezuela es que hay muy pocos presos. Los delincuentes están libres y tras las rejas hay menos del 10 por ciento de los que deberían estar. Por cierto, creo que cometí un error. En Venezuela hay muchos presos: la generalidad de las personas decentes, que no se atreven a salir de sus hogares y ni siquera en ellos están seguros. Quien lo dude que, por ejemplo, haga un tour de ida y vuelta por la Cota Mil, desde La Urbina a la Baralt, entre las 11 de la noche y las 5 de la mañana. O que camine entre la Plaza Venezuela y Chacaíto, donde, con toda seguridad, disfrutará de una buena "máquina" aplicada quizá por menores de edad (por si alguien no conoce la jerga, una máquina es que undelincuente aplique una llave estranguladora hasta desmayar a su víctima, mientras los cómplices le vacían los bolsillos; antes de irse con el botín, y como mera diversión, le darán dos o tres patadas en la cara). Si encuentra media docena de carros serán muchos. Y eso por no hablar de lo que sucede en los barrios populares, donde la gente debe enconcharse antes de que caiga el sol y aun así corren peligro. Todo ello se debe a que en Venezuela hay muy pocos presos. Aquí, por ejemplo, por la estupidez, demagogia y ausencia de criterio de nuestros legisladores, debemos llamar "menor infractor" a un muchacho que lleva dos docenas de asesinatos antes de afeitarse por primera vez. Aquí, en diciembre de 1999, un grupito de carajitos entre 8 y 14 años, de una de las bandas de sabana Grande, rocío de gasolina a un borracho y le prendieron fuego por mera diversión; se reían mucho mientras el pobre individuo moría en una de las formas más brutales y dolorosas. Por eso cuando pienso en esas cosas me acuerdo de la madre de los canallas que aprobaron leyes imbéciles, con fines demagógicos, como ésas que protegen a criminales menores de edad.

Porque uno de los lugares comunes más difundidos es esa proporción directa entre pobreza y delito. La verdad es que se trata de una de las tesis más peregrinas del mundo y no explica porqué Venezuela, el país más rico de Latinoamérica, es también uno de los más peligrosos, mientras que el más pobre, Haití, siempre fue muy seguro, gracias a lo cual, con escasisimos atractivos, recibe un nutrido contingente de turistas. O en su vecina República Dominicana, donde el hampa es casi desconocida. Y estamos hablando de dos naciones lo suficientemente pobres como para que todavía sus ciudadanos emigren en masa a Venezuela, a pesar de la crisis. Tampoco explica el clima de seguridad en Bangldesh y la India, o entre las naciones del mundo islámico, muchas de las cuales son terriblemente pobres (no todas son Kuwait, EAU o Arabia Saudita).

En esa farsa nacional, en esa costumbre de poner siempre el dedo lo más lejos posible de la llaga, intentaron resolver el hacinamiento carcelario liberando presos. Por eso un pacto criminal entre AD y Copei aprobó el COPP. Echaron a la calle a verdaderas hienas, que el mismo día que salieron en libertad cometieron un delito para comprar la piedra con que celebrar la liberación.

Ya me parece estar escuchando voces de protesta y hasta alguno habrá que me califique de fascista. Por cierto que quien piense así debería darse una vuelta por Cuba y ver cómo tratan allí a los hampones, la severidad de su Código de Defensa Social y la implacable lucha policial contra la delincuencia. Gracias a eso en La Habana no hay zonas rojas y las personas pueden hacer lo que les venga en gana, a la hora que quieran, sin temor a facinerosos.

Por eso me resulta tan gracioso, si no fuera trágico, ver a los comeflores europeos, como el que escribe ese artículo, pontificando sobre políticas carcelarias y criminalidad. Claro, ése es el resultado de gente que se escandaliza porque ETA lleva unos 800 muertos en cuarenta años, cifra que el hampa caraqueña alcanza en cuestión de pocos meses. No es un problema de transformarse en Estados carcelarios, sino que esté en las cárceles todos los que deban estar, por el tiempo que deban estar y que cuando salen -si salen- ya no sean una amenaza social. El sujeto ése se queja de cómo aumentó en España el número de encarcelados, pero obvia que el número de delitos aumentó mucho más aún. Eso quiere decir que no creció lo suficiente el número de presos. En Europa, en buena medida influidos por tesis comefloristas, ven como día a día aumenta la criminalidad y descubren un fenómeno que desconocían: el hampa violenta, los carajos capaces de matar. Y eso que allí se rasgarían las vestiduras y le darían primera página a hechos que aquí son cotidianos: que un par de hijos de puta asesinen a un muchacho para robarle unos zapatos usados. Palabra que me sentiría muy feliz si supiera que quienes cometen hechos así jamás volverán a poner un pie en la calle; que morirán tras las rejas, como corresponde a quien es un peligro para el resto de la humanidad. Eso sí, en cárceles decentes, sin hacinamiento y con la menor peligrosidad posible, aunque siempre será peligroso un lugar donde se alojan semejantes especímenes.

Albreto Nolia

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