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Etcétera, Junio de 2002
Cuando domina la TV
(Segunda y última parte)
Umberto Eco
La lección. La prensa italiana lo he dicho muchas
veces es hoy esclava de la televisión. La televisión es la que fija la
agenda de la prensa. No existe prensa en el mundo donde las noticias de la
televisión terminen en la primera plana, a menos que la tarde anterior Clinton
o Mitterrand hayan hablado en la TV o haya sido sustituido el administrador
delegado de una cadena nacional. No se me responda que se deben llenar las páginas.
Tengo aquí The New York Times del domingo 22 de
enero: son solamente 569 páginas, porque estamos en enero, mientras que antes
de la Navidad los números eran más voluminosos. En ese número de páginas se
incluyen también los espacios publicitarios, la revista de los libros, el
semanario de variedades, viajes, autos, etcétera. Veamos dónde se menciona a
la TV, que además es un electrodoméstico que ocupa mucho espacio en el
imaginario estadounidense. Se menciona en el suplemento "Artes y espectáculo"
en la página 32, donde hay una reflexión sobre los estereotipos raciales en
los programas y una larga reseña referente a un magnífico documental sobre los
volcanes. Está después el cuaderno con la programación (es obvio), pero el
tema de la TV no aparece ni siquiera en el suplemento de variedades y modas, que
corresponde al "Sette" de Il Corriere della Sera o a "Il
Venerdi" de La Repubblica. Entonces no es cierto que se necesita
hablar de la TV para llenar las páginas e interesar al público; es una elección
y no una necesidad.
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Fotos:
Brill´s Content |
El mismo día los diarios italianos daban amplio espacio a
un próximo programa de Chiambretti y, por tanto, se trataba de publicidad
gratuita, donde la noticia central era que le había dado por entrar con las cámaras
en las aulas universitarias donde estaba dando mi clase y yo, por respeto al
lugar y su función, no se lo permití. Si esa era una noticia por qué es
noticia que cualquier santuario permanezca inmaculado para la televisión valía
cuatro líneas entre los suplementos de publicidad.
Pero, ¿si en esa aula hubiese tocado, cámara en mano, un
hombre político cualquiera y yo lo hubiera invitado a desistir? Hubiera tenido,
sin entrar en el aula y sin aparecer en video, las primeras páginas de los
diarios. En Italia, el mundo político puede fijar la agenda de las prioridades
periodísticas afirmando cualquier cosa en la TV o directamente haciendo saber
que lo afirmará, y al día siguiente la prensa no hablará de lo que ocurre en
el país sino de lo que se dijo o podría haberse dicho en la televisión.
Ciertamente somos un país en el cual, más que en ningún
otro, la vida de la televisión se entreteje estrechamente con la vida política,
de otro modo no se discutiría de par condicio, y esto ocurría ya en
tiempo de Bernabei e incluso antes de que apareciese en el horizonte la
Fininvest; por tanto, la prensa debe dar cuenta de este entramado.
Un amigo extranjero me hacía notar, el domingo 29 de
enero, que sólo en Italia podía ocurrir que ese día apareciese en muchas
columnas resumida la primera plana, y luego en interiores, la histórica
declaración de Chiambretti: "No me voy" (sólo porque Santoro había
lanzado una provocación el día anterior). Cierto, la decisión profesional de
un cómico no debería ser noticia de primera plana, especialmente si el cómico
decide no interrumpir la transmisión que está conduciendo. Si es noticia el
hombre que muerde al perro y no el perro que muerde al hombre, ése era el caso
de un perro que aparentemente no había mordido a nadie.
Y, sin embargo, todos sabemos que detrás de aquel debate,
que involucraba incluso a Enzo Biagi, había un sentimiento de incomodidad, una
polémica de claro sabor político. Debemos decir que la prensa estaba obligada
a poner aquella noticia en primera plana y no por culpa propia sino de la
situación italiana. No obstante, es un azar que la situación italiana sea la
que es incluso por responsabilidad de la prensa.
Desde hace tiempo la prensa, para atraerse al público de
la televisión, ha impuesto a la propia televisión como espacio político
privilegiado haciendo publicidad (hecho único en la historia de la competencia
económica) más allá de lo debido, al propio competidor natural. Los políticos
han extraído las debidas consecuencias: han elegido la TV, han adoptado el
lenguaje y las formas, seguros de que sólo así tendrían la atención de la
prensa. La prensa ha politizado el espectáculo más allá de lo debido.
Entonces era obvio que el político tratara de hacerse notar llevando a la
Cicciolina al Parlamento; y el de la Cicciolina es un caso típico porque, por
instintiva pruderie, la TV no le había dado el espacio que le ha
asegurado de inmediato la prensa.
La entrevista.
Mientras que depende de la televisión para su agenda, la prensa ha decidido
emularla en su estilo. La entrevista se ha convertido en el modo más típico de
divulgar cada noticia de política, literatura y ciencia. La entrevista es
obligatoria en la TV, donde no se puede hablar de alguien sin presentarlo pero,
en cambio, es un instrumento que la prensa siempre había usado con mucha
cautela.
Entrevistar quiere decir regalar el propio espacio a
alguien para hacerlo decir lo que él quiere. Piensen en lo que ocurre cuando un
autor ha publicado un libro. El lector espera de la prensa un juicio y una
orientación y se fía de la opinión de un crítico importante o de la seriedad
del título. Pero hoy un periódico se siente abatido si no consigue tener antes
que nada una entrevista con el autor.
¿Qué es una entrevista con el autor? Es fatalmente
autopublicidad: es rarísimo que el autor afirme que ha escrito un libro
innoble. Es habitual un chantaje implícito, que sucede también en otros países:
si no se concede la entrevista, no se hace ni siquiera la reseña. En todo caso
el lector ha sido defraudado; la publicidad ha precedido o sustituido al juicio
crítico y a menudo el crítico, cuando finalmente escribe, ya no discute el
libro, sino lo que el autor ha dicho en el curso de varias entrevistas.
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Con mayor razón la entrevista con un político debería
ser un gesto de cierta trascendencia: o es solicitada por el político, que
quiere usar al periódico como vehículo (y el periódico tiene que evaluar si
quiere darle el espacio), o es solicitada por el periódico, que quiere
profundizar una cierta posición del político. Una entrevista seria debe tomar
mucho tiempo y el entrevistado como sucede en casi todo el mundo después
debe revisar el entrecomillado para evitar malentendidos y desmentidos.
Hoy, los diarios publican una decena de entrevistas al día,
cocidas y masticadas, donde el entrevistado dice lo que ha dicho en otros periódicos
pero, para ganarle a la competencia, se necesita que la entrevista de ese día
sea más sabrosa que la del otro. Entonces el juego está en arrancar al político
una ligera aceptación que, deliberadamente subrayada, hará explotar el escándalo.
Entonces el político, siempre en escena al día siguiente
para desmentir lo que ha declarado el día anterior, ¿es una víctima de la
prensa? Debemos entonces preguntarle: "¿Por qué no adopta la eficaz técnica
del no comment?". Parece que en octubre pasado Bossi escogió esta vía,
cuando prohibió a sus diputados hablar con los periodistas. ¿Vía errónea,
porque lo expone a los ataques de la prensa? ¿Vía acertada, porque le ha
redituado al menos dos días de presencia a plana completa en todos los periódicos,
lo que en precio de publicidad vale una fortuna?
Los periodistas parlamentarios, por su parte, afirman que
en todos los casos de declaración seguida de virulento desmentido, es el político
el que verdaderamente ha hecho esa media declaración para que la publicase el
periódico, con objeto de poder desmentirla un día después, lanzando mientras
tanto un ballon d' essai y haciendo llegar una insinuación o una señal
de amenaza. Después de los cual habría que preguntarle al cronista
parlamentario víctima inocente del político astuto: "¿Por qué lo
permite?", "¿por qué no exige que lo controlen y subraya el
entrecomillado?". La respuesta es simple: en este juego cada uno tiene algo
que ganar y nada que perder. En la medida en que el juego es vertiginoso, las
declaraciones se suceden a diario, el lector pierde la cuenta y olvida lo que se
ha dicho. En compensación, el periódico resume la noticia y el político logra
la ventaja que se ha propuesto previamente.
Es un pactum sceleris a los daños, al lector y a
los ciudadanos, y es tan difuso y aceptado que se ha vuelto una costumbre no de dación
sino permítaseme de dicción ambiental. Como todos los delitos, sin
embargo, al final no paga: el precio, sea para la prensa o para el político, la
inadmisibilidad, y la reacción indiferente del lector.
Para volver la entrevista más apetitosa, se ha agregado,
como ya se decía, el cambio radical del lenguaje político, el cual asumiendo
la forma del debate y del altercado televisivo, ya no es cuidadoso sino
pintoresco e inmediato.
Por mucho tiempo nos lamentamos de los políticos italianos
que leían una parca y oscura declaración sobre una hoja y admirábamos a esos
políticos estadounidenses que frente al micrófono, con las manos en los
bolsillos, parecían hablar espontáneamente, improvisando e incluso salpicando
el discurso con ingeniosas ocurrencias. Y bien, no era así: la mayor parte de
ellos había seguido cursos en varios speech centers de su
universidad; seguía y sigue reglas de una oratoria aparentemente improvisada,
pero en cambio controlada hasta el milímetro; decía y dice ocurrencias
registradas en manuales especializados o preparadas en la noche por ghost
writers.
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Tomado de la oratoria curial de la primera República, el
político de la segunda improvisa realmente; habla de un modo más comprensible,
pero a menudo incontrolado. No es necesario decir que para los periódicos,
especialmente si han decidido volverse semanales, esto es maná, para usar una
frase hecha. Me perdonarán la comparación irreverente, pero el mecanismo
psicológico normal en la hostería de pueblo es que, si alguno que ha empinado
demasiado el codo suelta una indiscreción, todo el auditorio hará lo posible
para animarlo y llevarlo más allá del límite.
Esta es la dinámica de la provocación que se establece en
el talk show y es la misma que se instaura entre cronista y político. La
mitad de los fenómenos que hoy estamos definiendo como "envenenamiento de
la lucha política" proviene de esta dinámica incontrolable. He dicho,
ciertamente, que en el torbellino los lectores olvidan la declaración específica,
pero lo que se vuelve costumbre es el tono del debate, el convencimiento de que
todo está permitido.
La prensa habla de la prensa
En esta afanosa caza de declaraciones, sucede cada vez más
que la prensa habla solamente de la otra prensa. Es cada vez más frecuente en
el periódico A el artículo que anuncia una entrevista que aparece al día
siguiente en el periódico B. Es cada vez más frecuente la carta que desmiente
haber dado nunca una declaración al diario A, a la que sigue la respuesta del
periodista que afirma haber leído la declaración en una entrevista en el periódico
B, sin preocuparse de si B no sustrajo indirectamente la noticia del periódico
C. Colecciono un dossier sobre el argumento y no me pidan que lo muestre.
Entonces, cuando no habla de televisión, la prensa habla
de sí misma; ha aprendido de la televisión, que habla bastante de televisión.
En lugar de suscitar una preocupada indignación, esta
situación anómala hace el juego al político, que encuentra útil que de cada
declaración suya en un solo medio se haga eco la caja de resonancia de todos
los otros medios unidos. Así, los mass media, de ventana al mundo, se
transforma en espejo, los espectadores y los lectores miran un mundo político
que a su vez se mira a sí mismo, como la reina de Blancanieves.
L'Espresso
ha lanzado a menudo campañas que han hecho época. Piénsese en el célebre e
inicial "Capital corrupta, nación infecta". Pero, ¿cuál era la técnica
de esta campaña? Tengo en casa sólo un año completo de L'Espresso, de
1965, y el otro día lo estuve hojeando. Del número 1 al 7, los artículos van
de la política a la moda, sin revelaciones extraordinarias. En el número 7
aparece una investigación de Jannuzzi, "La cedular de San Pedro",
donde se acusa al Vaticano de haber sustraído en tres años 40 mil millones al
fisco, con el consenso del gobierno italiano. Estamos en periodo de sesiones, se
está discutiendo de nuevo el artículo 7 de la Constitución, el tema es
candente. En el número 8 no se retoma el tema fiscal. Aparece en cambio un
servicio sobre Il Vicario de Hochhut, cuya representación había sido
bloqueada por la jefatura de policía de Roma, con comentarios de Scalfari y un
artículo no firmado de indiscreciones sobre el Concilio. Sin que el lector se dé
cuenta al primer golpe, el tema de Il Vicario se retoma en la sección
teatral de Sandro De Feo. En el número 9 cae la polémica, pero del 9 al 13
tenemos un monitoreo, un largo servicio de Camila Cederna sobre los entretelones
del Concilio.
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Es hasta el número 13 y estamos a dos meses después
que un artículo de Livio Zanetti abre el problema político de las discusiones
sobre la revisión del Concordato y sólo al final del artículo el problema se
liga al de los presuntos fraudes fiscales del Vaticano. Se regresa al tema en el
número 14, no en primera plana. En el número 15 Falconi explora los casos de
los curas rebeldes y de la iglesia de Barbiana, en el número 16 un editorial en
primera plana habla del peso político de una visita de Nenni al Vaticano con la
pregunta: ¿sabrá el Estado italiano hacer valer sus derechos? En el número 18
inicia una nueva indagación, sobre los misterios de la magistratura.
El periódico tenía evidentemente su estrategia, sabía
que no podía gritar "el lobo, el lobo" todas las semanas, dosificaba
los tonos y las noticias, dejaba que el lector, poco a poco, se formara una
opinión, hacía sentir a la clase política el peso de una atención discreta
pero constante, dejando entender que, en caso de necesidad, podría volver al
descubierto.
¿Podría un semanario comportarse actualmente de la misma
manera? No.
En primer lugar, L'Espresso de entonces se dirigía,
por su tiraje y su presentación gráfica, a la clase dirigente; hoy sus
lectores han aumentado al menos cinco veces; ya no puede seguir la técnica de
la insinuación sutil, progresiva, gradual.
En segundo lugar, hoy la exclusiva inicial el primer artículo
del número 7 sería inmediatamente retomada y ampliada por el resto de la
prensa y de los otros media y para poder retomar el tema el semanario
debería inmediatamente subir el tiraje, encontrar noticias más explosivas a
costa de inflar datos no suficientemente comprobados.
En tercer lugar, en el mundo político y en sus apariciones
en la televisión, el tema habría alcanzado el nivel del altercado; el objeto
de la noticia ya no sería el hecho de que existe sospecha de fraude fiscal, o
un problema de Concordato, sino la pintoresca confrontación que se ha dado
sobre ese problema y el semanario hablaría solamente de cómo otros periódicos
o noticieros televisivos enfrentan la cuestión.
Finalmente, en cuarto lugar, entre los elementos de
transformación de la prensa, no podemos dejar de considerar el nuevo
comportamiento de la magistratura. La prensa intervenía allí donde las fuerzas
políticas callaban y la magistratura no veía. Después de Manos Limpias, la
magistratura ha conseguido tal intensidad en la denuncia, a todos los niveles,
que a la prensa le queda muy poco por descubrir. No le queda sino repetir (o
anticipar, en una frenética carrera hacia la indiscreción) las denuncias que
parten del Palacio de Justicia, o cambiar de juego y denunciar a la
magistratura, pero también allí a la zaga de la televisión. El juego de las
partes se convulsiona.
Si en un tiempo un periódico debía enviar sus propios espías
a los pasillos de los palacios romanos para arrebatar alguna cautelosa declaración
a personas que sabían, hoy debe, eventualmente, procurarse alguien que le
proporcione, no solicitados, sabrosos dossier de quien, si no se controla
la autenticidad, se convierte en amplificador truculento, perdiendo
credibilidad. Es decir, que debe jugar a la defensiva, parar golpes que vienen
de afuera. No quisiera ser pesimista, pero se corre el riesgo de que quede
Pecorelli (que jugaba a medio camino entre acontecimientos, mundo político,
servicios y periodismo) por encima de Arrigo Benedetti (que pensaba en el
periodismo como un cuarto poder autónomo).
La prensa incómoda. Inicios de cambio
En cuanto a la exclusiva, no es que en otras partes las
cosas sean diferentes de como son en Italia, y Francia ha lamentado
recientemente que la carrera por la exclusiva a cualquier costo haya violado la
más celosa intimidad del Presidente de la República. Cuáles serán las
consecuencias de esta carrera por la exclusiva, lo dice una comparación entre
el caso Nixon y el caso Clinton.
Antes de la investigación del Washington Post sobre
Watergate, no hubo jamás ataques, que no fueran políticos, a la Presidencia y
a su honorabilidad. Si consideramos en sí la entidad del dolo, Nixon hubiera
salido fácilmente acusando a los colaboradores demasiado diligentes. Pero ha
cometido el error de decir una mentira. A ese punto la campaña periodística ha
señalado el hecho de que el Presidente de Estados Unidos había mentido y Nixon
cayó finalmente, no porque fuera indirectamente culpable de espionaje, sino por
ser reo del embuste. Quiero decir que la elección fue precisa, puntual,
calibrada y justo por eso eficaz.
Lo que hace la campaña contra Clinton más débil y
desarticulada es que ahora ya aparece una exclusiva por día, y a más de
hacerlo no vacila en atribuir a Clinton e Hillary cualquier falta, de la
especulación inmobiliaria a la alimentación del gato con dinero del Estado. Es
demasiado. La opinión pública está confundida, y permanece fundamentalmente
escéptica. El resultado, también allá, es el envenenamiento de la lucha política:
ahora se sustituye un líder sólo si se logra meterlo a la cárcel.
¿Qué hacer?
Para sustraerse a estas condiciones quedan a la prensa dos
caminos, ambos difíciles, porque incluso los diarios extranjeros que hasta
ahora los han practicado deben de alguna manera transformarse para adaptarse a
los nuevos tiempos.
La primera es la que llamo la "vía fidjiana". En
1990 estuve durante casi un mes en las islas Fidji y el año pasado casi un mes
en el Caribe. Podía leer, en aquellas islitas, solamente el diario local: ocho
o 12 páginas, la mayor parte publicidad de restaurantes, noticias de carácter
local y el resto de agencias. Bien, estaba en las islas Fidji cuando explotó la
crisis del Golfo, y en el Caribe cuando en Italia se discutía el caso del
decreto Biondi, y me mantuve al corriente de todos los hechos esenciales. Estos
periódicos paupérrimos, trabajando sólo con servicios de agencias, lograban
dar en pocas líneas las noticias más importantes del día anterior. A esa
distancia comprendía que aquello de lo que los periódicos no hablaban no era
tan importante.
La vía fidjiana.
Seguir la "vía fidjiana" implica naturalmente, para un periódico,
una tremenda merma en sus ventas. Se convertiría en un boletín para una élite
como la que lee el boletín de la bolsa; porque para comprender el peso de una
noticia dada en forma esencial se necesita un ojo educado. Sería, sin embargo,
una fatalidad incluso para la vida política, que perdería la función crítica
de la prensa, su aguijón. Los políticos superficiales podrían pensar que a
este punto les bastaría la televisión: pero la televisión, como toda forma de
espectáculo, acaba. Fanfani sobrevivió más tiempo que Nilla Pizzi. Una clase
política crece y madura también a través de una confrontación amplia,
tranquila y reflexiva, como sólo lo puede permitir la relación con la prensa.
La clase política es la primera que tiene todo que perder
(aferrando sólo alguna ventaja de breve alcance: pocos, malditos y rápido), de
una prensa diaria totalmente semanalizada y sometida a la televisión.
La atención prolongada.
La otra vía sería aquella que he definido, al principio, como la atención
prolongada: el diario renuncia a convertirse en un semanario de variedades y
se vuelve una austera y confiable mina de noticias de lo que ocurre en el mundo;
es decir, no hablará del golpe de Estado ocurrido ayer en un país del Tercer
Mundo sino que dedicará a los acontecimientos de ese país una atención
continua, aun cuando los hechos por venir estuvieran en incubación, logrando
explicar al lector por qué (por cuáles intereses económicos o políticos,
incluso nacionales) se debía prestar atención a cuanto ocurría. Sin embargo,
este tipo de prensa cotidiana requiere de una lenta educación del lector. Hoy
en Italia un diario, antes de llegar a educar en ese sentido a los propios
lectores, los habría perdido. Incluso el New York Times, que tenía
lectores educados y funcionaba en Nueva York con un régimen prácticamente
monopólico, enfrenta ahora al muy coloreado y más ligero USA Today que
le roba mercado.
Podría suceder también otra cosa. Con el desarrollo de la
telemática y de la televisión interactiva, pronto cada uno de nosotros podría
componer e incluso imprimir en casa con el telecomando, el propio diario
esencial, escogiendo de una gran cantidad de fuentes.
El diario telemático
Podrían morir los diarios, no los editores de diarios que
venderían informaciones con costos reducidos. Sin embargo, el periódico hecho
en casa podría decir solamente aquello en lo que el usuario está ya interesado
de antemano y lo alejaría de un flujo de informaciones, juicios y alarmas que
habían podido reclamar su atención; le quitaría la posibilidad de atrapar,
hojeando el resto del periódico, la noticia inesperada y no deseada. Tendríamos
una élite de usuarios informadísimos, que saben dónde y cuándo buscar la
noticia, y una masa de subproletarios de la información, satisfechos con saber
solamente que en los alrededores nació un becerro con dos cabezas: es lo que ya
sucede en los diarios del Middle West estadounidense.
También en este caso sería una desgracia para los políticos,
obligados a replegarse a la televisión; se tendría un régimen de república
plebiscitaria, donde los electores reaccionarían solamente a las emociones del
momento, transmisión por transmisión, como se suele decir, en el tiempo real.
A alguien le puede parecer una situación ideal, pero hay que tener cuidado,
pues en tal caso no sólo el hombre político sino los propios grupos y
movimientos tendrían la vida breve de una modelo.
¿Un futuro Internet?
Queda abierto un futuro Internet y políticos como Al Gore
lo comprendieron desde hace tiempo. Entonces la información se difunde por
innumerables canales autónomos, el sistema es acéfalo e incontrolable; cada
uno discute con los otros, no sólo reacciona emotivamente al sondeo en el
tiempo real, sino que dirige mensajes incluso profundizados que descubre poco a
poco, relaciones y discusiones entretejidos más allá de lo que es la dialéctica
parlamentaria o la vetusta polémica periodística. Pero, ¿qué sucedería, al
menos por algunos años?
Ante todo, las redes telemáticas seguirán siendo un
instrumento para una élite culturizada y joven, no para el ama de casa católica,
no para el marginado al que se dirige Refundación Comunista, no para el
pensionado al que convoca el PDI (Partido Democrático de Izquierda, ex PCI), no
para la señora burguesa que se manifiesta por el Polo (se refiere al llamado
Polo de la Libertad, coalición de partidos de derecha. N. del T.).
En segundo lugar, no se ha dicho que estas redes puedan
realmente permanecer acéfalas, sustraídas de todo control de las alturas,
porque estamos ya en una situación de congestionamiento y mañana un Gran
Hermano podría controlar los canales de acceso, ¡y entonces, olvídense de la par
condicio!
En tercer lugar, la enormidad de informaciones que permiten
estas redes podría llevar a una censura por exceso. El New York Times
del domingo contiene realmente all the news that's fit to print, todo lo
que vale la pena publicar, y no se diferencia mucho del Pravda de los
tiempos de Stalin porque, dado que no es posible leerlo todo en siete días, es
como si las noticias que ofrece fueran censuradas; demasiadas noticias, ninguna
noticia. El exceso de información lleva a criterios casuales de destrucción o
a cuidadas selecciones permitidas, de nuevo, a una élite educadísima.
Función fundamental
¿Cómo concluir? Considero que la prensa, en el sentido
tradicional del diario y del semanario hechos de papel, que se consiguen
voluntariamente en el quiosco, tiene aún una función fundamental, no sólo por
la evolución civil de un país, sino también para nuestra satisfacción y por
el placer de estar acostumbrados, desde hace siglos, a considerar con Hegel la
lectura de los diarios como la plegaria matutina del hombre moderno.
Pero así como van las cosas, la prensa italiana manifiesta
en sus propias columnas una incomodidad de la que es consciente, sin saber cómo
salir de ella. Ya que las alternativas como hemos visto son difíciles de
intentar, es necesario que inicie una lenta transformación a la cual el mundo
político no puede permanecer ajeno.
Para comenzar, ocurre a menudo que un hombre político envíe
a un periódico un artículo que aparece bajo la leyenda: "recibimos y
publicamos con mucho gusto". Es un modo de contribuir a la reflexión, de
asumir la responsabilidad de las propias declaraciones. Que pida el político
que se le permita revisar cada entrevista y que suscriba el entrecomillado.
Aparecerá menos en los periódicos, pero cuando lo haga será tomado en serio.
Ganarán ventaja también los periódicos, que no se verán condenados a
registrar solamente golpes de humor arrancados entre uno y otro café.
¿Cómo llenará la prensa estos vacíos? Tal vez buscando
otras noticias en el resto del mundo, que no es el pequeño cuadrado entre
Montecitorio y el Palazzo Madama, cuadrado que a millones de personas no les
importa en absoluto. Y también se trata de millones de personas que deben
importarnos, de las que la prensa debe hablar más, no sólo porque miles de
nuestros conciudadanos construyen algo con ellos, sino porque de su crecimiento
o de su crisis depende el futuro de nuestra sociedad, y querría decir de la
sociedad europea, sometida a flujos no ya inmigratorios sino migratorios de
alcance histórico.
Esta es una invitación tanto para la prensa como para el
mundo político, a mirar más al mundo y menos al espejo.
Texto leído por Umberto Eco en un seminario promovido por la presidencia del
Senado, en Italia, a fines de enero de 1995 y publicado originalmente en L'Unità,
febrero de 1995. etcétera, en su primera época, lo reprodujo en junio
de ese año.
Traducción: Adriana Guadarrama.