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Etcétera, Mayo de 2002

(Primera de dos partes)
Umberto
Eco
El poder que han adquirido los medios es incuestionable,
algunas veces creen tener más poder del que realmente detentan y buscan
convertirse en protagonistas y jueces de la cosa pública, en más de una ocasión
desvirtuándola hasta convertirla en espectáculo. A partir de algunos ejemplos
de su país, Eco analiza en este ensayo gran parte de los males de la prensa
italiana, los cuales, afirma el pensador italiano, son comunes a casi todos los
países.
El documento
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José Antonio |
Estimado presidente, señores senadores, colegas
directores, lo que estoy por presentarles brevemente es un cahier de doléances
(libro de quejas. N. del T.) sobre la situación de la prensa italiana,
especialmente en sus relaciones con el mundo político. Puedo hacerlo, no a
espaldas sino en presencia de los representantes de la prensa, porque todo lo
que diré ya lo he escrito desde los años 60, y en gran parte de los diarios y
semanarios italianos. Esto significa que en nuestro país existe una prensa
libre y desprejuiciada, capaz de enjuiciarse incluso a sí misma.
La función del cuarto poder es ciertamente la de controlar
y criticar a los otros poderes tradicionales, pero puede hacerlo en un país
libre, porque su crítica no tiene funciones represivas: los medios pueden
influir en la vida política del país solamente creando opinión.
Los poderes tradicionales no pueden, en cambio, controlar
criticando a los medios sino a través de los mismos medios, de
otra manera su intervención se convierte en sanción ya sea ejecutiva,
legislativa o judicial, lo que puede suceder sólo si los medios
delinquen o parecen configurar situaciones de desequilibrio político e
institucional (véase el debate sobre la par condicio). Pero, como quiera
que los medios, en nuestro caso la prensa, no pueden estar exentos de crítica
es condición de salud para un país democrático que la propia prensa se pueda
cuestionar a sí misma.
Sin embargo, a menudo no basta que lo haga: es más, el
hacerlo puede constituir una sólida coartada, o bien, para ser estrictos, un
caso de "tolerancia represiva", como la definía Marcuse: una vez
demostrada la propia falta de prejuicios autoflagelatoria, la prensa ya no se
interesa en reformarse.
Al presentar mi cahier de doléances no intento
criticar a la prensa ni sus relaciones con el mundo político como si éste
fuera víctima inocente de los abusos de la prensa. Considero que es plenamente
corresponsable de la situación que trataré de delinear.
Más aún, no seré de esos provincianos para los cuales
está mal sólo aquello que ocurre en nuestro país. No caeré en el error de
mucha de nuestra prensa, a menudo xenófila, que cuando se refiere a un diario
extranjero lo hace adelantando siempre el adjetivo "autorizado",
llegando así a hablar del "autorizado" New York Post cuando
quiere citarlo, ignorando el hecho de que el New York Post es un
periodicucho de cuarta que se avergonzarían de leer en Omaha, Nebraska.
Gran parte de los males de los que sufre la prensa italiana
son hoy comunes a casi todos los países. Pero tomaré algún ejemplo sólo
cuando me parezca que contiene una lección que puede ser positiva también para
nosotros. Una última precisión: usaré como textos de referencia La
Repubblica, Il Corriere della Sera y L´Espresso y esto no sólo
por razones de tiempo sino también de corrección. Son tres publicaciones sobre
las que he escrito y aún escribo y, por tanto, mis críticas no podrán ser
consideradas preconcebidas o inspiradas por la inquina. Pero los problemas que
pondré sobre la mesa se refieren en un alto porcentaje a la prensa italiana en
general.
Las polémicas de los años 1960-1970
En los años 60 y 70, la polémica sobre la naturaleza y
función de la prensa se desarrollaba sobre estos dos temas: 1) diferencia entre
noticia y comentario y, por tanto, una llamada a la objetividad (recuerdo a propósito
duelos históricos con Ottone); 2) los diarios son instrumentos de poder,
administrados por partidos o por grupos económicos, que utilizan un lenguaje
intencionalmente críptico en cuanto a que su verdadera función no es dar
noticias a los ciudadanos sino enviar mensajes cifrados a otro grupo de poder,
pasando por encima de los lectores. Al respecto ya existe una bibliografía vastísima.
El presidente Carlo Scognamiglio ha citado incluso una
expresión como "convergencias paralelas", que ha quedado en la
bibliografía sobre los mass media como símbolo de este lenguaje, apenas
comprensible en los pasillos de Montecitorio, pero impermeable para la célebre
ama de casa de Voghera.
Estos dos temas son en gran parte obsoletos. Por un lado,
había tenido lugar una amplia polémica sobre la objetividad y muchos de
nosotros sosteníamos que (con excepción de los boletines de las
precipitaciones atmosféricas) no existe jamás una noticia verdaderamente
objetiva. Aun separando cuidadosamente comentario y noticia, la misma elección
de la noticia y su compaginación constituyen un elemento de juicio implícito.
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En las últimas décadas se ha instaurado el estilo de la
así llamada tematización: la misma página incluye noticias de algún modo
relacionadas. He tomado, casi al azar, la página 17 de La Repubblica del
22 de enero. Contiene cuatro artículos: "Brescia: da a luz y mata a la
hija"; "Roma: solo en casa, a los cuatro años juega sobre el alféizar,
el padre termina en Regina Coelli"; "Roma: puede dar a luz en el
hospital aun quien no quiere tener el hijo"; "Treviso: una madre
divorciada renuncia a ser mamá". Como ven, se tematiza el riesgo de la
infancia abandonada.
El problema que debemos plantearnos es: ¿se trata de un
caso de actualidad típico de este periodo? ¿Son todas las noticias sobre casos
del mismo tipo? Si se tratara sólo de cuatro casos, el asunto sería estadísticamente
irrelevante; pero la tematización eleva a la noticia a aquello que la clásica
retórica judicial y deliberativa llamaba exemplum: un solo caso, o pocos
casos, de lo que se extrae (o se sugiere subrepticiamente extraer) una regla. Si
se trata sólo de cuatro casos el diario nos hace pensar que existen más; si
hubiesen más, el diario no nos lo diría. La tematización no proporciona
cuatro noticias: expresa una fuerte opinión sobre la situación de la infancia,
aunque el redactor quisiera o pensara que, tal vez, ya bien entrada la noche ha
compaginado así la página 17 porque no sabía cómo llenarla. Con esto no
estoy diciendo que la técnica de la tematización sea equivocada o peligrosa: sólo
digo que nos demuestra cómo se pueden expresar opiniones dando noticias
totalmente objetivas.
En cuanto al problema del lenguaje críptico, diría que
nuestra prensa lo ha abandonado, porque ha cambiado también el lenguaje de los
políticos, los cuales ya no leen sobre una hoja frente al micrófono frases
oscuras y elaboradas, sino que dicen apertis verbis que su compañero de
sector es un traidor, mientras que el otro magnifica a voz en cuello las
cualidades eréctiles del propio órgano reproductivo.
La prensa recurre incluso en la primera plana al lenguaje
de esa entidad magmática que hoy se llama "la gente"; considera que
la gente sólo habla con frases hechas. Y he aquí (estoy usando los datos
recogidos por mis alumnos en un mes de frases hechas en la prensa italiana) en
un solo artículo de Il Corriere della Sera del 11 de enero, la siguiente
lista de frases hechas: la esperanza es la última que muere; estamos contra la
pared; Dini anuncia lágrimas y sangre; el Quirinale listo para la guerra; el
recinto se construyó después de que los bueyes dejaron el establo; Pannella
ataca sin piedad; el tiempo apremia; no hay lugar para un malestar de estómago;
el gobierno tiene mucho camino por andar; habremos perdido nuestra batalla;
estamos con el agua hasta el cuello.
En La Repubblica del 28 de diciembre de 1994 se
encuentra: es necesario conciliar intereses; quien mucho abarca poco aprieta;
Dios me salve de los amigos; los peores pasos del vals; Fininvest vuelve a la
lucha; todo está perdido; no hay a quién recurrir; yerba mala nunca muere; los
vientos cambian; la televisión hace la parte del león y nos deja sólo las
migajas; la dolorosa espina en el costado; rendir honor a las armas del
enemigo... Esto no es un periódico es el Barbanera. Hay que preguntarse
si estos clichés son finalmente más transparentes, o menos, que las
"convergencias paralelas".
Se nota que a estas frases hechas, válidas para la
"gente", son en 50% inventadas, en el sentido de la inventio
retórica, encontradas por los articulistas, y en 50% citadas de declaraciones
de parlamentarios. Apenas puse la cabeza dentro del aula del Senado y escuché
decir: señor presidente, queremos hechos no palabras. Tuve una impresión de dejà
vu y de dejà entendu y y me regresé al pasillo. Para usar otra
frase hecha, "el cerco se cierra" y estamos poniendo en el fuego una
diabólica alianza en la que no se sabe quiénes son los corruptos y quiénes
los corruptores.
El diario se vuelve semanario
En los años 60 los diarios no sufrían todavía por la
competencia de la televisión. Sólo Achille Campanile, en un encuentro sobre la
televisión en Grosseto, en septiembre de 1962, había tenido una intuición
luminosa. Decía: hubo un tiempo en que los diarios daban primero una noticia,
después intervenían otras publicaciones que profundizaban en la cuestión; el
periódico era un telegrama que terminaba con "sigue carta". Ya en
1962, la noticia telegráfica se daba a las ocho de la noche en el noticiero
televisivo. A la mañana siguiente el diario daba la misma noticia: era una
carta que terminaba con "sigue, es más, precede telegrama".
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Foto:
Brill´s Content |
¿Por qué sólo un genio de la comicidad como Campanile se
había percatado de esta situación paradójica? Porque la televisión se
limitaba entonces a uno o quizá dos canales, no recuerdo, llamados de régimen
y, por tanto, no se consideraba (y en buena parte no era) una fuente confiable;
los diarios decían más cosas y en un modo menos vago; los cómicos nacían en
el cine o en el cabaret y no siempre llegaban a la televisión; la comunicación
política tenía lugar en la plaza, cara a cara, o mediante manifiestos sobre
los muros.
Un estudio sobre el comicio televisivo de los años 60,
hecho por Paolo Fabbri, comprobaba mediante un análisis de numerosas tribunas
políticas que en el intento de adecuar las propias propuestas a una media de
los espectadores televisivos el representante del PCI (Partido Comunista
Italiano) terminaba por decir cosas muy parecidas a las del representante de la
DC (Democracia Cristiana), o bien se anulaban las diferencias, y cada uno
trataba de aparecer como el más neutro y seguro posible. Por lo tanto, la polémica,
la lucha política, ocurría en otra parte y en buena medida en los diarios.
Después ocurrió el salto cuantitativo (los canales se
multiplicaron cada vez más) y cualitativo: incluso dentro de la televisión
estatal se distinguían tres canales orientados políticamente de distinta
forma; la sátira, el debate encendido, la fábrica de primicias, pasaron a la
televisión que rompió incluso las barreras del sexo, de modo que algunos
programas de las once de la noche ya eran más audaces que las monjiles portadas
de L´Espresso o de Panorama, que se detenían en la frontera del
glúteo.
Todavía al inicio de los años 70 recuerdo que publicaba
yo una reseña sobre los talk shows estadounidenses, como el lugar de una
conversación civil, animada, que podía tener a los espectadores clavados hasta
altas horas de la noche frente al televisor y los proponía apasionadamente para
la televisión italiana. Después, apareció cada vez más triunfalmente en la
pantalllas caseras italianas el talk shows que, sin embargo, poco a poco
se convertía en lugar de un encuentro violento, a veces incluso de violencia física,
en escuela de un lenguaje sin términos medios (en honor a la verdad, una
evolución de este género tuvo lugar parcialmente también en algunos talk
shows de otros países).
Así, la televisión se convertía en la primera fuente de
difusión de las noticias y frente a los diarios se abrían solamente dos
caminos. Del primer camino posible, que por ahora definiré como "atención
prolongada", hablaré más adelante. Creo, sin embargo, que se puede
afirmar que la prensa siguió en buena medida el segundo camino: se ha hecho
semanal. El diario se ha vuelto más parecido a un semanario, con el enorme
espacio que dedica a la variedad, a la discusión de sucesos de la moda, de
chismes de la vida política, de atención al mundo del espectáculo. Esto pone
en crisis a los semanarios de primer nivel (de Panorama a L´Espresso)
y al semanario le quedan dos alternativas: o se vuelve mensual, pero ya existen
publicaciones mensuales especializadas en embarcaciones de vela, relojes,
computadoras, con un mercado propio fiel y seguro; o bien debe invadir el
espacio de los sociales, que pertenecía y continúa perteneciendo a los
semanarios de nivel medio (Gente y Oggi) para los apasionados de
las bodas principescas, o de bajo nivel (Novella 2000, Stop, Eva
Express) para los devotos del adulterio espectacular y los cazadores de
senos descubiertos en la intimidad de los ministerios de la decencia.
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Pero los semanarios de primer nivel no pueden descender al
nivel bajo o medio sino en las páginas finales, y ya lo hacen; allí es donde
hay que buscar los senos, las amistades afectuosas, los esponsales en
Montecarlo. Por otro lado, haciendo esto pierden la fisonomía del propio público:
entre más un semanario de primer nivel roza el nivel medio o bajo, más
consigue un público que no es el suyo tradicional y, por tanto, ya no sabe a
quién se dirige; aumenta el tiraje y pierde identidad.
Por otra parte, el semanario recibe un golpe mortal
sucesivo de los suplementos semanales de los diarios. A este punto, el semanario
tendría una sola solución: tomar la vía de las publicaciones del tipo de las
que en Estados Unidos se dirigen a un altísimo nivel de lectores como, por
ejemplo, el New Yorker, que ofrece la lista de los espectáculos
teatrales, dibujos animados de alto nivel, breves antologías poéticas, pero
puede aparecer un artículo de 50 cuartillas solamente sobre la biografía de
una gran dama del mundo editorial, como ha sucedido con Helen Wolff. O bien podría
tomar la vía del Time o Newsweek, los cuales aceptan ser
semanarios que hablan de acontecimientos de los que ya han hablado los diarios y
la televisión, pero que ofrecen al respecto un resumen esencial o dossiers
que profundizan en otros ángulos, cada uno de los cuales requiere de meses de
programación y de trabajo y una documentación cuidada hasta la exageración,
de modo que es raro que estos semanarios publiquen desmentidos respecto de datos
sobre los hechos.
Por otra parte, también un artículo para el New Yorker
es encargado con meses de anticipación, y si después se juzga que ya no es
actual al autor igualmente se le paga (generosamente) y el artículo se desecha.
Este tipo de semanarios tiene costos altísimos y puede existir sólo para un
mercado mundial de anglófonos y no para un mercado restringido de italianófonos,
donde los índices de lectura son todavía lamentables.
Por tanto, el semanario se esfuerza por seguir al diario
sobre su misma ruta y cada uno trata de superar al otro para conquistar a los
mismos lectores. Ello explica por qué el glorioso Europeo cierra, Epoca
busca desesperadamente una vía alternativa sosteniéndose con anuncios
televisivos y L´Espresso y Panorama luchan por diferenciarse; lo
hacen, pero el público lo nota cada vez menos. A veces me sucede que encuentro
conocidos incluso cultos, que me felicitan por la hermosa sección que escribo
semanalmente en Panorama; es más, afirman, con adulación, que compran Panorama
y sólo Panorama exclusivamente para leer mi sección.
La ideología del espectáculo
Para volverse semanales, los diarios aumentan las páginas;
para aumentar las páginas luchan por la publicidad; para tener publicidad
aumentan de nuevo las páginas e inventan los suplementos; para ocupar todas
esas páginas deben entonces contar cualquier cosa; para hacerlo deben ir más
allá de la sola noticia (que por otra parte ya dio la televisión) y, por
tanto, se hacen cada vez más semanales, hasta el punto de tener que inventar y
transformar en noticia lo que no es.
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Tomo un ejemplo de la vida cultural y no política, y que
se relaciona con un caso personal para no herir susceptibilidades. Hace unos
meses, al recibir un premio en Grinzane, fui presentado por mi colega y amigo
Gianni Vattimo. Quien se dedica a la filosofía sabe que mis posiciones son
divergentes de las de Vattimo, pero nos profesamos mutua estima. Otros saben que
somos amigos fraternos desde la juventud y que amamos zaherirnos mutuamente en
ocasión de algún encuentro. Ese día Vattimo había elegido precisamente la vía
de la convivencia social, había hecho una presentación afectuosa y animada y
yo le había respondido de modo igualmente bromista, subrayando con aspavientos
y paradojas nuestras eternas divergencias.
Al día siguiente, un periódico italiano dedicaba casi una
página completa al encuentro de Grinzane que habría marcado, según el
articulista, el nacimiento de una nueva, dramática e inédita, fractura en el
campo filosófico italiano. El autor del artículo sabía muy bien que no se
trataba de una noticia, ni siquiera cultural; había creado simplemente un caso
que no existía. Les dejo a ustedes encontrar ejemplos equivalentes en el campo
político. Pero también el ejemplo cultural es interesante: el periódico debía
construir un caso porque debía llenar muchas páginas dedicadas a la cultura, a
la variedad y a la moda, dominadas por una ideología del espectáculo.
Tomemos Il Corriere della Sera y La Repubblica
del lunes 23 de enero. El primero tiene 44 páginas, el segundo 54, pero
considerando la densidad de las páginas del primero, los dos se corresponden.
El lunes es un día difícil, no hay noticias políticas y económicas frescas,
cuando mucho queda el deporte.
Afortunadamente ese día Italia estaba en plena crisis de
gobierno y los diarios podían dedicar los artículos de fondo al duelo
Dini-Berlusconi. Una matanza en Israel el día del aniversario de Auschwitz
permitía llenar la mayor parte de la primera plana, con el añadido del caso
Andreotti y, para Il Corriere della Sera, la muerte de la
matriarca Kennedy que, en cambio, La Repubblica ubica en páginas
interiores. Crónicas de Chechenia, alguna noticia de Bonn. ¿Cómo llenar el
resto? La Repubblica e Il Corriere della Sera dedican
respectivamente siete y cuatro páginas a la crónica de ciudad; 14 y siete páginas
al deporte, dos y tres páginas a la cultura, dos y cinco a la economía y de
ocho a nueve a crónicas de la moda, espectáculos y televisión. En ambos
casos, de 32 páginas al menos 15 se dedican a servicios de tipo semanal.
Tomemos ahora el New York Times del mismo lunes. De
53 páginas, 16 se dedican al deporte, diez a problemas metropolitanos, diez a
la economía; quedan 16 páginas. En Estados Unidos no hay una crisis en curso.
Washington no requiere de mucho espacio y entonces cinco páginas de national
report se ocupan de asuntos internos. Después de la noticia obvia de la
matanza ocurrida en Israel se encuentran al menos diez artículos sobre Perú,
Haití, Ruanda, refugiados cubanos, Bosnia, Argelia, conferencia internacional
sobre la pobreza, Japón después del terremoto, el caso del obispo Gaillot.
Siguen dos densas páginas de comentarios y análisis políticos.
Dejo de lado entonces que los diarios italianos no hablan
de Perú, Haití, Cuba, Ruanda. Admitamos también que los tres primeros temas
interesen más a los estadounidenses que a los europeos; el resultado es que
eran argumentos de actualidad internacional que los periódicos italianos han
dejado de lado para aumentar la parte dedicada a los espectáculos y a la
televisión.
El New York Times, pero sólo porque es lunes, un día
en que no se sabe qué decir, dedica dos páginas al media business, pero
no se trata de adelantos sobre personajes del espectáculo, sino de reflexiones
y análisis económicos sobre el show business.
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Foto: José Antonio |
Que la selección es explícita lo dicen Il Corriere
della Sera y La Repubblica del lunes 30, que dedican una plana, con
anuncio en la primera, al hecho de que Coco Chanel haya sido espía nazi. Ante
todo la noticia ya la habíamos leído hace mucho tiempo. ¿Por qué se le
menciona ahora? Porque la ha mencionado un día antes una transmisión por
televisión de la BBC.
Ahora, Coco Chanel es francesa, pero el diario Le Monde
no toma en cuenta la noticia. ¿Chovinismo francés, temor de reabrir antiguas
heridas de Vichy? Sin embargo, ¿por qué no lo menciona ni siquiera el Herald
Tribune? ¿Por qué el hecho de que un libro o una transmisión televisiva
se ocupen de un acontecimiento histórico es argumento para un semanario de
cultura y espectáculo? ¿A qué se ha renunciado dando tanto espacio al caso
Chanel? Si se confronta con el Herald Tribune se encuentran 15 noticias
de actualidad descuidadas por los diarios italianos: "Chechenia envía un
embajador a Clinton", pero no puede hacerlo porque no tiene el estatus jurídico
necesario; "Francia decide aumentar a 300 hombres su contingente en
Bosnia"; "Mandela escoge un blanco como jefe de policía";
"Muere el director de la UNICEF", y así tocando China, Pakistán,
Camboya, Libia, Egipto y México.
Está claro que yo como lector me divertí más leyendo la
historia de Coco Chanel que la biografía del director de la UNICEF, pero la
selección es clara: el periódico quería divertirme y lo hizo, y quería
divertirme a partir de una noticia ofrecida por la televisión inglesa.
Texto leído por Umberto Eco en un seminario promovido por la presidencia del
Senado, en Italia, a fines de enero de 1995 y publicado originalmente en
L'Unità, febrero de 1995. etcétera, en su primera época, lo
reprodujo en junio de ese año.
Traducción: Adriana Guadarrama.