Red Bolivariana, 30 de Septiembre de 2002

Certificando al Certificador: La doble moral del Imperio

Víctor Morón

I. LOS PARAISOS ARTIFICIALES

Durante diez años, hasta el año pasado, el 1º de marzo de cada año la Casa Blanca ha emitido una especie de Certificado de Buena Conducta de las Naciones, según los esfuerzos que los Estados Unidos juzgaran que los distintos países hubieran hecho para resolver el problema del tráfico de drogas… en los Estados Unidos. Ésta no es una mera calificación moral: la negativa de la certificación convierte al país que caiga en esa condición en inelegible para créditos de la banca multilateral, entre otras sanciones. Después de muchos años de quejas de la comunidad internacional, y frente a una actitud fuertemente crítica -hay que reconocerlo- del entonces flamante presidente de México, Vicente Fox, la "certificación" se suspendió por un año. Pero todavía pende como una amenaza sobre un conjunto de naciones soberanas, en función de la percepción que el Ejecutivo Norteamericano tenga de un problema del que los Estados Unidos -principal consumidor de drogas ilegales en el mundo- es el principal responsable.

Los economistas saben que el factor que impulsa la producción es la demanda. En efecto, sin contar con que -en el nivel microeconómico- las técnicas de mercadotecnia pueden crear demanda para productos nuevos, e impulsar su consumo a partir de la oferta, no es frecuente que un productor ofrezca un bien si no percibe demanda preexistente que justifique su producción.

Siempre, a lo largo de toda la historia, y en todas las culturas, se consumieron (y se produjeron) sustancias equivalentes a lo que hoy se ha dado en llamar "drogas ilegales" (porque las hay legales, la aspirina, sin ir más lejos) o, genéricamente, "drogas".

No pretendemos remontarnos al carácter mágico o ceremonial de las drogas, vigente aún hoy en las culturas originarias subsistentes. Ni siquiera al consumo de las mismas por parte de artistas y poetas que gozaron de una precaria tolerancia porque la sociedad burguesa a la que ellos provocaban los aplaudía por su talento (desde Ribaud y Baudelaire hasta la generación Beatnik). De lo que estamos hablando es del uso masivo de las drogas ilegales, desde los opiáceos hasta la cocaína, desde la marihuana a los alucinógenos, desde las naturales a las sintéticas.

Y recuérdese que tenemos en vista la "certificación", por la cual los Estados Unidos, un país deficitario en materia de drogas (en adelante equipararemos ese término a las ilegales, sin cuestionar la peligrosidad, por ejemplo, del Prozac), sanciona a los países que se muestran remisos (o ineficientes) en reprimir la oferta que cubre ese déficit.

Repasemos los párrafos anteriores y preguntémonos: ¿se consumen drogas simplemente porque ellas "están ahí"? ¿Es la oferta la causa de las adicciones? Es claro que en lo individual frecuentemente la respuesta es positiva, pero cuando alejamos el zoom y volvemos a contemplar la majestuosidad del bosque, el análisis debe cambiar de foco.

Los Estados Unidos son el mayor demandante de drogas ilegales del mundo, no sólo por su tamaño y la cantidad de su población. También lo son en términos relativos, o sea en el per cápita. Y lo son, especialmente, en sus segmentos más pobres. Ya no se trata de un Rimbaud, un Baudalaire, un Allen Ginsberg, en la búsqueda de los paraísos artificiales para intensificar la pulsión poética, sino de los estratos más preteridos de una sociedad de desigualdades, en la búsqueda de la evasión, o del coraje necesario para desafiar a esa sociedad, personalizada, claro está, no en los ignotos dueños del poder, sino en el cercano buen burgués de las urbanizaciones homogéneamente iguales que ácidamente describieron Sinclair Lewis o Norman Mailer.

A esa demanda, claro, le corresponde una oferta, y circuitos ilegales de distribución para satisfacerla. Y otros tantos circuitos para legalizar el dinero obtenido en los canales de distribución, en los que por cierto el sistema se muestra más laxo, porque no es lo mismo meterse con un ignoto y reemplazable latinoamericano, que con los bancos más importantes del mundo, receptores finales de esos fondos.

Pero todo empieza en la demanda. Si no hubiera demandantes, no habría oferentes. La certificación, entonces, debería invertirse. Los países productores tendrían que hacer una conferencia anual para certificar (o des-certificar), como hacen los EE.UU. a los países consumidores, en función de los esfuerzos que hayan hecho para desalentar la demanda y/o desarticular las redes internas de distribución.

El circuito productivo de la droga comienza en países de la periferia, que poseen condiciones ecológicas para la producción de la materia prima. Continúa en los mismos países, u otros vecinos, cuyas precarias estructuras de seguridad hacen posible la elaboración. Sigue, aprovechando los grandes espacios no vigilados, para iniciar el proceso de tráfico, momento a partir del cual se vale de sofisticados mecanismos para llegar a los espacios consumidores (EE.UU., en primer lugar, y Europa). Tras el uso de mecanismos locales de distribución que multiplican varias veces el valor de origen, se genera una ingente masa de dinero (estimada para este año en ¾ de billón de dólares), que es reciclada por el sistema financiero internacional, y alimenta los circuitos cada vez más expansivos del capital especulativo.

El caso de doble moral, es claro. Los países del sur, productores, son des-certificados. Los países del norte, consumidores, y principales responsables de la producción, nos certifican o des-certifican, arrojándonos al ostracismo con esta última calificación. La banca transnacional, único canal por el que pueden legalizarse fondos equivalentes al 10% del PIB de los Estados Unidos, y como el 3% del PIB mundial, mira para otro lado y permanece ajena a cualquier tipo de cuestionamiento, mientras continúa con su negocio.

No es el único caso de doble moral, ni de doble discurso, ni son los EE.UU. los únicos que lo practican. Somos los "certificados", pero nadie certifica a los "certificadores", que mientras tanto continúan consumiendo 4/5 partes de la droga que se demanda en el mundo.

No es el único tema, ni el más grave, en el que los Estados Unidos se han erigido en supremos certificadores. Veamos a continuación el del llamado "terrorismo".

II. EL CÍRCULO DEL TERROR

Los atentados ocurridos en los EE.UU. el 11 de septiembre de 2001 fueron, ciertamente, un hecho repudiable. Su espectacularidad, por haber atacado centros neurálgicos del poder, su masividad, por la cantidad de muertos, y el hecho de que es la primera vez que ocurre un hecho de tal magnitud en territorio norteamericano (exceptuando, tal vez, la voladura del Edificio Federal de Oklahoma), les dieron una relevancia particular, e instalaron el tema del terrorismo en el primer lugar de las preocupaciones mundiales.

El terrorismo, sin embargo, como medio para doblegar la voluntad de combate de una fuerza enemiga mediante el ataque a objetivos periféricos a la misma, pero especialmente sensibles, no es nuevo en la historia de la humanidad. Y ha sido practicado tanto por revolucionarios (o rebeldes) como por el orden establecido.

El orden establecido, además, tiene la ventaja para sus prácticas terroristas, de poder enmascararlas en el monopolio de la violencia que legalmente detenta. ¿O acaso no es terrorismo la práctica del ejército israelí de demoler las casas de los palestinos que hayan cometido actos de terror contra Israel, afectando a toda su familia, y frecuentemente a toda su comunidad?

La tentación de utilizar el terror como recurso, sobre todo en los enfrentamientos internos, en los que los odios son intensos, no es nueva. El principio es muy sencillo: si ejercemos una acción extremadamente violenta contra nuestro enemigo, que afecte a sus familias, o sus amigos, o sus vecinos, doblegaremos su voluntad de lucha y lo obligaremos a replegarse. Si revisamos la historia, seguramente encontraremos ejemplos desde la antigüedad.

En nuestros tiempos (y pese a que algunos historiadores prefieren situar a la Revolución Rusa como la última del Siglo XIX, y no la primera del XX) el primer antecedente es la dupla Terror Blanco-Terror Rojo, apenas entrado el siglo que acaba de terminar. Bronstein-Trostski no sólo lo aplicó, sino que lo justificó teóricamente en alguno de sus escritos.

En aquellos años, mientras que estados recién nacidos, como el soviético, aplicaban el terror contra sus opositores, y viejos estados lo ejercían contra los que pretendían cambiar las reglas del juego, grupos más idealistas que políticos lo practicaban contra el poder. De ese juego siniestro entre el terror y el contra-terror se originaron episodios tan lamentables como, nada menos, la Primera Guerra Mundial ¿Lo habría imaginado jamás Gavrilo Princip, cuando disparó, en Sarajevo, contra el Archiduque Francisco Fernando? ¿Habría procedido de otro modo si hubiera podido predecir las consecuencias de su acto?

En la época de las revoluciones, la del modernismo, el terror se justificaba desde el punto de vista jesuítico (y no maquiavélico, el mismo Trotski saldó esa cuenta en su folleto "Su moral y la nuestra"): "el fin justifica los medios". También en esa época, en la que la ética contaba, surgió la crítica del terror cuando algunos filósofos señalaron, atinadamente, que no cualquier medio conducía a cualquier fin, y que la dialéctica medios-fines hacía que, si los fines justificaban los medios, los medios condicionaran el fin. El terrorismo, entonces, por contrario a la ética revolucionaria, sólo podía servir a fines contra-revolucionarios.

Pero estamos hablando, claro, de otros tiempos. Tiempos en que los medios tenían por objeto la obtención de fines. Tiempos en los que la política era de fines, no de medios. Tiempos modernos, para generalizar.

Hoy transitamos los tiempos post-modernos. La política de fines fue reemplazada por la de medios, y en ese contexto todo medio es válido aunque no conduzca a ningún fin. ¿Qué fin, si el signo de los tiempos es el relativismo, y el finalismo se hundió con la modernidad?

El infausto disparo de Gavrilo Princip era un grito desesperado contra la dominación autro-húngara en los Balcanes. Un medio tan equivocado como el puñal que había atravesado unos años antes el pecho de Elisabeth de Baviera, la inovidable Sissy, tía del muerto de Sarajevo. En un caso (el de Sissy) se trataba de terminar con el Imperio, en el otro, el de Sarajevo, con la dominación imperial. El medio era equivocado, pero había un fin, lo que nos remite a la dialéctica entre fines y medios, a la que nos referimos antes.

El brutal atentado del 11 de septiembre no persiguió fines, más allá de castigar a los EE.UU., y hacerles sentir, con la mayor fuerza posible, la furia del Dios de los islámicos. Ni liberación, ni fin del Imperio. Simplemente escarmiento.

En el Código de Regulaciones Federales de los EE.UU., de 1981, se define al terrorismo en función de sus fines, cuando se afirma que "el terrorismo constituye una utilización ilícita de la fuerza y la violencia contra personas o bienes con el fin de intimidar o coaccionar a un gobierno, a la población civil o a una parte de esta, para alcanzar objetivos políticos o sociales". Esta definición caducó el 11 de septiembre, o tal vez había caducado mucho antes. El 11 de septiembre no hubo "objetivos políticos o sociales". Hubo, simplemente, venganza, escarmiento.

Esta nueva faceta del terrorismo ha puesto en problemas al sistema jurídico internacional, porque ahora el terrorismo es una figura difusa, que no llega a definirse. Por eso las arduas discusiones en el seno de las Naciones Unidas, y de la Unión Europea.

Para los Estados Unidos, la cuestión es más sencilla, y se salda de manera casuística: terrorismo es lo que ellos definen como tal, y abarca cualquier acción, no sólo violenta, sino también no violenta, que afecte lo que el gobierno norteamericano considera que son los intereses de la Nación a la que representa.

A partir de esa definición, que fuerza al máximo su propia juridicidad, surge una nueva certificación: la de los estados que colaboran con los EE.UU. en su lucha contra el terrorismo, entendido como quiera que ellos quieran entenderlo en una coyuntura determinada. Los estados que no resultan "certificados", o sea que no son "amigos" en los términos que ellos imponen, pasan a ser "estados canallas".

Canalla, en verdad, es la definición. ¿Cuándo Cuba atentó contra la seguridad de los EE.UU., en su territorio (el de los EE.UU.)? ¿Cuándo lo hizo Irán? ¿Cuándo Irak? ¿Cuándo Libia?

Y canallas son los que aceptan la definición de "estados canallas" (o "terroristas"), por solidarios con el chantaje que los EE.UU. ejercen sobre el resto de la humanidad.

De nuevo nos encontramos con la doble moral: cuando la extinta URSS combatía a los rebeldes chechenios, era un "estado canalla". Ahora los canallas son los chechenios, que combaten a la aliada Rusia.

Irán era un "estado canalla" cuando combatía contra el "Gran Satán", pero no cuando el coronel Douglas North le cambiaba armas por drogas, que vendía en el propio territorio americano para financiar las actividades subversivas contra el gobierno sandinista de Nicaragua. En este caso la moral ya no fue doble, sino triple, o cuádruple.

Una vez más, y a la vista de los bombardeos masivos en Serbia, o en Afganistán, verdaderos actos de terrorismo, que se ajustan perfectamente a la definición del FBI ("…una utilización ilícita de la fuerza y la violencia contra personas o bienes con el fin de intimidar o coaccionar a un gobierno, a la población civil o a una parte de esta, para alcanzar objetivos políticos o sociales"), podemos preguntarnos quién certifica a los certificadores.

Lo grave es que la elección de las últimas administraciones norteamericanas ha sido el uso del terror (y no sólo para responder al terror contra los EE.UU., sino como respuesta a cualquier amenaza a su hegemonía, donde quiera que ésta se de). Y el terror se espiraliza. Titulamos este capítulo "El círculo del terror", pero mejor hubiera sido hablar de espiral que de círculo, porque en cada vuelta, en cada reacción a la reacción anterior, la espiral se ensancha, y el terror crece.

Trátese de drogas, trátese de terrorismo, los "certificadores" no podrían aprobar una "certificación" seria, neutral y desinteresada. La doble moral, el doble discurso, campean por sus fueros y evidencian que, desde su punto de vista, lo que es bueno para el pavo no es bueno para la pava. ¿Discriminación de género (si se trata de personajes tan inocuos como el pavo y la pava) o discriminación política?

Veamos un ejemplo, y podremos extraer consecuencias claras, que acusan definitivamente a los Estados Unidos (no al pueblo norteamericano, sino a las elites que lo gobiernan).

III. ¿ANTITERRORISMO PARA TODOS?

Cinco disciplinados agentes de la inteligencia cubana, cumpliendo una misión antiterrorista, fueron apresados, juzgados y condenados en Miami, y hoy cumplen penas que van desde los 15 años de prisión hasta cadena perpetua.

Una vez más el estado terrorista americano demuestra que su terrorista antiterrorismo tropieza con los límites de una ideología supremacista. No vamos a dar nuestra propia versión, simplemente repetimos a continuación lo que puede leerse al respecto en http://www.nnc.cubaweb.cu :

Fernando González Llort, Gerardo Fernández Nordelo, Ramón Labañino Salazar, Antonio Guerrero Rodríguez y René González Shwerert cumplían en la Florida la misión de observar e informar a Cuba los movimientos y acciones de grupos terroristas que allí fraguan impunemente ataques contra el pueblo de la Isla.

Actualmente purgan condenas que van desde quince años de prisión hasta cadena perpetua, los mantienen aislados unos de otros y, a pesar de ser presos políticos, están sometidos a un régimen de reos comunes. La gran prensa y el gobierno de Estados Unidos han guardado un perverso silencio en torno al caso de esos cinco héroes, cuya situación, no obstante, comienza a ser conocida en el mundo y en sectores de la sociedad norteamericana por las denuncias de Cuba y la solidaridad internacional.

Ellos no sólo protegieron al pueblo cubano, sino también al de Estados Unidos.
Un enorme cúmulo de violaciones de los Derechos Humanos y de vejaciones han sufrido esos jóvenes cubanos desde que fueron apresados, el 12 de septiembre de 1998.

La historia de la infamia

En la misma mañana en que Fernando, Gerardo, Ramón, Antonio y René fueron arrestados, el FBI se comunicó con los congresistas Ileana Ros-Lehtinen y Lincoln Díaz Balart, conocidos defensores de la mafia mayamera, para darles la noticia. Es un hecho curioso. El FBI no informó a los 25 legisladores de la Florida, sino solamente a esos dos.

Una feroz campaña relacionada con el caso de los "cinco espías cubanos" se desató de inmediato en el abigarrado contexto de Miami.

Los detenidos fueron interrogados durante seis horas consecutivas en el Cuartel General del FBI en Miami. Ese día los remitieron al Centro Federal de Detención (FDC) y los ubicaron en celdas denominadas "solitarias", sin tener contacto con el exterior durante 17 días. Sin embargo, el asedio psicológico apenas comenzaba.

El 29 de septiembre los trasladaron a la Unidad de Albergamiento Especial, sitio denominado "el hueco", donde ningún prisionero puede desplazarse si no va esposado con las manos en la espalda y acompañado por guardianes.
Las entrevistas con los abogados se efectuaban con un separador plástico de por medio, y bajo vigilancia. Hasta marzo de 1999 permanecieron en solitaria. Se les prohibió ver televisión, escuchar la radio y leer la prensa. Esas condiciones se mantuvieron hasta el 3 de febrero del 2000.

Fueron 17 meses de atroz confinamiento, castigo que, según las normas carcelarias estadounidenses, es reservado a casos graves de desórdenes y asesinatos cometidos en prisión, y no debe exceder de 60 días. Tal proceder viola la Constitución norteamericana y las normas de la ONU sobre tratamiento a los presos.

El 26 de junio los ubicaron nuevamente en el "hueco", donde permanecieron hasta el 13 de agosto. O sea, 48 días más. De acuerdo con el criterio de juristas y especialistas cubanos, los 17 meses de aislamiento tenían como propósito obstaculizar la labor de la defensa. Los 48 días posteriores se asocian a una especie de represalia. Los cinco acusados habían enviado una carta dirigida a la opinión pública norteamericana, en la cual explicaban la razón y los propósitos de su actividad en Miami, y por la cual el FBI los hizo prisioneros.

Otro interés era minar la capacidad moral y la voluntad de los cinco luchadores contra el terrorismo, en momentos en que preparaban los alegatos que presentarían en la Vista de Sentencia, única oportunidad en la que podrían hablar directamente ante la Corte.

¿Dónde están los derechos humanos?

A René González Schwerert, uno de los cinco héroes cubanos, le impidieron ver a sus hijas, a pesar de que esa es una de las normas más protegidas por la Declaración de los Derechos del Niño, aprobada en Naciones Unidas.
Ivette González, hija de René, nacida en Estados Unidos el 25 de abril de 1998, ciudadana norteamericana, ha visto a su padre -también ciudadano norteamericano- solamente dos veces en cinco años. Y él ha estado encadenado a una silla y con guardias vigilándolo.

En el mes de agosto del 2000, tres meses antes del comienzo del juicio, la Oficina del Fiscal del Distrito Sur de la Florida propuso a René que se declarara culpable a cambio de que su esposa, Olga Salanueva, no fuera deportada a Cuba.

El acusado rechazó indignado esa "oferta". Olga Salanueva estuvo arrestada tres meses y luego la deportaron definitivamente a Cuba, a donde regresó con Ivette, cuyos contactos con su padre son improbables porque la madre no puede ingresar a territorio de Estados Unidos.

Al comentar recientemente esa situación, el Presidente de la Asamblea Nacional del Poder Popular, de Cuba, Ricardo Alarcón, se preguntó ¿A qué ciudadano norteamericano se le priva de sus derechos de esa manera? ¿A qué niña norteamericana se le prohíbe ver a su padre y por tan largo tiempo?

El juicio: un acto de terrorismo jurídico

Las garantías procesales en Estados Unidos incluyen habitualmente celebrar los juicios en lugares donde exista un ambiente de imparcialidad. Pero, en el caso de los cinco cubanos, se insistió en efectuarlo en Miami, en un medio viciado por la influencia de individuos y bandas de abierto carácter terrorista y anticubano.

En ese contexto surgió, ocho meses después de la detención de los cinco cubanos, una nueva acusación, la de conspiración para cometer asesinato en primer grado, delito que se le imputó a Gerardo Hernández, vinculado de manera absurda con el derribo de dos avionetas piratas ocurrido el 24 de febrero de 1996. Ese hecho, protagonizado por la Fuerza Aérea Cubana, obedeció a un acto de legítima defensa ante reiteradas violaciones del espacio aéreo nacional.

El insólito curso del proceso condujo a que los letrados de la defensa tuvieran que recurrir a los medios de información para enterarse de supuestas pruebas acusatorias y de las acciones de la Fiscalía, que les eran negados por la vía oficial.

Todas las "pruebas", según el gobierno, pasaron a la categoría de "secretas" , por lo que debían ser tratadas de acuerdo con la Ley de Procedimiento para Información Clasificada. Pero se sabe que la Corte entregó a los voceros de la mafia anticubana de Miami más de 1 400 páginas de documentación que fueron manipuladas en una grosera campaña contra Cuba y los acusados.

Testigos de alto reconocimiento político y militar negaron en su oportunidad que los cinco cubanos se hubieran interesado en información sensible para Estados Unidos y aseguraron que no realizaron acciones de espionaje.
Entre esas personas se incluyen Richard Nuccio, ex asesor del presidente Clinton para Cuba; los generales Charles Wilhelm (ex comandante en jefe del Comando Sur); Edward Atkeson (ex vice jefe de Operaciones Navales) y el coronel George Buckner, quien ocupó una importante responsabilidad en el Comando del Sistema de Defensa Aérea de Norteamérica, así como el general James Clapper, ex Director de la Agencia de Inteligencia del Pentágono.

Se derrumbaba una colosal mentira ante los ojos coléricos de la mafia.

Ernesto Betancourt, ex director de la emisora anticubana Radio Martí, escribió en el Nuevo Herald que las supuestas evidencias presentadas por los fiscales llevaban al banquillo de los acusados a los terroristas de la organización Hermanos al Rescate.

Los miembros del Jurado, sometidos a increíbles presiones, protestaron porque los camarógrafos y reporteros de canales de televisión de Miami seguían todos sus pasos y registraban las matrículas de sus automóviles.

Finalmente, el miedo pudo más que la razón. La Corte desestimó el sentido de la justicia, la legalidad, la Constitución y los atenuantes. Y condenó a Gerardo Hernández a dos cadenas perpetuas, más quince años; a Ramón Labañino, a una cadena perpetua, más 18 años; a Fernando González, a 19 años; a René González, a 15 años; y a Antonio Guerrero, cadena perpetua, más 10 años.

El caso de los cinco cubanos luchadores contra el terrorismo se encuentra pendiente de apelación en la Corte de Atlanta, instancia que no ha fijado un calendario al respecto porque no ha recibido toda la documentación.

Los fiscales tratan de que el tiempo entierre la infamia. Prometen entregar 150 páginas con nuevas "pruebas" que, afirman, se encuentran todavía bajo custodia porque son "secretas".

Pero los acusadores saben que no hay ninguna prueba para demostrar que esos hombres atentaron contra la seguridad nacional de Estados Unidos. Ellos no conspiraron para asesinar. Ellos se limitaron a proteger de la muerte al pueblo cubano y al pueblo norteamericano. Y esos cargos, si se pueden denominar como tales, nunca los han negado.

Si el gobierno de Estados Unidos no acogiera a connotados terroristas anticubanos en su territorio, si no les permitiera actuar impunemente, esos cinco jóvenes disfrutarían ahora en su Patria del cariño de familiares y amigos.
Son inocentes, víctimas de un proceso abyecto. El mundo debe reconocer el brillante expediente contra el terrorismo que acumulan esos luchadores por la paz. Sólo con el concurso de todos podremos liberarlos, en una cruzada por la justicia.

Hasta aquí la historia. Hasta aquí el testimonio de la doble moral norteamericana cuando se refiere al terrorismo. A nadie puede caberle duda del enorme esfuerzo realizado por uno de los pueblos más nobles de Nuestra América para librarse de las garras del águila imperial. La Revolución Cubana, con todas sus limitaciones, e incluso con todos sus errores, quedará grabada para siempre en los monumentos que se erigirán en la América unida del futuro.

Y los nombres de estos precursores, de estos hermanos que pagan con su libertad los esfuerzos por evitar el terrorismo contra nuestra tierra americana, serán bandera de nuestros pueblos.

La gusanera mayamera deberá dar explicaciones, muchas explicaciones, por su falta de solidaridad con sus hermanos, y su complicidad con el imperio. O tal vez no necesite dar explicaciones, tal vez nadie se las pida, tal vez nadie las necesite. Cuando Nuestra América sea grande, libre y unida, la gusanera será mera anécdota.

Nadie se acordará de ellos, como nadie se acordará de los cipayos, que estarán haciendo filas en las embajadas imperiales, donde se les cerrará la puerta en la cara, y ahí comprenderán que la servilidad es mal negocio.

Y ese día se acabarán los certificados de los certificadores. Y en todo caso seremos nosotros quienes los certifiquemos, aunque es difícil que lo hagamos, porque estaremos construyendo una nueva sociedad, más justa y más generosa, y no tendremos tiempo para ocuparnos de tonterías. Sólo les exigiremos respeto, y lo corresponderemos con respeto. Tal vez ese sea el momento en que se terminará el terror, y las certificaciones.

Que así sea.

San Carlos, Cojedes, 29 de septiembre de 2002

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