The Washington Post, 9 de Septiembre de 2002

La problemática nueva cara de EEUU

Jimmy Carter

Se han llevado a cabo cambios fundamentales en las políticas históricas de los Estados Unidos con relación a los derechos humanos, nuestro papel en la comunidad de naciones y en el proceso de paz del Medio Oriente - en gran medida sin debates definitivos (a excepción, en ocasiones, dentro de la propia administración). Algunos nuevos enfoques han evolucionado comprensiblemente de las rápidas y bien aconsejadas reacciones del Presidente Bush con relación a la tragedia del 11 de septiembre, pero otras parecen haberse desarrollado en un núcleo de conservadores quienes están tratando de llevar a cabo grandes y cerradas ambiciones bajo la cubierta de una proclamada guerra contra el terrorismo.

En un tiempo admirada casi universalmente como el campeón preponderante de los derechos humanos, nuestro país se ha transformado en blanco principal de preocupación de respetadas organizaciones internacionales sobre estos principios básicos de la vida democrática. Hemos ignorado o condenado abusos en naciones que apoyan nuestro esfuerzo anti-terrorista, mientras hemos detenido a ciudadanos norteamericanos como "enemigos combatientes," además de encarcelarlos secretamente, y sin ser acusados de algún crimen o sin el derecho a un consejero legal, de manera indefinida. Esta política ha sido condenada por las cortes federales, pero el Departamento de Justicia parece inflexible, y el asunto sigue en duda. Varios cientos de soldados Talibanes permanecen prisioneros en la Bahía de Guantánamo en las mismas circunstancias, con el secretario de la defensa declarando que ellos no serian liberados aun si fueran a juicio y encontrados inocentes. Estas acciones son muy similares a aquellos que realizaban regímenes abusivos y que históricamente han sido condenados por los presidentes norteamericanos.

Mientras el presidente tiene un juicio reservado, el pueblo norteamericano esta inundado casi a diario de reclamos del vicepresidente y otros altos oficiales que aseguran que enfrentamos una amenaza devastadora de las armas de destrucción masiva de Irak, y suplican el apoyo para sacar a Saddam Hussein de su cargo, con o sin el apoyo de algún aliado. Como ha sido enfatizado vigorosamente por los aliados extranjeros y responsablemente por los lideres de administraciones anteriores y prominentes oficiales del gobierno, Bagdad no representa ningún peligro para Estados Unidos. En la fase de un intenso monitoreo y abrumadora superioridad militar norteamericana, cualquier movimiento beligerante de Hussein contra un vecino, aun la mas pequeña prueba nuclear (necesaria antes de cualquier construcción de armamento), una tangible amenaza al uso de armas de destrucción masiva, o la transferencia de esta tecnología a organizaciones terroristas seria suicida. No obstante, si es posible que estas armas sean usadas en contra de Israel o nuestras fuerzas en respuesta a un ataque norteamericano.

No podemos ignorar el desarrollo de armas químicas o nucleares, pero una guerra unilateral contra Irak no es la respuesta. Existe una necesidad urgente para que las Naciones Unidas tome acciones para forzar la inspección irrestricta en Irak. Pero quizás deliberadamente, esto ha venido siendo menos posible en la medida en que nos alejamos de nuestros necesarios aliados. Aparentemente en desacuerdo con el presidente y de hecho, con el secretario de Estado, el vicepresidente ahora ha descontado esta meta como una opción deseable.

Le hemos arrojado el guante al resto del mundo, deshonrando los compromisos contraídos en laboriosos acuerdos internacionales.

Imperiosas reacciones a los acuerdos sobre armas nucleares, la convención de armas biológicas, la protección del ambiente, propuestas contra la tortura, y castigo a los criminales de guerra, en ocasiones ha sido combinado con amenazas económicas contra aquellos que pretenden discrepar de nosotros. Estos actos y aseveraciones unilaterales aíslan cada vez mas a Estados Unidos de las naciones requeridas para combatir el terrorismo.

Trágicamente, nuestro gobierno esta abandonando cualquier ayuda o negociación substancial entre Palestina e Israel. Nuestra política aparente es el apoyo a cada acción Israelí en los territorios ocupados y condenar y aislar a los Palestinos como blancos claros de nuestra guerra contra el terrorismo, mientras los asentados de Israel se expanden y los enclaves de Palestina se encogen.

Al parecer, hay una lucha dentro de la administración sobre la definición de una comprensible política al Medio Oriente. El claro compromiso del presidente para honrar las resoluciones de la ONU y apoyar el establecimiento de un estado Palestino ha sido sustancialmente negado por declaraciones del secretario de la defensa quien dijo que en algún momento de su vida "habrá algún tipo de entidad que será establecida" refiriéndose a la "llamada ocupación." Esto indica una partida radical de las políticas de cada administración precedente desde 1967, que siempre se basaron en el interior de Israel de los territorios ocupados y el establecimiento de una genuina paz entre Israel y sus vecinos.

Las voces beligerantes y divisivas parecen ahora dominar a Washington, pero ellas no reflejan aun la decisión final del presidente, el Congreso o las cortes. Es crucial que los compromisos históricos y bien fundados de Estados prevalezcan: hacia la paz, justicia, derechos humanos, el ambiente y la cooperación internacional.

El ex presidente Carter en el director del Centro Carter en Atlanta.

Traducción de A. García para Red Bolivariana.

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