Tal Cual, 27 de Septiembre de 2002

Ochenta mil muertos después

Entrevista a Joaquín Villalobos por Javier Conde

Joaquín Villalobos, dirigente en los ochenta en la primera línea de batalla en El Salvador, hoy experto en procesos de pacificación, reconoce que lo más difícil en un conflicto como el venezolano es plantear una tercera opción

"Mi generación política polariza al país, por eso soy partidario del cambio de caras y de líderes". Así explica Villalobos su alejamiento del activismo político.

Está en Caracas para hablar de paz, él que hizo la guerra durante una década completa en la pequeña nación salvadoreña -de las dimensiones del estado Lara- atrapada por una polarización extrema que condujo a una de las más cruentas de las guerras civiles en la región latinoamericana. Politólogo, con maestría en Oxford donde ahora cursa un doctorado, consultor internacional en resolución de conflictos, pacificación y seguridad ciudadana, Joaquín Villalobos, de 51 años, comenzó su agitado tránsito por la política a finales de la década del sesenta. Ha participado en su nueva faceta de negociador en Sri Lanka, Irlanda del Norte, Nicaragua, Bosnia. "Mi doctorado en verdad lo hice en la negociación de El Salvador, como una de las partes".

-¿Se parece el actual proceso venezolano al salvadoreño?

-Lo que he encontrado es que la situación previa al conflicto de mi país es similar a lo que ocurre en Venezuela, una sociedad dividida, polarizada, con indicadores semejantes. El Ejército convertido en el primer actor político, las fuerzas se dividían en El Salvador de acuerdo a la correlación que tenían en la fuerza armada. Es un proceso que arranca en los inicios de los setenta, con varios conatos de golpe, algunos de ellos muy cruentos entre fracciones del régimen que culmina con su caída, la llegada de una junta militar, sale esta junta y entra Napoleón Duarte. Fue un proceso de deterioro completo del sistema. La gente estaba interesada en unas proporciones anormales por la política. Si eso ocurre en la mañana, en la tarde y en la noche, es porque el país anda mal.

-Ciertamente parece que hablara de la Venezuela de hoy, ¿halló usted más similitudes?

-Otro elemento es la lucha por la calle, todos los días eran marchas y contramarchas. Pero además para las partes era todo o nada. No había un reconocimiento de la existencia del otro. La única y enorme diferencia entre ambos casos es que en El Salvador no teníamos una experiencia democrática como la de ustedes, que lleva más de 40 años de tolerancia. Aquí, en situaciones similares a las vividas allá, han funcionado los mecanismos institucionales, hubo un intento de golpe y no prosperó. Este es un indicador a favor en el sentido de que hay una oportunidad para que Venezuela no pase por lo que nosotros pasamos. Llegar a la conclusión de que había que sentarse nos costó 80 mil muertos y 22 años. La gran pregunta es, ¿van a decidir sentarse cuando ya hayan perdido la cuenta de los muertos?

-¿Es posible entenderse sin pasar por una experiencia tan traumática y dolorosa?

-Lo que ocurra aquí va a ser muy importante. La regla general en casi todos los conflictos es que para mejorar tiene que empeorar. Es triste, es duro, es como si hubiera que llegar al momento en que se agota la capacidad de usar la fuerza.

-¿Conoce experiencias en que se hayan revertido esos procesos?

-No los conozco... sin embargo, hay semejanzas entre los procesos de Perú, Argentina, Ecuador y Venezuela. Si nos ubicáramos en los sesenta, tendríamos cuatro gobiernos revolucionarios. En todas estas naciones colapso el sistema de partidos, se produjo una crisis política, acompañada de la económica y social. Es como una condición óptima para el ascenso al poder de un movimiento revolucionario. Argentina es, de lejos, el más dramático de todos. Los políticos no pueden salir a la calle sin que los insulten, con dos o tres excepciones, y sin embargo nadie quiere asumir la responsabilidad de gobernar. Es un caso patético. En todos ellos hay una diferencia con el venezolano, el ejército no era un actor importante.

-¿Fue el Ejército determinante en que se produjera la guerra civil en El Salvador?

-Lo más fácil es decir que fue la guerrilla. Pero nosotros éramos cuatro jóvenes que no pudimos haber creado semejante convulsión. La creó el Ejército, que era un poder fáctico del país, que albergó la contradicción principal entre industriales y terratenientes y todo eso se fue trasladando hacia abajo y, tras una larga incubación, se produjo la división de la Iglesia, los intelectuales, los medios. El país se partió en dos.

-Siguiendo en ese plano de comparaciones, en Venezuela se estaría al inicio de un proceso similar y no al final.

-Es una duda que hay que abordarla seriamente. En nuestro país, al final dominó un grupo dentro del Ejército, el más duro, que asumió el esfuerzo de aplastar aquel movimiento insurgente.

-¿Tuvieron ustedes otras posibilidades?

-Hay dos formas de interpretar nuestro propio proceso: una es asumirlo; otra es si existió la posibilidad de evitarlo, lo que hubiera implicado que apareciera una tercera variable que nunca apareció. Sentarse, hablar, aceptarse mutuamente. Un padre jesuita al final de la guerra, en el año 89, lo intentó y fue asesinado.

-Otra diferencia sustancial con aquella época es el contexto internacional, sin guerra fría, ¿puede eso evitar el desbordamiento?

-La única razón por la que se puede asumir que no habrá guerra civil es porque ya no están de moda, pero el peligro está ahí. A nadie se le ocurrió que podía ocurrir el 11-S. Hay que pensar en que se puede evitar, hay que echar mano de todos los mecanismos disponibles. Recordando nuestro pasado ustedes tienen la oportunidad de que haya una tercera opción, no para llegar al poder, sino para conducir a una negociación -En estos procesos de polarización extrema, los sectores radicales son los más determinantes.

-La posición más difícil, la más compleja de adoptar es la de la tercera opción.

-Su grupo, el Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP) fue de los más radicales.

-Era el más beligerante militarmente que es distinto, el más activo. El más radical era el Bloque Popular Revolucionario, más ideológico. El nuestro era más militar, pero siempre hubo ideas a favor de una salida democrática.

El diálogo

-Como usted sabe, el país ha iniciado un proceso de diálogo con la OEA, el PNUD y el Centro Carter, pero aunque todos hablan de diálogo, de parte y parte no se cree en él.

-Eso es normal. En el caso de El Salvador yo suelo citar unas frases que explicaban eso en nuestro país. Se usaba la negociación para apoyar la guerra en una primera etapa, pero su objetivo principal era hacer la guerra. Hacían la guerra para apoyar la negociación en la segunda etapa. Y al final la negociación tomó tal preeminencia, creó tal círculo de presiones sobre las partes, creó la idea de rentabilidad en ellas, que hizo imposible seguir en la guerra. En la medida en que esas cosas van ocurriendo, va apareciendo esa tercera posibilidad.

-¿Es posible negociar sin que las partes acompañen ese proceso sin la debida reflexión sobre sus postulados y creencias?

-Para que la negociación tenga resultado, las partes tienen que dar dos pasos hacia atrás para que el país pueda dar uno hacia adelante. Pero tienen todo el derecho del mundo a llegar con la apuesta más alta a la mesa de negociación. Eso no es prohibido, ni de mala fe.

-Aquí se exige la salida inmediata del Presidente.

-El problema es que si tu dices no me siento si eso no ocurre, eso es lo malo. Es un punto de partida, el otro pone el de él que va a ser igual de duro, y ahí comienza el intercambio. Ahora bien, uno no resuelve una situación conflictiva o preconflictiva como la de ustedes si no establecen en qué condiciones las dos partes van a vivir en el mismo lugar. Cómo van a dormir en este mismo país los de la oposición y cómo va a morir Chávez de viejo en este mismo país sin tener que irse, también que Carmona regrese. Esos son los problemas que una sociedad debe enfrentar.

-Es terminar con las exclusiones.

-En el pacto anterior alguien quedó excluido.

-La izquierda.

-Exacto y ahora irrumpió, está en el gobierno, básicamente esto es un proceso de aprendizaje de ellos y un proceso de los poderes fácticos y de la actual oposición a que tienen que aceptar que el otro es una realidad. Es decir, tienen que aprender los dos a manejar sus relaciones, que ahora son excluyentes.

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