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Red Bolivariana, 22 de Octubre de 2002
El Quijote Necesario
Abdel M. Fuenmayor P.
"Rey de los hidalgos, señor de los
tristes,
Que de fuerza alientas y de ensueños vistes,
Coronado de áureo yelmo de ilusión;
Que nadie ha podido vencer todavía,
Por la adarga al brazo, toda fantasía,
Y la lanza en ristre, toda corazón".
Rubén Darío: Letanía de Nuestro Señor Don
Quijote
(Primera estrofa)
Cuando los ingleses llegaron a Norteamérica en el siglo XVI emprendieron la conquista y la colonización de ese vasto y rico territorio. Con este fin, lucharon contra los naturales y los exterminaron de modo masivo y sistemático. De los varios millones de indios que poblaban esas tierras, sólo quedaron unas pocas centenas de miles, recluidos como animales en zoológico en unas pocas "reservaciones" (¿No recuerda esto la manera como son tratados los prisioneros de guerra afganos en la "reservación" que los EE.UU. tienen en Guantánamo, Cuba?). Esas culturas indígenas, con sus respectivas lenguas, están hoy en vías de desaparición. Para 1869, aún quedaban algunos movimientos de resistencia de los indios a la expropiación de sus tierras. Se atribuye a Philip Henry Sheridan (general de caballería del ejército del Norte que se distinguió por sus triunfos en la Guerra Civil, y también como organizador de una campaña contra indios aún rebeldes) el dicho: The only good indian is a dead indian ("El único indio bueno es un indio muerto"). Los ingleses, en América, sólo querían apoderarse de la tierra y sus riquezas. En otras regiones del globo terrestre, que también hicieron suyas con el fuego y el hierro -tal como la India y vastas extensiones de África-, hubo igualmente exterminio de los naturales, pero el genocidio no fue total. En África, Asia y Oceanía, además de arrebatarles la tierra y sus recursos usaron a los nativos: los esclavizaron y les extrajeron el sudor de su trabajo, la sangre de sus esperanzas y las lágrimas de sus sufrimientos. No fue diferente la hazaña imperialista de los franceses, los belgas, los españoles, los portugueses, los holandeses, los italianos y los alemanes. ¿Ha cambiando algo en el mundo de hoy? George Bush y sus antecesores (cuando menos desde Teodoro Roosevelt en adelante), Chirac, Tony Blair, José María Aznar, Silvio Berlusconi, el Primer Ministro alemán, y, agreguemos -que también les corresponde-, los primeros ministros de Bélgica, Holanda, Austria, Japón y Rusia, suscribirían gustosamente la consigna del General Sheridan, aplicándola diversamente, según las circunstancias, a los árabes rebeldes a la imposición del dominio neocolonial, a los guerrilleros colombianos o a los insurgentes de Chiapas, a Fidel Castro y sus cubanos libres, al Presidente Hugo Chávez y sus seguidores y a todo aquél que pretenda oponerse al imperio universal, a la explotación universal y al envilecimiento humano. Demos ahora un breve paseo por la sangrienta historia de la dominación occidental.
El paso del hombre sobre la Tierra marca huellas muy diversas. A través de ese recorrido, este animal prodigioso ha realizado hazañas extraordinarias. Su historia -la epopeya humana- es asombrosa; en nada comparable a la de cualquier otra especie animal. Aunque notables pensadores, como Darwin y Freud, insistieron en que las diferencias entre el Homo Sapiens y otros mamíferos superiores son sólo de grado, esas diferencias muestran a las claras un salto tan colosal que es muy difícil rechazar la idea de que el hombre es, cuando menos, caso especial y radicalmente distinto en la historia de la vida.
Siguiendo los pasos del trajinar de los seres humanos a lo largo del tiempo, advertimos de primera ojeada un constante deambular que fue nota resaltante en muchos de los pueblos que ellos constituyeron. Fue el hombre, como no pocas de otras especies, un animal andariego. Estas continuas migraciones, que aún persisten después de 8.000 años de sedentaridad agrícola y urbana, han tenido motivaciones diversas y variadas según las épocas y las circunstancias geográficas, climáticas, políticas y culturales. Escasez de alimento, formas de agrupación social y tradiciones arraigadas, aumento de la población, persecuciones raciales o religiosas, ansias de expansión territorial, aspiración a mejores condiciones de vida, búsqueda de riquezas y de recursos naturales, sed de aventura y otros factores, han sido causa de estos movimientos de pueblos que han dejado huella persistente en el tejido de la historia de la humanidad.
En el caso de la civilización occidental, las migraciones por razones de conquista y colonización siempre estuvieron presentes. El imperio griego, primero; después el imperio romano; más tarde la expansión de los estados europeos en el propio continente y más allá, hacia todos los otros continentes, constituyen hitos altamente significativos en el curso de la historia de esta civilización llamada occidental, que se ha distinguido por su tremendo poder invasor y por su capacidad expansiva y dominadora, la cual ha llevado hoy día a una situación de imposición de su cultura, de sus sistemas de valores y de sus prácticas de consumo, a la par que a una continua y cada vez más acentuada explotación de los otros pueblos no occidentales o que no participaron del proceso expansivo en calidad de opresores.
Del siglo XVI al siglo XIX, estas invasiones europeas fueron relativamente fáciles: allí o allá estaban las tierras, mucho más extensas y fértiles que las de su propio continente y dotadas de un incalculable manantial de recursos naturales. El único obstáculo lo presentaban los naturales de esas tierras. Pero ese obstáculo fue derribado, sin piedad ni consideración, a punta de fuego y de engaño. Los conquistadores europeos estaban políticamente mejor organizados, poseían las armas de fuego, contaban con el caballo y conocían todas las tretas y los ardides para someter a esos nativos, a menudo ingenuos y crédulos. Así, arrasaron con pueblos enteros cuando lo consideraron conveniente, o los esclavizaron para convertirlos en bestias de carga. En algunos casos, como ocurrió con los EE.UU., Canadá, Australia, África del Sur y Nueva Zelandia, los naturales fueron exterminados en gran parte, y los que quedaron, arrinconados y excluidos para dar lugar al surgimiento de naciones que no constituyeron más que prolongaciones de Europa en otros continentes. En otros casos, como en Argelia, Marruecos, India y otros pueblos, esos intentos fueron menos extendidos o definitivos, ya sea por el estado cultural y la resistencia de los habitantes propios de esos territorios, por conveniencia para el sistema de explotación colonial o por el predominio numérico de la población nativa, mantenido, con escasa mezcla, a lo largo del tiempo.
La gesta europea de conquista y de colonización, aunada al espectacular desarrollo industrial, científico y tecnológico alcanzado por los países imperialistas -gracias a las inmensas riquezas que de la expoliación y la rapiña obtuvieron los conquistadores- llevó a la consolidación de grandes imperios (los imperios español, portugués, holandés, inglés, francés, belga, italiano, alemán, ruso, [también, en Asia, el japonés]) que alcanzaron un grado sobresaliente de prosperidad material, riqueza y bienestar a expensas de la pobreza, la miseria y el abandono de los pueblos sometidos. Esa conquista determinó, desde el comienzo pero ahora muy visible, la división del mundo en dos sectores bien diferenciados: por un lado los favorecidos por la riqueza, la abundancia, el poder, el bienestar y el lujo (para la época presente, unos 1.000 millones de habitantes); del otro, los pobres, los excluidos, que suman alrededor de 5.000 millones de seres humanos. Por razones históricas que no entraremos aquí a detallar, pero vinculadas a las estrategias de poder que los países dominadores ejercen sobre el resto del mundo, los 1.000 millones de ricos no son todos europeos originarios, ni todos radican en el espacio geográfico que ocupan los países poderosos (que en total no son más de 24, en contraste con los otros 160 países sometidos, sin contar las colonias que todavía subsisten). La mitad, aproximadamente, del total de los ricos viven en los países dominados; medran en ellos y en ellos se enriquecen cada vez más apoderándose -ese pequeño grupo- de la mayor parte del ingreso de sus respectivas naciones. Estas elites desdeñan a su propio país y gobiernan al resto de sus poblaciones mediante el poder dictatorial o, en sistemas pseudo-democráticos, por la manipulación de masas pobres e ignorantes, a las que -por añadidura- han corrompido con la limosna y seducido con las falsas promesas.
Bueno es observar que si bien el sistema imperialista ha cambiado, los pueblos o países conquistadores y colonizadores de ayer fueron, con pocas diferencias, los mismos de hoy, al igual que los pueblos o países dominados de ayer siguen siendo los mismos de hoy. Los grandes imperios forjados a partir del siglo XVI estuvieron en manos de España, Portugal, Holanda, Inglaterra, Francia, Bélgica, Alemania, Italia y Rusia en Europa. Hoy día, pese a que conservan sus poderes imperiales, han cedido el máximo sitial a los EE.UU., la Inglaterra de ultramar. El gran imperio asiático lo ejerció y lo sigue ejerciendo el Japón. Los dominados fueron y siguen siendo la América latina, África, gran parte de Asia y Oceanía. Esos imperios echaron por tierra -y lo siguen haciendo todavía- todo inteento de sobrepasar la miseria, la pobreza, la servidumbre y el infortunio de los pueblos sometidos, y el poder que ejercen los imperios determina una neta separación mundial de funciones de los dos grandes bloques: para los dominados, sólo queda la producción de materias primas a bajo costo, la oferta de mano de obra muy barata, las desregulaciones que aceptan, sin restricciones, todo tipo de manufactura de los países industrializados y el libre flujo de capitales especulativos, o de inversiones que benefician preponderantemente a los países dominadores. A los dominados, además, se les esquilma mediante la fuga de capitales de los países pobres hacia la banca de los ricos; por la captación de "cerebros", atraídos por las estrategias de los dominadores, y por las obligaciones que contraen a consecuencia de los formidables endeudamientos de los países pobres, endeudamientos en parte debido a su crónica pobreza, y en parte por los manejos dolosos de gobiernos corrompidos y de no menos corrompidas elites económicas. La sujeción que mantienen esos poderes imperiales, antes a través de la ocupación militar y la fuerza (con frecuencia ayudadas por la catequización religiosa), se lleva a cabo ahora, con mayor eficacia, mediante el engaño, la manipulación de masas iletradas, la adhesión de gobiernos nativos (corrompidos por la apropiación ilegítima de poder y riquezas) de los pueblos oprimidos, la tiranía económica y, cuando lo juzgan conveniente, por medio de la considerable superioridad tecnológica de las armas destructivas en poder de los imperialistas, superioridad que se manifiesta sin contemplaciones, tal como lo ponen en evidencia, de modo abierto y cruel, los genocidios cometidos recientemente por los EE.UU. en sus guerras contra Irak y Afganistán, en las cuales participaron como aliados o cómplices los socios imperialistas de siempre.
Así ha sido hasta ahora y esa marcha parece no tener fin: ¡Imperialismo infinito!, con todo el saldo de miseria, muerte y destrucción que él arrastra. Ayer fue el saqueo del oro y de la plata asociado a la esclavitud; hoy es el del petróleo unido a la servidumbre; mañana serán el del agua, la tierra, los bosques... ¿también será el del aire y el fin de la vida? Pero en estos tiempos se está iniciando un gran viraje porque la situación mundial ha cambiado y este cambio es profundo, planetario, radical. Antes -por grandes que fuesen los atropellos cometidos y las masacres de otros pueblos; por inmensas las riquezas extraídas para exclusivo beneficio de los invasores usurpadores; por monstruosas que fueran estas gestas de expansión imperial de los pueblos europeos de Europa o de Norteamérica, y la del Japón en Asia- estaban allí, empero, más tierras y más pueblos que conquistar, someter o exterminar y más riquezas que extraer y depredar. Pero esto ha terminado ya. La labor de conquista y colonización llegó a su fin puesto que nada nuevo queda ya por conquistar ni colonizar. Todo está hecho; todo está sometido. Hemos llegado al límite, y los escasos y poco importantes baluartes de resistencia han agachado la cabeza o lo harán pronto ante el descomunal poder imperial: poder tecno-científico, militar, económico, político, propagandístico, ideológico que no tiene rivales en esta Tierra. La famosa TRÍADA, formada por los EE.UU., la Unión Europea y el Japón, tiene en sus manos el mundo, y más ahora que Rusia, en su afán de reconstituir su viejo imperialismo asiático, con un cinismo sin tapujos, se une estrechamente a sus antiguos enemigos de Occidente. Los imperios no pueden paralizar sus marchas imperialistas: han de continuar su avasallamiento y su explotación sin medida; sólo que ahora -sin más tierras que conquistar ni más nuevos pueblos que someter- su impulso devorador roerá hasta los huesos el planeta entero. La cultura hoy dominante que los países industrializados e imperiales imponen en la medida de su conveniencia; esa cultura presentista, amoral e inmoral, hiperconsumista y egoísta, que vive en el engaño y la mentira o que -ahora más que nunca- con desparpajo cínico se quita el velo y muestra su fea cara al desnudo; esa cultura que reserva para sus privilegiados la vida de lujo, de abundancia y de placer está conduciendo aceleradamente al agostamiento de los recursos naturales, a la contaminación insoportable del ambiente, al agotamiento de las tierras y de las aguas, a la destrucción de los bosques, a la desaparición rápida de otras lenguas y de otras culturas; pero también conduce a la pobreza y a la miseria masivas, a los conflictos sociales, a las guerras y al exterminio en el que, al fin, también los imperialistas perecerán. Antes, la Tierra estaba casi intacta y las conquistas presentaban otra faz. Hoy, la situación mundial es angustiosamente crítica. ¿Imperialismo infinito? ¿No será, también, rebeldía infinita? Ayer, cierto que pocos, pero siempre en todas las épocas, surgieron los Quijotes idealistas que, en nombre de la libertad, de la justicia, de la dignidad humana, de la fraternidad y de la verdad, batallaron contra la opresión y el desafuero. Espartaco, Jesús, Cuahtémoc, Caupolicán, Tupac Amaru II, Guaicaipuro, el Negro Primero, Benito Juárez, Lord Byron, Abd-El Karim, Miranda, Simón Bolívar, Antonio José de Sucre, José Martí, el Che Guevara, Gandhi Monadas, Martín Luther King y otros tantos fueron esos Quijotes idealistas y soñadores que entregaron sus vidas en aras de la independencia, la decencia y la felicidad de las generaciones futuras de sus pueblos. Fueron sacrificados, ellos y millares y millares de sus seguidores. Todos ellos tuvieron su cruz. Ya no quedan más -o son excepcionales, aislados y sin eco- de estos idealistas. Empero, en el estado crítico que vive el mundo la epopeya de esos idealistas pasa a ser mucho más que gestas heroicas para servir de faro y ejemplo y para nutrir páginas de historia y de literatura. Esos idealistas ahora son imprescindibles; son los Quijotes, ya no sólo magníficamente idealistas, sino absolutamente NECESARIOS, sin los cuales es muy posible que la historia humana esté por llegar a su fin, y no en el sentido idealista hegeliano ni en el materialista del marxismo ni en el pragmático del "filósofo" Francis Fukuyama empleado por la Rand Corporation norteamericana, sino en el de la desaparición de la especie misma. ¿Habremos querido superar el hombre moderno para dar paso al super-hombre post-moderno y, de hecho, arribar a la super-bestia autoaniquiladora? Tal vez aún podamos sustentar una esperanza: es la hora de los QUIJOTES NECESARIOS.
Mérida; Septiembre de 2002