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Red Bolivariana, 19 de Octubre de 2002
Cuando digo digo no digo digo, sino digo...
Diego Rojas Ajmad
Cuando el humano descubrió que su lenguaje era distinto a la realidad del mundo, cuando se percató de que la palabra y la cosa pueden ser distintas la una de la otra -que la palabra "rosa" no era la rosa misma- en ese mismo instante la humanidad se hizo dueña de sí y certificó la muerte de Dios para usurpar su lugar y convertirse así en el nuevo dueño de lo posible e imposible.
Antaño la palabra era, como lo dijo el viejo Cratilo, la misma cosa dicha. Así, la palabra era mágica y podía servir de hechizo y conjuro, permitiendo la salud, el dinero y el amor. La palabra era aval de honor pues, exhalada en la solemnidad de los caballeros, significaba el sujeto mismo y sus deseos.
Pero los tiempos cambian, y la palabra puede ahora ser representación de lo real y de lo imaginario a la vez. Esa dualidad entre verdad y mentira ha agrietado las instituciones, ha oxidado las palabras y las ha convertido en lochas inservibles. Cecilio Acosta, como signo de estos nuevos paradigmas, se quejaba en 1847 de que la palabra "pueblo" se usaba indistintamente por cualquier bando de la sociedad para alcanzar sus objetivos.
Esa nueva y relativa manera de ver el lenguaje se hace mucho más evidente en los medios de comunicación. Y digo esto puesto que los medios son como el registro del diario acontecer, con su polifonía y sus menudencias. Ellos, como "medios", tienen el sagrado deber de servir de canal entre las distintas voces que conforman la sociedad. En la era adeco-copeyana no se sintió con fuerza este deber de los medios, pues durante esos cuarenta años la "democracia" fue el sistema político donde todos tenían el derecho de hablar y ninguna posibilidad de ser escuchado.
El asunto "Editorial de El NaZional" y la triste respuesta de su director Miguel Henrique Otero, viene a ser una nueva puesta en práctica de la ética de la mentira, de una afirmación de la dualidad de la palabra, de un vulgar "escurrir el bulto" que ningún verdadero editor imaginaría pronunciar.
Al final de cuentas, al pensar de Miguel Henrique Otero, la aparición de ese editorial en las páginas de El NaZional quizás fue una simple jugarreta de duendes de imprenta.
Rogamos que revivan las palabras de Cecilio Acosta pronunciadas en 1846: "¿Para qué se ha inventado la imprenta sino para ilustrar, y no para revolver; para enseñar la virtud, y no para predicar el vicio; para inculcar y extender el amor a las ciencias, y no para denostar; para arraigar y cimentar la obediencia al gobierno, y no para disuadirla; para buscar las mejoras en la discusión, y no en la guerra; para llevar, en fin, al corazón de los pueblos el alimento de la buena semilla, y no el veneno de la cizaña?".