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Red Bolivariana, 13 de Octubre de 2002
Cómoda Protesta
Lily Mijares
Como fiel seguidor de los héroes de la oposición democrática, pacífica, civil, sifrina, nice y cool, el Sr. Warimeyer se levantó de su cama dispuesto a "luchar" para sacar al dictador que llegó a Miraflores usurpando un cargo que la muy justa sociedad oligárquica venezolana reservó a los personajes más cultos, intelectualmente hablando, y más llenos, "billetericamente" hablando.
El Sr. Warimeyer, luego de una noche llena de bellos sueños en los que se veía coronado con la honra de apretar la mano del recién autonombrado presidente de la, nuevamente, República de Venezuela, se levantó con una sonrisa de triunfo tempranero. "No más Bolívar", dijo.
Su almohada de plumas de ganso dejaba ver unos cuantos cabellos que se le habían caído durante la noche, de tanta preocupación que había sufrido este noble habitante de una de las prestigiosas colinas de la capital.
Sobre su colchón, duramente ortopédico, descansaba aún la figura, ya no muy joven, de su no muy fiel compañera, quien junto a él se retorcía cada vez que veían aquel rostro que les producía un no sé qué en el estómago. Era como si ese personaje, no sólo en la actualidad, sino en otra vida, les hubiese quitado unos privilegios y ahora tienen que luchar para no perder el brillante que acompaña a tan loable apellido. "Tenemos que mantener nuestra digna estirpe", se decían cada vez que aparecía aquel personaje en la televisión, llamándolos oligarquía depredadora.
Esa mañana iban a marchar para luchar por sus ideales, los cuales consistían en... salir de Chávez. Todos sus empleados fueron citados por el jefe de recursos humanos a presentarse en la empresa de forma responsable, ya que ésta no cerraría sus puertas el día 10 de Octubre. La patria los requería en su lugar de trabajo, aunque el 21 podrían descansar, ese día era el paro cínico.
Pancha, la "cachifa" de los Warimeyer fue avisada la noche anterior para tener listo el desayuno justo a las 9 a.m. Ella también, si quería, debía desayunar, porque la jornada era larga. Pancha defiende otros ideales, pero tiene que callarlos porque el Sr. Warimeyer es muy celoso de los suyos y nadie lo puede contradecir, incluso cuando le pagó a un doctor para "bajarle" el estómago a su hija Cindy Carolina, nadie se debía enterar, aunque los vecinos notaron un abultamiento en el siempre plano vientre de la pequeña y muy grácil Cindy, ellos adujeron que la niña no estaba acostumbrada a comer alimentos criollos como esas raras semillas negras propias de los gustos de los seguidores del que, para su desgracia, es el Presidente. Tampoco le gustaba que lo contradijeran cuando afirmaba que su hijo Paul se sentía muy atraído por la cultura hindú, y junto a sus amigos, gustaba de encender incienso en su habitación, lo cual era lo que producía un extraño enrojecimiento en las pupilas del muchacho, pero según su filosofía: "todo sea por alejar a los malos espíritus".
Los empleados de las industrias Warimeyer debían trasladarse desde su oficina hasta el Parque del Este. El jefe de RR.HH. se encargaría de que todos y cada uno de ellos se dieran cita a tan magno evento, el más importante para la democracia de la sociedad servil venezolana, de lo contrario, la nómina de dicha industria sufriría una ligera baja.
La familia Warimeyer, junto con Pancha (la oculta chavista), quien por sexta vez se disponía a acompañarlos a luchar por sus ideales (la primera vez fue el 11 de abril de 2002, y desde ahí sabía que cada 11 venía la regla, aunque esta vez se adelantó un día), se irían hasta el Parque del Este a combatir al tirano.
La Sra. Warimeyer compró una cacerola automática, de esas que venden los buhoneros para que las damas no estropeen sus uñas. Ya había comprado "instrumentos sonoros" como este, pero siempre los botaba. En el carro tenían el CD de las cacerolas. "Que cómodo, como la tecnología nos ha facilitado la vida, la lucha será menos 'trágica' gracias al ingenio humano".
Empezó la marcha. Cindy tomada de la mano de su novio, llevaba una hermosa bandera negra sobre la cual revoloteaban siete estrellas. Así estaba la Venezuela virtual en la que la familia Warimeyer vivía, llena de un oscuro destino: los pobretones nos arrebatarían lo que nuestros antepasados se agarraron.
Paul se encontraría a sus amigos para llevar a cabo la planificación del día anterior: primero un pasesito, segundo levantarse unos cuantos c.... y tercero matar a un chavista. Que buen día el que les esperaba, pensaban.
Caminaron y caminaron, que lucha, todo lo que tienen que hacer por el país, es un sacrificio extremo que se tiene que tomar. Bajo el sol inclemente, llegaron a la Plaza Altamira, sus pies ya no aguantaban tanto dolor, cuantos kilómetros, cuanto sufrimiento, y tenían que llegar a la Av. Bolívar ¿Dónde quedará eso? se preguntaban. Era en el centro de la ciudad, pero como siempre habían sido arreados, perdón, llevados, no sabían llegar por sus propios medios. Sólo Pancha lo sabía, pero no estaba dispuesta a guiarlos. Se hizo la loca, así que la Sra. Warimeyer decidió que, por el bienestar de sus pies, debían tomar el Metro hasta donde fuese más cercano al sitio de encuentro con sus afables líderes. Otra vez la tecnología les hacía la lucha más llevadera. Menos mal que el tirano les está construyendo un tren, el Metro de Los Teques y el de Valencia, para que la lucha no sea tan llena de sacrificios para quienes viven en esas zonas. ¡Que dura es la vida!
Ya tienen previsto que, en el supuesto negado de presentarse una lucha armada, los seguidores de la oposición propondrían que sus hijos se midan a los hijos de mama Pancha en un aguerrido juego de Mortal Combat V, para lo cual tienen unos diez años entrenándose, con una marcada desventaja para los seguidores del presidente Chávez.
Pero como la lucha armada no se dará, aunque así lo quieran Carlos Ortega y su séquito de facinerosos, los amantes de la verdadera revolución pacifica, seguiremos luchando sin necesidad de otra tecnología que el palpitar del corazón, el andar sin vacilamientos de nuestros pies, el respeto y admiración a nuestros héroes revolucionarios (Jesús, Bolívar, Sucre, El Che, entre otros) y el amor a nuestra patria.