Red Bolivariana, 13 de junio del 2002

La hora de las definiciones

Isrrael Sotillo

En tiempos de crisis, tiempos de definición, la ambigüedad puede parecerse demasiado a la mentira.

Eduardo Galeano

El pueblo venezolano ha comenzado a discernir a partir de los sucesos de abril qué es el imperialismo y cómo actúa; ahora si sabe que existe, porque lo ha sentido y lo ha visto actuar, no precisamente a su favor, sino al lado de la clase burguesa nacional, esa que detenta verdaderamente el poder económico. Conoce que los gobiernos de Washington y de Madrid se pusieron del lado de los conspiradores: El 13 de abril, el embajador de España en Caracas, Manuel Viturro de la Torre, junto al embajador de EE.UU., Charles S. Schapiro, acudieron juntos para entrevistarse personalmente con el
golpista Pedro Carmona, presidente del "gobierno provisional", después que éste disolviera la Asamblea y las principales instituciones.

Esta experiencia le permitió comprender con precisión cómo actúa la derecha cuando ostenta el poder. Toda la población vio al empresario aventurero con el rostro henchido de felicidad, con la diestra empuñada en el momento en que el nuevo procurador Daniel Romero, terminaba de leer el decreto de la junta del gobierno de facto, y a sus conmilitones aplaudiendo y dando vivas a la democracia representada por ellos. Difícilmente olvidará las caras de todos los asistentes a la obra macabra donde se ensañaron contra el Libertador Simón Bolívar borrando su nombre y tirando su retrato.

Ha sido a través de la práctica cómo los venezolanos pobres han descubierto la verdad y seguramente, seguirán comprobando otras muchas verdades. Ya saben quienes son y donde están sus enemigos. Ahora no será fácil para la
reacción manipular a las grandes mayorías, ni tampoco para el Presidente Chávez y los bolivarianos incumplir con la obligación histórica de construir junto con el pueblo el poder popular. Está en la calle una poderosa voz que exige dilucidaciones: ¡Con el pueblo o contra el pueblo!

Crece en su conciencia la idea de que cualquier cambio que se haga en la sociedad venezolana tendrá que contarse con él como sujeto principal de su propia transformación. Sabe que su ausencia en la toma de decisiones en esta etapa del proceso y en las venideras será una impostura de las élites,
una sustitución de la soberanía popular. Aprendió que el Poder Constituyente no es ni se agota en un librito azul, sino que es él mismo en la calle movilizándose para colocar otra vez a su líder en la presidencia; y que no se puede besar al mismo tiempo el escapulario de Maisanta y la bandera yanqui.
El pueblo quiere continuar la lucha, le corresponde a sus aliados asegurarla sin paternalismos, sin reformismos. El pueblo no comulga con una revolución aguada y en eso es radical. Con cuánto tiempo se cuenta para materializarle sus aspiraciones, esta pregunta hasta ahora no encuentra respuesta. Quiere un desenlace y está dispuesto a ponerle el pecho a las balas como lo hizo en Puente Llaguno. "En un período revolucionario -escribió Mao Tse-Tung- la situación cambia con mucha rapidez, y si el conocimiento de los revolucionarios no cambia también rápidamente en conformidad con la situación, ellos no serán capaces de conducir la revolución a la victoria". Hay calor de pueblo en todos los espacios de la patria, en los cuarteles, en las fábricas, en las escuelas, en las iglesias, en los hogares.

Necesariamente la revolución tendrá que irse convirtiendo en pueblo, haciéndose popular, de lo contrario se perderá demasiado pronto. Debe romperse urgentemente con los enemigos del pueblo que están, no solamente afuera, sino adentro de la propia Revolución Bolivariana. El pueblo es un
valor de futuro, de utopía. Si el 13 de abril salió de las catacumbas sin ser convocado, hoy recuperado el gobierno, no se puede dejar de lado para llegar a acuerdos de palacio con la "sociedad civil".

Hay conquistas que el pueblo no está dispuesto a renunciar, y por lo tanto, no son negociables. Eso tiene que saberlo muy bien la dirigencia política de esta revolución democrática que por momentos parece olvidarse de quien es el pueblo; y que de ser así, hay que recordarles que son los y las que ganan un salario mínimo, quienes no devengan ninguno, aquellos y aquellas que pretenden vivir como hermanos y hermanas. En palabras de Pedro Casaldáliga, el prójimo colectivo. Ha de mirarse mucho más cómo se conjuga eso. El bravo pueblo de Venezuela no debe quedar solamente para marchas y contramarchas. O se es solidario con el pueblo, o habrá que devolverle el poder. Es la hora de las definiciones.

Isrrael Sotillo es Abogado y Periodista

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