El Nacional, 21 de Junio de 2002

Diálogo... y más diálogo

José Vicente Rangel

Un jerarca nazi solía decir que cuando escuchaba la palabra cultura le provocaba sacar la pistola. Lo mismo ocurre, lamentablemente, con la palabra diálogo en los actuales momentos.

Hay personas que disparan desde la cintura contra el diálogo. Que lo rechazan a priori, de manera casi enfermiza. Que ven en el llamado a dialogar una trampa. Y así como no escatiman elogios a la violencia, execran con furor cualquier intento por sentar en torno a una mesa a los venezolanos.

Precisamente esa actitud debe llamarnos a reflexión a todos, y a que aquellos que así reaccionan no sean excluidos. Al contrario, deben ser llamados a conversar. Sería un error tratar sólo con quienes son partidarios del diálogo: hay que hacerlo, ante todo, con los que lo cuestionan, con los más radicales.

Dialogar es difícil. Es un tormento. Más fácil es recurrir a la violencia. Para ello no se requiere talento ni creatividad. Sólo el propósito de acabar con el adversario de cualquier manera.

Dialogar siempre cuesta porque implica reconstruir un tejido humano y espiritual deshecho; porque entraña un infinito ejercicio de paciencia; porque significa derrumbar el muro de las reservas, reticencias, malos entendidos y negaciones absurdas. Porque, en fin, es el reencuentro con la racionalidad y la sindéresis.

Pero en una crisis aguda, cuando el arco de las pasiones se tensa peligrosamente, cuando se camina bordeando el abismo, no queda otra alternativa que dialogar, y si en las primeras de cambio se fracasa, o no se alcanza la meta, hay que perseverar. Por lo general el ser humano tiende a ser impaciente cuando se trata de dialogar y extremadamente paciente cuando asume la vía de la intolerancia. Hay intolerantes que hacen de esa actitud un modo de vida, como hay pacifistas capaces de desafiar los riesgos de la más brutal descalificación.

¿Pero no es acaso preferible la incertidumbre del diálogo a la certidumbre de la violencia? ¿Es que no hay suficientes ejemplos en la historia de situaciones en las que el rechazo al diálogo condujo a la violencia y quienes se involucraron terminaron dialogando? El argumento de que la mención de la violencia es un chantaje suele hacerse con ligereza. Pero lo cierto es que la violencia ya no es amenaza: es algo que se abate en forma letal y avanza conquistando posiciones de las que luego resulta difícil regresar. El acre olor a violencia se percibe con facilidad y lo procedente es dar cuenta de esa ominosa señal y adoptar posturas disuasivas, basadas siempre en el reconocimiento de la legitimidad de quienes están frente a uno.

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Tengo la convicción de que la Venezuela violenta, sobre la cual escribió con propiedad Orlando Araujo, ha cedido terreno. La lucha por la libertad y la democracia a través de décadas, todo el proceso que se ha dado -no sólo ahora sino en el pasado, incluyyendo desde luego la etapa de la IV República- consolidó un sentimiento ampliamente compartido por la sociedad de vivir en paz y democracia. Ese sentimiento se hace presente, casi de manera intuitiva, cada vez que la institucionalidad peligra y lo demostró claramente la reacción del pueblo ante el golpe de Estado de abril.

Considero que ese sentimiento hoy se manifiesta de nuevo cuando la tensión empieza a ceder terreno; cuando se amplía el espacio de la gente sensata; cuando se abre paso un proceso reflexivo, de rechazo a la violencia y respeto al orden constitucional; cuando las posiciones extremas pierden fuerza, y, sobre todo, cuando se confirman salidas a la crisis en el marco de la Constitución, auspiciadas por el propio jefe del Estado.

Además, la praxis del diálogo, con todas las dificultades que éste ofrece, avanza en el plano concreto. La Mesa Presidencial, ya estabilizada, realiza un trabajo sistemático a través de las comisiones de Equilibrio y de Enlace, y se proyecta exitosamente hacia el interior del país, al mismo tiempo que incrementa la participación de sectores sociales, políticos y económicos (empresarios, estudiantes, obreros, profesionales, técnicos, académicos, religiosos y comunidades). Diálogo que no excluye la crítica, todo lo contrario, la estimula. Que no discrimina a nadie, y que ofrece garantías de plena participación.

Quienes preferimos "entendernos a matarnos", estamos obligados a no desmayar y a formular reiterados llamados a aquellos que dudan o descalifican el diálogo. Al final la mayoría de los venezolanos lo aceptará. No tengo la menor duda.

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