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El Mundo, 15 de Julio de 2002
La paz y la democracia prevalecen
William Lara
Fracasado el primer golpe de Estado, que fue descalabrado por el pueblo movilizado en las calles de las ciudades y pueblos del país en forma cívica y pacífica, la oligarquía y los sectores externos, entusiastas colaboradores políticos y financieros, optaron por diseñar el denominado Plan Centauro, cuyo objetivo es el estrangulamiento por etapas del gobierno para cabalgar los problemas sociales que se generen (desempleo, embargo y quiebra de empresas, deterioro de los servicios prestados por el Estado como salud, educación y seguridad ciudadana) con grandes movilizaciones de calle que generarán el clima propicio para un nuevo zarpazo contra el gobierno constitucional y el sistema de libertades democráticas, manejando incluso la posibilidad de invocar una intervención militar extranjera bajo el argumento de que preferían convertir el país en una neocolonia antes que permitir la continuación de un gobierno comprometido con tierrúos, pata en el suelo, zambos, obreros, propietarios de pequeñas y medianas empresas, militares constitucionalistas, profesionales con sensibilidad social e intelectuales soñadores y románticos.
El gobierno heredó una economía postrada, monoproductora, rentista en gran medida, y vorazmente importadora de bienes y servicios debido a la feroz preferencia de la oligarquía, el sector social prevaleciente en la demanda de productos extranjeros, por el refinamiento del estilo de vida propio de otros países, uno en particular. En lo social, el legado entregado a la nueva administración consistía en una terrible inequidad expresada en que el 20% más rico de la población se apropia del 53% del ingreso nacional, mientras que el 20% más pobre sólo accede al 4% del mismo. Sin lugar a dudas, un desafío estructural de la sociedad cuya superación es el único medio para enrumbar el país por la senda del desarrollo humano, es decir, el crecimiento sostenido del Producto Interno Bruto aparejado al incremento progresivo de la calidad de vida de la población en las dimensiones material y espiritual, como se lo propuso el Gobierno al pueblo en el programa de cambios democráticos que instrumentaba.
Pero he aquí que la oligarquía (económicoempresarial, mediática, clerical, militar, sindical, intelectual, terrateniente) y sus tutores del extranjero exclamaron ¡Eureka! Cuando se percataron de que paralizar la actividad económica, provocar el caos y la desorganización, les permitiría quebrantar el liderazgo y la autoridad del Gobierno ante los ojos del pueblo y su caí da sería así mango bajito y maduro.
La destrucción de la economía debe traducirse en quiebras de bancos, bancarrota de empresas industriales, sabotaje de las políticas económicas, llamado a la desobediencia tributaria, cabildeo en las grandes capitales financieras para bloquear la colocación de los bonos de la República, acciones terroristas de grupos armados de orientación política de extrema derecha, muchas veces disfrazados con símbolos de fuerzas vinculadas al Gobierno, campañas de difamación, injuria, vilipendio y calumnia contra el Presidente, los ministros, los titulares de los poderes públicos y militares leales a la Constitución; tal la ruta de acción que, aseguraban la oligarquía y sus socios extranjeros, los colocaría triunfantes en el Palacio de Gobierno.
La oligarquía y sus tutores extranjeros, con sus agencias especializadas en inteligencia y planificación estratégica, lo previeron todo en un plan exitoso en el Chile de 1973, antes descrito. En el caso venezolano, han asumido el mismo plan pero cometen una omisión: obvian el poder del pueblo civil y ¡militar!, por lo que el resultado no ha sido ni será una repetición del pinochetazo de 1973, sino la prevalencia del diálogo, la paz, la democracia y el gobierno constitucional.
Presidente de la Asamblea Nacional