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El Nacional, 27 de Julio de 2002
Convoy
Ibsen Martínez
1
Un pensador estadounidense contemporáneo afirma que entre los muchos males de la era mediática está el tener que presenciar, a menudo con vergüenza ajena, el modo en que muchos periodistas completan su educación a la vista del público.
Se refiere este señor, de modo general, al periodismo de su país y, en especial, a la comunicación audiovisual.
En Venezuela su corolario se vería modificado en algo: si se dijera que completan alguna vez su educación -ya sea en público o en privado- se estaría siendo en extremo piadoso: nuestros comunicadores no hacen demasiado por sobreponerse a la mostrenca "formación" que recibieron y de la que, justo es decirlo, en buena parte no tienen la culpa.
A cambio, prestan su ayuda entusiasta, con todos los medios a su alcance, a una obra progresiva de barbarie, propia del sistema educativo del que son resultado.
Los sucesos del 11 de julio pasado brindaron ocasión de constatar cuán inconmovible es la esencial paradoja que Umberto Eco señala como atributo distintitivo de los medios de masas.
Según Eco, "los medios son genealógicos y carecen de memoria, aunque ambas características deberían excluirse recíprocamente. Son genealógicos porque toda nueva invención produce imitaciones en cadena, produce una especie de lenguaje común. No tienen memoria porque una vez producida la cadena de imitaciones, nadie puede recordar quién la empezó, y se confunden fácilmente el fundador de la estirpe con el último de los nietos". (La estrategia de la ilusión, Editorial Lumen, 1986, página 193).
Una vez la sinrazón se ha puesto en marcha, importa menos saber quién fue el primer término de la serie que apresurarse a imitarle con denuedo. Y las palabras, las buenas y decidoras palabras suelen ser las primeras víctimas.
2
Fue así como una reportera de no importa cuál canal decidió llamar "convoy" a cada uno de los vehículos militares con que la Guardia Nacional acordonó La Carlota, hacia al final de la jornada del 11 de julio pasado.
La niña repetía, dándose aires de latiniparla: "en sus pantallas pueden ustedes apreciar cómo se han trasladado hasta aquí unos 12 ó 15 convoyes (sic), cada uno de ellos repleto de efectivos de la Guardia Nacional".
Yo la miraba en la pantalla y ansiaba poder decirle: "mira, cosita rica, 'convoy' es voz que nos vino del francés 'convoi'. El Diccionario de la Real Academia -en la UCAB habrás has oído hablar de él, ¿verdad?- la define como: a) escolta o guardia que se destina para llevar con seguridad y resguardo alguna cosa por mar o por tierra, b) conjunto de los buques o carruajes, efectos o pertrechos trasportados, c) tren o serie de carruajes enlazados, d) Vinagreras para el servicio de la mesa, y e) en lenguaje figurado y familiar, séquito o acompañamiento.
Convoy siempre es singular, mamita santa, nunca jamás se usa en plural porque es palabra que designa al conjunto, y por ello la historia de los siglos XVII y XVIII españoles nos habla del "convoy de Manila" o "el convoy de La Habana".
La reportera -quien, quizá para abaratar los gastos fijos, tal vez sea una pasante- obviamente tiene la palabra "convoy" por un vocablo militar que designa al vehículo automotor de transporte de personal. Y se figura erróneamente que, así como existen la tanqueta, la ambulancia y el lanchón de desembarco debe existir también un vehículo militar llamado "convoy".
Tan pronto la nena soltó lo que en su cabecita era una lujosa y bien sonante barbaridad que escuchó en alguna parte, se vio emulada, apenas unos cuantos nanosegundos más tarde, por los demás reporteros, tal como observa Umberto Eco: sin otorgarle siquiera el crédito a la chamita del canal de la competencia por el hallazgo lexical: nada de "como diría nuestra colega". Nada.
Sólo la pura impropiedad de repetir como sonámbulos la palabra "convoy" en singular, sin genealogía ni memoria. Pasabas a otro canal y ahí estaba otra muchacha en flor, o un petimetre encorbatado, advirtiéndonos que acababan de llegar "varios convoyes de guardias nacionales".
Y así, siempre igual, de canal en canal: miméticas aves prensoras, intercambiables reporteros que denunciaban el arribo de hasta ¡veinte convoyes de la Guardia Nacional!, cagándose en el idioma en horario estelar, disparando sobre la lengua castellana tan impunemente como los pistoleros asesinos del puente de Llaguno.
Estirando un poquitín la osadía léxicológica que caracteriza al gremio estamos seguros de que, contando con un poco más de tiempo, nuestra chica podría terminar por imponer en el habla coloquial venezolana bagatelas como "¿a qué hora pasa el convoy de la basura?", o bien "Fulano es chofer y maneja un convoy de la Polar", o bien "los encapuchados quemaron un convoy de La Electricidad de Caracas".
No es inconcebible que llegásemos a oír del "convoy por puesto" que cubre la ruta entre la urbanización Menca de Leoni y la redoma de Petare. O de una huelga de "convoyeros" en el estado Táchira. Podrían hasta caer en desuso las palabras "gandola" y "gandolero", derivaciones tan queridas de la siempre evocativa "góndola".
Uno se pregunta si no habrá en el sobrecogedor y muy "high-tech" edificio que alberga a Televen, en las morrocotudas instalaciones de Venevisión y aun en las de la aguerrida Globovisión, sitio suficiente para un anaquel que aloje, por ejemplo, los CD-Roms de la Real Academia de la Lengua y del Diccionario de Uso de María Moliner, el Diccionario de Sinónimos e Ideas Afines de Fernando Corripio, el utilísimo Manual del Español Urgente, editado desde hace años por la agencia EFE o tan siquiera el Manual de Dudas de la Lengua Castellana de Manuel Seco.
Digo yo, señores de la Inmaculada y Venerada Cámara de Televisión Privada, para que no anden por ahí sus reporteros, repitiendo "convoy" cuando en realidad quieren decir "carro de asalto". O "accesar" en lugar de "acceder".
3
Umberto Eco sabía de lo que estaba hablando en La estrategia de la ilusión. Quien se tome la molestia de leer libro tan iluminador, notará que se refiere Eco allí tan sólo a las fórmulas dramáticas, a la gramática generativa de los noticiarios, a las fraudulentas novedades de la programación. Pero, sin duda, la ley empírica que vengo comentando obra también en la circulación mediática de palabras. Y lo que es muchísimo más grave, en la circulación de las ideas.
Mucho peor que a las palabras les ha ido a las ideas, una vez que han sido pasto del contingente en el que se intersectan, sin jerarquía alguna de competencia intelectual, antiguos "disc jockeys" trocados en asesinos de reputaciones, animadores de maratónicos sabatinos convertidos en gesticuladores "analistas de prensa" o laureadas profesoras de Comunicación Social devenidas en jornaleras de la histeria, con los usos de una televisión y una radio privadas que bien podrían ser inscritos en el registro del CNE como partidos políticos.
Considérese lo que ha pasado a ser, entre nosotros, la locución "sociedad civil". En su origen remoto se cruzan la filosofía del derecho y la teoría del Estado. Un rigorista podría decir que se trata de un concepto hegeliano transmutado en categoría sociopolítica gracias a Antonio Gramsci, promotor también de otras nociones como la de "bloque histórico".
Un vistazo a la copiosa bibliografía de un valiosísimo libro, recientemente aparecido -Las ONG y la política (Colección Fundamentos, de la Editorial Istmo, Madrid 2002), cuya compiladora es la española Marisa Revilla Blanco, y que escudriña las complejas relaciones entre las ONG y la política monda y lironda, deja ver la riqueza argumentativa y la frondosidad de las interpretaciones que entraña la mera noción de "socie dad civil".
El enunciado de uno solo de los trabajos compilados en esa bibliografía, firmado por el estudioso venezolano Edgardo Lander -"Límites actuales del potencial ddemocratizador de la esfera pública no estatal", publicado originalmente en Lo público no estatal en la reforma del Estado, Buenos Aires, Paidós, 1999-, nos impone de una complejidad que se resiste a la vocación banalizadora y reduccionista de los medios de masas.
Calcúlese cuán empobrecedor puede ser entonces el debate público en la Venezuela de hoy, cuando casi la única acepción de "sociedad civil" que obra como referente común es esa informe banalidad que barbotean las locutoras de noticias y las entrevistadoras mañaneras y que puede significar casi cualquier cosa, con tal de que se declare intransigentemente antichavista y preferiblemente de raza blanca.
La última víctima de la diabólica sinergia entre la derecha golpista venezolana y algunos medios de masas ha sido el noble concepto de "desobediencia civil". Se trata de un verdadero convoy -este sí- que mostró sus designios en la jornada del 11 de julio, durante el amago de instigación golpista ocurrido en La Carlota, oportuna y valerosamente denunciado por Elías Santana y Leonardo Pizzani.
Pero algo aprendí de mi paso por la televisión: a hacer una promesa en cada pausa antes de comerciales. Y así, la peregrina y tramposa interpretación que de la desobediencia civil hace nuestra mediática ultraderecha golpista quedará como tema de mi próxima entrega. Nos veremos el sábado, por este mismo canal a la hora de siempre.