Últimas Noticias, 25 de Agosto de 2002

Psicosis de Guerra

María de los Ángeles Serrano

El pequeño edificio tenía la ventaja de ser discreto.

Apenas con nueve apartamentos, no desentonaba en la pequeña calle ciega, entre las modestas quinticas que serpenteaban la corta cuesta arriba, hasta el mismo borde de la Cota Mil, su paisaje norte.

Con la opulencia verde del Ávila y el rumor presentido de una pequeña cascada como paisaje, se abría el sur, a la lejana ciudad, rutilante de luces en la noche, en la vecindad de las pequeñas quinticas asomadas a un pequeño callejón, con sus jardines cuidados, sus chaguaramos que ya superaban la altura del edificio, sus mangos llenos de pájaros y racimos, confundidos con las pomarrosas, pinos, palmas, bambúes y ficus del edificio.

Su mayor virtud era la apertura al verdor interno de sus jardineras, patios, jardines y terrazas sombreadas de toldos.

Un lugar en medio del trópico, en el que las ventanas de trasparentes visillos y las puertas cercanas en los partidos o en el callejón conservaban la riqueza humana de los vecinos, aún cuando ni siquiera se conocieron entre ellos.

Pero todo cambió de repente.

Un repente construido de amenazas, de gritos airados, de alarmas, cacerolazos, y propagación de hechos inconcebibles, como el secuestro de las guacamayas del antiguo restaurante, en castigo contra unos "chavistas" que habían invadido el reducto "escuálido" privado.

El espacio caraqueño placentero en el que se encontraba el edificio pasó a ser parte de una totalidad férrea, que adoptó un nombre terroríficamente significativo: el de "cadena".

Encadenados, los vecinos pasaron a ser un número: el del email el del teléfono, el de la cédula de identidad, el de la dirección del trabajo y el del teléfono al que se podía llamar en caso de "agresión".

Los apartamentos levantaron ante sus puertas rejas marrón oscuro con cerraduras de seguridad, y en las rejas que abrían el paso a los jardines se instalaron candados complicados, dos por reja, que sirvieron para encerrar a los vecinos y separarlos de su jardín. Finalmente, y a un costo millonario, el edificio se rodeó de una cerca eléctrica que promete cinco mil voltios al "enemigo".

Las quintas del callejón en un túnel ominoso y sombrío.

Eran parte de la "cadena" que ya los unía como "sectores" en la urbanización, donde ya había un "jefe de urbanización", al mando del chorrerón de jefes: de zona, de cuadra, de calle, de edificio, de pasillo en el edificio. La famosa "sociedad civil organizada" reforzaba férreamente su organización.

Después se encerraron los vecinos, cerrando todas las calles, que antes eran patrimonio de la ciudad. Todo preparado por una propaganda de guerra, de guerra civil, de colombianización, de autogolpe, ese sí, eliminando cuidadosamente el golpe de Estado real, fracasado y convertido en "los sucesos de abril", especie de primavera poética, con sus muertos a cuestas, convertidos en chantaje político insoportable.

La organización fascista, nazi o estalinista asienta su bota intolerable en la ciudad, para controlar a la gente y cercenar sus libertades de conciencia y de expresión. Porque, amigos, cada "jefes" de esta "cadena" es un espía de la gente y un informante activo.

En el edificio hicieron una reunión y las decisiones que tomaron reflejan un drama humano acongojador: reforzar el botón de alarma de la vigilancia.

Poner doble candado a la entrada de la Cota Mil a la calle.

Cerrar la calle. Instalar un "botón de pánico" en todos los apartamento. Organizar "cadena de alerta" en el edificio y retirar a los vigilantes, los controles de la puerta mecánica del estacionamiento. ¡Hai Hitler! ¡Viva Stalin! ¡Viva Mussolini! ¡Viva Franco!

Profesora universitaria

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