Red Bolivariana, 8 de Diciembre de 2003

Una ruptura ideológica

Guillermo García Ponce

Lo verdaderamente trascendental del 6 de diciembre de 1998 es la ruptura de la mayoría de los venezolanos con su propio pasado ideológico. Hasta 1998 esa mayoría había estado bajo la tutela política de los viejos partidos. Por primera vez zafó las amarras de la ideología de las clases sociales dueñas del poder. El pueblo se hizo dueño de si mismo. Fue una ruptura no sólo con los viejos aparatos electorales sino con una política, una mentalidad, una cultura.

¿Cómo lo hizo? Visto desde una perspectiva histórica fue una verdadera proeza. Cierto que aún en el fondo del alma popular había, allá atrás, un inextinguible aliento que no lograron nunca apagar. En lo más profundo, en la semilla sembrada por las hazañas y el pensamiento de Bolívar, estaba vivo un recuerdo inspirado en las grandezas de otros tiempos. Nunca lograron desterrarlo por más látigo, por más sombras, por más explotación. Renacía a cada estremecimiento. En las banderas de Zamora. En el hálito valeroso del 14 de febrero y en la huelga petrolera de 1936. En el heroísmo rebelde de los años sesenta: en Carúpano, en Puerto Cabello y en el sacrificio de los inmortales jóvenes integrantes de las guerrillas y las UTC de las FALN.

El espíritu rebelde había sido degradado en décadas de prácticas politiqueras de Acción Democrática, COPEI y el MAS; dañado por el clientelismo vulgar y el sindicalismo corrupto, por la capitulación y el oportunismo; descompuesto por la cultura del conformismo, la pasividad y la sumisión.

El 6 de diciembre de 1998 el pueblo rompió con ese pasado. Se empinó para abrir camino a su liberación y grandeza. Por supuesto, no hubiera podido hacerlo solo. Chávez, que es la fusión Pueblo-Fuerza Armada, lo inyectó de conciencia patriótica y de inspiración revolucionaria, le hizo recuperar la confianza en sus propias fuerzas.

Todavía falta mucho por hacer. La ruptura ideológica con un pasado de oprobio y sumisión no será completa hasta tanto el proceso de cambios no llegue hasta otros poderes fundamentales del Estado como la Asamblea Nacional y el Tribunal Supremo de Justicia y a instituciones claves para el presente y futuro del país como son las universidades y los medios sociales de comunicación. La revolución es un proceso prolongado, sin pausa ni retroceso.

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