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Red Bolivariana, 24 de Octubre de 2003
Pérdida del Bolívar
Manuel C. Martínez M.
El proceso ha sido largo, pero efectivo. Puede comenzarse con la tercera acuñación de monedas de cobre, de 1 centavo, allá por los tiempos del carabobeño Julián Castro, noveno Presidente de la Venezuela postgrancolombina. Para ese entonces dejó de acuñarse los 1/2 y ¼ centavos, y la de 1 c. (centavo monaguero) se convirtió en la moneda de menor denominación venezolana. La inflación parcial de índole monetarista que se desprende es de un 400% (cuatrocientos por ciento) de un solo trancazo, en el sentido de que ya no se podía adquirir al menudeo mercancías por debajo de 1 centavo.
El segundo paso en la baja adquisitiva del valor de nuestro signo monetario se da con el reemplazo de las monedas de oro por las de plata. Estas circularán en paralelo con las de níquel, conocidas como <<locha>> y <<puya>> o <<chiva>>, de Bs. 0,125 y 0,05, respectivamente.
Como las monedas menos apreciadas tienden a reemplazar a las que lo son más, todo el circulante monetario se acuña en níquel. Entonces, el deterioro adquisitivo pasa de la elevación del precio mínimo de una moneda a otra del mismo metal, al reemplazo del metal mismo, siempre según la ley del financista Gresham. A esos gobernantes y acuñadores de marras habría que preguntarles qué hicieron con nuestro oro y plata, y más recientemente, con el acopio de monedas de níquel que terminaron reemplazadas por aleaciones de menor valor intrínseco, y cuyo mínimo valor adquisitivo, Bs. 10,00, supone una subinflación monetarista del orden del 20.000% (veinte mil por ciento). Compárese Bs. 0,05 con Bs. 10,00.
Ni qué decir por las compras al menudeo, esas en cuya transacción entran las monedas de menor denominación, que entran y salen de los bolsillos de los humildes, de los obreros y campesinos pobres en el sentido estricto de la palabra.
Ese hundimiento y deterioro de nuestro signo monetario, sin embargo, sigue siendo nominal, habida cuenta que, por ejemplo, ocho panes de harina de trigo hoy cuestan Bs. 1.000,00, aprox., misma compra que costó sólo Bs. 1,00 durante el reinado de la aquella babilónica locha. Esto indica un empobrecimiento monetario de la bicoca del 100.000% (cien mil por ciento).
No faltará un especialista para decir que todavía nuestra moneda luce <<fuerte>>, y por eso será, tal vez, que sigue observándose políticas prodevaluacionistas.
Además, se dieron bajones con saltos no menos importantes entre esos cuatro momentos. Tal fue el que sufrió la moneda de níquel bajo el régimen del ex Presidente Caldera I. Con este, además de suprimirse el utilísimo y funcional sistema babilónico o iraquí, la moneda de Bs. 0,10 reemplazó a la de la locha (0,125), y ocurrió lo que podría llamarse la paradoja del circulante: Ocurrió que entonces hasta se compraba bienes de 10 céntimos, y no de 12,5, lo que podría interpretarse como una revalorización, pero, contrariamente resultó que se tradujo en una alza de precios por redondeo forzoso, habida cuenta que los comerciantes al menudeo optaron por ajustes por exceso: de 15 céntimos, en lugar de 12,5, como mínimo para los precios y <<vueltos>> en general, mientras que sus redondeos eran antes por defecto. Es decir que el bajón inducido fue de 20% (veinte por ciento). Esto recargó la pérdida global de aquel 400% y recargo hacia abajo que quedó subsumido tanto en el 20.000% como en el 100.000% ya referidos.
La recuperación para detener o salir de ese hundimiento monetario dependerá de la dinámica económica estructural del país, pero el sistema sexagesimal echado a un lado por la administración de Caldera estaría hoy aconsejándonos que bien podría imprimirse y acuñarse en término de, digamos, Bs.: 60.000,00; 12.000, 00; 6.000, 00; 600, 00 y 60,00. Todas estas denominaciones acelerarían el proceso intercambiario, gracias al mayor número de submúltiplos propios de esos billetes.
Recordar la sugerencia de moinerdas adaptadas al s. babilkónico.