![]()
El País de España, 26 de Julio de 2003
Dramática Polarización en Venezuela
Emilio Menéndez del Valle
Acabo de pasar cuatro largos, intensos, interminables días en Caracas como miembro de una misión de información del Parlamento Europeo sobre la atormentada realidad de Venezuela. Nos hemos entrevistado, discutido, asombrado, con gentes de todo tipo y condición. Del presidente de la República, Hugo Chávez, al presidente de la Conferencia Episcopal. Desde el vicepresidente, José Vicente Rangel -taimado, excelente periodista convertido en político, al que leía hace años cuando El Nacional y El Universal no eran diarios beligerantes contra el poder democrático-, al ministro de Exteriores, Roy Chaderton Matos, que viene de la democracia cristiana y que se considera a sí mismo "la derecha del Gobierno" y que, según él, no puede tomarse un café en las zonas ricas y residenciales de la capital (que es su hábitat natural) porque lo abuchean por haberse vendido a Chávez. Sin olvidar a los editores y propietarios de los medios privados de comunicación, que han usurpado el papel de los partidos políticos y declarado guerra a muerte a Chávez y al chavismo.
El obispo de Caracas, de origen salmantino, dice que Venezuela
es un país más para psicólogos que para sociólogos. Yo he vuelto trémulo,
sobrecogido, por lo que he visto, leído, oído. La periodística condena a
muerte contra Chávez de la que hablo es literal. Así la argumenta el 26-6-02
en Reporte el historiador Guillermo Morón: "Es lícito matar a un
gobernante cuando éste incumple las leyes, comete injusticias y deja de
gobernar. Eso es lo que sería pertinente aplicar hoy en Venezuela".
También Omar Estacio en El Universal (13-1-03): "Un gobernante corrupto,
represivo, empobrecedor de su pueblo... debe ser remitido para el otro mundo.
Cuanto antes, mejor, y sin preguntar demasiado". Este señor no sólo
aspira a ser un homicida de palabra, sino también a especializarse en
insultos al presidente. Así, en el mismo diario (6-1-03) se desahoga de esta
tan llamativa manera: "Es fácil prever la deposición de un gobernante. En
particular cuando es corrupto, inepto, homicida... afeminado... bocón,
ignaro... patán, chicanero... con inocultables taras físicas y mentales.
Cobardón... aguajero, mitómano, charlatán, mofletudo, con antropometría de
flatulento y corrupto". ¿Puede alguien insultar así a un jefe de Estado o
a un simple mortal sin consecuencias judiciales o administrativas para el
insultador o el medio que lo cobija? En Venezuela es posible. ¿Hemos de ser
más psicólogos que sociólogos? Una observación prudente derivada de una y
otra profesión puede concluir que el sector de población -mayoritario- que
apoya a Chávez, salvo excepciones, es mucho más pobre y de piel mucho más
oscura que la parte que apoya a la oposición. Los "chavistas" son
normalmente descalificados como "lumpen", "negros",
ignorantes, simples, gentes sin educación, algo que automáticamente se
traslada a Chávez. Muchos en la clase media y las clases altas lo desprecian
por razones materiales, socioeconómicas. Sociológicamente son incompatibles,
si bien el propio Chávez es optimista respecto a la evolución de la clase
media. Sobre ella dice: "La clase media no
ha sido perjudicada por nuestro proyecto, que busca convertir de algún modo
Venezuela en un país de clases medias. Más bien ha sido perjudicada por los
medios golpistas, que les han convencido de la 'cubanización' con tintes
racistas: el mono, el indio, nos amenazan. Sin embargo, la clase media se lo
está repensando. Ya no hay manifestaciones masivas, a pesar de que las
televisiones siguen machacando". Psicológicamente, el rechazo de esas
clases proviene de que el mandatario se sirve de expresiones y metáforas con
las que se identifican los desheredados del sistema, pero que ellas consideran
impropias e indignas de un jefe de Estado.
A la postre, lo que salta a la vista es que la sociedad
venezolana está dramática, angustiosamente polarizada y radicalizada. Se trata
de una sociedad dominada por el miedo y el odio. La gran masa de los excluidos,
los pobres, los extremadamente pobres, los condenados de la tierra de Fanon -que
en Venezuela, país riquísimo, son legión a causa de décadas de mal gobierno
y corrupción de los partidos tradicionales- está convencida de que si
"botan" a Chávez nadie se ocupará de ellos. Piensan que es él quien
los ha incluido en el sistema, y por eso declaran: "Somos gente desde
Chávez". Pero los otros -esa gran parte de la clase media y alta- estiman
que el presidente populista los ha excluido de sus decisiones políticas. Hay
líderes antichavistas, como el democristiano Enrique Mendoza, gobernador del
Estado Miranda, felizmente reconvertido a la legalidad
constitucional tras haber participado en el efímero golpe de Estado de 2002 (al
que todavía hoy califica de "incidente"), que, aun criticando a
Chávez dura aunque civilizadamente, reconoce: "Es el primer presidente que
trata de crear vasos comunicantes con los desposeídos. Pero no sabe hacerlo.
Invierte, pero los proyectos no se materializan". La civilidad está
también presente en Chávez cuando se refiere al opositor Eduardo Fernández,
otro líder cristianodemócrata: "Es el primer político auténtico con el
que converso". Sin embargo, la esperanza en el buen sentido y en la cultura
de la transacción vuelve a abandonarnos cuando leemos a otro fiero
periodista-político, Óscar Yanes, que espeta: "Este malandrín,
perturbado mental, hampón y delincuente, saldrá de la presidencia de la
República por rebelión del pueblo o por un golpe militar". Y no queriendo
aceptar el veredicto de las urnas -que aupó limpiamente a Chávez en dos
ocasiones (1998 y 2000) por la más contundente mayoría de los últimos
cuarenta años- condena también a la sociedad venezolana: "Este malandrín
llego a la presidencia porque nuestro país es así por naturaleza"
(Reporte, 18-2-03). ¿Será verdad, como so una encuesta, cuyo origen no
precisa, asegura que 480.000 venezolanos quieren matar al presidente?
¿Está libre de toda culpa Hugo Chávez? En absoluto. Pero, desde luego, no se le puede acusar de encabezar un régimen totalitario a la cubana. Todos reconocen que no hay presos políticos y que las libertades de reunión y asociación están garantizadas. No existe censura, y la libertad de prensa (libertinaje incluso) es, para desgracia del Gobierno, absoluta. La oposición, hiperfragmentada, actúa a través de la denominada Coordinadora Democrática, que agrupa nada menos que a 22 organizaciones políticas y a 38 ONG. Otro de sus dirigentes, Enrique Salas Romer, afirma que "mientras avanza la democracia se agreden los derechos humanos", refiriéndose a amenazas del Gobierno, a empresarios y a medios de comunicación privados. Esto último es probablemente cierto, pero lo primero también. Que la democracia avance en un país como Venezuela, en que una minoría ha controlado siempre la economía y el mercado, significa que la mayoría de los desfavorecidos aumenta su poder político y probablemente su resentimiento contra la oligarquía que tradicionalmente la ha explotado.
Hay que tener en cuenta que Venezuela es uno de los países de América Latina que más pobreza y división clasista ha acumulado en los últimos 25 años y que en la actualidad padece la mayor polarización sociopolítica desde la desintegración del movimiento guerrillero de los años sesenta. Chávez es el producto, no la causa, de todo esto, y el terrible conflicto que hoy atenaza a los venezolanos y que acongoja a quienes, interesados por su suerte, los visitamos, no es otro (y para constatarlo no hace falta ser marxista) que una generalizada lucha de clases. Como ya he señalado, la mayoría de quienes sostienen a Chávez provienen de los condenados de la tierra, de los explotados que no tienen nada que perder, mientras que la oposición se nutre sobre todo de la mayoría de la clase media y la oligarquía. Creo haber explicitado suficientemente que las espadas están dramáticamente en alto, en un país en el que, además, la posesión de armas es una costumbre social. Que la situación -mediante la exacerbación del odio, las represalias y la venganza- no derive hacia un choque civil armado está en manos de las gentes de sentido común y visión cívica de uno y otro lado. Existe un método que al menos teóricamente uno y otro acaban de aceptar: el referéndum revocatorio. Introducido en la Constitución de la República Bolivariana de Venezuela de 1999 por las fuerzas mayoritarias que apoyan a Chávez, constituye un hito de sanción democrática poco corriente en textos de su naturaleza. El artículo 72 reza: "Todos los cargos y magistraturas de elección popular son revocables. Transcurrida la mitad del periodo para el cual fue elegido el funcionario o funcionaria, un número no menor del 20% de los electores o electoras inscritos en la correspondiente circunscripción podrá solicitar la convocatoria de un referendo para revocar su mandato". La mitad del periodo para el cual fue democráticamente elegido el hoy presidente de Venezuela se alcanza el próximo 19 de agosto. Si la oposición reúne las firmas exigidas, el Gobierno y el propio presidente han asegurado públicamente que respetarán el resultado del referéndum, para el que además han aceptado la presencia de observadores internacionales, incluidos los de la Unión Europea. En democracia se castiga al gobernante en las urnas, no mediante golpes de Estado. El pueblo venezolano, si ésa es su voluntad mayoritaria, tendrá oportunidad de hacerlo 30 días después de celebrado el referéndum.
Emilio Menéndez del Valle es embajador de España y eurodiputado socialista.
Fuente: "El País", España. 26 de julio de 2003.