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Página de Greg Palast, 20 de Agosto de 2003
Desregulación: Apagón rastreado hasta bombillo mortecino en la Casa Blanca
Greg Palast
Puedo hablarles acerca de esos inservibles que nos apagaron la luz anoche. Me los encontré por primera vez – la Compañía Energética Niagara Mohawk (NiMo) – hace unos años. Antes de ser periodista yo trabajaba investigando a estafadores corporativos. En los años 1980s NiMo construyó una planta nuclear, Nine Mile Point, una costosa chatarra caliente por la cual NiMo y las compañías asociadas cobraron miles de millones de dólares a los consumidores de electricidad del estado de Nueva York.
Para realizar este robo de mayor cuantía por kilovatio, el consorcio lidereado por NiMo inventó informes de costos y plazos, luego realizó un trabajo al estilo de Harry Potter con los libros de contabilidad. En 1988 mostré a un jurado un memorandum de un ejecutivo de uno de los socios – Long Island Lightining – en que se daba una lección a un alto jefe de NiMo de cómo mentirle a los reguladores gubernamentales. El jurado ordenó a LILCO que pagara $4,3 mil millones y con ello les liquidó el negocio.
Y es por eso que si usted está en el Nordeste esto lo estará leyendo a la luz de una vela. He aquí lo que sucedió. Después de que LILCO fue aplastada por la ley, después de que reguladores del gobierno impusieran multas y castigos por valor de miles de millones de dólares a Niagara Mohawk y a otras compañías de servicios de todo Estados Unidos por falsear los libros de contabilidad y documentos, los líderes de la industria se reunieron y juraron no romper nunca más las reglas. Su plan no era cumplir las reglas, sino destruir las reglas. Lo llamaron desregulación.
Fue como si un comité de ladrones de bancos se reuniera para ver cómo podían legalizar el robo de cajas fuertes.
Pero no se atrevieron a realizar su plan en EE.UU. En su lugar, en 1990 un pequeño grupo de retorcidos operadores de Texas, Houston Natural Gas, que operaba bajo el alias de “Enron”, convenció a una fanática total del libre mercado, Margaret Thatcher, de conceder la licencia a la primera planta energética completamente desregulada del hemisferio.
Y así comenzó una enfermedad económica llamada “reforma regulatoria” que se extendió más rápidamente que el SARS. Enron recompensó al Ministro de Energía de Thatcher, Lord Wakeham, con un barril de dólares por servicios de “consultoría” y un puesto en la junta de dirección de Enron. El experimento ingles demostró la viabilidad de la nueva formula industrial de Enron: que el entusiasmo de los políticos por la desregulación estaba en proporción directa con el soborno suministrado por las compañías energéticas.
La elite del poder se mudó primero a Inglaterra porque sabía que los norteamericanos no tragarían fácilmente el purgante de la desregulación. EE.UU. se había acostumbrado a la energía barata disponible con la mera conexión de un interruptor. Este fue el legado de Franklin Roosevelt, quién en 1930 encerró al hombre que él pensaba era el último d los piratas de la energía, Samuel Insull. El negociante de Wall Street había creado el Trust de la Energía, y seis décadas antes que Kenny Lay falsificó libros de contabilidad y estafó a los consumidores. Para frustrar a Insull y a otros de su clase Roosevelt nos dio la Comisión Federal de Energía y la Ley de la Compañía Holding de Servicios Públicos que decía a las compañías energéticas dónde tenían que pararse y saludar. Regulaciones detalladas limitaban lo que se cobraba a los gastos reales más una ganancia fijada por el gobierno. Las leyes prohibían el “comercio” energético y exigía a las compañías que mantuvieran las luces encendidas – nada de chantaje con apagones para aumentar las tarifas.
Mientras escribo aquí en la oscuridad recuerdo que los reguladores dijeron a las compañías de servicios cuánto tenían que gastar para garantizar que el sistema se mantuviera funcionando y las luces quedaran encendidas. Los burócratas se arrastraron junto el alambre y, como yo, pasaron por los libros de contabilidad para asegurarse de que los ejecutivos de la energía gastaban el dinero de los clientes en piezas y salarios. Si no lo hacían, les golpeábamos la cabeza con los gruesos libros de reglas. ¿Interferimos con el espíritu empresarial de estos hombres de negocios? Seguro que sí.
Lo más importante, Roosevelt prohibió a las compañías de servicios que contribuyeran a las campañas de los políticos – nada de dinero “blando”, nada de dinero “duro”, nada de dinero. Punto.
Pero luego vino George Primero. En 1992, justo antes de su salida de la Casa Blanca, el Presidente Bush Padre dio a la industria energética un largo beso de lengua como despedida: la desregulación federal de la electricidad. Era un legado que él quería dejar para su hijo, la gratitud de las compañías energéticas que se pusieron con $16 millones de dólares para la campaña republicana de 2000, siete veces la suma que dieron a los demócratas.
Pero el regalo de desregulación de Papi Bush de los precios mayoristas fijados por los federales solo permitió a los piratas energéticos arrasar con la mitad. Para el gran día necesitaban la desregulaciòn a nivel del estado. Sólo había dos estados, Texas y California, lo suficientemente grandes como para poner en operación la estafa del mercado de electricidad.
California fue el primero en caer. Las compañías energéticas gastaron $39 millones para derrotar un referéndum de 1998 promovido por Ralph Nader que hubiera impedido la estafa de la desregulación. Gastaron otros $37 millones en cabildeo y lubricando los cofres de campaña de los políticos del estado para convertir una mentira en ley: en el preámbulo de la ley de desregulación, la Legislatura prometía que la desregulación reduciría en 20% la factura de electricidad. En realidad, en la primera ciudad que quedó “fuera de la ley”, San Diego, el ahorro de 20% se convirtió en un aumento de 300%.
Enron dio vueltas alrededor de California y se relamió. Como contribuyente número uno a las campañas de George W. Bush, tenía confianza en el futuro. Junto con solo otra media docena de compañías llegó a controlar por un tiempo el 100% de la disponibilidad de energía necesaria para mantener encendido el Estado dorado. Su lema era: “Su dinero o sus luces”.
Enron y sus compinches jugaron con el sistema como si fuera un cajero automático roto, sacándole billetes por la fuerza. Por ejemplo, en “subastas” desvergonzadamente preparadas para optar por la electricidad que tenía el estado, Enron ofreció en una oportunidad suministrar 500 megavatios de electricidad por una línea de 15 megavatios. Eso es como verter un galón de gasolina en un dedal – si se hiciera las líneas se quemarían. Enfrentado a un apagón debido a la destructiva oferta de Enron, el estado estaba dispuesto a pagar cualquier cosa con tal de mantener las luces encendidas.
Y el estado pagó. Según el Dr. Anjali Sheffrin, economista
del Operador Independiente del Sistema del estado de California, que dirige la
entrega de energía, entre mayo y noviembre de 2000 tres gigantes energéticos
le retuvieron física o “económicamente” la energía al estado e inventaron
suficientes falsas propuestas como para que los clientes de California pagaron
$6,2 mil millones de más.
Tuvo que llegar el 20 de diciembre de 2000 y que se apagaran las luces en el
puente Golden Gate para que el Presidente Bill Clinton, un promotor de la
desregulación, encontrara su perdida alma demócrata e impusiera un límite a
los precios y prohibiera la presencia de Enron en el mercado.
Pero los bucaneros del bombillo no tuvieron que esperar mucho para clavar sus garfios en el cofre del tesoro. A las setenta y dos horas de mudarse para la Casa Blanca, mientras aún estaban barriendo las botellas de champaña de la toma de posesión, George Bush Segundo eliminó la orden ejecutiva de Clinton y entregó California de nuevo a los piratas energéticos. Enron, Reliant (conocida como Houston Industries), TXU (Texas Utilities) y los otros que habían cortado económicamente los cables a California supieron que podían depender de W, quién como gobernador del estado de la Estrella Solitaria les había hecho el mejor negocio desregulador de EE.UU.
Mientras tanto, el virus desregulador llegó a Nueva York, donde el Gobernador George Pataki y sus comisionados seleccionados por la industria eliminaron el tope de las facturas eléctricas y salvaron a mis viejos amigos de Niagara Mohawk de la costosa obligación de financiar apropiadamente el mantenimiento del sistema eléctrico.
Y el Eje de las Comadrejas Pataki-Bush permitió algo que debe tener al ex gobernador de Nueva York Roosevelt dando vueltas en su silla de ruedas allá en el Cielo. Permitieron que una Compañía extranjera, la notoriamente incompetente National Grid de Inglaterra, comprara NiMo, se deshiciera de 800 trabajadores y se embolsara casi todos sus salaries – lo que produjo una regalía para los accionistas de NiMo de casi $90 millones de dólares.
¿Es el apagón (de la semana pasada) una sorpresa? Claro que no, al menos no para los que estamos en el terreno y hemos visto a los amigos de Bush apretar el interruptor en todo el mundo. En Brasil Houston Industries se apoderó de la compañía eléctrica de Río de Janeiro. Los tejanos (ayudados por sus socios franceses) despidieron a trabajadores, aumentaron los precios, recortaron gastos de mantenimiento y CLICK, la corriente faltó tan a menudo que la gente de la ciudad empezó a llamarla Río Oscuro.
Igualmente los las vaqueros británicos del libre mercado que controlan Niagara Mohawk aumentaron los recios, disminuyeron personal, recortaron costos de mantenimiento y CLICK, Nueva York se une a Brasil en la Era de las Tinieblas.
Los californianos han encontrado la solución al desastre de la desregularización: destituir al único gobernador de la Nación con los cojones(1) para enfrentarse a los fijadores de precios de la electricidad. Y a diferencia de Arnold Schwarzenegger, el Gobernador Gray Davis estuvo solo frente a los malos sin usar un doble. Davis llamó a Reliant Corp. de Houston un montón de “piratas” – y ahora va a tener que caminar por la plancha por atreverse a enfrentarse a los merodeadores de Texas.
¿Y dónde está el Presidente? Justo antes de que aterrizara en la cubierta del portaviones Abraham Lincoln, la Casa Blanca estaba tan preocupada de que nuestros bravos soldados se enfrentaran al enemigo que usaron la cobertura de la guerra para un nuevo impulso en el Congreso a favor de una mayor desregulación de la electricidad. Esto tiene cierta lógica: no tiene sentido derrotar a Irak si sigue habiendo un régimen hostil en California
Sentado en la oscuridad, mientras se va gastando la batería
de mi laptop, yo no sé si la verdad acerca de la desregulación saldrá alguna
vez a la luz – a no ser que cambiemos el bombillo mortecino en la Casa Blanca.
Vea los reportajes ganadores de premios de Greg Palast para BBC Television y
los periódicos Guardian de Gran Bretaña en www.GregPalast.com . Contacte a
Palast en su oficina de Nueva York: [email protected]
Greg Palast es el autor del éxito de ventas de la lista de The New York Times La mejor democracia que puede comprarse y del peor fracaso de ventas
Democracia y desregulación, una guía de las desregulaciones eléctricas, publicada por Naciones Unidas (escrita con T, MacGregor y J. Oppenheim).