Red Bolivariana, 27 de Julio de 2003

El albur en la Propiedad Privada

Manuel C. Martínez M.

A nadie, en su sano juicio, le amarga el azúcar, y, efectivamente, ¿a quién le puede disgustar la propiedad privada, tener algo para sí en exclusividad, que todos los demás se lo respeten, lo ayuden a conservarlo y cuya posesión consideren como un derecho constitucional de alto rango civilizatorio?

Pues bien, ese derecho tiene, bien miradas las cosas, un encanto diabólico, porque en la medida que unos cuantos vivianes o sortarios se hacen de una determinada propiedad p., esta suele acrecentarse y convertirse en una exclusividad de unos pocos, habida cuenta que en una sociedad de muchos es muy difícil tomar algo de donde ya preexiste propiedad sobre la riqueza circulante, y la nueva, la que se agrega durante los procesos productivos, tiene el estigma del reparto o distribución que constitucional y contractualmente está coadmitido.

Del valor agregado, una partecita es para su productor (el trabajador); una partezota, para el Estado, y la gran parte se la reparten los dueños de los inmuebles y los llamados inversionistas o patronos.

Entonces, ¿de dónde va a sacar un desposeído esa anhelada propiedad privada para hacerla suya, si la preexistente está ora apropiada, ora prerrepartida?

Bueno, sencillamente piensa y sueña con obtenerla legalmente a través del juego, del azar, y es esto lo que da a la propiedad privada un tinte de albur, un encanto fascinante de una propiedad privada que sólo ha venido sirviendo para que pocos la disfruten y los demás la respeten y deseen para sí.

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