Red Bolivariana, 9 de Junio de 2003

¿Quién defiende a los defensores?

Manuel C. Martínez M.

La interrogante del epígrafe cobra gran importancia en el caso de la Revolución Bolivariana, (módulo venezolano), precisamente ahorita durante su fase de transición hacia mejores metas.

Una de las rarezas políticas de esta Revolución, así pensamos, es que por primera vez, en el mundo de historias e historietas conocidas, el Ejército Nacional de la República Bolivariana de Venezuela asume un bivalencial papel de objeto y sujeto de los valores nacionales, de su patria, de su patrimonio, de su pueblo y, con ello, de sí mismo.

Y es que desde los más disciplinados y despolitizados militares espartanos hasta los mejores sicarios de los ejércitos conquistadores y avasalladores de <<infieles>>, los ejércitos han contado entre sus filas a ciegos y obtusos servidores de pocos en perjuicio irreflexivo para muchos, con la paradójica característica de que ha sido de los estratos sociales más humildes y oprimidos de donde han procedido mayoritariamente esos valientes defensores.

Ahora, cuando en Venezuela se ha ido fraguando muy pedagógicamente un militar de vasta y elevada formación académica y ciudadana, más allá del tradicional y consuetudinario tecnicismo bélico castrense, este Ejército nuestro sigue jugando disciplinadamente su papel defensivo. Y, entonces, cabe preguntarnos: ¿quién los defiende a ellos?

La respuesta parece llevarnos una perogrullada, sólo que en el caso venezolano se viene dando una revolución ideológica no menos ambivalente, debido, tal vez, a la inactividad militar a la que por fortuna estuvo sometido durante décadas un ejército apenas y esporádicamente empleado para sofocar perturbaciones ligeras de <<orden público>> . Esta aparente pasividad les ha servido a nuestros militares de acondicionamiento para caer en la cuenta de que todo soldado criollo, parroquial, citadino o urbano, de bajo, mediano y elevado rangos, aparece en las nóminas escriturales como ciudadano venezolano, con unas obligaciones comunes y prevalecientes por encima de las que por disciplina castrense les hayan inculcado como excluyentes de otros derechos y obligaciones constitucionales.

Para nuestros militares, la Constitución es libro de común lectura y acatamiento en los mismos salones escolariegos de los demás civiles, razón por la que el tradicional divorcio entre ejército y pueblo, sostenida, firme y aceleradamente ha ido dando paso a la más férrea unión entre pueblo y ejército, quienes unidos jamás serán vencidos, y, respondiendo la pregunta de partida: Los mejores defensores del militar son el pueblo mismo, que recíprocamente tiene en sus hijos militares sus más revolucionarios autodefensores.

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