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El Mundo, 13 de Junio de 2003
A nombre de la mayoría y la ley
Guillermo García Ponce
La democracia sería una burla grotesca si la minoría
impusiera su voluntad a la mayoría y tuviera derechos para violar la Ley. La
democracia funciona sobre una base fundamental:
el acatamiento del orden legal y el respeto al mandato de la mayoría del
pueblo. Si no fuera así, si se estuviera a merced del libre juego de la
arbitrariedad, la anarquía terminaría por derrumbar los fundamentos del
sistema social y estaría en peligro la propia existencia de la Nación.
Lo que ocurrió en la Asamblea Nacional es de la competencia de los principios democráticos y de la constitucionalidad.
El pueblo venezolano eligió, libre y democráticamente, una mayoría parlamentaria en el marco de la Constitución Nacional.
Esta mayoría tiene la obligación y el deber de legislar. La minoría tiene todos los derechos, menos el de impedir el ejercicio de la mayoría. Así es y ha sido siempre aquí en Venezuela y en el mundo. El señor Aznar condujo a España a una agresión contra Irak sin justificación alguna.
Hizo uso de su mayoría en el Parlamento.
El señor Bush ganó las elecciones por unas escasas y dudosas docenas de votos. A pesar de su precaria victoria hizo uso de la mayoría para gobernar.
Era ilegal, antidemocrático e inaceptable que la minoría en la Asamblea Nacional pretendiera represar e impedir la aprobación de la legislación requerida por la mayoría parlamentaria. La obstrucción sistemática y programada del Poder Legislativo conducía a paralizar la Asamblea Nacional, hacerla inoperante y prisionera de la vieja política.
La mayoría tenía un solo camino:
o caía rendida y capitulaba ante una minoría que pretendía imponer su
voluntad por encima y en contra de la mayoría y violar la Ley, o hacía uso de
sus atribuciones legítimas para cumplir con sus obligaciones legislativas.
La Asamblea Nacional está obligada, por mandato de la Constitución, a dotar al país de la legislación requerida para su estabilidad política, el progreso económico y hacer efectiva la refundación de la República.
Desde 1998 cohabitan, al mismo tiempo y en el mismo espacio, la legislación que correspondía a los intereses de la vieja política al lado del Gobierno y las instituciones revolucionarias.
Esta contradicción, entre leyes y categorías que representan un viejo orden atrasado y excluyente, y el proceso de cambios que corresponde a la voluntad del pueblo, tiene necesariamente que decidirse a favor de la mayoría y de la Constitución.
La mayoría parlamentaria no tenía otra opción sino asegurar el ejercicio de su labor legislativa sin obstrucciones.
La única cohabitación posible entre la mayoría y la minoría es el respeto a la Constitución y el acatamiento del mandato y las atribuciones de la mayoría. Así es como funciona la democracia.
Escritor y político