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Red Bolivariana, 8 de Abril de 2003
A cien heridos por hora
Fernando Luis Pérez Poza
Las fuerzas aliadas avanzan a una velocidad de cien heridos
por hora y dios
sabe cuantos muertos. Mientras, Don Manuel Fraga Iribarne, que estos días
anda sembrado o es que padece un ataque agudo de otra cosa, acusa al
profesorado español de amenazar a los alumnos con el suspenso si no van a
las manifestaciones contra la guerra. Digo yo que el noventa por ciento de
los ciudadanos de este país, que no se pierde una a pesar de las tantísimas
que se han celebrado, este año debe estar al borde del cate, porque sino no
me explico tanta obediecia ciega a los docentes. Lo ha dicho ayer Don
Manoliño, en Santiago de Compostela, ante su jefe supremo, el del bigote.
Claro, que no me extraña. Dice el refrán: que de tal palo, tal astilla. Y es
que el jefe se ha debido picar ante la veta fabularia del súbdito y maestro
y ha dicho: Pues aquí suelto yo una más gorda. Y es entonces cuando se le ha
ocurrido lo de que Zapatero, el líder de la oposición, es un peligro para la
seguridad mundial. Ja... Ja... Ja... ¿No le pillan la gracia? Y yo que
estaba convencido de que ese hombre que lidera los socialistas era un
mantecas. A ver si al final me va a terminar convenciendo... porque la
verdad es que hay que tener los... cojones bien templados para aguantar
tanto cinismo y contestar con un mensaje llamando a la responsabilidad.
Dice el historiador Arnold J. Toynbee, en su libro La Europa
de Hittler, que
"...en 1939 se destruyó el sistema internacional creado tras la Primera
Guerra Mundial..." "Alemania e Italia realizaron una política
exterior
agresiva que, por encima incluso de la guerra, trataba de alterar el status
quo en su beneficio..." "Un mundo que acababa de declarar ilegal la
guerra
caminó hacia la conflagración más generalizada y más destructiva que ha
conocido la humanidad" ¿No les suena la película? Yo diria que ésta ya
la
echaron en el cinema del siglo XX. Si se leen el libro podrían alucinar con
tantas similitudes.
También en aquella ocasión la fórmula mágica era una
guerra relámpago y se
ocupó un país como Polonia y los dictadores y asesinos Hittler y Stalin se
lo repartieron como una tarta, antes de proseguir la conquista. -Aquí ya han
fabricado hasta los rótulos de los Ministerios-. Después, los nazis,
enardecidos y espoleados por el éxito, iniciaron la ocupación de otros
países como Holanda, Bélgica y Luxemburgo, etc... ¿Qué me dicen de Siria,
Corea, Irán? Se hablaba de un Orden Nuevo. ¿Será una casualidad? El resto de
la historia y sus consecuencias ya las conocen, aunque convendría hacer
memoria y recordarlas un poco más vivamente, por eso de que el hombre es el
único animal capaz de tropezar dos veces en la misma piedra.
Hace tan sólo unos minutos acabo de ver, en la televisión
Localia, un
reportaje de la periodista Maggie O'Kane, que cubrió la información de la
guerra del Golfo, del 91. No tengo palabras para describirles mi horror.
En mi corazón se han quedado grabadas imágenes terribles pero, en especial,
las lágrimas resbalando por las mejillas de una madre. No se trata de algo
crudo, morboso, espectacular. No era una de esas imágenes de los atentados
terroristas que suelen poner a la hora de comer para que se te atragante la
comida en la nuez. Simplemente unas lágrimas en las mejillas de una madre,
mientras acunaba a su hijo, de apenas tres o cuatro años, puro hueso,
víctima de cáncer. ¡Había tanta, tanta, tanta desesperación y tristeza en
ellas! Y eso que la foto del soldado ardiendo, completamente deformada la
cara por las llamas como si fuera la de un monstruo, intentando salir de un
tanque, todavía vivo, se las traía. En ninguno de los dos casos se
mencionaba la nacionalidad, porque el dolor que produce la muerte, sea la de
un hijo o un ser humano carece de fronteras y tanto lo sufren las madres
irakíes como las de los soldados aliados. A fin de cuentas todos se vieron
afectados por la utilización de bombas enriquecidas con uranio.
Las declaraciones de quienes tuvieron algo que ver en aquel
espanto no
tienen desperdicio. Un militar USA decía que la vida de mil soldados irakíes
no vale la de un soldado norteamericano. Otro, que rezumaba pinta de
político de la administración Bush, explicaba sin inmutarse que la
diferencia entre matar a los irakíes enterrándolos vivos o hacerlo de un
disparo en la cabeza es de un minuto más de vida. ¿Será por eso que los
enterraban vivos? ¿Para concederles un minuto más de vida? ¡Qué humanidad! Y
el mismo, al referirse al agente Naranja o al Napalm, también empleados,
reconocía abiertamente que se trata de un arma "desagradable", es
decir,
algo así como un café sin azúcar o un martini sin hielo, con ese tono. ¿Se
ha hecho esta guerra para destruir las armas de destrucción masiva? ¿Las de
quién? Porque digo yo que habrá un método más sencillo y menos rastrero que
dejarlas caer todas juntas desde los aviones sobre la población.
Yo no sé hacia dónde vamos, aunque me temo que el NO A LA
GUERRA se nos está
quedando corto. No me puedo creer, al hilo de la reflexión que hace Manuel
Vicent, en su artículo de hoy, publicado en El País, que los afiliados y
votantes del PP al igual que los de Herri Batasuna, a pesar de escuchar
ambos a Schubert, se nieguen a condenar la inmoralidad de cualquier muerte
provocada, sea por coche bomba, tiro en la sién o pepinazo angloamericano.
¿Hasta cuándo vamos a seguir con la venda en los ojos en aras del
partidismo, el fanatismo o el papanatismo?
Hay quien estos días me ha llamado comunista. No lo soy. No
milito en ningún
partido político. Quizá haya que caminar hacia una democracia mucho más
participativa, donde los gobiernos no sólo dependan de un voto cada cuatro
años o los representantes elegidos democráticamente voten como corderos, al
unísono, al que lleva el -o está como un- cencerro. Una democracia donde las
asociaciones y los movimientos ciudadanos de cualquier clase e índole, que
actúen dentro de la legalidad, estén también representados en las
instituciones, de una manera real y efectiva, como sistema para mantener
saneada la conducta de los responsables políticos, y no pueda pervertirse el
espíritu de las normas de esta manera.
Aprovecho para agradecer la humanidad desplegada por alguno o
alguna que,
creyendo que iba a ser operado, me envió sus mejores deseos de que el médico
se excediera en la anestesia. Estoy convencido de que si, él o ella, fuera
el anestesista habría puesto napalm en la jeringuilla, quizá porque algunos
de mis artículos, y los de otros que también escriben en contra de la
guerra, le hacen comprender que está equivocado y eso le roe la conciencia.
Un poeta y un escritor no sólo debe cantar a las flores y al mes de mayo, y
menos cuando acontecimientos tan terribles se están produciendo en este
mundo a muy pocas horas de donde vivimos. y aquellos que reivindican una
lista descafeinada deberían abrir una que se titulara Heidi o Blancanieves e
invitar a participar a los siete enanitos. Hay también quien me acusa de
faltar al respeto a los soldados aliados. Nada más lejos de mi intención, ya
les llega con la falta de respeto que les han demostrado quienes los han
enviado a morir a esta guerra inmoral, ilegal e innecesaria por la conquista
de unos cuantos pozos petrolíferos.
Abril 2003©Fernando Luis Pérez Poza
Pontevedra. España
Mis libros en papel: [email protected]