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Red Bolivariana, 5 de Marzo de 2003
La realidad es un “set” televisivo
(La construcción de la objetividad en los medios de comunicación masivos)
Diego Rojas Ajmad
Ya los antiguos habían advertido acerca de lo pueril de la realidad y de nuestra existencia al interrogarse, asombrados, sobre la posibilidad de ser nomás que el sueño de algún dios borracho. El mundo tambaleaba ante la inconsistencia y la incertidumbre de un ser que buscaba certezas que le demostrasen que lo percibido no era producto de algún delirio. Luego de varios siglos, la situación no ha variado. El sujeto del siglo XXI se pregunta, ya con hastío, si su realidad y su existencia no son más que el sueño de algún productor televisivo.
Los medios de comunicación del mundo ya nos lo han insinuado al ensayar desde hace algunos años la idea de disolver la privacidad y mostrarnos en series televisivas las intimidades de un grupo de seres humanos convertidos en ratas de laboratorio que intentan escapar de “laberintos situacionales”, exaltando los sentimientos más viles. La privacidad expuesta en lo público nos conduce a una puesta en abismo, a una duda que, cual “Las Meninas” de Velásquez, nos descentra y nos ubica en la cuerda floja de la irrealidad al no saber si somos los espectadores o el espectáculo.
Pero el poder de la comunicación de masas radica también en la posibilidad de hacer verosímil lo increíble. Un poder que nos impide descreer lo que se nos muestra: fetichismo de la letra y de la imagen que anula toda duda y se erige en objetividad.
Así, la dictadura de la objetividad comunicacional como exclusividad de los medios de masas llevó a configurar un paradigma cultural que hacía ver como verdad lo escrito, radiado y televisado por los multimillonarios medios y en lo oral y popular nada más que el carnaval de lo pasajero e insignificante. Ángel Rama, en un trabajo que lleva por título La ciudad letrada, menciona al respecto la idea de una "diglosia" característica de la sociedad latinoamericana. Esta diglosia está representada por dos lenguas conformadoras y delimitadoras del poder:
"Una fue la pública y de aparato, que resultó fuertemente impregnada por la norma cortesana procedente de la península, la cual fue extremada sin tasa cristalizando en formas expresivas barrocas de sin igual duración temporal. Sirvió para la oratoria religiosa, las ceremonias civiles, las relaciones protocolares de los miembros de la ciudad letrada y fundamentalmente para la escritura, ya que sólo esta lengua pública llegaba al registro escrito. La otra fue la popular y cotidiana utilizada por los hispano y lusohablantes en su vida privada y en sus relaciones sociales dentro del mismo estrato bajo".
En definitiva, la oposición voz/escritura, popular/elitesco, enmascarada en nuestros tiempos bajo la figura de medios de comunicación/medios comunitarios, prensa/panfletos, comunicados oficiales/graffitis o rumores, más allá de una inocente categorización, encubre una univocidad del canon que, levantada de manera programática, se asume como modelo privilegiado por sobre todas las otras manifestaciones culturales y comunicacionales. En esta forma la “noticia”, divulgada por sectores relativamente minoritarios, pero hegemónicos, asumen desde esta óptica reductora el monopolio de la “verdad” y la “realidad”.
La “realidad” es para muchos concepto prefabricado, noción universal y atemporal que envuelve y determina nuestra existencia. La “realidad” es para muchos ámbito y reino de la posibilidad y lógica que se halla fuera del límite que traza nuestra retina y epidermis.
Si preguntásemos acerca de lo que es la “realidad”, de seguro recibiríamos como respuesta un breve recorrido ocular, como queriendo decir “¡pues esto!”, restringiendo el concepto a cuerpos presentes en un espacio. Pero el asunto no muere en esas palabras; “realidad” es interpretación, lectura que hacemos sobre lo que nos circunda. “Realidad”, como ya nos lo advirtió Foucault, es una suma de operaciones lógicas, un constructo mental, una odiosa cuadrícula cernida por el tamiz de los sentidos. Esta idea podría llevarnos a pensar que existen tantas realidades como seres humanos, que “cada cabeza es un mundo”. Mas el pago y condición sine qua non para la convivencia en sociedad es la uniformidad de pensamientos y actitudes, tarea encargada a los aparatos ideológicos que nos marcan con el hierro encendido del comportamiento social y las actitudes “políticamente correctas”. Ya José Martí lo había dicho: “Apenas se nace, nos esperan junto a la cuna las costumbres, la tradición, el amor de los padres, el Estado, la Religión, y nos atan, y nos fajan, y somos por toda la vida un caballo embridado”. Por ello, los medios construyen diariamente el imaginario simbólico que nos identifica y que identificará la opinión que sobre nosotros tengan los futuros lectores de nuestro tiempo. Y a veces en una realidad muy distinta a la que llega a nuestros ojos.
Don Tulio Febres Cordero muestra ejemplos de cómo la opinión publicada iba en contra de la realidad para alcanzar fines funestos. Un ejemplo tomo: “Para terminar, y ya que del insigne Páez se ha tratado, incluiremos en estos apuntes un pasaje de la carta que le escribiera desde Pernambuco el general José Ignacio de Abreu y Lima, con fecha 18 de septiembre de 1868:
‘Vive al fin el general Páez, que yo creía muerto desde que leí en un diario que usted había sido víctima en Cumaná de un terremoto, que había desplomado el Cuartel sobre usted. ¿De dónde diablos partió esta noticia? ¿O sería uno de tantos embustes con que los odios políticos acostumbran alimentarse?”.
Por ello, un medio de comunicación nunca tendrá su justo “medio” en la objetividad e imparcialidad, pues siempre responderá a intereses políticos, económicos, culturales, ideológicos... Un medio de comunicación siempre presenta el lado del rostro que observa el periodista; jamás tendrá la perspectiva radial que anhelaban los cubistas de principios del siglo XX.
Licenciado en Letras