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Red Bolivariana, 8 de Enero de 2003
Las Siete Estrellas Y Los Carlos
Mario Silva García
Soy un empedernido fumador y confieso que no tengo ningunas ganas de abandonar este vicio. Sin embargo, este paro empresarial ha estado modificando mis gustos y he pensado seriamente comprarme alguna picadura y desempolvar la vieja pipa que heredé de mi padre o, en su defecto, comprar alguna marca que no tenga que ver con los señores de la Bigott. Y es que toda esta suerte de estupidez empresarial, me ha llevado a reconsiderar ciertas compras; sobre todo cuando descubro una serie de acciones hipócritas que han llevado a cabo los mercaderes del templo para no seguir perdiendo dinero en nombre de la "Libertad" y el "Anticomunismo Fanático" de los mellizos opositores (¡Los Carlos, pues!).
En mi diario transitar de casa al trabajo y viceversa, tengo por costumbre tomarme un marroncito en un determinado lugar. Esta costumbre obedece a una vieja idea que me lleva a respetar un gusto determinado y a no saltar de café en café, despotricando unos y alabando a otros; amén de mantener una rutina que no me desvíe de mis objetivos laborales. De igual manera, mi gusto es complementado con una ligera conversación con ese amigo que sabe de mi preferencia por el marroncito sin azúcar y la cajetilla diaria de Belmont, más un toque discreto de complicidad chavista que adorna esos escasos quince minutos de relación.
Pocos días después de haber comenzado el paro, vi resentida mi sacrosanta rutina con la falta de la tan preciada cajetilla de cigarrillos. Esto me molesto. Soy de los que cree en esos pequeños pasos que no van a ser boicoteados y que sufren de un corto circuito al tener que pararse nuevamente a comprar algo que comúnmente obtengo en un solo sitio. La mentada de madre hacia los Carlos no se hizo esperar y mi amigo de un cuarto de hora no pudo reprimir una sonrisa de aprobación. Me señaló las neveras de la Coca-Cola y de la Pepsi Cola, ahora repletas de KR, Green Spot y una de tamarindo, advirtiéndome sobre las consecuencias del paro.
Seguí mi rutina diaria con ciertos tropiezos al tratar de ubicar esa marca de cigarrillos. Pero, desde hace dos semanas, he recuperado la normalidad y me angustiaba pensar que ese amigo diario, pudiera estar haciendo malabares para conseguirme este producto. No pude más, y agradeciendo su diligencia, le pregunté hoy como hacía para tener Belmont a la venta. Simple, - me contestó - ellos los siguen trayenddo. Pero ahora vienen vestidos sin el uniforme y en carros particulares. Son los mismos, pero disfrazados de gente.
Este episodio nos muestra descaradamente la hipocresía empresarial. En realidad no ha habido paro. Nunca ha habido paro. Se pararon aquellos sectores bobos que vieron su sueño americano realizado cuando le otorgaron una franquicia; esto, con la esperanza de ser los héroes de la caída del "dictador". Pero, han pasado los días y ese zambo, no solo se mantiene, si no que se afianza en el poder. Así sucede con más de un tendero, zapatero, joyero o "respetable" comerciante propietario de un local en esos centros comerciales que se sumaron a algo que existe solo en un parte de guerra en el que ya nadie cree. Sin embargo, donde está la macoya, la sazón, el capital transnacional, disfrazan de camiones de baranda o vehículos particulares, lo que otrora eran carteles ambulantes de publicidad. Lo pudimos percibir el pasado diciembre, cuando llegaban de noche a las licorerías para abastecerlas del espumante líquido amarillo y, acusar la oportunidad para subirles el precio cual producto de mercado negro. Pero, todo esto falló ¡y como!. Ciertamente, hubo más de un pendejo que compró una caja de cerveza en veintidós, y hasta veinticinco mil bolívares para complementar su Merry Christmas. Pero, la gran mayoría regresó a sus gustos estudiantiles con la guarapita y la compensó con una botella de escocés venezolano, mucho más barato que la Champaña Criolla. La matemática aplicada por los Carlos se le complicó. No contaron con un pueblo lleno de rebeldía, arrecho y con una imaginación del carajo. No entienden por que, en medio de colas interminables para abastecerse de combustible, sacan su mesa, cuatro sillas, un dominó y una botella de ron para alimentar la paciencia; cosa contraría a lo calculado por los conspiradores.
Este paro virtual va a morir de fastidio y el pueblo que ahora si tiene memoria, va a pasar factura. Vaticino gastos multimillonarios en publicidad para recuperar las ventas de la Pepsi Cola, la Coca-Cola, Wendy's, Mc Mierda, Arturo's, Harina Pan, Mavesa y demás porquería que llenaba los espacios que ahora son ocupados por los persistentes mensajes de la oposición. Vaticino una KR convirtiéndose en imperio y en curiosa estadística empresarial latinoamericana. Vaticino nuevas oportunidades para aquellos empresarios visionarios que deseen satisfacer las necesidades culinarias y espirituosas de este pueblo bolivariano. Vaticino nuevos gustos con sabor a rebeldía. Vaticino el regreso triunfal de la Reina Pepeada y la recuperación de nuestro espacio cultural, severamente afectado por las transnacionales. Por que este pueblo ha dicho ¡Basta! Y no permitirá que se le siga engañando. Por que así salga amargo, ese vino es nuestro.
Si he de agradecerle algo a los Carlos, es haber despertado en
mi pueblo las siete estrellas de la esperanza. ¡Viva el Tabaco Manzanares!
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