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Red Bolivariana, 15 de Enero de 2003
Un Cuento Extemporáneo de Navidad
Mario Silva García
Vivo en una urbanización de clase media baja, donde algunos tienen problemas para pagar siete mil bolívares mensuales por la vigilancia, pero todavía paren para montar un bonche con mesas alquiladas y mariachi incluido. El "Síndrome Altamira" todavía no ha hecho daño en nuestras relaciones vecinales. Aún nos saludamos chavistas y opositores, manteniendo el acuerdo tácito de no echar por la borda la solución de nuestros problemas comunales y, cuando surge algún concepto político, no pasa de ser un breve escarceo verbal que culmina con el saludo mañanero del opositor que está regando las matas y aquel "boina roja" que le mide el aceite al carro antes de irse a trabajar. Tenemos a algún atrevido que puso en su carro la tirita negra que le identifica; más surge la respuesta de otro que colgó en el porche un retrato de 80 x 50 del comandante vestido en traje de campaña. Es probable que la procesión vaya por dentro y me suenen los oídos de vez en cuando, sin atinar quien me mienta la madre en secreto. Pero, prevalece el respeto y la política no le hace mella a la solidaridad natural que demostramos por el vecino.
Cuando los Carlos "Grinchs" ordenaron asestarle una puñalada a la navidad, ocurrieron casos curiosos. Los chavistas adornaron sus casas a finales de Noviembre. Luces multicolores fueron colocadas en ventanas, paredes, columnas y árboles de sus jardines; mientras algunas casas amenazaban con mantenerse sin este ornamento navideño. María, mi vecina de origen portugués, era una de estas personas que se rebelaba en contra de San Nicolás y el Niño Jesús por recomendación de los Carlos en las cadenas golpistas. Es activista confesa de los que piden la renuncia del presidente y asiste fielmente a las reuniones escatológicas de la Casa Portuguesa. Es probable que culpe a Chávez por su gordura; por que no salió muy bien su liposucción o por que la cirugía le hace ver las tetas muy pequeñas. Pero, ciertamente, no pierde oportunidad para atacarlo así conversemos del calor que estamos sintiendo hoy cuando aún no ha llegado el verano.
A mediados de Diciembre, venía María por el centro de la calle. La saludo efusivo, como siempre y (no puedo remediar mi naturaleza provocadora) le digo que tiene la casa oscura; que por que no ha puesto en su casa las luces de navidad. Ella, mostrando una expresión compungida, me responde "Como está el país, destruido, estoy yo para poner luces de Navidad...". Mi respuesta salió sola; quizás producto de los años de confianza: "¡No me jodas, María...! Una vaina es el país y otra la alegría de tus hijos ¿Qué coño te pasa?..." Lo cierto es que, y evado aquí las consideraciones políticas que ocasionaron mi respuesta, María puso sus luces de Navidad y una por una se fueron encendiendo aquellas casas que seguían su ejemplo. Esto me confirmó el poder de María sobre algunas familias del sector y su proselitismo político a favor de la "causa". Apoyo muy magro, por cierto. Por que lo que no sabe María, es que cualquier incidente de este tipo nos sirve para hacer pequeñas y determinantes encuestas locales que favorecen al presidente.
Pasó Navidad y llegaron las doce campanadas. Abracé a mi familia y brindé por mi país. Recordé a María y fui hasta su casa a ofrecerle mi abrazo de año nuevo. A fin de cuentas, somos vecinos y pisamos el mismo suelo patrio.
Este cuento extemporáneo de navidad nos recuerda, que el fascismo es un evento colocado en nuestro tiempo por factores ajenos a nuestra natural condición solidaria. Para vencerlo, es necesario acudir al fondo de quienes se ven afectados por este fenómeno. Me niego a creer en los daños irreversibles de este ataque incesante y apuesto por esas relaciones vecinales que son fundamentadas en las necesidades comunales. A medida que trabajemos en función de las bases y develemos el carácter disgregador de los ataques de la conspiración, obtendremos resultados positivos para lograr la paz de nuestros hermanos. El ataque feroz de los medios privados, ha afectado a un escaso margen de la población y es posible que fenezcan antes de alcanzar un resultado mayor; pues la verdad, esa que enarbolamos con lógica aplastante, es el fusil que nos llevará a la victoria.