COMO TOMAR DECISIONES ATINADAS

 

 

MÉTODO DECIDE

 

 

D

EFINIR EL PROBLEMA

E

NCONTRAR OPCIONES

C

ONCRETAR APRECIOS

I

NTERACCIÓN DE OPCIONES Y APRECIOS

D

ETERMINAR LA MEJOR OPCIÓN

E

JECUTAR LA DECISIÓN

 

 

Hoy en día, se requiere la aplicación del concepto de “toma de decisiones atinadas” en las empresas, organizaciones e instituciones, y como una herramienta indispensable para la acción humana. Se parte de la premisa: “cambiando el proceder imaginativo se cambiará el proceder constructivo”, maneja la dinámica de Eros (quién siempre desea, recibe y lo derrocha; siempre aprecia, obtiene, y pierde, Eros es deseo, anhelo, camino, y amor al saber). Se incluyen relatos clásicos y de casos perfectamente  seleccionados, que permita plantear  los contrastes y la mancuerna que existe entre lo sensible y lo intelectual, los valores y las pasiones; la voluntad y el destino: elementos que al comprenderse nos permite tomar decisiones atinadas.

 

Este método DECIDE, para “toma de decisiones atinadas” en sus seis pasos permite estructurar un proceso de análisis que parte desde la definición del problema hasta la ejecución de la decisión.

“Decidir es un juego entre el hoy y el mañana. Si hoy cortas, mañana ganas; Si hoy anticipas las consecuencias de los actos, mañana tu situación te dará bienestar”.

 

 
 

 

 

 

 

 

 

 

 


BASTA DE IDEAS SUELTAS

 

Concepto. —¡Ea! Ven acá. Platiquemos.

Acción. —Me llamas la atención, me atraes, pero vengo poco; ¿qué es pues lo que nos separa?

Concepto. —Te has llenado la vida de actividades; yo soy más reposado, pero mi cabeza siempre está in­quieta, siempre en búsqueda, siempre preguntándose.

Acción. —Tú amas lo estable, yo el cambio.

Concepto. —¡Ay! Mi desventaja es que no puedo avanzar solo, así que siempre estaré esperándote.

Acción. —¡Vamos por sendas diferentes!, yo creo en el fluir.

Concepto. —Nos complementamos, puedo ser tu represa. El cambio es benéfico, pero el cambio exce­sivo dejará una nata amorfa sobre la cual se navega.

Acción. —¡No creo!

Concepto. —Se cree que lo fundamental en una de­cisión es la información, pero su exceso te daña.

Acción. —Siempre estoy ávida de información.

Concepto. —¡Cuidado! Mario, con 24 agostos de diversión, es usuario de Internet, navega entre buzones o páginas de universidades, negocios, hospitales, de­portivos, investigadores, estudiantes, museos, centros de investigación, vendedores, institutos altruistas, por­tales de música. Deambula.

Acción. —¡Puede descubrir datos maravillosos! Ofertas, subastas, encontrar algo, aunque regalos, concursos...

Concepto. —Sí. Pero Mario pasa 18 horas en alguna subasta de antigüedades, o en una sola conversación: cae rendido, y al despertar,  continúa la búsqueda dentro de los millones de artículos que se ofertan. Espera que no puede precisar qué.

Acción. —Sobre seguro ya entró a la Marina, a la Nasa, y a la búsqueda de extraterrestres. Datos de cual­quier tipo de persona o grupo, en cualquier ciudad y país, a cualquier hora y en cualquier idioma.

Concepto. —Está rompiendo esquemas de tiempo y espacio. Toma una torta o botana a cualquier hora, pero perdió la formalidad de la comida en la mesa.

Acción. —Sé lo que siente. Se ha olvidado en qué día de la semana, y en qué día del mes vive.

Concepto. —Como usuario compulsivo se desco­nectó de su entorno y de su realidad, viviendo en un mundo universal, virtual, contradictorio e insensible.

Acción. —Reconozco que se vive una emoción in­controlable, es un río que arrastra.

Concepto. —Sus hábitos se trastocaron, y ha dilui­do la diferencia entre el día y la noche, y entre descansar, producir y comer.

Acción. —¿A dónde llegó Mario?

Concepto. —Después de diecinueve intensos me­ses, su familia lo arrancó de la pantalla para llevarlo a un hospital. Había bajado dieciséis kilogramos.

Acción. —¡Pobre!

Concepto. —Ahora deberá recuperar sus hábitos alimenticios, la regularidad en el sueño, su ubicación en el calendario, y retomar las responsabilidades que ha dejado. Enferma la sobreabundancia de datos.

Acción. —Debe parar su avidez por las noticias, y regresar a las lecturas que nos han formado, lecturas clásicas. La Literatura es divina.

Concepto. —¡Magnífico! Cuando se persigue un aprecio, todas las acciones se ordenan a su consecu­ción, y cuando se define una meta, las reflexiones y las acciones se dirigen hacia ella. Cuando se establece un concepto, todas las ideas se guardan en él.

Acción. —Comprendo la unidad en la acción, pero ¿cómo se guarda una idea en otra?

Concepto. —Es preciso que te detengas en la ac­ción, y dejes trabajar a tu imaginación. Los griegos advirtieron, en la figura de Cerbero, lo peligroso que son las ideas sueltas.

Acción. —¿En qué texto?

Concepto. —En La Odisea, rapsodia XI. Él, Odi­seo, visita la mansión de Hades, el hermano de Zeus,

Ahí se dirigen las almas al momento de morir.

Cerbero, el perro de múltiples cabezas, vaga a la entrada, ahí vivían la noche y la sombra, una caverna daba entrada al interior de la tierra. Para llegar al Hades era preciso bajar, no subir. Se acercaba al con­cepto actual de preconsciente, o imaginario. Las ideas de Cerbero son discordantes, y vacilantes. Brincan sin concierto los datos, las imágenes vuelan y danzan, co­mo película en tobogán. Hesíodo refleja la inme­diatez de los humanos, en esta figura.

  Acción. —Leeré:

 

Cuentan, que el terrible, violento y malvado Tifón tuvo contacto amoroso con Equidna joven, de vivos ojos. Preñada, dio a luz feroces hijos: [...] tuvo un prodigioso hijo, indecible, el sanguinario Cerbero, perro de bron­cíneos ladridos de Hades, de cincuenta cabezas, despia­dado y feroz

 

Concepto. —Un ser con cincuenta cabezas maneja cincuenta ideas en un solo instante, tensiones irre­flexivas: «Voy, espero, ¡no!, ataca, ven, aquí, luego, corro, perdón. Sí. Vengaré, qué mareo, huye. Cuál, cruza, la deseo, vino, arriba, voy solo. Me atacan, perdón, de acuerdo, me punza, ¡oooh!, mi espuma, error craso, soy malo, pero..., ¡estallo!» Cerbero quería imponer sus monólogos desconcer­tados, ideas vagas, intenciones distintas, propósitos diversos, que no permiten construir. Atención disper­sa, muy lejana a la consecución de una meta.

—Estoy aturdido, —reclama Hermes, el dios de la palabra. —Son impulsos aislados, fuera de armonía.

—¡Ya basta de ideas sueltas!, —exclamó Atenea.

—Acabemos con Cerbero, mientras no lo hagamos, las imágenes brincarán sin concierto.

—Sí, ya basta, —replicó Heracles.

—Te diré cómo. —Alertó Atenea, la deidad de ojos de lechuza—. Concéntrate en tu meta, una sola idea, un solo propósito. Es inútil oponerte a cada una de sus cabezas, busca un punto único para atacarlo.

De esta forma, Heracles recibió su última asigna­ción: vencer a Cerbero. Sus trabajos son afanes hu­manos en un empeño constructivo. Heracles fue guiado por Hermes a las profundidades de la tierra. Ante la bestia, sintió escalofrío, su cuerpo se estre­meció. Llamó a la Victoria y a la Fama. Recordó a Atenea, la deidad que vuela hacia la meta, «¡Oh dio­sa de la sabiduría!, necesito tu fuerza para avanzar, tu casco para concentrar mi energía, y tu lanza para lle­gar a un único punto.»

Cerbero atendía muchos asuntos a la vez, pero en realidad se dispersaba. A un mismo tiempo veía hacia arriba, atrás, cerca, a sí mismo, afuera, lejos, iz­quierda, adentro, al norte, derecha, abajo. Cerbero, o las ideas dispersas son dañinas, así lo dejó ver Ovi­dio en Metamorfosis IV.

Acción. —Yo leeré:

 

La furia había llevado con ella unos tóxicos líquidos y mágicos, la espuma de las bocas de Cerbero y el virus de Equidna, la locura que hace divagar, el olvido que ofusca la razón, el crimen, las lágrimas, la rabia y la pasión por matar. A todo ello, triturado a la vez y mezclado con sangre fresca, lo había hecho cocer en una caldera de bronce, dándole vueltas con una vara de cicuta todavía verde.

 

Concepto. —Cerbero era enfermizo, y debía morir. Heracles, inspirado por Atenea, se lanzó sobre su cuello y lo atenazó hasta rendirlo.

Acción. —¿Lo mató?

Concepto. —Desde luego, era preciso cortar y ga­nar. El héroe al someter a la bestia, venció no solo a las palabras incoherentes, sino a la dispersión de intereses: los aprecios efímeros. ¡Basta ya de cantaletas obsesivas que llegan a la cabeza sin nuestra au­torización! ¡Basta ya!

Acción. —En mí, habitan algunas ideas sueltas, estribillos, imágenes que se me imponen. Y es cier­to, después de pasar varios días viendo televisión me he sentido mareada.

Concepto. —Son imágenes que se mezclan, contra­ponen, y no saben hacia dónde avanzar. Mira al frente, recuerda tu meta y regresa a la acción. Corta frases repetitivas y obsesivas. Diles: ¡Basta! ¡Alto!; a las imágenes dales un nombre y ubicación.

Acción. —Buscaré concentrarme en lo productivo, lo fecundo, lo útil. Ahora veo que las experiencias requieren de un concepto que las ordene. Aunque ne­cesito datos para decidir.

Concepto. —Ciertamente, pero el exceso de infor­mación no abre opciones: crea ideas sueltas. Es nece­saria la búsqueda de la unidad sobre la diversidad. No es preciso que retengas todos los datos sino descubre los puntos angulares.

Acción. —La información es básica.

Concepto. —Alvin Toffler advirtió sobre la inten­sidad y caducidad de las imágenes:

 

Las imágenes se han vuelto cada vez más temporales, y no sólo las imágenes de los modelos, los atletas o los actores. [...] Miles de «personalidades» desfilan por el escenario de la Historia contemporánea. [...] Adquieren una realidad tan intensa, y a veces más, que muchas otras con las que sostenemos relaciones «personales».

Establecemos relaciones con los «transeúntes» lo mismo que con los amigos, vecinos y colegas. Y, si el paso de personas reales, de carne y hueso, por nuestras vidas va en aumento, disminuyendo la duración media de nuestras relaciones con ellas, lo propio puede decirse de los transeúntes que pueblan nuestras mentes. [...] El paso acelerado de estos transeúntes sólo puede contri­buir a la inestabilidad de la personalidad.

 

Acción. —¿Qué puedo hacer?

Concepto. —Ser selectivo. Por ejemplo, no requie­res leer una obra para obtener información, puedes efectuar una consulta directa como lo haces con un diccionario. Estructura tu información.

Acción. —Hagámoslo, así decidiremos mejor.

 

ATADO A MÍ SUPOSICIÓN

 

Acción. —Me has convencido de que calle, pasando horas en silencio y soledad, pues, “mi boca mil desa­zones provoca”, aunque “a veces daña el callar”.

Concepto. —Escucha: “Quien habla, siembra; pero quien oye y calla, recoge y siembra”.

Acción. —Deseo saber qué hacer; qué hacer en el silencio, ya que por momentos me luce tiempo perdido.

Concepto. —Formularé preguntas y buscar su res­puesta, de esta forma tu acción cambiará

Acción. —Sí, deseo cambiar; pero... ¿cómo?

Concepto. —Pon atención. Gerardo es el contador de una empresa textil, la cual cuenta con 35 opera­rios y nueve administrativos Se dirige a su oficina, lleva el ceño fruncido, se molesta por incidentes cotidianos en el tránsito. Prende la radio; sus dedos se mueven ágiles. Apaga la radio súbitamente, para en­cenderla a las dos cuadras. «¿y ahora que hago?; ya lo arreglaré>>.

Acción. —¡Está alterado!

Concepto. —Trata de tranquilizarse, pero la pre­sión aumenta día con día; la historia se inició hace poco más de un año, al elaborar los auxiliares que lo llevarían a formular la declaración anual. En ese momento cometió algunos errores de registro, los cuales repercutieron en el cálculo.

Gerardo elaboró la declaración y la presentó al fisco; en ese momento, no quiso revisar la declaración pues le implicaba trabajar el fin de semana. El pro­cedimiento aprobado para este tipo de operaciones señala que debe revisarse una segunda vez la opera­ción, y una tercera vez en caso de que exista una diferencia entre la primera y la segunda. Una semana después, percibió una omisión importante. Lo revisó cuidadosamente una y otra vez y detectó una evasión que debió pagarse sobre dos millones de pesos.

El contador recapacitó detenidamente... Imaginó la entrevista con el Director, advirtió su irritación y enfado, vislumbró la posibilidad de perder su em­pleo, mientras recreaba a su jefe enardecido por los errores. «No lo notarán», se expresó, intentando en­gañarse. Decidió no avisar sobre el incumplimiento fiscal. La compañía procedió al reparto de utilidades, sobre una base incorrecta. Meses después, le ator­mentaba su falta, y cada vez repitió su peregrina idea: «no lo notarán, seguro que no lo notarán.»

Acción. —No ha de poder dormir.

Concepto. —No, desde luego. Voltea su cuerpo, almohadas y cojines de un lado a otro mientras se re­pite: «Cada día hay más problemas, ¿cómo salir de aquí?».

Acción. —Quedó en tensión; pero no cambia.

Concepto. —No puede cambiar. No, no avanza mientras no modifique la suposición de la que parte. ¿Cuáles?

Acción. —“No lo notarán”.

Concepto. —¡Exacto! Si hubiera cambiado esta suposición su acción se habría modificado.

Acción. —Platícame más de las suposiciones.

Concepto. —Gerardo siguió este patrón:

 

1. Comete un error.

 2. Ve la posibilidad de enfrentar el error.

3. Mira la gravedad de corregirlo.

4. Lanza una suposición.

5. 0pta por posponerlo.

6. Se agrava la situación.

7. Se presenta la crisis.

 

¿En qué punto podría Gerardo modificar su situación angustiosa?

Acción. —En el quinto que es la opción.

Concepto. —No. Desde el anterior, primero debe cambiar la suposición. Mientras Gerardo crea que no lo descubrirán su situación se deslizará hasta la crisis. Dos auditores hacendarios arribaron a la com­pañía donde labora Gerardo, y le han pedido el au­xiliar de las cuentas en donde yace la evasión. Ayer les dijo que el día de hoy se los proporcionaría. Pasó el tiempo y Gerardo, que lo vimos manejar tenso cuando se dirigía a su trabajo, debe decidir nueva­mente: le avisa al Director General del error cometi­do o continúa esquivo.

Acción. —Lo comprendo. El temor a enfrentar la dificultad lleva a una angustia incontrolable. Cuando he dejado el problema sin resolver cada día es más difícil. Es preferible abordar los problemas de inme­diato, porque después será más difícil hacerlo.

Concepto. —Pues ya posees la mecánica para hacerlo: un poco de silencio para descubrir tus supo­siciones. Sí. Busca aquellas frases cláve que no te permiten cambiar.

Acción. —¡Ajá! Para Gerardo fue aquella terrible:  “No lo notarán”.

Concepto. —Sí. Si él hubiera supuesto: “Llegarán los auditores a revisar la cuenta” otra hubiera sido su frecuente,    acción. Es  ante  una situación crítica, dejar pasar el tiempo. Durante horas, meses o años se so­brelleva una situación sin poner un límite o final, padeciendo reiterada ansiedad.

Acción. —¿Qué hacer?

Concepto. —Es posible quebrar el ciclo de evasión en cuanto reconocemos la fragilidad de la su­posición. ¡Es preciso cambiarla! Las suposiciones nos atan las manos.

Acción. —¿Es frecuente?

Concepto. —Traemos frases encajadas como: “La gente es perversa”; “todos buscan engañarme.”

Acción. —Ahora lo veo. Genera una desconfianza generalizada. Dime a dónde te llevan éstas: “Nunca cambiará”; “siempre se ha hecho así”.

Concepto. —A la rigidez de palo.

Acción. —“Al mejor cazador se le va la liebre”.

Concepto. —Muy buen sedante para no aprender de mis errores, ni responsabilizarme de ellos.

Acción. —¿Qué podría hacer?

Concepto. —Preguntarme por qué ocurrió y cómo puedo evitar que se repita. El mundo se mueve bajo una regularidad, existen engranes que lo mueven, no es anárquico, hay leyes que explican su comporta­miento. A menudo, se presentan problemas.

Acción. —Te diré algunos. Estoy inconforme con mi trabajo, se produce un lote de botellas con rebabas, imprimo un documento con errores, efectúo cálculos erróneos, se cuartea mi casa, se quema el motor, re­cibo quejas de los clientes o quiebra mi empresa.

Concepto. —Para cada uno de estos casos existen causas que los crearon, y asimismo, existen engranes que pueden evitar que suceda; pero si reaccionamos sólo expresando un refrán o suposición evade el cambio y el desarrollo.

Acción. —Pero yo no aspiro a desarrollarme.

Concepto. —Sería interesante repensarlo. Si no creces  te acercas a remolinos, ciclos repetitivos y neuróticos.

Acción. —Lo pensaré.

Concepto. ¡Ea! Te contaré una historia y tú me di­rás la suposición.

Los bienes que poseía un vejete los convirtió en oro, y fundió un lingote concentrando así su fortuna. A la luz de la luna silenciosa lo enterró, dejando ahí jirones de él mismo. Día con día, en un ritual com­pulsivo se dirigía al secreto lugar y ahí permanecía.

Este ritual despertó la curiosidad de un ladrón, quien a los pocos días, adivinó su secreto. Con ayuda de un azadón desenterró el lingote y se lo llevó. Al día siguiente, arribó el avaro, miró: ya la oquedad, ya la tierra amontonada. Se puso a gemir arrancándose los pocos mechones de cabello que aún poseía.

Un joven vio tal desesperación, averiguó la razón de su desquiciamiento, y le recomendó:

—¡Mi buen amigo! No existe razón alguna para desesperarse, ni entristecerse. Cuando el oro estuvo en tu poder no lo intercambiaste por bienes útiles para ti: de hecho no lo disfrutabas. Aquí tienes una piedra, entiérrala en la zanja y considera que vale tanto como el oro.

La piedra llenara tu insatisfacción, pues cuando fuiste propietario del oro nunca lo usufructuaste.

Acción. —El relato partió de una fábula de Esopo.

Concepto. —¡Exacto! Ahora dime. ¿Qué suponía el viejo?

Acción. —Algo así como: “un día lo venderé a muy buen precio”.

Concepto. —Sólo que nunca se dijo cuándo sería y qué construiría con ello.

Acción. —Es cierto.

Concepto. —No precisó ni tiempo, ni meta.

Acción. —¿Qué es pues una suposición?

Concepto. —Es un juicio implícito con base en la apariencia externa o experiencias anteriores, sin un conocimiento preciso de la realidad, cubriendo erró­neamente la carencia de información o de conceptos.

Acción. —Ya lo entendí: contra las suposiciones, el estudio y los conceptos.

Concepto. —Sí. También el silencio. Hay quienes fundan su acción en suposiciones, juicios alejados de la realidad, y hay quienes lo hacen sobre conoci­mientos sólidos. Al cambiar nuestra forma de pensar, cambiará nuestra forma de actuar.

Acción. —Es bastante. Hasta otro día.

 

 

 

 

 

 

 

 

MUNDO SENSIBLE Y MUNDO INTELIGIBLE

 

Concepto. —Hace varios días que no me visitabas.

Acción. —Las actividades me pesan. ¡Créeme!

Concepto. —Un momento de reflexión siempre ayudará a orientar la acción.

Acción. —Te veo tan distante, y tan poco visitado.

Concepto. —Distante sí; pero soy visitado.

Acción. —Existe ese abismo entre nosotros.

Concepto. —Sí. Tú eres pragmática como lo fue­ron los romanos, y yo en cambio amo el saber, y contemplo la Verdad en su desnudez.

Acción. —Somos diferentes, ya lo habíamos notado.

Concepto. —En parte con razón. A través de la edu­cación y socialización aprendemos formas diversas de transitar en el mundo.

Acción. —¿Y yo dónde me ubico?

Concepto. —Tú eres un poco Naturaleza y un poco civilización. Natura y civitas, diría Cicerón en el Im­perio Romano.

Acción. —Sí, ciertamente. A veces actúo, sólo res­pondiendo a los estímulos que se me presentan, por ejemplo cuando veo un peligro, o atisbo algo de co­mer; en cambio, otras veces me propongo una meta y persisto durante días hasta conseguirla.

Concepto. —Yo, en cambio, me ubico definitiva­mente en el mundo civilizado, ya que soy producto del conocimiento acumulado, y explico las relacio­nes entre las cosas. ¡Soy demasiado reposado!  Acción —iQué diferentes somos!

Concepto —En esto estriba el interés de platicar; aunque es preciso reconocer que convivimos perso­nas con distintas tendencias: quién, hacia el mundo sensible, quién, hacia el mundo inteligible.

Acción —¡Seguro! Es impresionante el caso de Nerón, contemporáneo de Séneca.

Concepto —Le importaba el mundo sensible. ¿Qué puedes decirnos de él?

Acción —Ceñido el cuerpo, el emperador recorre la explanada que da acceso a las Termas de Caraca­lla, levantadas muy cerca de la Roma imperial. Se ha propuesto vivir una experiencia placentera. Destacan las vetas verdosas del mármol, pero su mirada se de­tiene con reverencia ante la Venus marmórea, la na­cida entre espumas, la de las formas perfectas.

Ingresa al Apoditerium en donde recibe la bien­venida correspondiente a su altísimo rango. Se des­poja de su vestimenta cubriéndose con una toalla. Se recuesta para que un esclavo le frote aceites exquisi­tos. Poco a poco, la tensión muscular va desapare­ciendo, y el equilibrio entre izquierda y derecha lo invade. Ha pasado una hora, y es momento de avan­zar al Trepidarium en donde se introduce en agua tibia, en tanto una sutil corriente llega con temperatura en continuo incremento. Nerón podrá resistir de me­jor forma el calor, pues su organismo se ha ido adap­tando a esta sedosa sensación. Una hora después, pasa al Calidarium. El vapor turba su mirada, pero entrevé a lo alto, una magna cúpula esférica. Se su­merge en agua a punto de hervor, no queda una parte  de su piel sin estímulo. Media hora le fue suficiente.

Nerón sale sin despedirse de quienes lo rodean, pasa al Frigidarium. Se recuesta cubierto por mantas, su cuerpo reacciona con un sudor infinito, fuente de pu­rificación. Antes de salir sus músculos recobran el tono con un baño en agua a temperatura normal. Sus músculos, ya liberados de tensión, cobran vitalidad.

Concepto. —En contraste con él, tenemos a Séne­ca, un estoico, un escritor.

Acción. —Nace en Córdoba.

Concepto. —En tanto Séneca escribe y piensa, Nerón vive en el mundo de las sensaciones, y poco le preocupa conocer el mundo, sólo desea que todo el Imperio le sirva para transitar por la vida repleto de estímulos y placeres.

Acción. —iQué conoció Séneca?

Concepto. —Por ejemplo, diversos caracteres, así

lo muestra cuando escribe su tratado De la brevedad de la vida:

 

A uno lo domina la insaciable avaricia; al otro una tra­bajosa diligencia en tareas inútiles; uno se entrega al vino; otro con ociosidad se entorpece; a éste le fatiga una ambición siempre pendiente del juicio ajeno; a aquel una despeñada codicia de comerciar...

 

Acción. —Son perfiles que permanecen.

Concepto. —El avaro, el activista, el alcohólico, el vago, el esclavo de la opinión ajena, y el negociante.

Acción. —Así pues, Séneca se dedicó a conocer las debilidades humanas, mientras Nerón buscaba estímulos a su piel.

Concepto. —Esta distancia de caracteres también la percibió Cervantes en el siglo XVI. Sabes con precisión quién representa al mundo sensible, al mundo cotidiano, y al buen comer.

Acción. —Desde luego. Sancho Panza vive preo­cupado por la comida.

Concepto. —No maneja fantasías, pero tampoco ideales a perseguir, su mundo es tal cual es, y no ve la necesidad de cambiarlo. El advirtió a su amo:

Peor será esto que los molinos de viento. [...] Mire señor, que aquéllos son frailes de San Benito, y el coche debe de ser de alguna gente pasajera. Mire que digo que mire bien lo que hace, no sea el diablo que le engañe.

Acción. —Sancho Panza es un ser de realidades.

Concepto. —Sí. Es un ser que vive en las sensacio­nes, pegado a los estímulos externos, sean auditivos, visuales, o sabores; pero el ingenioso hidalgo percibe otro mundo, uno que no existe, y desea construir.

Acción. —El cual es opuesto al mundo sensible.

Concepto. —Sería más preciso decir, distante y complementario: el mundo creado por el hombre.

Acción. —¿Qué mundo desea crear el Quijote?

Concepto. —Un mundo ético. Lee, por favor, qué se propone hacer al inicio de su aventura.

Acción. —Es un placer: agravios que pensaba deshacer, entuertos que endere­zar, sinrazones que enmendar, y abusos que mejorar, y deudas que satisfacer.

Concepto. —Ahí resume su programa. Muestra su deseo, reconociendo que si bien las cosas son de una manera, no tienen por qué seguir siéndolo. Es un in­conforme que busca el cambio.

Acción. —De acuerdo. La ética me agrada, estudia las acciones, me propone un perfil, una forma de ser.

Concepto. —En la Naturaleza, las horas de luz se alargan en verano, y siempre seguirá así, sin variación; en cambio el anthropos es un inconforme.

Acción. —He ahí una diferencia. ¿Qué hay de otros personajes?

Concepto. —Destaca el bachiller Carrasco, quien también representa al mundo inteligible, sólo que no a la ética, sino a la ciencia. ¡Tensión milenaria!

Acción. —¿Por qué lo dices?

Concepto. —Nuestra cultura recibió el influjo ju­deo-cristiano, influjo ético; en cambio la herencia griega propone el conocer como máximo aprecio.

Acción. —Lo veo claro. El bachiller Carrasco sim­boliza el Conocimiento.

Concepto. —Dos fuerzas del mundo inteligible nos mantienen tensos: la conducta ética y el conocer; hoy hablamos de valores y de información.

Acción. —Lo veo. El bachiller Sansón Carrasco reta al Quijote intentando regresarlo a su cordura.

Concepto. —Lo reta y combaten; pero como Ca­ballero de los Espejos pierde en el duelo.

Acción. —Así que en ese momento gana la aspira­ción a un mundo más justo, sobre la aspiración a co­nocer.

Concepto. —¡Exacto! Tomé Cecial no pierde opor­tunidad para dejar las cosas en su lugar. Escucha, lo que dice:

 

—Por cierto, señor Sansón Carrasco, que tenemos nues­tro merecido: con facilidad se piensa y se acomete una empresa; pero con dificultad las más veces se sale della.

 

Don Quijote loco, nosotros cuerdos, él se va sano y riendo; vuestra merced queda molido y triste. Sepamos, pues, ahora: ¿Cuál es más loco: el que lo es por no po­der menos, o el que lo es por su voluntad?

 

Acción. —La lucha de Sansón Carrasco por imponer la cordura continúa bajo la figura del Caballero de la Media Luna.

Concepto. —Sí, revisemos el capítulo LXIV. El duelo es un acto público. Lo presencia el visorrey y Antonio Moreno, entre otros. 

Acción. —Veamos el texto:

 

Y una mañana, saliendo don Quijote a pasearse por la playa, armado de todas sus armas, porque, como mu­chas veces decía, ellas eran sus arreos, y su descanso el pelear, y no se hallaba sin ellas un punto, vio venir hacia él un caballero, armado asimismo de punta en blanco, que en el escudo traía pintada una luna resplandeciente; el cual, llegándose a trecho que podía ser oído, en altas voces, encaminando sus razones a don Quijote, dijo:

—Insigne caballero y jamás como se debe alabado don Quijote de la Mancha, yo soy el Caballero de la Blanca Luna, cuyas inauditas hazañas quizá te le habrán traído a la memoria; vengo a contender contigo, y a pro­bar la fuerza de tus brazos, en razón de hacerte conocer y confesar que mi dama, sea quien fuere, es sin compa­ración más hermosa que tu Dulcinea del Toboso; la cual verdad si tú la confiesas de llano en llano, excusarás tu muerte, y el trabajo que yo he de tomar en dártela; y si tú peleares y yo te venciere, no quiero otra satisfacción sino que dejando las armas y absteniéndote de buscar aventuras, te recojas y retires a tu lugar por tiempo de un año, donde has de vivir sin echar mano a la espada, en paz tranquila y en provechoso sosiego, porque así conviene al aumento de tu hacienda y a la salvación de

 tu alma; y si me vencieres, quedará a tu discreción mi cabeza, y serán tuyos los despojos de mis armas y ca­ballo, y pasará a la tuya la fama de mis hazañas. Mira lo que te está mejor, y respóndeme luego, porque hoy todo el día traigo de término para despachar este negocio.

 

Concepto. —Don Quijote quedó suspenso y atónito, creyendo a todas veras que se dudaba del prestigio de su amada. Se retiraron. Cada quien tomó la parte del campo que le correspondía, preparando así la embestida.

Acción. —Embestida entre la locura y la cordura. Yo leeré el duelo, porque eso debe decirlo directa­mente Miguel de Cervantes:

 

Don Quijote encomendándose al cielo de todo corazón y a su Dulcinea (como tenía de costumbre al comenzar de las batallas que se le ofrecían), tomó a tomar otro poco más del campo, porque vio que su contrario hacía lo mesmo, y sin tocar trompeta ni otro instrumento béli­co que les diese señal de arremeter, volvieron entram­bos a un mesmo punto las riendas a sus caballos; y como era más ligero el de la Blanca Luna llegó a don Quijote a dos tercios andados de la carrera, y allí le en­contró con tan poderosa fuerza, sin tocarle con la lanza (que la levantó, al parecer, de propósito), que dio con Rocinante y con don Quijote por el suelo una peligrosa caída. Fue luego sobre él, y poniéndole la lanza sobre la visera, le dijo:

—Vencido sois, caballero, y aún muerto, si no con­fesáis las condiciones de nuestro desafío.

Don Quijote, molido y aturdido, sin alzarse la visera,  como si hablara dentro de una tumba con voz debilitada y enferma dijo:                                  

—Dulcinea del Toboso es la más hermosa mujer del mundo, y yo el más desdichado caballero de la tierra, y no es bien que mi flaqueza defreaude esta verdad. Aprieta, caballero, la lanza, y quítame la vida, pues me has quitado la honra.

—Eso no haré yo, por cierto —dijo el de la Blanca Luna—:viva, viva en su entereza la fama de la hermo­sura de la señora Dulcinea del Toboso; que sólo me contento con que el gran don Quijote se retire a su lugar un año, o hasta el tiempo que por lo fuere mandado, como concertamos antes de entrar en esta batalla.

 

Concepto. —Ante esta pérdida tan completa y tan definitiva, don Quijote quedó obligado a no tomar las armas durante un año. Rocinante quedó patitiezo y tambaleante, y Sancho Panza desconcertado al ver volar su esperanza de recibir salario o merced.

Acción. —Triunfó pues la ciencia sobre la ética.

Concepto. —Tan difícil es saber quien triunfó, como saber en la historia quién triunfará. Hace un momento hablamos de locura, y se aplica tanto a quien comete un crimen, como a quien se desconecta de la realidad.

Acción. —¡Esta tensión quedó en el lenguaje!

Concepto. —Veamos la palabra “verdad”. ¿A qué se opone?

Acción. —A la mentira.

Concepto. —Es decir, apunta a la ética; pero tam­bién se opone al error.

Acción. —Es cierto, apunta al conocer.

Concepto. —Lo has comprendido.

Acción. —Está tan arraigado que no nos queda más que seguir tensos.

Concepto. —Tensos entre el mundo sensible y el inteligible; y tensos entre la ética y el conocer.

Acción. —¡Fuerzas que nos jalan!

Concepto. —Mi bien individual contra el bien co­mún, es decir, las sensaciones contra la ética; y mis deseos sensuales contra el conocer.

Acción. —¡Tres fuerzas! Las sensaciones, la ética y el conocer. ¿Cómo maniobrar en este remolino? Dime algo práctico.

Concepto. —¡Qué pregunta has hecho! Responder a ella es un empeño diario, búsqueda intensa. Es el momento de penetrar en el mundo de las decisiones. Es el momento de detenerte antes de actuar, ir ade­lante, ir al frente.

Acción. —¿Cómo?

Concepto. —Decidir es separarse del mundo sen­sible, dejar la inmediatez, darle un valor al futuro.

Acción. —¿Qué puedo hacer?

Concepto. —Prever. Darle más peso al futuro. De­finir la situación venidera con base en las circunstan­cias presentes y los signos anticipatorios a fin de encaminar las acciones a su construcción.

Acción. —¡Ah! Ver mi futuro; levantar sólidos ci­mientos, porque: “mañana aprovechada, son las tres cuartas partes de la jornada”; “quien pierde la maña­na, malogra la jornada”. Añado uno más: “hoy es la semilla del mañana”.

Concepto. —Sí. Decidir es un juego entre el hoy y el mañana. Si hoy cortas, mañana ganas; si hoy an­ticipas las consecuencias de los actos, mañana tu si­tuación te dará bienestar.

Acción. —Lo difícil es hacerlo, no entenderlo.

Concepto. —Por ello es preciso estar unidos: unir concepto y acción, única manera de superar la inme­diatez y tomar decisiones.

Acción. —¡Soy acción, soy inmediatez! Concepto. —No. “Acto” es inmediatez, al igual que las sensaciones; la “acción” es lo hecho, y lo produci­do por los actos. Son los haceres productos de nues­tro conocimiento, y del silencio.¡Detente pues, a platicar conmigo! En tus manos está unir el mundo sensible y el inteligible: formar experiencias y más tarde arribar a los conceptos.

Acción. —Créeme, me gustaría hacerlo.

Concepto. —Te entregaré un método en seis pasos para tomar decisiones, espero guíe tus actos. 

Acción. —Me interesa sobre manera.

Concepto. —Se denomina DECIDE. Observa:

 

D efinir el problema.

E ncontrar opciones.

                            C oncretar aprecios.

I nteracción de opciones y aprecios.

D eterminar la mejor opción.

E jecutar la decisión.

 

Acción. —Lo recordaré, es un acróstico.

Concepto. —Queda pendiente profundizar sobre cada tópico.

Acción. —Adelante: a leer, porque “quien la ha de besar, bésela ya”.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

DEFINIR EL PROBLEMA

entre las dos legiones, las cuales formaban filas. Dando una seña las dos temas

Los romanos difundieron entre sus tropas relatos que encerraban principios fundamentales para vencer los problemas, evitando despeñarse en el acantilado. He aquí un texto conservado en latín.

Los generales del ejército albano y el romano fir­maron un pacto. Tres hombres pelearían contra otros tres, y del resultado de esta batalla se cumplirían las condiciones estipuladas. Los albanos seleccionaron a tres hermanos: los Curasios; por su parte los roma­nos seleccionaron a tres hermanos: los Horacios.

Los ejércitos, que estaban sentados, se pusieron de pie. Los tres Horacios y los tres Curasios tomaron las armas. Ya armados caminaron al centro de jóvenes arremetieron con sus ar­mas. En este primer asalto cayeron dos romanos muertos, y los tres albanos quedaron heridos.

El ejército albano se inundó de gozo y aclamó la muerte de los romanos; por el contrario, las legiones romanas ya habían perdido toda esperanza. Así pues, un Horacio y tres Curasios estaban de pie.

Por casualidad, el Horacio estaba íntegro; sin em­bargo en forma engañosa simuló huir renqueando. Los  tres Curasios lo persiguieron; pero por estar he­ridos corrieron a diferente velocidad, separándose entre sí. Habiéndose distanciado del lugar del primer ataque, se volvió y desplegando agilidad regresó y atacó a un albano. El ejército de los albanos llamaba al segundo Curasio para que fuera al auxilio de su hermano pero este combate había terminado con la muerte de un Curasio. De la misma forma el Horacio mató al segundo Curasio antes de que el ter­cero lograra acercarse.

Así pues, quedaban dos enemigos, pero no seme­jantes ni en la esperanza ni en las fuerzas. El Horacio estaba intacto en su cuerpo, sus armas completas y animado en su espíritu, por la feroz victoria lograda hasta el momento. El Curasio, en cambio, tenía el cuerpo herido y el ánimo destrozado por la muerte de sus dos hermanos. Aquello ya no fue una batalla. El Curasio malamente sosteniendo sus armas fue muer­to por el Horacio, quien fácilmente lo despojó.

Los romanos recibieron al Horacio con alegría, porque todos los albanos, juntamente con los tres Curasios, habían sido vencidos por los Horacios. Así quedó grabado: “Divide y vencerás” .

 

1. En la mar brava, dividir los problemas

 

Santiago, pianista de dedos largos, me narró, en oc­tubre de 1987.

—Ocurrieron incidentes que lograron perturbarme profundamente; varios ladrones entraron a mi casa estando yo presente. Mi estómago se comprimió de forma instintiva, quedé paralizado, inmóvil. La sa­quearon, dejaron sólo los muebles; Los sucesos se precipitaron, al modo de un incendio. Brasas internas me quemaron. A escasos quince días, me vi obligado a ir a la Delegación a levantar otra acta: ¡habían robado mi auto! Mi mente se aceleró: ¿Crearon un plan en mi contra?; ¿Quién desea dañarme? Un cliente clave canceló un contrato. Sentí un calor desmedido, pero la devastación seguiría. Un litigio en los tribu­nales presionó con fuerza mi equilibrio. Un rayo des­trozó mi árbol de la vida, era ceniza, yesca, negrura.

Me fue difícil conciliar el sueño; y mi mente, casi sin obedecerme, volvía a cada una de las escenas de barbarie. La confusión me invitaba a malas decisio­nes y, sin darme cuenta, a mayor confusión. Luchaba contra la depresión y el miedo. Creí ahogarme ante los golpes de mar.

—Pueden atar tus manos pero no han hecho una soga para tu espíritu, —le acometí—. Traza una lis­ta, relación de los puntos difíciles que es preciso re­solver, y los que deben dejarse pendientes hasta una nueva fecha. Puedes hacerlo: lo harás. Lo más difícil es cortar el miedo, ir al frente, abrir proyectos. Se quedó perplejo, porque quería conmiseración, no soluciones. Al mes siguiente me comentó:

—Sí, me desconcertaste, pero he aquí la lista. Pri­mero: tengo dificultades para transportarme, no ten­go automóvil, ni dinero para comprar otro, esperaré treinta días: lapso que pide la compañía aseguradora para pagarme. No hay más que esperar. Segundo: es­cuchar música me baja la tensión; pero no tengo radio, ni grabadora; aunque tengo la posibilidad de adquirir una, lo haré hoy mismo. Tercero: extraño un televisor, me distrae; pero puedo prescindir de él; no tengo dinero para comprar uno. Cuarto: el contra­to que esperaba ya lo perdí, lo que puedo hacer es ini­ciar una diversa búsqueda, pues necesito reponer lo robado. Quinto: no tengo por qué ceder en el litigio, debo confiar en las medidas que mi abogado está efectuando.

—¿Cómo llegaste a esta precisión?

—Empecé anotando los objetos que me habían ro­bado, muchos de los cuales eran adornos que me creaban un vacío, como si perdiera mi pasado; todos ellos eran cosas que no las podía reponer, pues habían sido conseguidas en viajes; y tampoco eran objetos utilitarios. Eso me causaba mucho malestar. Así, avancé en mi lista, y detecté que lo que más deseaba era reponer mi radio. En fin, fui registrando, miran­do y considerando punto a punto.

—Indicaste fechas en tu lista.

—Sí. El saber cuándo podía actuar, o cuándo sería el siguiente paso, me dio tranquilidad en la espera.

—Has definido cinco problemas. Hiciste lo co­rrecto: cortar y ganar. Adaptarte a la nueva situación y cortar todos tus deseos que no corresponden a tu nueva realidad, es poda a las plantas silvestres.

 

La situación caótica es el conjunto borroso de circunstancias, hechos y sentimientos, que provocan malestar o detienen la acción, sin que se haya establecido su causa ni la nueva forma de actuar.

 
 

 

 

 

 

 


Es preciso concretar problemas, problemas reales, y específicos, delimitados, claros, ubicados en un espa­cio y tiempo. El deseo de cambio es el paso inicial.

Es el momento de establecer tiempos para su resolu­ción. Un miembro de Alcohólicos Anónimos, se pro­pone que hoy no beberá. Es decir, no parlotear sobre un asunto general, sino describir aspectos específicos, en tiempo y espacio. De esta manera podrá plantear acciones aquí y ahora. Cuando no se concreta la situa­ción, las olas encrespadas nos asfixian.

 

 

2. Si sé cuál es el problema, sabré qué hacer

 

Me llamó la atención la forma como Santiago salió de su situación caótica, adoptó el modelo de las deci­siones. Días después, le acometí por teléfono:

—¿Cómo lograste precisar tus problemas?

—Me repetí esa frase: “Pueden atar mis manos pero no han hecho una soga para mi espíritu”. Poco a poco me fui tranquilizando, después me repetí: “si sé cuál es el problema, sabré qué hacer” Ya no que­ría fantasmas, ni enemigos escondidos. Era preciso definir el rostro y forma de mis problemas, porque acepté que eran varios, y distintos.

—Cambiaste tus creencias, y así modificaste tu forma de actuar— le contesté con admiración.

—Aún trabajo por superar el miedo.

Un problema es el transito hacia la delimitación precisa en tiempo y espacio de  obstáculos, variaciones y barreras detectadas en la operación de tal forma que se pueden emprender  acciones precisas para lograr la solución.

 

 

 
 

 

 

 

 

 

 


Un problema demanda nuestro talento, es movi­miento, ya que no se vive ni en el caos ni se tiene tampoco la solución total; del mismo modo, Eros es movimiento, siempre demandante, siempre obtenien­do lo que desea, y siempre perdiéndolo. Se requiere la fuerza y precisión de una flecha para solucionar un problema. Este nos reta de tal forma que demanda nuestra concentración e inteligencia para buscar su resolución. Una vez que se encontró la cuadratura, muere el problema porque vive la solución.

Una situación caótica es marea viva que nos hunde, remolino del que es preciso salir. Cada problema es un chasquido que nos alerta, abandonando el caos, pero aún sin llegar al equilibrio. Ni la sola pasión, ni la emoción en cascada solucionan un problema. Es necesaria la fuerza, pero también la inteligencia para plantear sin contradicciones lo que se nos presenta inicialmente confuso. Un problema ya resuelto es un cadáver, ya sin movimiento ni interés.

En un problema, se avanza para demarcar límites claros, saber cuándo principia, cuál es su siguiente paso, en dónde darlo, y a quién acudir; de no ser así, se sigue en una situación caótica.

El presente fatigoso, arduo, es palanca de cambio. El miedo, en cambio, es la trinchera de la fuerza de conservación. Vivimos con los brazos abiertos, jala­dos en sentido opuesto tanto por las fuerzas de resis­tencia como por las de cambio.

 

 

 

 

 

 

 

Encontrar opciones

 

Cuando se bifurca el camino se presenta la alternati­va. Alternar es variar entre dos, por ejemplo: “Alter­no mi ocupación dominical entre el bosque y el depone”; es decir, se varía la acción haciendo ya una cosa, ya haciendo la otra.

 Amsterdam, agosto de 1596. Barentz y Jan Rijp, se paseaban en el puerto supervisando la carga de provisiones a sus naves. Comerciantes flamencos los habían contratado para localizar la ruta nororiental ha­cia las indias. Ambos capitanes se hicieron a la mar, cada quien al mando de una nave, Barentz con alegre aliento y Jan con francas velas. En su camino, se en­contraron las islas Spitzburg rodeadas de un mar de hielo. Se había bifurcado el camino, había que elegir entre dos rutas.

—No hay duda, hay que nortear, —impuso Ba­rentz.

—¡No! hacia el sur, —señaló Rijp.

—¡Perderíamos la ruta!

—¡Perderíamos las naves!, —advirtió Rijp, seña­lando el pergamino— es un rodeo, ciertamente; pero evadiremos el frío invernal.

—¡Es cobardía! —contra viró Barentz.

—No te retaré a duelo. Cada quien tomará la di­rección que prefiera.

Barentz se quedó solo, engolfado en su decisión.

Trazó la línea en el mapa, y dio la orden al contramaestre. No hubo un arreglo, cada quien siguió con su embarcación hacia la ruta que deseaba.

—¡Leven anclas! ¡Alcen velas! —ordenó Barentz,

La nave avanzó hacia el septentrión, y la tempera­tura descendió día a día. La ventisca los hostigó. Se formó una leve capa de hielo que retrasaba su avance. Dos semanas después, el navío no pudo desplazarse más, había quedado encajado en el hielo. La nevasca continuó.

—Esperaremos la primavera, y seguiremos el ca­mino, —ordenó— se racionarán los alimentos para alcanzar el deshielo.

El frío entumió al capitán y a su tripulación. Du­rante las noches, escuchaba ruidos siniestros mien­tras sus piernas se helaban.

—¿Qué ocurre? ¿Qué se estrella?— preguntó con voz zozobrante, el angustiado capitán.

Nadie le dio una respuesta que le satisfaciera. Días después, reconoció el drama. La presión del hielo rompía la nave, parte a parte; lo que escuchaba era el crujir de la toldilla, el escondrijo, los camarotes, y los barriles con agua, aceite y vino. El barco se desgajaba a pedazos, vivía en un lugar saltón. Había tomado una decisión errónea. ¡La embarcación no sobreviviría el invierno! Su naufragio quedó anun­ciado, y su tripulación desmoralizada.

Con el nacer de marzo, el agua penetró en la nave pero no se hundió porque seguía atrapada por el hie­lo. A partir de ese día, una estaca se clavó en la sien del capitán, mientras se martilleaba preguntando:

¿Nos hundiremos hoy?

Hacia el quince de marzo se efectuó el arriado de los botes con auxilio del aparejo, cada uno contenía provisiones, agua, aceite, y mantas. Quedaron en espera del momento de abandonar el barco. Al despertar de abril, el anuncio se hizo realidad. Al des­helarse la capa oceánica, la nave se fue a pique. Ba­rentz y los marineros abordaron lanchas salvavidas, y emprendieron el viaje hacia el sur. Sólo unos pocos lograron tomar tierra. Barentz naufragó en el intento, perdiendo la vida. Algunos tripulantes conti­nuaron navegando, mientras el escorbuto los carco­mía. Llegaron al puerto de Koal, tres mil kilómetros alejados del desastre, ahí los recogió el capitán Rijp, quién tomó la decisión correcta en función del tiem­po. Si la definición del rumbo se hubiera decidido en el mes de abril, Barentz hubiera actuado correcta­mente. Una decisión puede ser correcta o incorrecta dependiendo del momento en que se tome. Para triste recuerdo, el mar ubicado en la parte alta de Finlandia se le llama Mar de Barentz. ¡Increíble! Se recuerda a quien se equivocó, no a quien actuó con acierto.

Barentz tuvo todo el invierno para tomar concien­cia de su error, y separarse de su necia posición. «Qué sabiduría guarda el dicho: Ni en otoño caminar, ni en invierno navegar». Como Rijp, ante cualquier difi­cultad podemos descubrir al menos dos caminos.

La alternativa es un segundo camino que se descubre como viable al recorrer bajo circunstancias determinadas, ampliando así el margen para la acción.

 
 

 

 

 

 

 


En algunas ocasiones, sentimos que no existe un ca­mino alterno, expresándolo así: “debo quedarme aunque no quiera”, “estoy forzado a mantenerme”, ‘‘no puedo variar”, ‘‘estoy obligado”, “me siento enca­denado”, “tengo que hacerlo”.

 

“La inmediatez sólo ve el presente, la posibilidad

visualiza el futuro”

 

De vez en vez, sentimos que podemos alterar el cur­so de los acontecimientos, y entonces preguntamos:

“¿Qué alternativa tenemos?” ‘¿Es la única vía?”. Mi fuerza interior me permite descubrir una tendencia y luchar por cambiarla.

 

1.  Opciones: buscar varios caminos.

 

Las opciones son puertas que abren un panorama diferente. Tomás, padece sobrepeso aunque carga sólo 26 años. Labora en el sector público. Después de años de trabajar de 10:00 a.m. a 9:00 p.m. con dos horas para comer, le han cambiado el horario, finali­za sus actividades a las cuatro de la tarde, pues se modificaron los horarios a fin de incorporarse al pro­grama de ahorro de energía. Pasa las tardes en la barra, escuchando música. Al llegar a casa, cerca de la una de la mañana, fanfarronea con su esposa:

—Ahora sí, el tiempo es para mi.

—Si el tiempo es para ti, —responde María— pues haz algo que te haga crecer, y no lo dejes que corra como riachuelo sin huerto.

En una comida dominical, sus hermanos le sugi­rieron actividades; a la semana ya había formulado tres caminos, tres opciones: estudiar una maestría, inscribirse en un club deportivo, o conseguir una cátedra universitaria: visualizó posibilidades. Final­mente frecuentó el club. Cuando el camino se abre hacia varias direcciones, más de dos desde luego, cada brecha es una opción.

 

Opción es cada una de las vías de acción que es posible seleccionar en una circunstancia determinada, lo que facilita el proceso racional para la toma de decisiones .

 
 

 

 

 

 

 


Lo optativo para el griego era un deseo realizable, existía un tiempo verbal que lo expresaba. De hecho, esta lengua clásica maneja el tiempo optativo, aspi­ración alcanzable, lejana, pero que puede cumplirse. El castellano maneja la posibilidad, pero no incluye ese deseo vehemente. Una opción es pues un camino posible, apetecible, y alcanzable. Deseo que pudiere llegar a ser real; será real si se hace lo necesario para alcanzarlo.

Las opciones son vectores que tienden hacia di­versos aprecios: objetivos, intereses o valores. Algu­nas opciones son contradictorias, se oponen a otra:

Fumar o dejar de hacerlo, por ejemplo. En otras pueden combinarse: estudio aquí o en el extranjero. La mezcla será: localizo un programa extranjero con la modalidad de “educación a distancia”.

De este modo, Julián cuidadoso en el vestir y son­risa eterna, es profesional de sistemas; ha ahorrado noventa mil pesos, durante dos años, ahora debe de­cidir qué hará con el dinero. La primera bifurcación es si continúa invertido el dinero en el banco o efectúa una compra.

Julián ha visto dos opciones de compra: Un au­tomóvil para su uso personal, renovando la unidad automotriz que actualmente posee; esta opción satis­face la necesidad de tener una mayor seguridad en el transporte, evitando quedarse detenido con el carro descompuesto, y lograr que otros admiren su pose­sión. La segunda opción es una máquina offset, para asociarse en un negocio de impresión, con lo que bus­ca lograr una mayor seguridad económica, que brinde un respaldo en caso de perder el empleo actual.

Así, la decisión es: ¿qué hacer con el dinero que se tiene? Las opciones son: no moverlo, comprar un auto, comprar una máquina offset. Cada una de éstas son brechas a seguir.

 

2. Al ver al futuro, miro lo posible

 

Si busco mi experiencia para tomar decisiones, mi vista va hacia el pasado; en cambio, cuando vislumbro lo que no existe, mi vista se dispara hacia el futuro.

Todos los posibles de realizarse son precisamente las opciones que tenemos. ¿Cómo descubrirlas? Par­ten de un estudio de la realidad y de la forma como puede evolucionar. Marcela, cuerpo de ballet y pei­nado de grifo, está descontenta con su compra en una tienda de corsetería, manifestó su inconformidad a la cajera pero no logró la cancelación de su compra, habló con el gerente y tampoco lo logró. Las posibi­lidades que le quedan en este conflicto son: a) Olvi­dar el incidente. b) Dejar de asistir a esa tienda. c) Poner una demanda en la Procuraduría Federal del Consumidor. Las opciones se perciben de mejor for­ma cuando se pasan a la vista en un esquema de po­sibilidad.

 

OPCION   1           

 
 

 

 


SITUACIÓN

ACTUAL

 

OPCION   2

 
                           

 


                                                                            

OPCION   3

 
 

 

 


Es preciso llegar al mundo inteligible para percibir una nueva forma de ser. Todo estudio de posibilida­des debe partir de un estudio de realidades; así, reco­nocer las dificultades para importar materia prima

lleva a buscar opciones.

 

La posibilidad es la visualización de los eventos que pueden ocurrir a futuro, a partir de la situación real, y con base en tendencias o acciones que uno mismo plantea, lo que permite la previsión de sucesos y el análisis de opciones de una decisión.

 
 

 

 

 

 

 

 


Es preciso abrir puertas, quitar barreras, descubrir nuevas formas de actuar; y hacerlo. De otro modo, dejando correr el tiempo algunas de las opciones que se vieron dejan de existir. La oportunidad pasó.

Hay posibilidades porque existe el cambio en un fluir permanente. Nuestro futuro será la suma de las condiciones pasadas, más nuestras acciones y activi­dades presentes, todo esto mezclado con los cambios que el entorno graba en el presente.

Estamos tensos entre la conservación y el cambio. La regularidad en el movimiento de los astros, y en las estaciones, y en el año, fue base para percibir los ciclos de la Naturaleza. Requerimos de celebraciones anuales, de calendarios y de semanas para sostenernos en el cambio; pero deseamos también el cambio, cuando miramos hacia el futuro. La información es necesaria para llegar a nuevos paisajes.

 

“El exceso de información no abre opciones,  sino crea ideas sueltas y lleva a la confusión”

 

Para algunos no existe el futuro, sino la repetición de lo que ha ocurrido, para otros, existe futuro, pero el destino lo define, y para algunos más, el futuro se construye: son creencias conformadas en modelos.

 

3. Descubrir las macro-opciones.

 

Sandra, con media luna por sonrisa, es especialista en Sistematización y Métodos, y consultora de recur­sos humanos. Labora en el departamento de Difusión de una empresa del sector público. Está encargada de la selección de personal, acostumbra entrevistar, efectuar mediciones de inteligencia, de capacidad de relación y de habilidades. Su jefe le pide que busque tres auxiliares para atención al público. Son plazas de nueva creación. Ella estudia la situación, y diez días después presenta su propuesta: no incrementar plazas, sino cambiar el sistema de atención a clientes, a través de la formulación de folletería, que contenga las respuestas más usuales a las preguntas que los clientes formulan. Su jefe estudiará la proposición.

Sandra no buscó opciones, sino que cambió el sis­tema: buscó macro-opciones. Ella acostumbra for­mular preguntas de este tipo: ¿Se desea realmente un crecimiento del número de clientes? ¿Se puede cambiar el sistema o el procedimiento? ¿Conviene contratar una maquila? ¿Qué acciones son repetiti­vas? ¿Pueden optimizarse los tipos de operación? ¿Puede promoverse a alguna persona interna? ¿Es posible optimizar el sistema? Su jefe autorizó el pro­yecto.

La dificultad para establecer macro-opciones estri­ba en romper la secuencia o rutina en que se ha ope­rado hasta la fecha, planteando formas distintas. Esta ruptura nos conforma como seres libres.

 

“Cuando clarificamos los fines, podemos establecer

nuevos medios para alcanzarlos”

 

La decisión más importante para Sandra no era cómo hacer la contratación, o las opciones, sino cómo re­solver la situación problemática: la carga de trabajo. Al concentrarse en la finalidad y no en los medios, descubrió la macro-opción

La macro-opción es el descubrimiento de una nueva vía de acción para mejorar la situación actual o solucionar un problema, al fijar la atención en los resultados finales, y no en los medios para alcanzarlos.

 
 

 

 

 

 

 

 


Existen métodos para comparar opciones, para jerar­quizar problemas; pero no existe método alguno para descubrir las macro-opciones, porque los mayores encubridores son la costumbre y la rutina. Se pueden aplicar varias técnicas de selección de personal lo que nos permitirá conocer a los aspirantes y compa­rarlos entre sí; pero es preciso romper los esquemas actuales para mirar nuevas formas de resolver la car­ga de trabajo. Sandra fijó la mirada en la meta princi­pal, no sólo en las etapas.

Al vislumbrar las macro-opciones se nos abren posibilidades antes no consideradas respecto a cuál es el problema real y cuál es la forma más efectiva y económica para resolverlo. El uso de macro-opciones se une con el desarrollo creativo, característica importante de quien se centra en la acción producto de una intención, y no en el activismo.

 

 

 

 

CONCRETAR APRECIOS, FAENA DE EROS.

 

En el siglo IV a.C., Melito acusa a Sócrates de tres delitos: corromper a la juventud, no creer en los dio­ses y colocar en su lugar a los daimones, o semidioses . Veamos a uno de estos seres: Eros.

Platón recuerda en El Symposio quién es Eros: un ser dinámico, siempre activo ya que une dos extre­mos: el deseo y lo deseado, la flecha y el blanco, la  ignorancia y el saber. He aquí el origen del aprecio.

 

Trata, pues, —inquirió Sócrates—, de demostrarnos si el amor es el amor de nada o si es de alguna cosa.

—De alguna cosa, seguramente.

—Conserva bien en la memoria lo que dices, y acuérdate de que Eros es amor; pero antes de pasar ade­lante, dime si Eros desea la cosa que él ama.

—Sí, ciertamente.

—Pero, —replicó Sócrates—, ¿es poseedor de la cosa que desea y que ama, o no la posee?

—Es probable, —replicó Agatón—, que no la posea.

—¿probable? Mira si no es más bien necesario que el que desea le falte la cosa que desea, o bien que no la desee si no le falta. En cuanto a mí, Agatón, es admira­ble hasta qué punto es a mis ojos necesaria esta consecuencia. ¿Y tú qué dices?

—Yo, lo mismo. [...I

—Resumamos, —añadió Sócrates—, lo que acaba­mos de decir. Primeramente, el amor es el amor de al­guna cosa que le falta.

—Sí —dijo Agatón.

 

En el texto se descubre que la naturaleza de1 estos seres es intermedia entre dioses y hombres, tal cual lo fueron las Ninfas. Herodoto precisó la función de Eros: dar un sentido al caos. Platón lo llama daimon. Este nombre no puede traducirse como demonio, tér­mino cristiano que no explica la cosmovisión genera­da en el siglo V a.C.

 

1.Tensión entre aprecios: el conocer o el bien.

 

Sócrates impulsó, a costa de su vida, el conocer como un aprecio. Es una postura muy ateniense; pero Platón, quien escribe a su nombre en los textos de madurez, muestra una preferencia por lo bueno o el bien. Ambos comparten el aprecio de lo bello.

En el texto visto se percibe con claridad un plantea­miento platónico, aunque el personaje que aparece es Sócrates. Se propone una modificación importante al pensamiento socrático y a la tradición ateniense. Eros era el tránsito hacia el saber, el logos o razón, má­ximo valor, por lo cual se rendía culto a la sabiduría:

Atenea Palas. Platón propone que la aspiración no sea ya la sabiduría, sino la belleza y el bien, desvian­do el blanco de Eros, este propósito lo logra uniendo el saber y el bien.

Platón afirmó que su inquietud culminó cuando se encontró con el Bien supremo. Es el A gatos. Aque­llo, lo que no hemos visto, es lo perfecto; en cambio, lo que existe en el tiempo y en el espacio es inacaba­do, se vive en pobreza, y con ignorancia. Pero sólo unos pocos llegan al mundo de las ideas, afirma en La República, libro escrito en su madurez:

 

Lo que importa es que la psykhe [o ánima] pase de la región de las tinieblas a la región de la verdad; enton­ces, se producirá la ascensión hacia el ser, a la que lla­maremos la verdadera filosofía.

 

El filósofo, en lugar de ir hacia adelante guiado por la lanza de Atenea, eleva su mirada, dice Platón, busca en lo alto, aspira a una ascensión. La flecha de Eros ya no va al frente, sino hacia lo alto. La Astronomía es vía para alcanzar la idea de Bien. Es preci­so levantar la mirada hacia la luz. Lo que vemos es preludio del Bien en sí mismo.

El texto es muy sugestivo, primero porque la figu­ra Sócrates había cobrado un tamaño enorme en siglo IV a.C., y segundo, el nuevo concepto de Eros fue una revelación de Sócrates, no un descubrim­iento de la razón. Diotima, quien se lo reveló, es una extranjera, lo que hace que su opinión sea apre­ciada, distorsión perceptiva que desprecia lo cercano desea lo distante.

 

2. El síndrome de lo lejano

 

La avidez por conocer nos ha hecho simbólicos, los objetos nos remiten a personas, sea quien lo hizo, quien  nos lo regaló, quien lo usa; pero, cuando el signo gira al anverso, aparece como síndrome de lo le­jano. Es difícil liberarse de él. Un punto negro es centro atracción, también lo no iluminado nos llama.

 Percibimos al extranjero, sólo por serlo, como poseedor secretos. El adquirió el saber, asimiló experiencias nuestro parecer, inaccesibles. Deseamos, no sólo lo que nuestro brazo alcanza, sino la forma leja­na, allende nuestra mano: deseamos lo desconocido.

Manuel Jorge llegó como director a una escuela; era un magnífico estratega y fotógrafo; poco sabía de educación. En su primer año de gestión respetó a to­dos los jefes de sección, sin conocer a fondo qué hacían. Conoció a María en un banquete; quedó se­ducido por su presencia. La contrató como jefa de la sección de secundaria, substituyendo a Patricia,, y pasó a la antigua ejecutiva a un puesto de asesoría, con funciones sumamente vagas.

La complejidad de los sistemas didácticos trabaja­dos con los maestros durante diez años abrumaron a María. Ella intentó imponer su fuerza contra la fine­za de los métodos utilizados por sus subordinados. Más pronto que tarde, María impugnó la presencia de ‘la antigua jefa y actual asesora. En este bamboleo señaló que la hidra desprendía su fuerza de una de sus siete cabezas: “Patricia, la persona a quien subs­tituí, consolida un complot en mi contra”.

Tanto Manuel Jorge, como el Consejo de Admi­nistración, cegados por el síndrome de lo lejano, creyeron su versión: liquidaron a Patricia para apo­yarla. Todos esperaban una mejoría inmediata, pero no sucedió así. Maria no poseía capacidad directiva. Su carrera se despeñaba hacia el desastre. Los meses llegaron para cavar su fosa, sus errores saltaron a la vista, finalmente fue liquidada. Tanto Manuel Jorge como los consejeros se quedaron en pasmo cuando se dieron cuenta que prefirieron a una persona para­noica sobre alguien cercano, ya conocido.

En el ajedrez institucional se perdieron los siste­mas desarrollados durante años y se sacrificó a una reina por intentar cuidar a un peón. Los alumnos per­dieron. Este es el síndrome de lo lejano: distorsiona nuestra percepción y aprecios.

La información radiada es un golpe al oído que nos inclina a sometemos al criterio del locutor, quien co­nocedor del Síndrome de lo lejano, habla a nombre de otros, en tono de sirena. Tan claro es este principio que lo confiesan cuando expresan: “no lo digo yo, lo dice...” Por esta misma razón el locutor presentará continuamente invitados, remitiéndonos lejos de él.

Fue preciso que Atenea usara el casco de Ares para ser invisible, inalcanzable, y de este modo, apreciada. Los gigantes de la Filosofía y la Literatura cobran una nueva dimensión después de muertos, al conver­tirse en inaccesibles.

 

“El síndrome de lo lejano distorsiona nuestra percepción, dando más valor a lo extraño que a lo cercano”.

 

Psykhe se enamoró de Eros porque su rostro le era desconocido. Era lejano, extraño: una incógnita. Ella era agraciada, juvenil, con mirada picaresca, nariz recta, y tez que se confundía con nácar. Era la mayor de tres hijas destinada a ser entregada a una montaña salvaje. Eros es movimiento.

 

3. Qué es un aprecio

 

Optamos por tomar lo que apreciamos. Apreciar nos lleva a poseer, para lo cual es preciso calificar, tasar, medir, comparar, e intercambiar. Apreciamos lo que nos aporta, lo que nos ayuda a estar, y nos lleva a ser más. En sánscrito, prehender significó tomar, asir fuertemente con las manos. Apretamos porque el dedo pulgar forma una tenaza con los otros dedos. Así, empuñamos herramientas, y estrechamos las manos como signo de saludo y alianza. De prehender vie­nen palabras que apretujan como presa, prisión, apretón, y en su sentido mecánico, imprimir y pren­sa. Apreciar es apretar y no soltar lo que se desea, es luchar por aquello que se anhela, tomándolo entre los brazos sin aflojar los músculos. Más adelante, se usó analógicamente como en: aprender, comprender o in­terpretar, alcanzando el deseo de forma simbólica. En latín pretium, es asignarle un valor a la cosa, lleva una avidez emocional, es más que asignar un valor nu­mérico, es un deseo vehemente de poseer un bien valioso para mí. La moneda se impuso como sistema de cambio, no por las reflexiones que se hicieron al respecto, sino por el poder de seducción que el oro, la plata y el cobre ejerció sobre el individuo. Michel Foucault en Las Palabras y las Cosas explica:

 

El metal precioso era, de suyo, la marca de la riqueza; su resplandor oculto indicaba a la vez que era presencia oculta y signatura visible de todas las riquezas del mun­do. Por esta razón tiene un precio; por esta razón tam­bién mide todos los precios; y, por último, por esta razón se le puede cambiar por cualquier cosa que tenga precio. Era lo precioso por excelencia.

 

El precio representó la riqueza; así como el nombre, a la cosa; o un dibujo, al objeto. Del siglo XVII, en ade­lante, ha sido más importante el valor de cambio que el precio mismo. Como sea, la moneda sigue siendo un objeto de deseo, y un anhelo. El aprecio es movimiento, tendencia continua, an­helo hacia el objeto de nuestros deseos. Es la flecha aguda de Eros, el admirado por doquier. El aprecio, no es sólo especulación y discurso, sino que lleva a la acción, es columna metodológica. Cuando apre­ciamos algo, estiramos la mano para sujetarlo, asirlo, hacerlo nuestro. Es impulso hacia lontananza.

 

El aprecio es la avidez con que se desea obtener un satisfactor; una vez logrado es la avidez con que se desea incrementar, llevando al ser humano a ejecutar estrategias para conseguirlo, las cuales se irán convirtiendo en posturas vitales.

 
 

 

 

 

 

 

 

 


Lo humano es actuar por intereses, por ventajas, be­neficios que se obtendrán. Los aprecios son el peso que inclina la balanza de la decisión. Pensar que to­das las decisiones son apegadas estrictamente al co­nocimiento de la realidad, o a la lógica fría es una ilusión. El anthropos es por naturaleza subjetivo.

 

4. El amor, aprecio privilegiado

 

En el siglo XI, el filósofo Pedro Abelardo vive un desconsuelo, escribe Cesa, te lo pido. La historia ini­ció con su llegada a París. El amor no es entre Tisbe y Píramo, sino entre Eloísa y Abelardo.

Ella habitaba en París, en la mansión de su tío, el canónigo Fulbert. Colmaba sus días en el estudio del clavecín, y la lectura de las sagradas escrituras. Año 1099. Un catedrático llegó a hospedarse a su casa. Filósofo, apuesto, de barba tupida y ojos vivaces. Cuando la conoció escribió a un amigo: “Si bien físicamente (Eloísa) no era de las últimas, por la am­plitud de su saber era de las primeras”.

Eloísa lo veía con insistencia cuando se escanciaba el vino, o se servían los platillos. Recibía de él clases particulares tres veces por semana. «Recitaré el Amicus de Cicerón, para que mi Pedro comprenda que soy su pequeñuela, quien intenta seguir sus enseñan­zas, humo que se eleva en su búsqueda».

Pedro Abelardo disfruta el avance de Eloísa; en tanto, ella suspira por él: «Vive en mí una centellica que arde e ilumina; es mi Abelardo, mi Séneca, bor­botón que salta, fuente que me desborda, venero que me baña, cubre, y acaricia».

Miradas y atenciones se convierten en palabras.

—Eres, Venus a quien entrego la manzana de oro.

—Eres, Pedro mío, agua de delfín que salta, sube, se expande y cae, acariciando mí piel.

Las manos de Abelardo volvían con insistencia a los senos de Eloísa, quien soltaba los libros. La invo­cada Venus infundió deseos irresistibles. Las caricias anunciadas, recorrieron la piel de los amantes, él palpó las caderas de Eloísa, y ella, la espalda de Abelardo. Dichoso instante brioso, dichosa descarga vital, di­chosa paz satisfecha, dichoso amor consumado.

Eloísa quedó preñada, así que convinieron y ejecu­taron la fuga hacia Bretaña, a casa de la hermana de él. Ahí nació un niño: Astrolabio.

Abelardo había nacido en 1079, en Palais, a la par, destacaba como filósofo. Recibió la cátedra Claustro de Nuestra Señora. Participaba con frecuencia en de­bates públicos, de los cuales salía airoso. Abelardo fue a buscar al canónigo para dar una reparación que incluía su matrimonio con Eloísa. Fulbert acepto, sólo para alcanzar la posibilidad de vengarse.

Eloísa lució de blanco. En privado, un ministro de la iglesia unió sus vidas en matrimonio. Pasados los meses Fulbert, rompiendo la promesa, divulgó el matrimonio, así que Abelardo viendo que su presti­gio como filósofo decaía, le pidió a Eloísa que entra­ra al convento. El hijo fue entregado a un hogar para su educación.

«Por tí, Pedro mío, deambulo complaciendo tu vo­luntad. Cada mañana, el Sol entra por el ventanal, co­rro esperando renovar aquella centellica que en mi ardió. Voy a su encuentro, palpo su hálito, queriendo atrapar tu amor, pero atrapo tu ausencia. ¡Ojalá pudie­ra hallar razones para excusarte! Razones que me bañen de paz.» Le impusieron toca negra y hábito blanco, pronunció votos de castidad y silencio, vibró ante iconos de alas y trompeta.

Entre suspiros y sollozos, corrieron agobiados días, salmodias largas y jadeantes meses. Abelardo no re­gresaba, ni siquiera escribía. «Desgraciada entre las desgraciadas, soy la suma infelicidad de las mujeres. ¡Ay de mí, triste!» Los diarios maitines callaron el si­lencio de Abelardo. Eloísa meditó caminando en el claustro, entonó motetes, leyó a Platón y a san Agustín. Años después, tuvo noticias sobre su esposo: era un controvertido filósofo de la orden religiosa de san Dio­nisio. Le escribió:

 

Mi corazón no está conmigo, sino con usted, y sin usted, estar no puedo. Son sus órdenes y no un divino llama­miento, las que al monasterio me han traído.

 

Por años, cantó los laúdes, y recordó a su Abelardo en el refectorio, pasillos, huerta, arcadas, estudio, locuto­rio, capilla, biblioteca, scriptorium, jardines, y celda. Exclamó desesperada:

 

Aunque el nombre de esposa parece más fuerte y más sa­grado, fue siempre otro el más dulce a mi corazón, el de amante suya, o incluso, déjenme decirlo, el de concubina suya, el de ramera suya; me parecía que entre más hu­milde me hiciera ante usted, más derecho tendría a su amor y menos entrabaría su glorioso destino.

Os conjuro que me devolváis vuestra presencia, en cuanto es posible, escribiéndome algunas cartas de con­suelo, a fin de que fortificada con su lectura pueda con mas ardor dedicarme al servicio de Dios.

 

Abelardo le responde, abordando cada uno de los argu­mentos de su amada. Esta semilla creció. Eloísa leyó a los Padres de la Iglesia, a san Isidoro, también a Platón, Cicerón y Séneca. Buscó la paz en el canto gregoriano. Fue nombrada abadesa del Paracleto, o Consolación. Abelardo, como guía de las religiosas, les ayudó a de­finir las reglas de la congregación.

Ya anciana, en su celda, se incaba en el reclinatorio para suspirar. «Vivo aferrada a mi pierdegana, porque al vivir lejos de Pedro, gano, cumpliendo su deseo. Fui obediente, impuse a mi dolor, siempre listo a desbo­carse, el freno de su prohibición». Ella nunca supo que una vez que ella entró al convento, su tío, el canónigo Fulbert, pagó para que le cortaran los órganos utiliza­dos para penetrar a Eloísa: quedó castrado. Pedro Abe­lardo sufrió tanto le dolores como de vergüenza. Las cenizas de ambos reposan juntas en el cementerio del Padre Lachaise, en París. Parejas y amantes solitarios  dejan una flor en su tumba. Los aprecios de Abelardo fueron: amor a Eloísa, búsqueda de la verdad, amor al estudio, gusto por enseñar, fuerza polémica; en cam­bio, los aprecios de ella fueron: amor a Abelardo, amor a Dios, gusto por la lectura de los clásicos grie­gos y romanos.

Se presenta un conflicto cuando nuestros aprecios compiten entre sí: trabajo o familia; estudios o traba­jo; honradez o amistad; verdad o dinero. Para Abe­lardo el conflicto fue entre su amor por Eloísa y su profesión. Francisco García Olvera en Anthropos II destaca la unidad entre Eros, y los aprecios:

 

Cuando se tiene claridad en la visión de las realidades que nombran los términos verdad, bien, honor, poder, placer y riqueza, es fácil ver entonces que en los hom­bres sanos brota el amor por esas realidades, es decir se da en ellos el impulso consciente, intencional y volunta­rio hacia la unión y posesión de las mismas, aparece el eros por ellas.

 

Ya presentes esos amores en el hombre, no es difícil constatar que ellos determinan su conducta hasta alcanzar su objeto y una vez logrado siguen moviéndolo para conservarlo. (...)  No todos esos amores se muestran en todos los hombres.

 

El filósofo distingue seis aprecios que pueden o no descubrirse en los humanos. La toma de conciencia va clarificando mis aprecios. Me desprendo de mis emociones a través de un acto de conciencia; así ex­preso: “me doy cuenta de que me gusta la lectura”, o “me doy cuenta de que me gusta asistir a conferen­cias”; es decir, “me doy cuenta que busco la cultura; mi aprecio es la cultura.” Los aprecios se van for­mando con la asiduidad a ciertos comportamientos.

Juan, de baja estatura y alto ingenio, inició su nego­cio enmarcando cuadros y pinturas, un cliente le pidió un centenar de marcos tallados y finalmente no los recogió. Con este material inició la venta de antigüedades. Se repetía: “todos necesitamos recons­truir nuestro pasado”. Se interesó por fotos autogra­fiadas, y un año después, por documentos signados. Desarrolló el amor a la Historia.

Los aprecios se van consolidado. Nacen como dis­tracciones: escuchar música, aprender un idioma, establecer relaciones, obtener dinero, ver películas, re­solver crucigramas, jugar ajedrez, tomar fotografías, visitar museos. Cuando estos aprecios se persiguen con avidez nace una postura inicial, que pasará a ser racionalizada. Cuando estos aprecios crecen durante años, se convierten en posturas vitales.

Algunos aprecios son: búsqueda de autonomía, cuidado de la salud, equilibrio ecológico, identidad nacional, desarrollo cultural, participación comuni­taria, calidad, apreciación musical, ahorro, comunica­ción, integración, etcétera. Los aprecios son los impulsores más fuertes en la toma de decisiones. Es ingenuo pensar que todas las decisiones son apega­das estrictamente al conocimiento de la realidad, o a la gélida lógica. Es preciso decidir tomando en cuenta las opciones que se visualizan y los aprecios. Lograr esta mezcla es actuar con sabiduría.

 

5. Cambio de aprecios

 

Notable es la Oda de Sánchez de Tagle en la que se duele por la destrucción de la obra literaria levantada durante años por Ramón Casaús. Él destruyó una postura vital que le pareció necia, obstinada: amar la creatividad, abandonar a Apolo su inspirador, fuerza lumínica, fuego habitante en Delfos, y rodeado por las nueve Musas. Esta es la Oda al ilustrísimo Señor Don Fray Ramón Casaús, por haber quemado parte de sus poesías e intentar quemar las restantes.

 

De las Musas, hermanas nueve

 el coro yace sumergido en duelo,

 se anega en llanto, y mueve

 a compasión la tierra y almo cielo;

 y en la tiniebla obscura, oculta Apolo su faz pura.

 

Decid, ¿qué mano impía,

 sagradas hijas de la fiel Memoria,

 turbó la melodía

de nuestros himnos, y os robó la gloria?

 ¿Maldad tal en quién cupo?

¿Y quién la tea fatal empuñar supo?

Apolo, Délfico dios, ¿dormías?

 ¿Faltábante las flechas venenosas?

 ¿De Dafne en pos corrías,

 diciéndole tus cuitas amorosas?

¿Cómo, dí, permitiste

 incendio tal, ni el Pindo defendiste?

 ¡Ay! ¡Ay! el más querido

de tus sacros alumnos lo ha abrasado,

 la Guerra te ha movido,

 la llama a tus tesoros aplicado,

 sin oír tu humilde ruego.

 ¡Maldita llama, detestable fuego!

 

Casaús, Casaús, ¿qué has hecho?

¿Qué infernal furia dirigió tu mano?

¿Quién agitó tu pecho?

¿Quién te infundió designio tan insano?

 

La Oda, como figura lírica, fue creada por Píndaro para exaltar la victoria de atletas olímpicos. Aquí, por el contrario, es el dolor por la extinción de una cons­trucción. Manifestación de desconcierto ante un cambio de aprecios, ante el rechazo a las aportacio­nes de toda una vida. Una grave situación lo llevó a este quiebre. Tal vez, su aceptación de la muerte.

En el despedazamiento se produce un desconcierto porque el paciente sufre una vivencia destructiva que dura días, meses o años. Este destrozo interior no le permite percibir que vive el momento previo a una nueva construcción. Parece que el mundo se ha cerrado; aunque en realidad no se ha definido la nueva dirección de sus aprecios, aún no se ha creado otra postura vital. Algunos hablan de depresión, pero este concepto no brinda una salida. El dolor producido por un despedazamiento puede ser el aguijón más fuerte para buscar la reconstrucción, proceso que lleva años descubrir y construir nuevas vías para lograr levantar nuevos aprecios.

He aquí la vida de algunos aprecios: nacer, crecer con vigor suficiente para impulsar la acción, y final­mente destruirse.

 

 

 

 

INTERACCIÓN DE OPCIONES Y APRECIOS.

 

A Marc Mc Cormick le gustaba el golf, pasó años caminando entre los 18 hoyos. Vivía entusiasmado manipulando palos y fierros, girando los brazos y concentrándose en lanzar una bola precisa. Logró terminar bajo par en algunos juegos. Las dificultades al caer en hierba alta o perder la pelota en el agua lo llevaron a reconocer que no era lo suficientemente hábil como para ganarle a Ben Hogan; en cambio, reconoció en amigos suyos esta posibilidad. En este punto se planteó dos caminos: buscar mejorar su jue­go, o no competir contra los mejores, sino ejecutar un tiro de trayectoria elevada: convertirse en su re­presentante. ¿Cómo salir de esta trampa? ¿Cómo resolver la duda? Se reconoció como un abogado que podría ejercer su profesión. Comprendió que su mejor golpe sería fuera del campo, ya no empuñaría el vardón, ni golpearía la arena para sacar una bola enterrada. Afinó su puntería hacia la publicidad, apro­vechando sus habilidades personales. En los años cincuenta, el golf no tenía la relevancia que tiene ahora, ni Arnold Parnner era la figura que es.

Descu­brió aquellos indicadores de un futuro exitoso. Marc fue sensato al dejar un lugar donde no era malo, pero tampoco lo suficientemente bueno para destacar, pues de vez en cuando daba “ganchos de pato”. Supo cortar y ganar, supo decidir, se dedicó a representar a los ganadores, donde sabía lanzarse a fondo con palos certeros...

Formó, a través de los años, un grupo de empresas con dimensiones internacionales, tuvo la capacidad de visualizar la posición en que el viento le favo­recía, en lugar de oponerse a él. Tomó decisiones en tiempo, las que lo llevaron a convertirse en un hom­bre de negocios. Emprender un negocio similar en esta época implicaría tener un capital elevado, capa­cidad instalada en diversos países, ganar contratos que actualmente están con la competencia, es decir, una empresa casi imposible para una persona. Marc principió su negocio con 500 dólares.

Marc visualizó una oportunidad, sacrificó su voca­ción deportiva para impulsar a otros, a través de pro­mocionar su figura y concertar contratos.

Existe un océano que separa el deseo y la realidad posible; la falta de recursos es esa barrera, superarla lleva tiempo, a veces no se logra. Cuando se ve una posibilidad y no se tienen los recursos para hacerla realidad, de hecho, es un imposible. Los sistemas crediticios buscan romper esta barrera. Hay quienes asignan una parte de sus ingresos al ahorro y capita­lización, lo que les permitirá construir a futuro, otras personas auscultan creativamente posibilidades que no requieran los recursos de los cuales aún no se dis­ponen. Se requiere fuerza y precisión.

 

1. A distinto aprecio, distinta acción

 

Los aprecios son el timón de la decisión. Veamos las reacciones de un grupo de trabajadores que reciben una beca parcial para asistir al Encuentro Panameri­cano de Control de Calidad. Ernesto ofrece a sus subordinados la oportunidad de asistir a él, dándoles facilidades de tiempo y cubriendo el 75% del costo. Veamos cómo reaccionó su personal:

Javier decide ir porque es una presentación de tec­nología japonesa; su aprecio es el conocimiento pro­ducido en el extranjero. El licenciado Perrusquía declina la invitación porque tiene mucho trabajo, su aprecio es el cumplimiento de sus funciones. Samuel acepta porque va a ir el señor Morales, otro gerente, con el que tuvo una fricción y deben lograr un acer­camiento; se guía por un sentimiento de culpa nacido del exabrupto que tuvo. La licenciada Pérez asistirá buscando ideas para su tesis; su aprecio es la obten­ción de un título universitario. Anselmo lleva tres años asistiendo a los Encuentros y quiere incremen­tar su currículum; aprecia el documento que acredita su asistencia. José se niega a asistir a menos que le paguen el 100% del costo, porque él viene a ganar dinero, no a gastar; su aprecio es el dinero hoy. A Ezequiel no le interesa el contenido; pero anhela re­lacionarse con profesionales del extranjero; su apre­cio es el contacto con especialistas. Elena Laura no asistió pues en su agenda tenía juntas gerenciales; aprecia cumplir sus obligaciones laborales.

De este modo, las conductas se basaron en sus in­tereses o en sus sentimientos. Actuaron de acuerdo a un mapa previamente interiorizado: sus aprecios.

Algunos tomaron distancia de sus sentimientos y optaron. Tal fue el caso de Jaime quien tenía progra­madas sus vacaciones para esos días, así que tanto le importaba su descanso como aprender. Los aprecios nacen como un sencillo interés, con el tiempo, y a través de un acto de conciencia, se van conformando como valores.

Jacinto, con rostro de columna, prefirió no ir, pues confidencialmente comentó: “Pueden aprovechar mi ausencia para quitarme funciones”; así que actuó im­pulsado por el miedo.

 

“No sufriré por el día que no he visto llegar”.

 

Jacinto nunca hizo un acto de conciencia, nunca se dijo a sí mismo: “Me doy cuenta de que tengo mie­do...” Así, quedó sujeto a sus emociones.

 

2. Efectos no deseados

 

Al tomar una decisión es preciso ponderar en las di­versas opciones aquello que se espera alcanzar, y también los posibles efectos no deseados para cada opción.

La preocupación invadió a Tere cuando le asigna­ron un proyecto. «Hay presupuesto para contratar el sistema y la publicidad; pero no quiero que alguien más intervenga. ¡Ay, qué necedad de Pablo! ¿No confía en mí? No, no lo hace. O tal vez si. Debo cui­darme. ¡Ay! Qué tensión sufro en mi garganta, ¡ay!»

Teresa porta 29 años y una cruz. Es administrado­ra de empresas egresada de una universidad pública. Desde hace siete años trabaja en una agencia auto­motriz. Pablo, su jefe, le asignó el desarrollo de un sistema de Seguimiento a clientes, con el propósito de lograr una nueva venta entre quienes compraron un vehículo anteriormente. Es un proyecto innova­dor, requiere de una base de datos actualizable de manera continua, y publicidad personalizada e inter­mitente. Contaba con un presupuesto desahogado.

Tere elaboró el sistema, y su presentación.

—No veo ideas innovadoras en la publicidad, definió de forma abrupta Pablo— en cuanto al siste­ma, requiere de hacerse mucho más fácil de operar. El proyecto requiere de dos especialidades, una en sistemas, y otra en publicidad.

—Es que me costó mucho trabajo.

—Contrata a especialistas o no saldrás adelante— concluyó el jefe.

Tere fracasó porque actuó sometida por el miedo.

La profesional se retira meditando. «¡Lo sabía!, él no quiere que trabaje aquí. Como lo supuse, voy a perder mi trabajo.» El miedo considera al otro, que está enfrente, «como extraño, con una fuerza superior que me devastará de forma implacable. Le temo, me gobierna». La opción que Tere eligió le produjo un efecto no deseado.

 

“Para cada opción, se anticipan los efectos no deseados,

y la probabilidad de que ocurran”.

 

Cuando Tere tomó la decisión, prestó mayor atención a sus sentimientos que a los intereses de la com­pañía. Así, como resultado obtuvo un efecto no de­seado: deteriorar su posición laboral.

Julio, supervisor de producción durante 28 años, está tensionado por cumplir con un pedido que efec­tuó un banco. La producción fue planeada para 17 días, lleva ya 11, y no ha alcanzado el cincuenta por ciento. Presiona al personal de manera continua, cance­la permisos, reduce el lapso de descanso y establece horas extra obligatorias para todos los operarios. El personal está nervioso e irritado, pero guarda silencio y obedece. Al término del plazo, ha cumplido con el compromiso, el cliente quedó satisfecho; en cambio, los operarios viven en la inconformidad y el disgus­to. Julio camina a zancadas hacia su oficina, cierra la puerta, exclama: “No esperaba esto, pagué un precio muy alto”. Consiguió el objetivo deseado; pero ha provocando efectos no deseados más significativos que el resultado buscado.

Todos, estudiantes, empresarios, comerciantes, y operarios hemos tomado decisiones que causan efec­tos no esperados. Es preciso mantener la visión de conjunto. Tal es el caso de una campaña publicitaria que no logra incrementar las ventas, y en cambio, provoca una demanda en contra, pues se violaron los derechos autorales de un tercero.

Para orientar nuestras actividades es preciso pre­guntar, conocer, reflexionar y vivir momentos silen­ciosos. Toda actividad conlleva riesgos. No tomar riesgos, lleva a la rigidez. Sólo quien no navega, no comete errores. Ser audaz no es sinónimo de precipi­tado o irresponsable, es quien mide y asume riesgos.

 

3. El plazo de las opciones

 

Si bien nuestros aprecios cobran un peso fundamen­tal en la elección de la mejor opción, es preciso mirar la trascendencia de cada una.

Wilberto, de loción de lima intensa y 39 años, dis­pone de un capital que desea invertir. Claudia, su ase­sora, le recalca: “Puedes comprar un pagaré renova­ble a su vencimiento a 7, 21, 180 y 360 días; en una sociedad de inversión de renta fija logras mayores rendimientos y con disponibilidad el mismo día o el día siguiente; si deseas comprar acciones de una em­presa, puedes venderlas cualquier día, pero para asegurar el rendimiento, ya que lleva mayor riesgo, debes considerarla como una inversión a un año y medio o dos años.”

Wilberto, después de meditarlo, decide colocar el 30 % de su capital en acciones, 15% en un pagaré a 360 días, y el resto en una sociedad de inversión de renta fija, mismo día. Wilberto ha percibido la varia­ción de plazos: a días, a meses, a un año, y mas.

 

“Cada opción conlleva un impacto a diferente plazo”.

 

 

Para tomar una decisión es preciso determinar para cada una de las opciones, a qué aprecio responde, qué efectos no deseados puede producir, qué riesgos lleva, si es posible revertirla, y cuál es el plazo de sus efectos. Con esta información se puede decidir con firmeza y seguridad. Una vez tomada la deci­sión, la persona debe esperar que su balsa lo sosten­ga en la contramarea.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Concepto. —Era preciso cortar y ganar. El héroe al someter a         la bestia, venció no solo a las palabras incoherentes, sino a la dispersión de intereses: los  precios efímeros(...)

 Acción. —En mí, habitan algunas ideas sueltas.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

DETERMINAR LA MEJOR OPCIÓN

 

Armando, cuya frente es columna estriada, se dedica a la compraventa de antigüedades. Busca pinturas, muebles y esculturas por pueblos y haciendas; repara y custodia cada pieza. En el camino se da cuenta que las piezas son únicas, y reconoce que al venderlas ya no conseguirá otra igual. Sin embargo, desea entre­garlas, para seguir operando.

Un día anhela ardientemente vender la pieza y una vez que lo logra, se arrepiente y reprocha: «Por qué lo vendí tan barato, es una pieza única, no existe otra así. Si pudiera deshacer el trato... » No tiene claro que es preciso cortar y ganar.

 

“Decidir demanda cortar, zanjar, cambiar; Y

 lleva un dolor que es preciso aceptar “

 

Armando no ha aprendido que las decisiones llevan un sacrificio y una ganancia, porque cuando realiza el trato sólo pone su visión en la ganancia, y no evalúa simultáneamente el sacrificio y la ganancia que implica. Si no logra unir ambos extremos, su­frirá porque no vende, para pasar a sufrir porque no le gustaron las condiciones de venta.

En cambio, Clara es pintora, coloca su obra de vez en vez, con dificultades, pero cuando efectúa una tran­sacción comercial la disfruta. Toma fotografías a sus óleos y se concentra en lo que ganó: un nuevo colec­cionista de obra, reafirmar su posición con un cliente, y la remuneración por su trabajo. Ha visto su trabajo desde el punto de vista de sus clientes, quienes desean comprar barato, pero una vez que poseen la obra, desean que suba de precio. Sabe que le llevará tiempo posicionarse.

Más sobre los deseos de cambio: Pablo lucha in­ternamente: «¿Dejar de fumar? Tendré que hacerlo; bueno, pero es mí única compañía. Afecta mi co­razón, debo dejarlo, sí, lo haré; pero no ahora. Por qué dejarlo, si treinta y dos años he fumado. Con él he vivido penas y alegrías. No, no lo haré.» No puede decidir porque no puede cortar y ganar.

Esta indecisión se presenta ante asuntos diversos:

¿Hago la compra que deseo? ¿Adopto el sistema o lo rechazo? ¿Le digo a mi jefe lo que pienso? ¿Pido el cambio de puesto? O algunas decisiones personales:

¿Sigo casado, me separo o me divorcio? Es frecuente vivir indeciso. En muchos casos, esta situación se abordará hasta que se presenta la crisis. Cuando las dudas se entronan, es tiempo de cortar; es tiempo de decidir.

 

1. Reconocer la limitación humana

 

El mar si bien es temido, también es amado, aprecia­do. Baste recordar al Dogo veneciano acompañado de sus ministros: salía a mar abierto en una góndola adornada con un toldo dorado y pintada como negro bajel. Los notables de la ciudad, príncipes extranjeros y ciudadanos, en sus góndolas negras, formaban la comitiva. Era una ceremonia trascendente. La llama­ban “Los Esponsales con la Mar”.

El Dogo, con morada vestimenta, deleitaba con entretejido discurso en donde danzaban las Nereidas como cortejo de la Mar, quien vestía talares olas. Re­cordaba que la vida de Venecia dependía del comercio marítimo. En el instante más solemne, se le entre­gaba a la Mar un anillo de oro, prenda de la unión con los navegantes. Con este ritual, el Dogo solicita­ba que se evitaran los naufragios y las pérdidas de mercancía durante todo el año. Esta celebración del día de la Ascención duró hasta que Venecia perdió una batalla con los franceses. Así, los ciudadanos del Véneto hacían una alianza cuyo motivo oculto nacía del temor a la catástrofe. El poderío de Venecia no superaba al poderío del mar. Se aceptaban como su­misos a ese extraordinario y superior poder. En efecto, el navegante reconoce su limitación; el tomador de decisiones también debe reconocer los límites que las circunstancias marcan a su acción.

 

2. Fue demasiado tarde

 

Víctor, el de caverna como entrecejo, es presidente de la Asociación Nacional de Orientación Profesio­nal. La actividad más importante de la asociación para este año es el IV Encuentro Nacional de Orien­tación Profesional. Concertó ya a los ponentes. La difusión del acto es clave. Víctor, debe decidir qué medios utilizará. «Si no lo doy a conocer nadie llegará. Sí, pero con qué dinero contrato los anuncios. Cuando logre una inscripción alta, los recursos abun­darán. Debo difundirlo; pero, ¿cómo? ¿Qué hago?».

Está dudoso de manejar anuncios en revistas de amplia circulación, «es una inversión alta», piensa; «es necesario invertir, para sacar los costos», refle­xiona otro día. Se pasa el tiempo, faltando quince días para ha inauguración contrata los anuncios. Las ¿revistas se ponen en circulación el mismo día en que se inician las actividades. Se difunde el encuentro, pero no hay inscripciones porque la información llegó tarde, muy tarde. La inversión fue inútil.

Los días en que debía ejecutarse la decisión se consumieron en tomarla. Víctor pensó la decisión una y otra vez hasta que por fin optó, pero no contó con el tiempo preciso para aplicarla. Las pérdidas para la asociación se incrementaron.

Víctor se reprochó: «Tanto pensarlo para nada; ¡cómo no lo hice antes!; no valió la pena tanto es­fuerzo». La decisión tardó en llegar, y cuando se tomó, la oportunidad había pasado; los efectos no fueron los esperados. Víctor se mira frustrado, sin ilu­siones, dejará una deuda a la siguiente administra­ción. En el modelo de Sísifo, el tiempo no existe, porque en cada día se repite lo ya ocurrido con ante­lación. El tiempo oportuno es fundamental en la toma de decisiones. Para Víctor el tiempo fue el fac­tor principal para que ocurriera un gasto inútil. Las decisiones tomadas pasado su tiempo son vanas.

 

3. Decidió fuera de tiempo

 

María es una mujer de mediana edad, cuerpo de pos­te, pero sonrisa de miel. Entra con ansiedad a una casa de bolsa para abrir una cuenta y efectuar un depósito. En el mes de agosto de 1999. Un años antes, recibió ese dinero como liquidación por sus servicios después de diecisiete años de trabajar para una com­pañía minera. Es un dinero que desea destinar para asegurar la educación de sus dos hijos. Durante el año anterior, lo tuvo invertido en pagarés en una ins­titución bancaria. Ha oído de los altos intereses que se han obtenido en los últimos meses en la Bolsa de Valores; por fin hoy se decidió a invertir todo su di­nero en acciones. Su ansiedad por duplicar su capital con rapidez, no le permitió preguntarse cómo funcio­na la oferta y la demanda en un mercado; si después conoció esta información, todo fue vano.

Pasa un mes, y llega un lunes negro, igual que en 1988. El índice bursátil cae dramáticamente en unas cuantas horas. En un día, el precio de sus acciones bajó substancialmente, María se mira con la mitad del capital que poseía un día antes. La tendencia a la baja continúa durante los siguientes días. Se la ve deprimida; llama diariamente a la casa de bolsa, espera información optimista que no llega, hasta que pasadas cinco semanas retira todas sus acciones, obteniendo sólo un tercio del capital que invirtió. El re­sultado de las decisiones de María dependió del tiempo en que las tomó. No miró que a futuro lle­garía una recuperación.

 

“El presente puede verse, el futuro sólo se visualiza”

 

María adoptó dos decisiones fuera de tiempo: Invirtió cuando el índice bursátil estaba muy por arriba del valor contable, y vendió cuando el valor contable de las empresas se encontraba ampliamente subvaluado. Otros inversionistas se esperaron a que la acción pa­gara los dividendos o a que recuperara al menos, su valor contable 21 meses después. Las decisiones de María se tomaron fuera de tiempo.

 

4. Suertes

 

Milenios ha, se dieron cuenta de la dificultad que tenía elegir, definir, o zanjar una situación. Narra Homero que el ejército griego ha sitiado Troya. El tiempo ha pasado, se ha propuesto un duelo contra el más temible héroe: Héctor, quien sostiene, y man­tiene la ciudad.

Nueve hombres griegos se levantaron para en­frentar al troyano; pero sólo uno lo haría, sólo uno. Ellos fueron: Agamemnón, jefe de la expedición; Diómedes, hijo de Tideo; los dos Ayax, ambos reves­tidos de valor; Idomedeo, valiente como el dios de la guerra: Ares; el escudero Meriones; Eurípilo, hijo del ilustre Evemón; Toas y Odiseo, fecundo en recursos. Cada guerrero grabó un palo con su nombre, colocó esa madera en el casco de Agamemnón. Néstor agi­taba el bronce hasta que saltó un vástago, también llamado suerte: la de Ayax. Los otros ocho pidieron a Zeus la victoria para el elegido. Se vivió el modelo del destino. Esto ocurrió en el siglo XII a.C.. En el juego de suerte hay una necesidad o certeza: uno debe salir; hay también una incertidumbre o punto negro: se ignora quién será el elegido.

El mundo de la suerte nos ha fascinado al menos alguna vez. Un volado para solucionar un regateo, un volado cuando escasea el cambio en una transac­ción, un volado para determinar si asistir o no a una cita. No discutiremos aquí si este es el mejor méto­do, pero lo que queda claro es que la persona re­quiere de cortar, terminar: decidir. Algunos cortan por este método, otros buscan información para de­cidir; algunos más piden consejo; otros estudian.

 

5. Cuando mi probabilidad es muy escasa.

 

Irma, ya con el cabello encanecido, me comentó que vivió en anhelos: «Suspiré por tener fortuna. Jugué a la lotería. Construí castillos con el premio gordo del 15 de septiembre; gané reintegro. Esperé otra oca­sión, el 24 de diciembre. Perdí, perdí todo, el premio y mi ilusión. ¡Se resquebrajaron mis esperanzas! Mis planes se arrastraron por el lodo.

«Busqué alguien que solucionara mis problemas. Ilusión, extravagante relación, me defraudó. Enton­ces, la angustia me invadió brazos y piernas. La gar­ganta también. Esperaba ya un milagro. Participé en concursos de marcas, gastando útil o inútilmente lo poco que me quedaba. Mis programas favoritos eran los de concurso, y de sueños cumplidos. Mi emoción crecía. Pasé tres años así, hundida en el pozo, con es­peranzas que nunca llegaban.

«Una mañana me vi al espejo, demacrada, con el cabello sin arreglar. ¡Cómo! me dije. “Sola llegué al mundo, y sola he de salir adelante”. Confié en mí, cerré aquellas continuas ilusiones, chispas efímeras que me consolaban. Hoy, estudio y he conseguido un empleo, soy vendedora en un restaurante, mi vida seguirá cambiando. Si, paulatinamente, he dejado de buscar lo improbable.

Lo improbable es la incapacidad ante una situación de prever la forma concreta en que se realizará, por que se ignora el como ocurrirá, aunque se sepa que ocurriría.

 

 
 

 

 

 

 

 


En un sorteo de lotería se sabe que algún número será seleccionado, pero se ignora cuál, es decir, se ig­nora el cómo ocurrirá. Es improbable que en una rifa de un millón de boletos caiga en el número 103590.

Irma, de cabello lacio, quien ha dejado su langui­dez, me explicó: «Los números están en mi contra cuando participo en rifas de supermercados en las que se emiten boletos con siete cifras. Cierto, es ne­cesario que alguien se gane el premio, pero es muy poco probable que sea yo quien lo reciba; pero lo cieno y real es que ya compré.

«Son muy populares los diversos tipos de loterías: por número, por letras, con base en resultados depor­tivos, o con signos del zodíaco. Es necesario que algún número, y alguna persona sea seleccionada, recibiendo el premio, pero la probabilidad de que sea yo el agraciado es mínima. ¡Los números están en mi contra! Si existe un millón de participantes, puedo imaginarme en esa línea, colocando delante de mí a miles de buscadores de lo escaso. Bastante moles­tia es que diez compradores queden antes que yo para ser atendida en una caja».

La probabilidad de que resulte ganador en la lotería es menor a una en un millón. La palabra sortear es ilustrativa. Sort en inglés es clasificar; en efecto, es colocar en línea, del indoeuropeo sr o acción de alinear.  La rectitud es un atributo superior. La suerte está ligada con lo raro, con lo inesperado, y con  fuerza exterior que se impone. Tengo suerte cuando  ocurre lo improbable.

La suerte es la realización de un evento posible, pero improbable, lo que generalmente causa sorpresa, y pérdidas.

 
 

 


Alcanzar la suerte está ligada con el modelo del destino, en donde se cree alcanzar el don de gracia a un poder superior, sin considerar su baja probabilidad.

 

6. Decidir por el deseo de crecer.

 

Muchos de los factores que determinarán mi futuro  hoy, están cerca de mis manos. En indoeuropeo  bhu significa crecer, y bhu-tu, lo que ha de ser.  De ahí pasó al latín como futurus, lo  que ha de ser, o lo que será. Ahora bien, es inteligente establecer por anticipado lo que se realizará cuando llegue lo que ha de  ser: ¡Construyamos nuestro futuro!.

Mi acción, derivada de una  decisión me lleva al desarrollo. Roberto, con veintisiete años siempre con las gafas a media nariz, ha dedicado mas de  diez mil horas de estudio para formarse en la disciplina matemática, que incluye álgebra, trigonometría, calculo  y geometrías. Se decía: <<Descubriré una nueva ley>> .

Ha  obtenido el dominio de la ciencia. Ha actuado si­guiendo con disciplina la decisión tomada. Crea mo­delos nuevos de regularidad numérica. Una intención       lo ha mantenido en una sola línea.

 

“Estamos en movimiento: nos construimos o nos

deterioramos escalón por escalón”

 

Iván, ojos de lince, estudió el violín desde los nueve años, tarde a tarde, más de tres horas diarias. A sus 23 años, ha acumulado 16,000 horas de estudio. Se ha repetido: «La práctica me hará maestro». Hoy es un solista de conciertos. El deseaba crecer y lo ha logrado, mediante un trabajo sistemático.

El desarrollo personal es el proceso de construcción de un estadio de mayor bienestar, gracias a la capitalización de experiencias y al trabajo sistemático, lo que permite abordar situaciones nuevas con mayor visión

 
 

 

 

 

 

 

 

 

 


En el diario deambular, las decisiones son los mo­mentos de cambio que se dan ya sea como respuesta a nuevas circunstancias, ya sea por ímpetu propio. He aquí dos puntos de arranque de mi decisión: So­lucionar un problema o mi deseo de crecer.

EJECUTAR LA DECISIÓN

 

Una punzada de cansancio atacaba a Rosa Park, la tarde del primero de diciembre de 1955. Había ter­minado su jornada como costurera para las tiendas Montgomery Fair. Con una toalla limpió de polvo y sudor su frente, resaltando su piel negro cocido. Anhelaba un caldo caliente al llegar a su hogar. Abordó el autobús y tomó asiento hacia la parte pos­terior. Unas paradas después, el chofer, James F. Blake, demandó a Rosa dejara su asiento porque ampliaría la sección para los blancos.

—De ningún modo, —remarcó tajante.

—Tendré que llamar a un oficial, —amenazó a gritos Blake.

—Haga lo que guste, —replicó displicente.

Después de las voces, el silencio subió de intensi­dad. Blake encontró un oficial, y detuvo el autobús. Rosa fue arrestada. Su tarde quedó cercada entre cuatro paredes y barras metálicas. El rostro de Rosa se mantenía tenso, su cuerpo le demandaba agua. Las horas del jueves se alargaron como barrotes.

Esa misma tarde, la comunidad de color en Atlanta se reunió en asamblea, para informar del caso y de­cidir al respecto. El reverendo H. H. Hubart explica los hechos ocurridos, y concluye:

—No es tiempo de hablar, es tiempo de actuar.

—¿Cómo ocurrió? ¿A qué hora? —inquirieron.

—No es tiempo de hablar, es tiempo de actuar.

                —Estoy de acuerdo, es el día... —gritaban.

                —No es tiempo de hablar, es tiempo de actuar.

En su interior se repetía: «Tomar una decisión, y hablar en vez de actuar, sólo nos conduce a la angus­tia y al callejón de la depresión».

Tanta seriedad le dió a sus palabras que por más de cuarenta y cinco minutos no permitió el uso de la palabra, situación que puso en peligro la reunión, y el movimiento. Sin embargo, corriendo este riesgo logró un absoluto convencimiento de los asistentes. Martin Louther King, premio Nóbel de la paz en 1964, participó en la asamblea y encabezó el boicot. El martes 6 por la mañana, Rosa Park fue conducida ante el juez, en tanto la comunidad en pleno suspen­dió el uso de los autobuses, trasladándose a pie, en carreta o bicicleta. Rosa fue condenada a pagar diez dólares; pero Fred Gary, su abogado defensor, pre­sentó una apelación, símbolo que representó la vic­toria más sorprendente del movimiento de color, en Atlanta. En contra de la pasividad: la acción; en contra de los errores: la acción.

La acción es la transformación de la realidad ejecutada por un humano con fuerza y precisión, basada en un modelo cultural, sea el destino, la voluntad o la decisión, en búsqueda de un mayor bienestar.

 
 

 

 

 

 

 

 


La acción es la flecha de Eros lanzada con potencia y dirección. La intención conlleva fuerza y precisión, energía y tino. Sartre, en El ser y la nada señala respecto de la acción:

 

Actuar es modificar la figura del mundo, disponer me­dios con vista a un fin, producir un complejo instrumental y organizado tal que, por una sede de encadenamientos y conexiones, la modificación aportada a uno de los esla­bones traiga apareadas modificaciones en toda la sede y, para terminar produzca el resultado previsto.

 

 

 
 

 

 

 

 

 


Para Sartre, es clave la producción de resultados, y en esto sigue a Aristóteles, quien ya desde el siglo 1V a. C., ubica la tekhné como “acción productiva”; Ale­jandro Magno venció a los griegos, y con su ayuda conquistó a los persas, medos, egipcios e indios. ¿De dónde obtenía su ímpetu de conquista? Aristóteles fue su maestro, lo introdujo en Homero, y transcribió para él La Ilíada. De las figuras relatadas, del ritmo marcial, y de la rima, brota la fuerza necesaria para el cambio, pasando de lo múltiple a lo real; de la potencia al acto creativo, de lo impreciso a lo uno preciso. De esta forma, se rechaza a Cerbero o ima­ginario de múltiples facetas.

 Accio en latín es la acción, como los trabajos de Hércules quien tuvo una intención, lo ejecutó y venció; actum es lo actuado, es decir, los haceres que se convirtieron en acción. Está en pasado, y se logró el resultado. Son haceres con precisión y fuerza. ¡Age! equivale a ¡Ea! o ¡vamos! La acción conlleva ímpetu o tensión para disparar la flecha de Eros. Velocidad y fuerza que transforma.

  El fácere latino es también acción, ejecución con resultado, pero no sólo transforma, sino que impacta la propia dignidad, y la propia importancia de quien actúa. La precisión nos hace crecer.

 

1.   La intención da estabilidad en el tiempo.

 

Ricardo es un amante de los viajes y la Literatura, bosqueja un proyecto, otro, y otro más. Desea ser corrector de estilo, ama la docencia y desea dar cla­ses de Administración o de Literatura; quisiera hacer crítica literaria; efectuar entrevistas para incluirse en alguna sección periodística; ha estudiado historia y cree que funcionará como guía de turistas. Sin em­bargo, está ahogado por la renta que debe pagar.

—Debes concretar tus anhelos. —Le señala Arturo.

—Todo es posible.

—Pensar e imaginar es una ciudad fortificada; en cambio, actuar es un continente distinto.

—Hacerlo es simple, fácil.

—Pero aún no lo haces. Concreta un camino, sólo uno y llévalo a término. Por ejemplo, si deseas dar clase, escoge entre Administración y Literatura.

—Administración es lo más práctico.

—Bien, ahora escoge materias.

—No conozco los actuales planes de estudio.

—Por ahí debes empezar. Conocer los currícula educativa, seleccionar materias, formular una oferta de trabajo precisa. Dos meses después de esta entre­vista, inició su labor como catedrático; ahora bien, le asignaron clases para los semestres pares. Preparó sus materias e impartió cátedra. Llegó un semestre de espera. Ahora lo han llamado de nuevo; Ricardo se siente indeciso sobre regresar a su puesto, ya que vislumbra un viaje a Argentina.

Es preciso madurar para comprender que no basta con ver internamente las opciones, es preciso ejecu­tarlas, cortar posibilidades para construir una rea­lidad: Pasar a acciones lo que anida en la cabeza o lograr que la intención se cristalice en resultados. En un inicio, Ricardo efectuaba multitud de actividades, pero todas ellas no llevaban un enfoque, porque no había intencionalidad, ni dirección. Intención viene del latín tendere, acción y efecto de tender: con fuer­za y con precisión; de la misma familia es tenere que significa mantener, retener, no soltar, de donde pro­viene el verbo tener.

 

La intencionalidad en fuerza y precisión en el actuar, que se mantienen a través del tiempo, derivadas de un deseo y visión de lo posible, a fin de obtener y retener un aprecio.

 
 

 

 


En algunos casos se sabe a dónde ir, pero no existe la fuerza para cambiar, no hay intencionalidad, y en el fondo no hay decisión, porque no se desea cortar y ganar. La intencionalidad implica fuerza y dirección. Insistir, permanecer o dar seguimiento es requisito indispensable para lograr que se lleven a la práctica las decisiones que se toman. Es preciso unir voz y manos, unir nuestra reflexión y actos: unir concepto y acción. A la intención se le ha llamado “voluntad” o “decisión”.

Asignar un tiempo es la clave si deseo que mis propósitos se conviertan en realidad. En el caso de Ricardo, la circunstancia le fue adversa pues le plan­tearon una interrupción de cinco meses, y ahora su intención está flaqueando.

Si ya se decidió, es preciso actuar. Hacer crecer el sentido de urgencia. Decirme: “me doy cuenta que ahora es el momento para actuar. Convertiré en real, lo que hoy concibo como un holograma”.

 

2. Instrumentos para la acción

 

Sartre señala que en la acción es preciso el instru­mental, porque no sirve de nada querer elevar la ca­lidad si no hay un método para controlarla; de qué sirve querer tener un producto nuevo si no hay un presupuesto para investigación y desarrollo; de qué vale querer acelerar el tiempo para terminar un pro­yecto, si no se incorpora más personal o no se cam­bia el método. Es una ilusión pensar en instalar una nueva maquinaria si no contamos con espacio. Las decisiones cobran sentido cuando es posible llevarlas finalmente a la práctica.

La pala es una extensión de la mano, lo mismo una cuchara y la batuta; el micrófono es extensión de la boca; la pluma es una extensión de la mano y de nuestro cerebro; el libro en cambio, es extensión de la memoria del pasado, y del que está lejano. Al fin y al cabo, cualquiera que sea el instrumento que utilicemos es preciso buscar la transformación.

El registro de patentes es uno de los nichos en donde se encuentra públicamente la tecnología. Una patente, garantiza protección jurídica al inventor de la tecnología, mediante un certificado que le otorga la exclusividad de goce jurídico de la solución técnica, durante un período determinado. Durante el Renaci­miento en Venecia, se instauró el primer sistema de patentes, y en 1883 se estableció el sistema interna­cional de patentes en la Convención de París para la Protección de la Propiedad Industrial. El sistema ac­tual tiene su origen en esta convención.

Toda patente se convierte en un documento de orden público, contiene la descripción precisa de la novedad o invento, incluyendo gráficas, fórmulas y detalles técnicos, que se reivindican como propios.

Las patentes son en primera instancia el meca­nismo jurídico para protección del inventor, y son, también, una fuente de difusión del conocimiento tecnológico. No es información reservada, sino por el contrario, del dominio público. Las patentes son una fuente que permite al investigador profundizar en el tema y generar nueva tecnología, a la vez que queda prohibida la copia del invento.

Se requieren años de estudio, pruebas y análisis de desviaciones hasta afinar un instrumento. La investi­gación es la base de la tecnología. Atrás de cada pa­tente o desarrollo tecnológico se encuentra el estudio para crear el instrumento.

Por la razón anterior, utilizar los mecanismos transformantes es un medio de lograr la certidumbre, es decir, conseguir resultados por encima de lo so­cialmente esperado. Se produce a menor costo que la competencia. Es tecnología la producción y manejo de la electricidad, la comunicación vía satélite, y el desarrollo informático, entre otros muchos aspectos. La producción de tecnología es un proceso colectivo que une la teoría, es decir, los principios científicos y sus conceptos, con la práctica.

 

La tecnología es el conjunto de instrumentos creados a partir de una teoría e investigación, es un proceso social, que ha probado su efectividad en la practica, y que permite controlar un fenómeno.

 
 

 

 

 

 

 

 


La efectividad de la tecnología radica en que incor­pora mecanismos transformantes del más alto nivel social que se haya creado. Es una solución nueva a un problema técnico.

Si buscamos resultados uno a uno, y siempre uno adelante, es preciso usar la tecnología. Una compa­ñía espera resultados de sus vendedores, personal, departamentos, gerentes. En esta búsqueda surgieron corrientes como Administración por objetivos, por re­sultados y presupuesto por programas; en educación:

Aprendizaje significativo, Programa de enriqueci­miento instrumental y Lenguaje total. Esta tecnolo­gía es una forma de asegurar los resultados.

 

3. Cortar con lo imposible

 

El segundo vuelo del Atlantis al espacio exterior tuvo como misión colocar tres satélites de comunica­ciones, uno para Australia, otro para la Unión Ame­ricana y uno más para la República Mexicana: el Satélite Morelos-2. Se abrió la oportunidad para que un mexicano formara parte de la tripulación. Varios fueron quienes tuvieron la posibilidad de participar en la tripulación, proceso de selección que se llevó a cabo al inicio de la década de los ochenta. Uno fue seleccionado: el ingeniero Rodolfo Neri Vela. Lo que era posible en 1980, pasó a imposible el 26 de noviembre de 1985, cuando a las 7:29:00 hora local de Florida, despegó el Atlantis, con Brewster H. Shaw Jr. como comandante. A cambio de ello, una sola de las posibilidades se convirtió en realidad: Vela es el primer astronauta mexicano. Lo mismo ocurrió con los proyectos para experimentación, cuya variable principal era estar libre de la gravedad de la tierra. Sólo uno de ellos fue seleccionado y se convirtió en realidad: el cultivo del amaranto en el espacio exterior; los demás son un imposible en esa misión.

 

Lo imposible en cada una de las formas que fueron desechadas, quedando fuera del proceso evolutivo, y solo presentes en el anhelo de las personas y en la especulación humana ya que la realidad avanzo por otro rumbo.

 
 

 

 

 

 

 


La oportunidad quedó cerrada. Se cortó para ganar. Entonces, se restringe el ámbito de las anteriores posibilidades. Se avanza, porque se pasa de muchos po­sibles a uno real.

 

Es preferible algo real, que “mucho de nada”

 

Si se tomó la decisión, es preciso aceptar el cambio.

El saber popular expresa: “Cántaro roto no sufre re­miendo”. Adelante, se abrirán posibilidades totalmente distintas, de las cuales sólo algunas llegarán a concre­tarse; las demás pasan a ser imposibles, como es im­posible lograr la primera exploración en el asteroide Eros, pues ya ocurrió el 12 de febrero de 2001.

 

4. Plan de contingencia

 

El 28 de Enero de 1986, a las 11:38 horas tiempo lo­cal de Florida, despegaba el Challenger hacia el es­pacio exterior...

52 segundos después, emergió una llamarada del tanque externo de combustible sólido del lado dere­cho. A los 70 segundos de vuelo ya se había decidido aumentar la aceleración a su máximo, con objeto de salir lo más rápidamente posible de la atracción te­rrestre... Sin embargo, a los 73 segundos de vuelo, y habiendo logrado una velocidad de más del doble de la velocidad del sonido, todo había terminado...

La decisión que se tomó entre los segundos 52 y 70 de vuelo, estaba prevista como plan de contingen­cia o anticipación de una respuesta ante los riesgos que se asumen. Era una decisión programada, tomada con anticipación, si llegaba el caso.

 

Un plan de contingencia es la previsión de la forma en que se actuara, en caso de que se presente una circunstancia que impida ejecutar la decisión .

 
 

 

 

 

 


Un plan de contingencia parte de aceptar con anticipación la posibilidad de nuestro error, o un cambio en las circunstancias. Prevé las acciones a tomar una vez que los resultados no fueron tal cual se espe­raban. Al decidir, no siempre se tiene un plan de contingencia.

Don Arturo de O’Neill y O’Kelly, gobernador de la provincia de Yucatán, se pasea en el fuerte de Bacalar. Un sudor salado lo ataca. Llegó el paquebot con el correo real. Carlos VI, su majestad, declaró la guerra a la Gran Bretaña, así que los ingleses ya no están autorizados para cortar palo de tinte en Belice, la concesión territorial ha terminado. Año de 1798. Debe proceder a quitarles los derechos que creen te­ner. Reúne tres mil hombres en Bacalar pero no lo­gra la disciplina de los capitanes de las fragatas Minerva y 0, y en lugar de entrenarlos, concede su regreso a Cuba. Los preparativos le llevaron meses.

0pta por partir solo para inspeccionar los territo­rios cercanos a la desembocadura del río Bellese. Cree encontrar a unos pocos ingleses desarmados y desprevenidos. Al penetrar en la desembocadura descubre varias fragatas, al navío Merlín, y una forti­ficación de perfecta arquitectura, con foso y erguidos torreones. ¡El creía que habría sólo una empalizada! ¡Los ingleses habían recibido refuerzos de Jamaica!

O’Neill se acerca en una lancha cañonera para inspeccionar el lugar. Recibe una lluvia de acero, y la pieza de artillería queda inutilizada. ¡Oh! ¿Qué es esto? Huye protegido por el viento regresando a su navío.

¿Qué hacer si falla? Esa fue la pregunta que no se formuló Arturo de O’Neill y O’Kelly. El consideraba que en el río Bellese encontraría unas chozas, y a unos pocos taladores de palo de tinte. Pero no fue así. Habían levantado una fortificación, recibieron refuerzos de Jamaica. Es error humano no consi­derar qué hacer cuando las circunstancias cambian. En cambio, es sabiduría el prever la forma en que se actuará acorde a nuevos y diferentes sucesos.

El capitán pudo preguntarse: ¿Qué ha cambia­do? ¿Qué puede fallar? ¿Qué va a cambiar? Del mismo modo que el empresario se pregunta al abrir un negocio: ¿Qué puede fallar?: poco mercado, clau­sura, falta de efectivo, carencia de tecnología, un cambio de legislación o un siniestro.

Ya en su camarote, O’Neill tiembla desesperado, hunde sus manos en la cara y concluye con voz añosa: «No lo esperaba, es mi derrota más absurda. ¿Por qué no vinieron las fragatas?, se necesitaban aquí, no en Cuba.» El territorio se fragmentó. Se ale­ja asustado y pierde de facto el territorio de Belice, ya que Inglaterra obtiene el derecho de conquista, ra­zón más poderosa que el tratado de Versalles. Arturo de 0’Neill no se preparó para una batalla. Supuso que encontraría a un enemigo débil. Desde entonces se habla inglés en el río Bellese.

Hemos hablado del paso de lo posible a lo real, sin embargo, la acción requiere de una intención, es de­cir, de fuerza y de precisión; pero, ¿cómo formarlas? La fuerza con un deseo audaz; la precisión, cono­ciendo y reflexionando. Fuerza y precisión, flecha lanzada hacia la creatividad.

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