| P. Juan Ángel. SAN
MILLÁN
Llegó la temporada de verano, con días más
largos, de mucho sol, y de vitalidad desusada en
nuestro valle. Es lo que se percibe en el ambiente:
gentes que vienen y van, vacaciones casi
generalizadas, pues quienes vivimos en el convento
hemos tenido que atender a los numerosos visitantes,
que llegan para satisfacer su curiosidad cultural o
artística o, simplemente, porque en San Millán
encuentran un ambiente muy apropiado para llenar
esas semanas, a veces muy largas y no exentas de
monotonía.
Comunidad
La vida de la comunidad ha seguido el ritmo habitual
del resto del año: atención pastoral a las
parroquias que tenemos encomendadas, más
concurridas en estas fechas por la presencia de
quienes vienen a veranear a los pueblos; visitas de
carácter espiritual a las comunidades de religiosas
por parte de quienes tienen encomendada alguna
responsabilidad en este campo; atención a los
numerosos visitantes al monasterio, y acogida a los
hermanos que han tenido a bien pasar unos días o
unas horas con nosotros. Las novedades, que siempre
las hay, apenas han rebasado el diario acontecer, si
exceptuamos las exequias del padre Félix Alonso,
que se celebraron el 2 de agosto.
Muertes sentidas
El día 31 de julio nos comunicaban el fallecimiento
del Félix Alonso. La llamada desde Madrid nos
pareció no la de quien comunica simplemente una
noticia, muy lamentable en este caso, sino la de un
hermano que pedía nuestra compañía, aunque fuera
en la distancia. El prior provincial se encontraba
de viaje hacia Monteagudo con los postulantes que
iban al noviciado. Como ha sucedido en el resto de
las comunidades de la provincia, el fallecimiento
del padre Félix nos ha dejado consternados. Las
obras en lo que fue el antiguo noviciado y las zonas
anejas guardan muchos desvelos suyos, muchos miedos,
algún que otro sobresalto y no pocas esperanzas. En
San Millán nos habíamos acostumbrado a su
presencia, a su ir y venir por la casa, a sus temas
de conversación y a su compañía en los actos
comunes. En algunas temporadas parecía formar parte
de nuestra comunidad. Por todo ello, su partida a la
casa del Padre nos ha dejado un poco huérfanos,
sobre todo a quienes le hemos acompañado o le hemos
representado en su preocupación de que todas las
actuaciones en lo que iba a ser centro de
espiritualidad fueran desarrollándose conforme a
los planes que se había trazado el gobierno de la
provincia.
La muerte, que se ha dado tanta prisa en llevarse a
nuestro hermano cuando se encontraba en plenitud de
fuerzas y desempeñaba una tarea sumamente delicada
en el gobierno de la provincia; sin embargo, ha
respetado en buena medida sus proyectos: no ha
podido contemplar acabada la obra, pero sí ha
tenido tiempo para dejar todo dispuesto, a fin de
que lo estuviera en breve. El mobiliario elegido ha
ido llegando a los pocos días de haber sido
enterrado su cuerpo: era el último servicio que hacía
a esta casa y a quienes un día le encomendaran la
responsabilidad de restaurar y dar un nuevo uso a
una zona tan amplia del monasterio. Con la muerte de
este religioso la provincia San José ha perdido a
un hijo muy valioso. El vacío que ha dejado
-sentido por todos- lo es de una manera especial
para nosotros. De ello quedó constancia el día de
su entierro. Al dolor de sus padres, Conceso y María
Luz, de sus hermanos, José Miguel y Alicia, y
familiares se unía el de muchos que conocíamos y
queríamos al padre Félix. El día 2 de agosto
nuestra iglesia parecía la iglesia de las grandes
celebraciones, pues tantos éramos los sacerdotes y
los fieles que nos habíamos reunido para dar el último
adiós a quien en tantas ocasiones había hecho lo
propio con quienes le han precedido en el camino
hacia el Padre.
Las desgracias nunca vienen solas, acostumbran a
decir nuestras gentes. En esta ocasión también se
ha cumplido el refrán. El mismo 2 de agosto, a última
hora de la mañana, dábamos sepultura en Manjarrés
a don Aquilino Pérez, padre de nuestro hermano de
comunidad fray José Ramón; casi de forma
inesperada y tras unos días de estancia en un
centro hospitalario de Logroño, nos dejaba para
siempre. Era una persona buena, cercana y cordial, y
dentro de la familia agustino-recoleta, muchos
podemos dar fe de sus atenciones. Él y su esposa,
Ricarda, nos han acogido como a sus propios hijos.
Con la muerte de uno y otro se nos ha muerto un poco
de esta comunidad.
Visitantes
Por diferentes motivos han sido bastantes los
religiosos que nos han visitado. Lo que sobre ese
particular consignábamos en la crónica anterior se
ha repetido en los meses de junio y julio. En el
resto del verano han sido numerosos los religiosos
que han llegado hasta San Millán. Recordamos, por
ejemplo, a los padres José María Montenegro, José
Antonio Asenjo y Lucio Echazarreta, que han pasado
aquí unos días. También, a otros religiosos que,
por encontrarse de vacaciones, han venido a visitar
a esta comunidad.
Fiesta de san Agustín
Un año más, el 28 de agosto se congregaba en este
monasterio un buen número de religiosos,
familiares, amigos y devotos para celebrar la
solemnidad de nuestro padre san Agustín. Se ha
mantenido el programa conocido: misa, procesión,
veneración de la reliquia y comida en el refectorio
monástico. Los cerca de ciento cuarenta comensales
pudieron saborear el menú tradicional. Al final de
la comida el padre Fortunato Pablo, como recuerdo,
entregó a los asistentes el libro de poemas del
padre Esteban Peña, Como un incario de ayer,
Antología poética andina. El padre Severiano de Cáceres
distribuyó la memoria del año pasado de la ONG
Haren Alde, y ofreció a la venta la publicación
escrita por doña Carmen Rupérez, sobre el padre
Manuel Acarreta, Los caprichos de Dios. Así era
Manolo, para invertir lo recaudado en un proyecto de
ayuda en la Prelatura de Chota, que estará
patrocinado por la familia Acarreta Rupérez.
Desde estas páginas agradecemos la presencia de
quienes nos acompañaron en la misa y en comida
familiar. De manera especial, deseamos hacer mención
de la familia de nuestro difunto hermano Manuel
Acarreta, la cual una vez más ha dado ejemplo de
fortaleza cristiana, y con este gesto de generosidad
ha tenido a bien continuar la labor de su hijo y
hermano en el servicio a la provincia y a la
Iglesia.
La fiesta se completaba con la visita a la exposición
con motivo de los 125 años de presencia de la Orden
agustino-recoleta en este convento de San Millán, y
a las dependencias de lo que fue noviciado,
rehabilitadas para centro de espiritualidad. Podemos
decir, por tanto, que hemos vivido con intensidad
una jornada familiar y entrañable, si bien para los
años venideros tengamos que cambiar quizás el
formato de la fiesta y disponer otro programa: las
circunstancias nos están obligando a ello.
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