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Número 49. DICIEMBRE 2004
 
 

Desde el Monasterio de Yuso

P. Juan Ángel. SAN MILLÁN

Llegó la temporada de verano, con días más largos, de mucho sol, y de vitalidad desusada en nuestro valle. Es lo que se percibe en el ambiente: gentes que vienen y van, vacaciones casi generalizadas, pues quienes vivimos en el convento hemos tenido que atender a los numerosos visitantes, que llegan para satisfacer su curiosidad cultural o artística o, simplemente, porque en San Millán encuentran un ambiente muy apropiado para llenar esas semanas, a veces muy largas y no exentas de monotonía.

Comunidad

La vida de la comunidad ha seguido el ritmo habitual del resto del año: atención pastoral a las parroquias que tenemos encomendadas, más concurridas en estas fechas por la presencia de quienes vienen a veranear a los pueblos; visitas de carácter espiritual a las comunidades de religiosas por parte de quienes tienen encomendada alguna responsabilidad en este campo; atención a los numerosos visitantes al monasterio, y acogida a los hermanos que han tenido a bien pasar unos días o unas horas con nosotros. Las novedades, que siempre las hay, apenas han rebasado el diario acontecer, si exceptuamos las exequias del padre Félix Alonso, que se celebraron el 2 de agosto.

Muertes sentidas

El día 31 de julio nos comunicaban el fallecimiento del Félix Alonso. La llamada desde Madrid nos pareció no la de quien comunica simplemente una noticia, muy lamentable en este caso, sino la de un hermano que pedía nuestra compañía, aunque fuera en la distancia. El prior provincial se encontraba de viaje hacia Monteagudo con los postulantes que iban al noviciado. Como ha sucedido en el resto de las comunidades de la provincia, el fallecimiento del padre Félix nos ha dejado consternados. Las obras en lo que fue el antiguo noviciado y las zonas anejas guardan muchos desvelos suyos, muchos miedos, algún que otro sobresalto y no pocas esperanzas. En San Millán nos habíamos acostumbrado a su presencia, a su ir y venir por la casa, a sus temas de conversación y a su compañía en los actos comunes. En algunas temporadas parecía formar parte de nuestra comunidad. Por todo ello, su partida a la casa del Padre nos ha dejado un poco huérfanos, sobre todo a quienes le hemos acompañado o le hemos representado en su preocupación de que todas las actuaciones en lo que iba a ser centro de espiritualidad fueran desarrollándose conforme a los planes que se había trazado el gobierno de la provincia.
La muerte, que se ha dado tanta prisa en llevarse a nuestro hermano cuando se encontraba en plenitud de fuerzas y desempeñaba una tarea sumamente delicada en el gobierno de la provincia; sin embargo, ha respetado en buena medida sus proyectos: no ha podido contemplar acabada la obra, pero sí ha tenido tiempo para dejar todo dispuesto, a fin de que lo estuviera en breve. El mobiliario elegido ha ido llegando a los pocos días de haber sido enterrado su cuerpo: era el último servicio que hacía a esta casa y a quienes un día le encomendaran la responsabilidad de restaurar y dar un nuevo uso a una zona tan amplia del monasterio. Con la muerte de este religioso la provincia San José ha perdido a un hijo muy valioso. El vacío que ha dejado -sentido por todos- lo es de una manera especial para nosotros. De ello quedó constancia el día de su entierro. Al dolor de sus padres, Conceso y María Luz, de sus hermanos, José Miguel y Alicia, y familiares se unía el de muchos que conocíamos y queríamos al padre Félix. El día 2 de agosto nuestra iglesia parecía la iglesia de las grandes celebraciones, pues tantos éramos los sacerdotes y los fieles que nos habíamos reunido para dar el último adiós a quien en tantas ocasiones había hecho lo propio con quienes le han precedido en el camino hacia el Padre.

Las desgracias nunca vienen solas, acostumbran a decir nuestras gentes. En esta ocasión también se ha cumplido el refrán. El mismo 2 de agosto, a última hora de la mañana, dábamos sepultura en Manjarrés a don Aquilino Pérez, padre de nuestro hermano de comunidad fray José Ramón; casi de forma inesperada y tras unos días de estancia en un centro hospitalario de Logroño, nos dejaba para siempre. Era una persona buena, cercana y cordial, y dentro de la familia agustino-recoleta, muchos podemos dar fe de sus atenciones. Él y su esposa, Ricarda, nos han acogido como a sus propios hijos. Con la muerte de uno y otro se nos ha muerto un poco de esta comunidad.

Visitantes

Por diferentes motivos han sido bastantes los religiosos que nos han visitado. Lo que sobre ese particular consignábamos en la crónica anterior se ha repetido en los meses de junio y julio. En el resto del verano han sido numerosos los religiosos que han llegado hasta San Millán. Recordamos, por ejemplo, a los padres José María Montenegro, José Antonio Asenjo y Lucio Echazarreta, que han pasado aquí unos días. También, a otros religiosos que, por encontrarse de vacaciones, han venido a visitar a esta comunidad.

Fiesta de san Agustín

Un año más, el 28 de agosto se congregaba en este monasterio un buen número de religiosos, familiares, amigos y devotos para celebrar la solemnidad de nuestro padre san Agustín. Se ha mantenido el programa conocido: misa, procesión, veneración de la reliquia y comida en el refectorio monástico. Los cerca de ciento cuarenta comensales pudieron saborear el menú tradicional. Al final de la comida el padre Fortunato Pablo, como recuerdo, entregó a los asistentes el libro de poemas del padre Esteban Peña, Como un incario de ayer, Antología poética andina. El padre Severiano de Cáceres distribuyó la memoria del año pasado de la ONG Haren Alde, y ofreció a la venta la publicación escrita por doña Carmen Rupérez, sobre el padre Manuel Acarreta, Los caprichos de Dios. Así era Manolo, para invertir lo recaudado en un proyecto de ayuda en la Prelatura de Chota, que estará patrocinado por la familia Acarreta Rupérez.

Desde estas páginas agradecemos la presencia de quienes nos acompañaron en la misa y en comida familiar. De manera especial, deseamos hacer mención de la familia de nuestro difunto hermano Manuel Acarreta, la cual una vez más ha dado ejemplo de fortaleza cristiana, y con este gesto de generosidad ha tenido a bien continuar la labor de su hijo y hermano en el servicio a la provincia y a la Iglesia.

La fiesta se completaba con la visita a la exposición con motivo de los 125 años de presencia de la Orden agustino-recoleta en este convento de San Millán, y a las dependencias de lo que fue noviciado, rehabilitadas para centro de espiritualidad. Podemos decir, por tanto, que hemos vivido con intensidad una jornada familiar y entrañable, si bien para los años venideros tengamos que cambiar quizás el formato de la fiesta y disponer otro programa: las circunstancias nos están obligando a ello.


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