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Nuestra vida
a seguido como siempre. En el anterior número de la
esta publicación les prometíamos algo de la sierra
central: sí, nos marchamos contentos, como
chiquillos, a visitar el convento de Nuestra Señora
de Ocopa, sus aledaños, Jauja, la laguna Paca, el
ingenio y piscifactoría. Pero ¡ay dolor! A fe que
para pasar La Oroya se necesita oroya. Con qué razón
nos decía cierto fraile que, cuando llegáramos a
La Oroya, pasáramos como pudiéramos. Casi no
pudimos. Hora y media atravesar un aprendiz de
pueblo, de una sola calle ¡y en obras! La paciencia
de Job se nos antojaba poca.
La
familia creció
Nos vinieron los cinco profesos nuevos. Eso sí que
es llegar y besar el santo. Llegan a las seis de la
tarde y el día siguiente clase. Menos mal que era
miércoles y suele ser día de talleres y tal. Pero
se les notaba la cara de susto y de novatos: fray
Fernando Mestanza, fray Nolberto Tarrillo, ambos
peruanos; fray Yskánder García (no pregunten de dónde
viene este nombre, que él mismo nos ha dicho que
todos le preguntan lo mismo), fray Luis Carlos
Orozco y fray Carlos Luis Paredes, los tres
venezolanos. Once son los profesos que han comenzado
el semestre. Ya se van acostumbrando.
La llegada de los cinco nuevos profesos ha reforzado
la pastoral, y se llega, y se pretende llegar a más
todavía. El 29 de agosto, domingo, convocaron a una
actividad pro-fondos de la pastoral. Trabajaron, se
cansaron y consiguieron el primer objetivo de
nuestra pastoral: aprender a trabajar como
comunidad. Que alcanzaran el otro objetivo de la
actividad, eso son palabras más ininteligibles.
Trabajar, trabajaron. Me consta por lo que vi y por
cómo quedaron después de la actividad. El banquero
deberá dar fe de lo otro y no se oye nada,
padrecito.
De viaje
El padre Ricardo se nos fue, la primera semana de
agosto, a Chachapoyas a hablar -con lo que le gusta
hablar- dos días a los sacerdotes y religiosas
sobre cómo celebrar la liturgia a partir de la
nueva institución del misal romano y de la
exhortación "Redemptionis donum". Vino
contento, aunque algo cansadillo; su columna como
que alguito se resintió, y medio afónico, ya casi
con afonía crónica. El padre Ignacio fue a
Colombia para los actos con motivo de los
cuatrocientos años de presencia agustino-recoleta
en América. Fue contento: era recordar su mocedad,
después de veintidós años. Vino contento y con
unos regalos de los hermanos colombianos, que
nosotros ya hemos admirado y disfrutado. Gracias.
Ha sido instalado el ascensor. Funciona bien, y fray
Miguel es más independiente. Este aparto tiene una
gran ventaja o será desventaja: al segundo piso se
llega antes por las escaleras que por el el
sube-baja. El corazón lo agradecerá. Viva el
ejercicio.
Se nos durmió el padre José
Así debemos decir. Él, que últimamente sólo
rezaba el rosario, se fue en sábado y día de
Nuestra Madre de la Consolación. Ya les habíamos
informado que estaba malito y que poco a poco iba
perdiendo fuerza. El día 14 de agosto, sábado,
después de rezar la comunidad las primeras vísperas
de Nuestra Señora de la Asunción, debimos
internarlo en la clínica, en cuidados intensivos.
Diez días estuvo. Salió a planta, mientras se
recuperaba, y volvió a casa el día de san Agustín,
28 de agosto, al anochecer. Una semana estuvo entre
nosotros. El viernes en el rezo de vísperas, toda
la comunidad se congregó para administrarle la
santa unción. Seguía la ceremonia con devoción,
aunque con los ojos cerrados. Se unió a toda la
comunidad en el rezo del padrenuestro, despacio y
sin voz, pero articulando dentro de lo que él podía.
Concluido el sacramento, se durmió plácidamente y
descansó un poco. Puesto que respiraba con
dificultad, pedimos por la noche una botella de
oxigeno para ayudarle en su respiración fatigosa.
Le alivió.
Habíamos decidido celebrar al día siguiente juntos
la solemnidad de Nuestra Señora de la Consolación.
Así los religiosos pasaron por su habitación y
pudieron despedirse de él. En la celebración de la
eucaristía lo tuvimos presente. El padre José
Miguel pidió oraciones a los asistentes para que se
cumpliera la voluntad de Dios sobre nuestro hermano,
y recordó que era sábado y día de la Madre de la
Consolación. Cuando ya todos se habían despedido,
agarrado de la mano de un profeso, se durmió. Así:
se durmió; eran las 14.40, hora en la que él,
desde hace varios años, descansaba. La Madre de
Consolación le cantó la más melodiosa de las
nanas y el padre José se adormiló en su regazo.
Que Dios lo tenga con Él.
Hasta la próxima, que será en vísperas de la
Navidad.
El Corresponsal.
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