| P. Fortunato. MADRID

Queridos hermanos:
Pasaron las vacaciones, y de nuevo cada religioso se
halla en su comunidad y en el puesto de trabajo, en
el ritmo de la vida que es preciso llenar de espíritu
para que nunca se convierta en rutina, porque
creemos en un Dios que hace todas las cosas nuevas.
Los hermanos que han disfrutado las vacaciones en
España, al lado de sus seres queridos, saben que
este verano ha sido pródigo en tormentas, y que, en
zonas muy localizadas, han asolado mieses, frutales,
hortalizas y viñedos. ¡Cuántos sudores y
esperanzas tronchan las tormentas de verano! Por
quebrar quiebran hasta el ritmo del salmo: "Al
ir, iba llorando, llevando la semilla; al volver,
vuelve cantando, trayendo sus gavillas". La
tormenta, el pedrisco, impide engavillar, y torna
lastimero el canto.
También en el plano comunitario hemos sufrido
varias nubadas. Una de ellas, al finalizar el mes de
julio, arrancó de nuestro lado al padre Félix
Alonso, dejando apenados a familiares, amigos y
hermanos agustinos recoletos. En toda la provincia
San José, y especialmente en esta casa de Madrid,
ha dejado un gran vacío y muchos recuerdos entrañables.
Este verano también hemos sufrido al conceder
licencia a dos hermanos sacerdotes para que vivan un
año fuera de la casa religiosa.
Mas sería injusto no reconocer los consuelos del
Dios que, a pesar de las pruebas, nos mantiene en
pie. Él es el mayor consuelo y el mejor consolador.
Un primer consuelo, el recibir la profesión
religiosa de cinco jóvenes -en la portada, con hábito
recoleto- que una vez concluido el año de noviciado
ya forman parte del teologado de Lima: Dios que
comenzó en ellos la obra buena, él mismo la lleve
a término. El segundo consuelo, los cuatro jóvenes
novicios en Monteagudo, fruto de muchos desvelos en
la pastoral vocacional y en los postulantados de
Palmira y Lima. Son semillas que requieren cuidado
permanente con la esperanza de poder cantar juntos
en la siega.
Consuelo y gratitud es también celebrar los 125 años
de presencia, apostolado y alabanza en el monasterio
de Yuso, en San Millán de la Cogolla. Esa presencia
recoleta jugó una baza decisiva para el
reconocimiento de ambos monasterios -Yuso y Suso-
como Patrimonio Cultural de la Humanidad. Mi
enhorabuena a los frailes que hoy cuidan con esmero
lo religioso, lo cultural y artístico del
monasterio.
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