TEXTOS UNIVERSITARIOS
EN DEFENSA DE LA UNIVERSIDAD P�BLICA

Por Ra�l Courel
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21 art�culos

1. La esencia p�blica de la universidad.
2. �Ama el gobernante la educaci�n, la ciencia y la cultura?.
3. Cambiemos la universidad.
4. Tres medidas para mejorar la educaci�n.
5. Educaci�n para hacer la Rep�blica.
6. La universidad p�blica, hoy.
7. Posgrados para este pa�s.
8. Sobre la universidad y su supeditaci�n al mercado.
9. En defensa de la universidad p�blica.
10. Una reforma impostergable.
11. Gestiones nuevas para las universidades p�blicas.
12. Nuestro sistema de titulaciones requiere cambios.
13. El diploma universitario, algo m�s que un t�tulo nobiliario.
14. Carreras universitarias para el crecimiento.
15. La Asamblea Universitaria elige Rector.
16. Un perfil para el Rector.
17. UBA: un gobierno m�s acad�mico.
18. Hacia una mejor organizaci�n de la UBA.
19. Violencia contra el rector.
20. Con la l�gica del trabajo.
21. Jubilaci�n en la UBA.

1. LA ESENCIA P�BLICA DE LA UNIVERSIDAD *
La raz�n y su uso p�blico, que integran la esencia de nuestras universidades nacionales, fueron claves en la gestaci�n de la modernidad. Era necesario que la raz�n se universalice convocando a todos los hombres a participar, libres e iguales, en la construcci�n de la nueva sociedad. El ejercicio independiente del intelecto, inspirado desde Descartes en el rigor de su propio m�todo, era una base ineludible. Librepensador, el hombre moderno deb�a ser soberano y hablar en nombre propio, sin supeditar su reflexi�n a pensamientos heredados o impuestos ni a intereses privados o de los gobiernos.
Kant ense�aba que las mentes, para emanciparse de preferencias y anhelos particulares, necesitan la br�jula del raciocinio puro. Se promov�a as� el uso p�blico de la raz�n; p�blico no porque lo ejerzan grandes masas de personas sino por la claridad universal de los argumentos. Su uso privado, en cambio, ata el juicio a las codicias de los ciudadanos o a los designios personales del pr�ncipe. Tampoco se confunde la raz�n del libre entendimiento con la raz�n de gobierno.
En los fundamentos de nuestra organizaci�n nacional se encuentra el ideal laico de la Ilustraci�n de fomentar, educaci�n p�blica mediante, la libertad del pensamiento basado en la raz�n. Se presume que �sta da sus mejores frutos en el espacio p�blico, permitiendo discernir con autonom�a de opiniones arbitrarias, basadas en ilusiones subjetivas o conveniencias ego�stas. Por eso hay una profunda paradoja en las pol�ticas de gobierno que suponen que la modernidad es sobre todo resultado del inter�s privado. En esencia, ella requiere de espacios p�blicos a la vez que aut�nomos, donde las ideas puedan nacer y desarrollarse en plena libertad respecto de toda potestad exterior a aquello que la sola raz�n impone.
La tradici�n educativa afirmada en nuestro pa�s por la generaci�n del ochenta permanece sin duda en la base del car�cter libre y creativo de nuestros intelectuales. Si algunos de nuestros estudiantes compiten con �xito en el mundo, si a�n sentimos en nuestro medio la efervescencia de pensamientos inquietos e inventivos, es porque la llama encendida por nuestros primeros estadistas todav�a quema.
Cabe reconocer las secuelas de ese esp�ritu en el concepto de autonom�a que impera en nuestras universidades nacionales. �ste es parte medular de la modernidad a la que el pa�s pretende adscribirse. La universidad alberga el esp�ritu p�blico de la raz�n universal, que rechaza la subordinaci�n del intelecto a la obsecuencia, a otras miras menores y tambi�n a los designios de los gobiernos.
Estas ideas, caras a nuestros pr�ceres, se pierden de vista cuando son los evaluadores de ventajas y riesgos econ�micos quienes forman la opini�n p�blica sobre nuestras universidades, sin ponderar que en ellas se concentra el m�s extenso conjunto de probadas vocaciones acad�micas, indispensable para la construcci�n de un pa�s soberano.
Se producen espejismos enga�osos cuando se cuestiona el hacer de nuestras universidades nacionales con perspectiva de gerentes de empresas. Si se cree que las pol�ticas educativas deben supeditarse a c�lculos de costos y beneficios no se podr� esperar otra cosa que repetici�n del atraso y la oscuridad. Los buenos negocios no aseguran por s� solos los destinos de los pueblos.
Nuestro tiempo asocia de manera in�dita el ansia de saber al af�n comercial. El siglo de las luces, en cambio, se construy� con mucha menos fuerza econ�mica y productiva que la hoy disponible en nuestra Argentina. El genio puede sobrevivir al fr�o y al hambre de la miseria, pero es incapaz de germinar en la pobreza intelectual. Nuestras tierras han conocido despotismos, aunque nunca ilustrados.
* Publicado en La Naci�n, secci�n Notas, 27/2/2002.
2. �AMA EL GOBERNANTE LA EDUCACI�N, LA CIENCIA Y LA CULTURA? *
En la mesa de gabinete, que el gobernante preside, el funcionario de educaci�n y cultura, como es l�gico, pide m�s presupuesto, mientras que el de econom�a, como es habitual, dice que no hay. Es el gobernante quien inclina la balanza, pero �por qu� habr�a de resolver a favor del primero si los beneficios que producir�an esos gastos parecen tan peque�os o lejanos comparados con otros?.
La cultura, la ciencia y el saber no se construyen cuando los hombres se limitan a buscar lucros o provechos cercanos. No es posible pintar un cuadro, empecinarse en resolver un complejo problema matem�tico, estudiar historia, reflexionar sobre la sociedad, investigar una enzima, escribir una poes�a, una novela o un ensayo, si falta la mera satisfacci�n de hacerlo, antes a�n que la expectativa de utilidad o r�dito econ�mico alguno. Del mismo modo, si en el gobernante falta amor al saber y a la cultura es poco probable que haya suficiente decisi�n para que las pol�ticas de Estado lleguen realmente a elevar la educaci�n, promover verdaderamente la ciencia y el arte, desarrollar la cultura y brindar, en fin, las condiciones adecuadas para que la inteligencia produzca sus mejores frutos. �Por qu� otra raz�n habr�a de hacerlo el gobierno si los beneficios electorales y los r�ditos econ�micos se obtienen, al menos por ahora, de manera m�s r�pida por otros medios?
Entre las condiciones personales que hacen de un gobernante un gran estadista hay algunas, infaltables, que no se dejan reconocer f�cilmente. Sus habilidades para triunfar en batallas electorales pueden estar a la vista, pero no alcanzan. Es preciso que lleve el fuego de otros berretines, que tal vez se descubren explorando m�s su vida privada que la p�blica. �Qu� hace el gobernante en sus ratos de ocio?.
Bol�var sin duda le�a mucho, es sabido que recorr�a a lomo de mula el continente llevando consigo una actualizada biblioteca, mucho m�s voluminosa que su guardarropa. Sarmiento y Mitre escrib�an magn�ficamente, �y cu�nto!. Para que el pr�ncipe sea mecena del artista no basta con que tenga los medios, es preciso que sienta, incluso tal vez hasta la envidia, aut�ntica admiraci�n por el talento, la belleza y la inteligencia, como Lorenzo de M�dicis o el papa Julio II por Miguel Angel y sus obras.
S�lo si el gobernante siente la pasi�n del verdadero estudioso sentir� que es preferible, por ejemplo, en vez de gastar cien millones de pesos en banalidades (como s� sucede), hacerlo en formar en el m�ximo nivel a mil j�venes investigadores para que den al sistema cient�fico argentino una m�s amplia base. S�lo si ha experimentado en s� mismo y hasta la extenuaci�n la efusi�n intensa de la lectura podr� resultarle intolerable que las bibliotecas no rebosen de libros al alcance de todos. S�lo si siente verdadero agradecimiento hacia los maestros que �l mismo tuvo podr� hacer lo que sea preciso para que ellos no les falten a sus hijos y gobernados. Lo har� no s�lo porque tiene la convicci�n de que esa es la base de cualquier futuro digno de ser querido, lo har� porque dentro de s�, en el tu�tano de su ser y de manera irrenunciable, ama el saber, la ciencia y la cultura.
* Publicado con el t�tulo �Si el gobernante ama la cultura...�. La Naci�n, secci�n Notas, 27/10/1998.
3. CAMBIEMOS LA UNIVERSIDAD *
La Universidad nacida de la Reforma de 1918 debe actualizarse, precisamente para asegurar y potenciar el alcance de sus principios. Es probable que no haya universitario que no piense que la Universidad de Buenos Aires necesita importantes cambios. La opini�n p�blica se manifiesta en igual sentido. Nuestra Universidad as� lo hab�a entendido y dio algunos buenos primeros pasos, reflejados, por ejemplo, en el documento de Col�n (Acuerdo de gobierno para la reforma de la Universidad de Buenos Aires (1995), celebrado en Col�n, provincia de Entre R�os.). Quienes conducimos las Facultades, empe�ados en mejorarlas, sabemos que es indispensable avanzar en todo el conjunto para facilitar e, incluso, posibilitar, mejoras fundamentales en cada uno de los lugares de nuestra vasta Universidad.
Dado el tama�o y la complejidad actual de la UBA, no es posible imaginar progresos reales sin planificar las acciones de manera sistem�tica y con nuevas metodolog�as. Se requiere organizar las tareas asegurando la representaci�n de todos los sectores de nuestra extensa instituci�n, con la colaboraci�n de los mejores expertos en planificaci�n universitaria. No ser� posible cambiar realmente nuestra casa si partimos del supuesto de que podemos hacerlo solos o teniendo en cuenta la perspectiva de solamente algunos. Contamos con funcionarios y t�cnicos con muy buenos criterios universitarios, pero nuestros procedimientos y sistemas de gesti�n no son aptos para operar en la escala que requiere la UBA actual. Nuestros par�metros organizativos son adecuados a la Universidad de algunas d�cadas atr�s, m�s peque�a y menos compleja.
Para producir los cambios imprescindibles se requiere un planeamiento racional y multidimensional, que evite improvisaciones y que asegure la interconexi�n de las partes. Se deben utilizar al m�ximo los propios recursos, tanto intelectuales como materiales, pero tambi�n el aporte de los mejores asesores y t�cnicos que encontremos en el pa�s y en el extranjero. Es cierto que nuestros medios econ�micos son muy escasos, pero si nos organizamos mejor y desarrollamos iniciativas y gestiones inteligentes podremos acceder a nuevas fuentes de financiamiento para avanzar.
Una transformaci�n profunda de la Universidad de Buenos Aires requiere, por parte de ella misma, una pol�tica universitaria potente y decidida, capaz de consecuencias de importancia no s�lo hacia su interior sino hacia las pol�ticas de Estado en materia educativa. La autonom�a de la Universidad respecto de cualquier poder o inter�s sectorial o gubernamental, econ�mico, pol�tico, confesional u otros, debe ser plenamente ejercida para cumplir su misi�n de llevar el conocimiento tan lejos como la inteligencia y la �tica sean capaces de ir. Por eso nuestra Universidad es p�blica, porque en ella se cultivan la raz�n y la �tica, que son p�blicas por su car�cter universal, no supeditado a beneficio privado alguno. Este principio, asiento �ltimo de toda buena pol�tica universitaria, asegura la formaci�n de la juventud para hacer las ciencias, desarrollar y aplicar las tecnolog�as, cultivar las artes, afirmar la cultura y discernir en todo aquello que permita al pensamiento, la creatividad y el accionar humano lograr sus m�s altos resultados.
La Universidad p�blica debe tener muchos alumnos, pero ofreci�ndoles opciones formativas mucho m�s diversas, capaces de atender las reales necesidades educativas de cada uno. No disponemos ahora del listado completo de t�tulos universitarios que la UBA deber�a y podr�a ofrecer, por eso es preciso crear r�pidamente la unidad t�cnica que haga los estudios pertinentes, teniendo en cuenta los recursos acad�micos disponibles, los distintos avances cient�ficos y disciplinarios y las aceleradas transformaciones del mundo laboral.
En nuestra Universidad se dicta un elevado n�mero de cursos, en una extensa variedad de disciplinas, que pueden complementarse y combinarse de diferentes maneras para formar parte de nuevos curr�culos y planes de estudio, tanto de grado como de posgrado. Para un planeamiento curricular integral es indispensable disponer de una base de datos que permita procesar, con facilidad y econom�a, toda nuestra oferta de ense�anzas, actual y potencial, incluyendo programas, bibliograf�as, docentes, modalidades pedag�gicas, etc. Hoy no sabemos con precisi�n la extensi�n que debe tener cada una de las carreras que dictamos y establecerlo requiere tareas que no se hacen de un d�a para otro. Entre otras cosas, necesitamos mecanismos para evaluar en toda la Universidad, de manera sistem�tica y continuada, las relaciones entre los distintos planes de estudios, los perfiles profesionales que corresponden a los t�tulos de salida y los requerimientos provenientes del mundo laboral de hoy, as� como los que se anticipan para el futuro. Tomemos ya mismo la decisi�n de poner a trabajar en ello a todos los t�cnicos de que disponemos coordinando bien el trabajo.
Son numerosas las acciones a realizar y sin duda varias de ellas necesitar�n de condiciones externas a la UBA para ejecutarse. No obstante, lo medular de una reforma que se quiere de verdad no tiene que esperar cambios exteriores para empezar a producirse. El �mpetu necesario s�lo puede provenir de la independencia respecto de las inercias que acostumbran al atraso. Es preciso que el debate de las pol�ticas universitarias adquiera la dimensi�n de las grandes pasiones colectivas. La reforma es un acto fundamental de pol�tica universitaria, imposible sin el real compromiso de muchos y sin el desinteresado desprendimiento respecto de fines menores. No se genera lo que hace falta resign�ndonos a las limitaciones que ocasiona la desprotecci�n en que el Gobierno sume a la educaci�n. La verdadera fuerza transformadora es libre de condiciones adversas, ellas no le hacen mella, por el contrario, la estimulan.
* Publicado en �Psicolog�a. Publicaci�n mensual informativa�, Facultad de Psicolog�a, UBA, A�o 9, N� 78, agosto de 1999.
4. TRES MEDIDAS PARA MEJORAR LA EDUCACI�N *
Es un hecho que los atrasos de nuestro pa�s en materia de educaci�n no se solucionan de un d�a para otro. Har�n falta varios a�os de trabajo perseverante en todos los niveles del sistema educativo para que nos encontremos en situaci�n comparable, por ejemplo, a la de la mayor�a de los pa�ses del hemisferio norte.
Es habitual que pensemos que el problema es econ�mico. Entendemos, y con raz�n, que sin inversiones mucho mayores que las actuales no ser� posible progresar realmente. No obstante, hay medidas capaces de producir grandes beneficios sin demandar gasto nuevo alguno. S�lo bastar�a claridad acerca de su utilidad y decisi�n pol�tica para implementarlas.
Por ejemplo: hay tres disposiciones muy sencillas y f�ciles de hacer cumplir en todo el conjunto del sistema educativo, tanto p�blico como privado, agrupado, para simplificar, en tres niveles: primario, secundario y universitario.
La primer disposici�n exigir�a que en el nivel primario, en todas las escuelas del pa�s, se garantice que todo alumno, sin excepci�n, lea al menos un libro entero por a�o, y haga, al menos una vez, comentarios verbales sobre �l en el aula.
La segunda disposici�n requerir�a que en todas y cada una de las materias del nivel secundario tambi�n se asegure la lectura de al menos un libro entero por a�o, agregando la obligaci�n de escribir algo acerca de �l, en la forma, por ejemplo, de las m�s comunes composiciones.
La tercera disposici�n corresponder�a a las universidades: exigir�a que en todos y cada uno de sus cursos, en cualquier carrera, sin excepci�n, el estudiante presente al menos un texto escrito, de al menos cinco p�ginas, que guarde las formas de los trabajos escritos universitarios, con resumen, palabras claves y referencias bibliogr�ficas de al menos tres fuentes.
Ninguna restricci�n deber�a imponerse a los modos de cumplir con estas tres exigencias. Que los libros, mientras sean eso y no otra cosa, se elijan con libertad. Que los comentarios, mientras sean hablados o escritos en castellano, digan lo que cada alumno piense al respecto. Que los escritos universitarios, mientras sean pertinentes a la materia y respeten las normas aceptadas de presentaci�n de textos universitarios, sean sobre temas elegidos con toda independencia.
No importa si en la escuela o colegio el alumno no lee en el a�o una sola p�gina m�s que el libro obligado, o si en cada curso universitario el estudiante no agrega una letra m�s a las que entran en las cinco p�ginas, ni una referencia m�s a las tres irremediables. El impacto de estas medidas residir�a precisamente en su cumplimiento universal, facilitado por la extrema simplicidad de su concepci�n, de su formulaci�n y de su implementaci�n.
* Publicado en La Naci�n, secci�n Notas, 26/5/2000.
5. EDUCACI�N PARA HACER LA REP�BLICA *
La educaci�n es una obligaci�n del Estado, entre otras razones, porque es indispensable que los ciudadanos hayan sido instruidos para hacer funcionar la Rep�blica, esto es: la cosa p�blica. El principal libro de texto para esta tarea es la Constituci�n, pero no se trata de estudiarla de memoria ni de recitarla, sino de llevarla a la pr�ctica, y no s�lo en las tribunalicias y otras oficiales sino en las de una extensa multitud de organizaciones civiles.
La carta magna ense�a que para cumplir los objetivos que enuncia su pre�mbulo, a saber: �constituir la uni�n nacional, afianzar la justicia, consolidar la paz interior, proveer la defensa com�n, promover el bienestar general y asegurar los beneficios de la libertad ...�, es necesario un correcto y equilibrado funcionamiento de tres poderes claramente diferenciados: el legislativo, el ejecutivo y el judicial. Para que eso sea posible es indispensable que los ciudadanos hayan aprendido, entre otras cosas, a representar a los dem�s, a asumir responsabilidades de servicio p�blico y a hacer valer derechos que est�n por encima de las conveniencias personales. Eso no se logra escuchando lecciones o pr�dicas, sino ejercitando, de manera habitual y desde muy temprano, formas y procedimientos que se corresponden con el concepto cardinal de la divisi�n de poderes, en actividades que van desde las l�dicas infantiles a las propias de un sinn�mero de organismos de la vida colectiva.
Desde el inicio de su educaci�n formal, los ni�os deber�an participar en centros o clubes escolares cuya organizaci�n m�s elemental estatuya las siguientes instancias: un cuerpo de representantes o delegados, encargados o mandatarios ejecutivos de las tareas a las que se abocaren, y evaluadores o jueces propios para ponderar cr�ticamente la marcha de las cosas y dirimir en los comunes entuertos internos que se producir�an.
As� como el Estanciero y el Monopolio ense�an a acumular riqueza, el tenis a competir individualmente, el f�tbol a hacerlo colectivamente y el truco a sacar partido de no tener nada, en tales centros o clubes los infantes aprender�an las reglas y se har�an duchos en delegar responsabilidades y en velar por su cumplimiento, en asumir encomiendas y en rendir cuentas de ellas, en someterse al arbitraje de sus pares y tambi�n en ejercerlo. Cada alumno, adem�s de estudiar las materias habituales, tendr�a que practicar el debate parlamentario con sus correspondientes normas, el manejo responsable de peque�os dineros de propiedad colectiva, la toma de decisiones y la planificaci�n, desarrollo y acompa�amiento de iniciativas que involucren tanto a pr�ximos como a lejanos.
Una disposici�n de rango nacional podr�a establecer que todas las escuelas y colegios, p�blicos y privados, posean como actividad extracurricular obligatoria la participaci�n en un centro, club, ateneo o sociedad estudiantil con las caracter�sticas se�aladas. El Ministerio de Educaci�n distribuir�a el esquema gen�rico de sus estatutos o reglamentos, contemplando la estructura y elementos b�sicos de la misma Constituci�n de la Naci�n.
La formaci�n de una dirigencia pol�tica mejor preparada para gestionar las instituciones de la Rep�blica es solidaria de la de toda la ciudadan�a, y tiene que comenzar junto al aprendizaje de las primeras letras.
* Publicado en La Naci�n, secci�n Notas, 22/12/2001.
6. LA UNIVERSIDAD P�BLICA, HOY. *
En el fondo, el principal problema que tenemos para darnos una adecuada pol�tica universitaria es la frecuente confusi�n acerca de qu� son las universidades en el mundo moderno. Por una parte est� la generalizada coincidencia sobre la necesidad de poner al d�a el sistema universitario, asegurando est�ndares cient�ficos y acad�micos m�s acordes con los internacionales y formar profesionales con perfiles m�s flexibles y diversificados e, incluso, en mayor n�mero. Lamentablemente, las estrategias que se proponen suelen partir de un error fundamental: considerar que las universidades son empresas econ�micas u �rganos de gobierno como cualquier otro.
Este desacierto est� en la base de dos ideas que hoy se difunden en la opini�n p�blica. Una es que nuestras universidades nacionales son empresas ineficientes que administran mal sus recursos, como las empresas estatales de las que nuestros sucesivos gobiernos se vienen desembarazando. La otra es que, en vez de dedicarse a sus tareas espec�ficas, se dedican a hacer pol�tica. La consecuencia es que un n�mero cada vez m�s extenso de ciudadanos cree que nuestras universidades p�blicas son lastres econ�micos u organismos poco confiables, y que lo mejor ser�a rematarlas.
Estas ideas no se compadecen con el hecho de que una universidad como la de Buenos Aires, por ejemplo, con s�lo el 3,2 % de la inversi�n del tesoro nacional en ciencia y tecnolog�a sostiene el 20 % de los investigadores del pa�s y genera el 29,1 % de las publicaciones cient�ficas argentinas y el 10 % de las de Sudam�rica. Tampoco son congruentes con el dato de que cada uno de los estudiantes de esta misma universidad cuesta s�lo unos 1300 pesos anuales, a diferencia del promedio en el pa�s que ronda los $2000, o del de Harvard, donde ese costo supera los $70.000. Ninguna correcci�n a estos indicadores mostrar�a a la UBA menos eficiente que cualquier otra universidad del mundo, y sin duda ninguna universidad privada de este pa�s produce proporcionalmente tanto con tan poco.
Pero el quid de la cuesti�n es otro. Las universidades no son empresas econ�micas porque sus fines no son producir ganancias econ�micas, al menos nunca de manera directa. Si bien ellas alimentan con ciencia y tecnolog�a la producci�n de bienes y servicios, est� demostrado que dan sus mejores frutos cuando las anima la b�squeda de la verdad y no la del lucro. Con este criterio funcionan las mejores universidades del mundo, que promueven la investigaci�n b�sica no menos que la aplicada y que conceden la m�xima libertad para investigar sin urgir r�ditos monetarios. �ste es el primer sentido que tiene el principio de autonom�a universitaria en este tiempo de auge del capitalismo; el segundo, no menos importante, es el que libera a las universidades de restricciones pol�ticas o gubernamentales, incluso cuando son p�blicas.
Las universidades no son organismos de gobierno en tanto no est�n hechas para mandar, ni para legislar, ni para impartir justicia. S� lo son en la medida en que las ciencias, las tecnolog�as y los saberes que ellas ense�an predominan en la sociedad contempor�nea, �gobernando� su funcionamiento. No obstante, las tareas espec�ficas de las universidades se distinguen n�tidamente de las de gobernar. Por eso los Estatutos Universitarios conceden a quienes efectivamente se dedican a ellas - los integrantes de la comunidad universitaria: los doctos y estudiosos - y s�lo a ellos, la potestad de elegir con plena autonom�a tanto sus reg�menes de funcionamiento como sus autoridades.
Claro que hay pol�tica en el interior de las universidades, como la hay en todo organismo social. Pero la que se desarrolla en ellas es muy especial, con aspectos esenciales no comparables a los propios de otras instituciones. En tiempos cercanos, la Facultad de Medicina de la Universidad de Buenos Aires infringi� gravemente disposiciones del Consejo Superior, sin embargo, este cuerpo no dispuso su intervenci�n. El debate fue arduo; por un lado la necesidad de que las distintas partes de la Universidad se cuadren a su propio gobierno, por otro, el acendrado respeto a las �nicas autoridades de una Facultad que gozan de legitimidad estatutaria: las elegidas por sus claustros. A mi modo de ver, fue decisivo el hecho de que la Universidad, por ser tal, est� siempre m�s inclinada al razonamiento y a la explicaci�n que a la fuerza y a la imposici�n. El resultado no fue malo, por el contrario, fue la propia Facultad de Medicina, en el estricto marco de las normas institucionales, la que opt�, libre y democr�ticamente, por compaginar su organizaci�n acad�mica con las del resto de la Universidad.
Bien le vendr�a al pa�s el m�s vigoroso apoyo a nuestras universidades p�blicas. El Estado no parece capaz por ahora de incrementar nuestros escasos medios, pero no debe cometer el error de reducirlos a�n m�s, por raz�n an�loga a que en ning�n caso se debe dejar isqu�mico al cerebro. No se ahorra en sobrevivir.
Vengan las empresas a construir aulas, bibliotecas y laboratorios, vengan a fortalecer nuestros hospitales, editoriales y sistemas inform�ticos, vengan a premiar los talentos y esfuerzos, ver�n que sacaremos el jugo de esos dineros mejor que nadie. Simplemente porque en nuestras universidades p�blicas se concentra la mayor masa de inteligencia con que cuenta el pa�s, que ha demostrado con creces que persiste en hacer docencia, investigaci�n y extensi�n universitaria con las gratificaciones econ�micas m�s exiguas. �Vaya si lo ha demostrado!.
* Publicado en La Naci�n, secci�n Notas, 12/1/2001.
7. POSGRADOS PARA ESTE PA�S. (1)
Una funci�n estrat�gica principal de la universidad p�blica argentina es la formaci�n de las inteligencias en las fronteras m�s avanzadas del pensamiento, de la ciencia y de las tecnolog�as. En nuestro pa�s devastado por la peque�ez de perspectivas que vienen orientando a nuestros gobiernos, nada es m�s urgente que incrementar substancialmente el n�mero de ciudadanos que no s�lo se desempe�an con solvencia y eficacia en los exigentes y competitivos c�nones del mundo laboral de hoy, sino que se valen de la m�s verdadera libertad, que no es la libertad de lucrar sino la de pensar con autonom�a de criterio, indispensable para construir un pa�s �nico y singular, el nuestro, no uno que sue�e con parecerse a Estados Unidos, a Francia, a Canad�, a Espa�a o a Australia. No una Argentina que se solaza en exceso encontrando en Buenos Aires las cabinas telef�nicas de Londres, vistiendo ropa tra�da de Italia o psicoanaliz�ndose en Francia.
Sin la libertad que libera de ser simulacro o calco de aquello que no somos, falta el sost�n de cualquier vida que merezca ser vivida con orgullo, y bien cabe tambi�n la expresi�n de Monlau: �Claro es que sin libertad no habr�a responsabilidad, ni, por consiguiente, moralidad en los actos; etc.�.(2)
Un economista como Jeffrey Sachs, director del Centro para el Desarrollo Internacional de la Universidad de Harvard, dec�a textualmente hace unos d�as en una nota referida a la Argentina aparecida en el diario La Naci�n: �Los que hicieron las reformas de mercado se concentraron en reducir el tama�o del Estado, pero se olvidaron del papel del Estado en aumentar la capacidad tecnol�gica del pa�s ... Un sistema de mercado que funcione bien ayuda a atraer inversiones en alta tecnolog�a y promueve la formaci�n de empresas nacionales de ese sector. Sin embargo, una econom�a de alta tecnolog�a necesita tambi�n universidades fuertes, con altos �ndices de matriculaci�n y un apoyo a gran escala del gobierno para la investigaci�n cient�fica�. Agrega tambi�n: �la Argentina no ha hecho una transformaci�n exitosa de una econom�a basada en tecnolog�a. Las reformas que se aplicaron ayudaron a acabar con la inflaci�n, pero ignoraron la necesidad del gobierno de promover una econom�a basada en el conocimiento�.(3)
Necesitamos con la mayor urgencia alimentar el cerebro de nuestro pa�s y desarrollar su lucidez, asoci�ndonos con los otros del mundo para hacer aquello que no podemos hacer solos, pero sin confusiones, advirtiendo que la l�gica pura del mercado s�lo garantiza la ventaja de quien tiene el mayor poder de compra, nunca el inter�s del socio pobre. De otro modo el peso ser� el d�lar, Aerol�neas ser� Iberia, el castellano un mal ingl�s plagado de latinismos y nosotros ciudadanos sin patria propia porque la tendremos por adopci�n.
Un decano colega, cuya agudeza admiro, subrayaba hace poco que las universidades nacionales argentinas son el �ltimo espacio p�blico que resta en este pa�s, todav�a sin un proyecto independiente a la vez que integrado al mundo, que entusiasme las voluntades y que d� a esta �nica vida que cada uno de nosotros tiene, y a la de nuestros hijos, que queremos ver en nuestra tierra, no emigrando, la alegr�a de hacer lo nuestro, no lo ajeno.
Esta universidad congrega la masa intelectual de mayor envergadura con que cuenta esta Naci�n, que ha demostrado con creces su capacidad de hacer mucho con casi nada. Hace falta potenciar sus alcances, alimentarla con los �ltimos desarrollos en nuestras disciplinas, poner a trabajar a nuestros graduados para que participen aqu� de la m�s activa f�brica de ideas, conocimientos e instrumentos de transformaci�n, aptos y potentes para que sirvan a nuestra sociedad y en nuestro territorio. No encontremos en este bello edificio parecidos con universidades del extranjero, sino el trabajo de nuestra propia gente. Antes que las meritorias capacidades y logros de hombres lejanos, valoremos los no menos meritorios de los m�s cercanos, porque no faltan los mejores ejemplos.
Las Facultades de Ciencias Econ�micas y de Psicolog�a aqu� dejan de ser conjuntos cerrados, m�s que juntarnos, nos abrimos, y no somos nosotros sino es la misma Universidad de Buenos Aires la que se abre. Son la vitalidad y la energ�a que salen del interior de esta querida universidad las que rebasan los viejos moldes napole�nicos de nuestra organizaci�n actual. Empiezan a superarse fronteras y a acortarse distancias, hoy en este espacio com�n, muy pronto en los proyectos acad�micos. Nuestras estrategias de desarrollo buscar�n complementar entre s�, con los criterios curriculares m�s modernos, la rica heterogeneidad de ense�anzas que nuestras facultades est�n en condiciones de ofrecer a la sociedad. No ser� s�lo el posgrado lo potenciado, el grado deber� alimentarse con lo que aqu� produzcamos y los doctorados y maestr�as avanzar�n en una buena amalgama con nuestro sistema de investigaciones.
Agradezcamos y felicitemos a los funcionarios y empleados que han trabajado poniendo todo de s� para que las cosas estuvieran a punto, y dediqu�mosles el resultado a los estudiantes, que son sus verdaderos destinatarios porque son el futuro.
1. Discurso en la inauguraci�n del Centro de Estudios de Posgrados de las Facultades de Ciencias Econ�micas y Psicolog�a de la Universidad de Buenos Aires, el 31 de mayo de 2001. Publicado en �Psicolog�a. Publicaci�n mensual informativa�, Facultad de Psicolog�a, UBA, A�o 11, N� 95, junio de 2001.
2. Gran Diccionario de la Lengua Castellana (de Autoridades) por Aniceto de Pag�s, Tomo III, p. 72.
3. Jeffrey Sachs. Diario La Naci�n del 29/5/01, p.17.
8. SOBRE LA UNIVERSIDAD Y SU SUPEDITACI�N AL MERCADO. *
El universitario del mundo moderno es en buena medida reconocido por su relaci�n a saberes cuya construcci�n se quiere rigurosa, estrictamente hablando: cient�fica. Precisamente, la universidad actual es una instituci�n fundamental de la sociedad por medio de la cual el saber de las ciencias oficializa su predominio. Ello se afirm� con la filosof�a positivista en el siglo pasado y se ha extendido en nuestro tiempo.
Las ciencias, asociadas a escala planetaria con la vigencia de pol�ticas que apoyan la m�s amplia sujeci�n a las leyes econ�micas del libre mercado, produjeron transformaciones cruciales en el mundo. La extensi�n de la funci�n del valor de cambio - del �precio�, en fin - afecta profundamente tanto las condiciones de producci�n como los dispositivos y modos de calificaci�n del saber cient�fico. Se alienta as� el imperativo que cae sobre las universidades de asumir papeles l�deres en la generaci�n de valores de cambio.
Hoy pocos discuten que la formaci�n cient�fica y profesional que ofrecen las universidades debe posibilitar que el precio en que se cotice el trabajo de sus graduados sea elevado. Obs�rvese que el valor de los t�tulos universitarios en los mercados laborales adquiere progresivamente mayor importancia en la obtenci�n de recursos para financiar las instituciones que los otorgan. La disponibilidad de pr�stamos bancarios para realizar estudios universitarios de grado y posgrado en los Estados Unidos, por ejemplo, hoy no tiene otra frontera que la fijada por el c�lculo de su amortizaci�n con los retornos que las inversiones en ellos devengaren.
Como se advierte, a medida que el mundo se unifica bajo las leyes del mercado, el valor que se atribuye al saber tiende a reducirse a su precio. En estas circunstancias, nuestras universidades se encuentran con una paradoja: para sostener buenos niveles acad�micos deben regular sus planes atendiendo a cotizaciones mercantiles que, en esencia, no requieren tener en cuenta valores estrictamente acad�micos. De este modo, en el concepto de �formaci�n de alta calidad�, se confunde la aspiraci�n a extender las fronteras del saber con el prop�sito de lograr los mejores valores de venta en el mercado.
Lo referido influye sobre los criterios y mecanismos de evaluaci�n de las actividades docentes y de las investigaciones que se llevan a cabo. La valoraci�n econ�mica del saber afecta en forma cada vez m�s decidida el nacimiento, el desarrollo y el futuro de las m�s diversas ense�anzas y actividades universitarias, condicionando pr�cticamente todas las estrategias para elevar los est�ndares de capacitaci�n cient�fica y profesional. Se vuelve as� normal y corriente que los gobiernos apremien la revisi�n y actualizaci�n de los sistemas educativos atendiendo a estos par�metros.
Sigue igual criterio la promoci�n de �reas de formaci�n no contempladas en los curr�culos tradicionales, que se respalda con cada vez mayor exclusividad, en indicadores de potenciales beneficios econ�micos. Con igual perspectiva se incorporan sistemas de gesti�n, organizaci�n y funcionamientos que perfeccionan la adecuaci�n a los nuevos est�ndares. Asimismo, la tecnificaci�n inform�tica, que facilita los intercambios acad�micos y cient�ficos en redes e integra los sistemas de elaboraci�n y de circulaci�n del saber en el mercado globalizado de conocimientos, se desarrolla seg�n los par�metros que la l�gica mercantil impone.
Conviene ponderar tambi�n los efectos desfavorables de la aplicaci�n de iguales est�ndares en la evaluaci�n de las universidades de cualquier pa�s, sin tener en cuenta sus particulares condiciones econ�micas, sociales y culturales. Las propuestas de evaluaciones externas de nuestras universidades suelen responder al objetivo �ltimo de calcular los l�mites estructurales de desenvolvimiento en los nuevos contextos econ�micos globales. La elaboraci�n de las pautas que se aplican carga sobre s� la delicada responsabilidad de estimar de manera apropiada las singularidades regionales. El punto es fundamental porque afecta al reconocimiento de las ventajas comparativas que cada regi�n ofrece al conjunto para el desarrollo de estudios particulares, dif�cil de llevar a cabo sin abandonar una excesiva sujeci�n a par�metros �nicos de comparaci�n.
En lo que respecta a la Universidad de Buenos Aires �nuestro referente inmediato- subrayemos su ubicaci�n en un sector del globo donde no son habituales las m�s altas cotizaciones del mercado. No obstante, ella se ha mostrado, y se muestra, capaz de formar cient�ficos y profesionales de primera l�nea, internacionalmente reconocidos como tales. Al mismo tiempo, ella puede explotar mejor sus posibilidades de sobresalir en �reas en las que nuestro pa�s tiene potencialmente ventajas comparativas y que a�n no han sido suficientemente fomentadas. La psicolog�a es un buen ejemplo de ellas, debido a que puede desarrollarse fuertemente, sin insumir costos elevados, con grandes beneficios para el pa�s y con posibilidades de obtener r�pidamente importantes reconocimientos en el contexto internacional. La posibilidad de llevar adelante pol�ticas de esta �ndole supone una mayor atenci�n y valorizaci�n de las particularidades de las distintas regiones en las pautas de evaluaci�n de las distintas actividades universitarias.
Por �ltimo, debido a que en la vida universitaria se anudan las dimensiones acad�micas con las pol�ticas, y a que la universidad actual no es escol�stica ni contemplativa, las cuestiones �ticas son ineludibles para considerar la significaci�n y las consecuencias de la actividad universitaria en la sociedad. Hoy los universitarios somos interpelados a nivel �tico, por ejemplo, respecto a las distintas implicaciones del dominio que las tecnolog�as ejercen en la cultura y en la vida social. Nunca antes se hab�an dejado sentir con tanta claridad las contradictorias consecuencias que tiene la atadura contempor�nea del saber a las leyes econ�micas. Dar respuesta a la proliferaci�n de interrogantes que de aqu� se derivan es una de las tantas tareas que apremian a la inteligencia de nuestra �poca. En estos temas, cruciales en la inserci�n de la universidad en la sociedad actual, se advierten las dimensiones m�s actuales de nuestros compromisos.
* Publicado en �Psicolog�a. Publicaci�n mensual informativa�, Facultad de Psicolog�a, UBA, A�o 11, N� 98, septiembre de 2001.
9. EN DEFENSA DE LA UNIVERSIDAD P�BLICA. *
Estamos aqu� para dar inicio al funcionamiento de un espacio que ha creado el Consejo Directivo para atender a la necesidad de nuestra comunidad acad�mica de elaborar ideas y posiciones en relaci�n con la situaci�n de nuestra Universidad, y de las Universidades nacionales y p�blicas, en este momento tan dif�cil de la vida del pa�s. La grave situaci�n hace indispensable que dispongamos de nuevos dispositivos colectivos e institucionales para encarar nuestro accionar futuro.
Estamos en una Universidad que est� cumpliendo 180 a�os de existencia. Dentro de esa larga historia, remont�monos por un instante a 1918, a�o en que nace verdaderamente el esp�ritu que tiene todav�a esta Universidad de Buenos Aires, en lo que conocemos como la Reforma Universitaria del 18. Mencionar� lo esencial, porque tiene vigencia hoy y porque la tendr� siempre que se trate de la Universidad, que es el principio de la autonom�a universitaria, muchas veces atacado sin comprender de qu� se trata.
Autonom�a universitaria no quiere decir libertad de hacer lo que se le d� la gana a cualquiera que est� en la Universidad. Este principio fundamental se�ala la necesidad de que el espacio donde se produce el saber y se forman los profesionales, los cient�ficos y los intelectuales, debe preservarse de injerencias externas que desnaturalicen su esencia.
La importancia de aquella hist�rica reforma reside en que hab�a que salvaguardar la libertad de la inteligencia respecto de los intereses particulares, e incluso de los intereses de los gobiernos. La universidad deb�a ser aut�noma para tener docentes elegidos por criterios acad�micos y no por el dedo de autoridades exteriores a la vida propiamente universitaria. La universidad p�blica, para cumplir adecuadamente con su funci�n, se debe gobernar con independencia de cualquier tipo de inter�s privado o sectorial. No es bueno para el pa�s, por ejemplo, que el desarrollo de su sistema universitario dependa de los vaivenes de la econom�a. No lo es porque de ning�n modo la universidad tiene que atender s�lo a lo que resulte rentable. Por esta raz�n principal es que sostenemos que las actuales pol�ticas estatales son insuficientes para cuidar y cultivar la inteligencia de nuestra sociedad.
En pa�ses latinoamericanos cercanos se puede ver la triste subordinaci�n de los planes y conducciones universitarias a los m�s pedestres intereses empresariales de los directorios de universidades privadas. Nada tenemos contra las universidades privadas, muchas de ellas son buenas y contribuyen al pa�s. Pero no pervirtamos la funci�n social y cultural de la universidad supedit�ndola a los intereses del mercado. En un pa�s pobre como el nuestro es f�cil decir que primero hay que dedicarse a cosas m�s urgentes, para despu�s, cuando hayan m�s recursos, atender a la formaci�n de la gente y al desarrollo de la ciencia y del conocimiento. No creemos eso, por el contrario, pensamos que no hay desarrollo posible para el pa�s si su inteligencia no se cultiva con el rigor que s�lo la autonom�a de la universidad puede asegurar.
Necesitamos, entonces, defender una universidad aut�noma, cuyas estrategias de planeamiento y de conducci�n no est�n supeditadas a las conveniencias del mercado. No defendemos una corporaci�n sino una instituci�n esencial de la rep�blica. Se juegan ac� cuestiones vitales para el futuro del pa�s. Este es uno de los pocos espacios p�blicos que a�n subsisten en nuestra sociedad donde puede haber desarrollo libre del pensamiento.
No enfrentamos problemas livianos que pueden superarse f�cilmente. Los tiempos exigen el debate y la Universidad debe ejercer plenamente su capacidad de reflexi�n. Tenemos que prepararnos en muchos niveles para defender la Universidad en un per�odo prolongado de tiempo y para hacerlo necesitamos que la Facultad se mantenga abierta, con nuestros alumnos y docentes en las aulas. Debemos hacerlo, adem�s, cuidando el funcionamiento institucional. Las asambleas y reuniones que se realizan libremente en distintos sectores de nuestra comunidad muestran cu�nta preocupaci�n y celo por la Universidad hay entre nosotros. Todo este movimiento debe cerrar filas alrededor del gobierno de la Facultad, elegido por sus claustros, seg�n lo dispone el Estatuto Universitario. Es fundamental que aquellos que no se sienten representados por las actualidades autoridades universitarias no confundan la defensa de la normatividad de la instituci�n con la de su ocasional gobierno.
Debemos funcionar conforme a las disposiciones del Estatuto Universitario, su defensa es la misma que la defensa de la universidad p�blica, porque �l establece un sistema de gobierno que asegura su autonom�a. Seguramente el Estatuto Universitario es perfectible, pero ser� la propia comunidad universitaria la que lo modifique. Este gobierno de la Universidad, incluyendo al de esta Facultad, han resistido sin claudicaciones, incluso en acciones ante el Poder Judicial, las pretensiones de que adecuemos nuestra norma fundamental a los criterios de una ley de educaci�n superior que no estuvo a la altura de las necesidades del pa�s.
Como es nuestra obligaci�n promover la activa participaci�n de toda nuestra comunidad acad�mica en el an�lisis de la situaci�n, en la elaboraci�n de propuestas y en la implementaci�n de acciones, una de las resoluciones del Consejo Directivo es la creaci�n de esta c�tedra abierta en defensa de la Universidad p�blica. Necesitamos de este nuevo dispositivo que ser�, como dice el texto de la Resoluci�n, �un espacio semanal de reflexi�n que convoque a la participaci�n de docentes y estudiantes para discutir propuestas acerca de la Universidad que necesita la Argentina sin perder su condici�n de estatal, p�blica y gratuita� (Resoluci�n (CD) N� 798). Por �ltimo, necesitamos tambi�n de la amistad entre los universitarios para hacer las tareas que tenemos por delante, que son muchas y complicadas.
La clase inaugural la dar� el profesor Jos� T�pf, uno de nuestros profesores m�s comprometidos con la Facultad en toda su historia. �l la conoce como nadie y nos ha parecido que era de entre nosotros el hombre indicado para dar esta primer clase. Le cedo entonces la palabra.
* Presentaci�n, el 20 de septiembre de 2001, de la "C�tedra abierta en defensa de la Universidad p�blica". Publicada en �Psicolog�a. Publicaci�n mensual informativa�, Facultad de Psicolog�a, UBA, A�o 11, N� 99, octubre de 2001.
10. UNA REFORMA IMPOSTERGABLE. *
Las universidades nacionales argentinas han resistido en la �ltima d�cada los embates de una pol�tica educativa que, entre otros desaciertos, ha menospreciado la funci�n que la comunidad universitaria puede y debe tener en la construcci�n de un pa�s mejor. Puede, porque en ella trabaja el conjunto m�s extenso de inteligencia reconocida de esta Naci�n. Debe, porque si el futuro de la ciencia y de la cultura en esta tierra no cuenta con sus ra�ces propias, tirar� el agua de la ba�era con el beb� adentro, condenando nuestro pensamiento a ser completo ap�ndice de lo que venga del centro del mundo.
El gobierno anterior operaba con la premisa de que el grueso de nuestros universitarios poco sirve a la modernidad globalizada. Confund�a el hecho de que la Universidad debe enriquecerse en una muy �gil interacci�n con los mejores centros del extranjero, con el concepto - que, a mi juicio, no descarta fuentes neur�ticas - de que lo bueno est� siempre lejos. No es s�lo psicolog�a, el planeta se ha convertido en una red de intercambios m�s fluidos, democr�ticos y horizontales, pero tambi�n ha producido una homogeneizaci�n de paradigmas en la civilizaci�n que honra en exceso algunas ideas bastante gansas, por ejemplo: la de que aquello que no vale buen dinero es, en definitiva, secundario y prescindible. El tesoro intelectual y cultural de la Argentina todav�a no cotiza en bolsa, pero no faltan yuppies que lo proponen.
La comunidad universitaria espera de las nuevas autoridades nacionales un decidido compromiso con pol�ticas educativas adecuadas a la envergadura de lo que est� en juego, pero sabe que deber� corresponder a ellas con nuevas iniciativas y mucho trabajo. El estado de cosas no nos promete menos esfuerzos sino, por el contrario, nos obliga a pasar la prueba, ya no de aguantar, sino de demostrar la mayor capacidad acad�mica y fuerza transformadora.
La Universidad nacida de la Reforma de 1918 debe actualizarse, precisamente para asegurar y potenciar el alcance de sus principios. Es probable que no haya universitario que no piense que la Universidad de Buenos Aires, entre otras, necesita importantes cambios. La opini�n p�blica se manifiesta en igual sentido. Quienes conducimos sus Facultades, empe�ados en mejorarlas, sabemos que es indispensable avanzar en todo el conjunto para facilitar e, incluso, posibilitar, pasos fundamentales en cada uno de sus lugares.
Dado el tama�o y la complejidad actual de la UBA, no son posibles progresos reales sin planificar las acciones de manera sistem�tica y con nuevas metodolog�as. Se requiere organizar, con la colaboraci�n de los mejores expertos en planificaci�n universitaria, la participaci�n de los distintos sectores de nuestra extensa instituci�n. No ser� posible cambiar nuestra casa si partimos del supuesto de que debemos hacerlo solos o teniendo en cuenta la perspectiva de solamente algunos. Contamos con buenos criterios universitarios, pero nuestros procedimientos y sistemas de gesti�n no son aptos para operar en la escala que hoy se necesita. Nuestros par�metros acad�micos, que deben ser exigentes, requieren de nuevas formas organizativas, las actuales fueron pensadas para la instituci�n m�s peque�a y menos compleja de algunas d�cadas atr�s.
Para producir los cambios imprescindibles se requiere que las casas de altos estudios sean capaces de producir planeamientos racionales y multidimensionales, que eviten improvisaciones y que aseguren la interconexi�n de las partes. Debemos utilizar al m�ximo los propios recursos, tanto intelectuales como materiales, pero tambi�n el aporte de los mejores asesores y t�cnicos que encontremos en el pa�s y en el extranjero. Es cierto que nuestros medios econ�micos son escasos, pero con inteligencia y una mejor organizaci�n podremos acceder a nuevas fuentes de financiamiento para avanzar.
La Universidad puede tener muchos alumnos, pero debe brindarles opciones formativas mucho m�s diversas, capaces de contemplar las reales necesidades de educaci�n superior de cada uno. En nuestra Universidad se dicta un elevado n�mero de cursos, en una extensa variedad de disciplinas, que pueden complementarse y combinarse de diferentes maneras para formar parte de nuevos planes de estudios, tanto de grado como de posgrado. Deberemos crear la unidad t�cnica que haga los estudios pertinentes, ponderando los recursos acad�micos disponibles, los distintos avances cient�ficos y disciplinarios y las aceleradas transformaciones del mundo laboral. Es indispensable disponer de un listado lo m�s completo posible de los t�tulos universitarios que la UBA puede ofrecer.
Son numerosas las acciones a realizar y algunas necesitar�n de condiciones externas para ejecutarse. No obstante, lo medular de una reforma que se quiere de verdad no tiene que esperar cambios exteriores para empezar a producirse. El �mpetu necesario s�lo puede provenir de la independencia respecto de las inercias que acostumbran al estancamiento. Es preciso que el debate de las pol�ticas universitarias adquiera la dimensi�n de las grandes pasiones colectivas. La reforma es un acto fundamental de pol�tica universitaria, imposible sin el real compromiso de muchos y sin el desinteresado desprendimiento respecto de fines menores.
La autonom�a de la Universidad respecto de cualquier poder o inter�s sectorial, econ�mico, pol�tico, confesional u otro cualquiera, debe ser plenamente ejercida para cumplir su misi�n, que es llevar el conocimiento tan lejos como el talento y la �tica sean capaces de llevarlo. Por eso nuestra Universidad es p�blica, porque en ella se cultivan la raz�n y la �tica, p�blicas en su car�cter universal, no supeditadas a beneficio privado alguno. Este principio es la piedra angular sobre la que las pol�ticas universitarias modernas sostienen la formaci�n de la juventud para hacer las ciencias, desarrollar y aplicar las tecnolog�as, cultivar las artes, afirmar la cultura y discernir en todo aquello que permita al pensamiento, la creatividad y el accionar humanos lograr sus m�s altos resultados.
* Versi�n original del texto publicado con el mismo t�tulo en La Naci�n, secci�n Notas, 27/12/ 1999.
11. GESTIONES NUEVAS PARA LAS UNIVERSIDADES PUBLICAS.*
En pa�ses como el nuestro, donde con frecuencia no se elige al m�s id�neo para desempe�ar una tarea, y que no concede a la ciencia una importancia acorde con nuestras aspiraciones de progreso, es f�cil que las universidades sean vistas como una mera ocasi�n de ping�es negocios. Pero confundir a las universidades con empresas econ�micas es ignorar su funci�n espec�fica en las sociedades modernas, que el principio de autonom�a universitaria debe preservar. La gran virtud de la reforma universitaria de 1918 fue conceder la responsabilidad de gobernar la universidad a los mismos universitarios, a trav�s de �rganos colegiados, representativos y aut�nomos. Se quiso as� asegurar la libertad de la inteligencia respecto de condicionamientos e intereses pol�ticos, religiosos, econ�micos e ideol�gicos, indeseables para la sana y pujante actividad cient�fica y acad�mica que es indispensable en cualquier pa�s que se quiere soberano y pr�spero.
Sin embargo, para cumplir con esta misi�n, nuestras universidades nacionales necesitan modernizar sus gestiones, dot�ndolas de los sistemas de planeamiento y de administraci�n m�s actualizados y tecnologizados que nuestro tiempo ha producido. Muchos pasos se han dado en esta direcci�n, pero es un hecho que una de las m�s graves consecuencias de la continuada escasez de recursos es la todav�a insuficiente actualizaci�n de nuestros sistemas de gesti�n.
El tema es de importancia clave para salvaguardar el papel fundamental de las universidades p�blicas en el pa�s. Un ejemplo paradigm�tico lo ofrece la detenci�n que sufri� el proceso de reforma de la Universidad de Buenos Aires, promovido en su momento por el actual Rector y que cont� con el un�nime apoyo del Consejo Superior para su lanzamiento. El prop�sito inicial de realizar una reforma integral se transform� en una serie de procesos separados unos de otros que se llevaron a cabo en distintas partes de la universidad, elogiables por cierto, pero desprovistos del alcance pretendido.
No fue falta de claridad ni de voluntad pol�tica acerca de qu� deb�amos hacer. Exist�an coincidencias generales m�s que suficientes para avanzar hacia una verdadera revoluci�n en la educaci�n superior en la Argentina, pero carec�amos de la organizaci�n, de los procedimientos y de los apoyos t�cnicos adecuados para llevar a cabo una empresa de semejante envergadura y complejidad.
Para ilustrar: entre otras limitaciones, no se dispon�a de una base de datos informatizada del conjunto de ense�anzas que la Universidad de Buenos Aires estaba en condiciones de brindar, que hiciera manejable el c�mulo de informaciones a tener en cuenta. En consecuencia, no era posible estudiar de manera sistem�tica todas las posibilidades de complementar la extensi�n y diversidad de la oferta de cursos, tanto disponible como potencial, de nuestra vasta universidad.
Los �rganos colegiados que gobiernan nuestras universidades deben deliberar, tratando los temas con profundidad y procurando consensos en la definici�n de las pol�ticas universitarias. La l�gica parlamentaria con que se lleva a cabo esta tarea es necesariamente demorada y debe preservarse, pero sin trasladarla a las actividades de gesti�n ejecutiva, que deben ser �giles, instrumentalmente id�neas, ejercidas por funcionarios cuidadosamente seleccionados por su oficio y por sus calificaciones, especializados en gesti�n universitaria. Esta distinci�n entre las instancias de decisi�n de las pol�ticas acad�micas y las encargadas de su ejecuci�n administrativa y t�cnica, se impone con nitidez en todo el mundo. Es cierto que los objetivos de la Universidad van m�s all� del lucro y de la eficiencia productiva, pero su misi�n de preservar y potenciar la libertad de las inteligencias requiere que nuestros universitarios dispongan de los mejores instrumentos de gesti�n que nuestra civilizaci�n ha producido.
* Publicado en Clar�n, 14/8/2001, secci�n Opini�n, p. 25, con el t�tulo �Universidad: modernizar la gesti�n�, y en �Psicolog�a. Publicaci�n mensual informativa�, Facultad de Psicolog�a, UBA, A�o 11, N� 97, agosto de 2001.
12. NUESTRO SISTEMA DE TITULACIONES REQUIERE CAMBIOS. *
Muchos pensamos que la Universidad de Buenos Aires necesita una reforma estructural, pero, �qu� es estructural?. Digamos, para simplificar, que son estructurales aquellos elementos cuyas caracter�sticas condicionan de manera fundamental todo el resto. Uno de los que revisten tal importancia es el sistema de titulaciones, especialmente si se considera cu�nto tarda un estudiante para obtener un t�tulo.
Nuestro sistema de titulaciones no facilita como deber�a la relaci�n con el sistema universitario internacional. Para la admisi�n a doctorados o maestr�as en el mundo anglosaj�n, por ejemplo, alcanza un t�tulo de Bachelor, que se obtiene tras tres o cuatro a�os de estudios universitarios regulares. No obstante, nuestros estudiantes que quieren cursar esos posgrados deben completar primero, en nuestro pa�s, carreras que tienen una duraci�n no menor a los cinco o seis a�os. En consecuencia, quienes se van al norte a perfeccionarse lo hacen con un atraso de por lo menos dos a�os respecto a lo que es com�n en ese sistema. Una manera de evitar este perjuicio ser�a otorgar t�tulos universitarios, acad�micos, a los tres o cuatro a�os de universidad, equivalentes al bachelor extranjero. Con esos t�tulos los estudiantes tendr�an la posibilidad de acceder tanto a nuestras carreras que llevan a t�tulos habilitantes, como a maestr�as y doctorados. Pero antes que otra cosa, contar con t�tulos equivalentes al bachelor estimular�a la actualizaci�n y el desarrollo de nuestro sistema de doctorados y maestr�as.
M�s all� de que en varias facultades se implementan muy buenos doctorados, nuestra matriz reglamentaria general sigue haciendo de los doctorados algo m�s apto para que se titulen investigadores ya formados hace a�os que para que se formen los m�s j�venes. Nuestro sistema de titulaciones no promueve suficientemente los doctorados estructurados en los que un estudiante se capacita como investigador a lo largo de cuatro o cinco a�os. Sin embargo, este tipo de doctorados es fundamental para el crecimiento cualitativo de nuestra universidad mirando al futuro.
Por otra parte, las normas privilegian en nuestras carreras de magister (master) la formaci�n acad�mica antes que la profesional. A esta �ltima destinamos nuestros t�tulos de grado, que son los que habilitan para el ejercicio de una profesi�n, y las carreras de especializaci�n de posgrado. No obstante, las carreras m�s definidamente acad�micas en el resto del mundo son los doctorados, no las maestr�as. En general, en el contexto internacional las maestr�as est�n predominantemente destinadas a capacitar profesionales en un sinn�mero de especialidades. Por eso debemos cuidarnos, en los concursos docentes por ejemplo, de conceder a los t�tulos de master obtenidos en el extranjero un valor mayor que el que realmente tienen. Por m�s que sean de universidades muy buenas, es probable que en ellas la carrera propiamente acad�mica transite por los doctorados, no por las maestr�as. Adem�s, el hecho de que los campos laborales se diversifiquen vertiginosamente estimula una acelerada proliferaci�n de maestr�as de todo tipo y caracter�sticas. Nuestro pa�s no es una excepci�n, aqu� tambi�n se ha generalizado la idea de que para perfeccionarse profesionalmente hay que hacer maestr�as.
Algunos hechos hacen pensar que no estamos atendiendo a estas circunstancias de manera adecuada. Uno de ellos es que muchos de nuestros graduados van a hacer maestr�as en otras universidades, tanto p�blicas como privadas, en �reas donde la UBA podr�a ofrecerlas, y muy buenas. Otro, correlativo del anterior, es que muchos de nuestros m�s destacados docentes prefieren ense�ar en maestr�as en otras universidades, en lugar de hacerlo en la nuestra.
A mi modo de ver, deber�amos ser m�s �giles en diversificar nuestras maestr�as y en llevar a los doctorados a quienes se proponen realizar carreras m�s acad�micas que profesionales. Pero hacer cosas como �stas supone cambios en nuestro sistema de titulaciones y en los criterios con que planificamos nuestros grados y nuestros posgrados.
* Publicado en �Psicolog�a. Publicaci�n mensual informativa� con el t�tulo �Nuestro sistema de titulaciones requiere revisiones�, Facultad de Psicolog�a, UBA, A�o 10, N� 84, mayo de 2000.
13. EL DIPLOMA UNIVERSITARIO, ALGO M�S QUE UN T�TULO NOBILIARIO.*
Los t�tulos nobiliarios ya no tienen la misma utilidad que ten�an en otras �pocas, �tendr�n los t�tulos universitarios en Argentina un destino similar?. Se supone que el diploma universitario prueba que se poseen las capacidades intelectuales y la formaci�n general m�nimas requeribles para determinado empleo, pero ya no es suficiente. Ahora se pide que el postulante muestre antecedentes m�s precisos: estudios de posgrado especializados o experiencias laborales espec�ficas. A menudo se seleccionan personas que poseen estas �ltimas y que carecen de t�tulos universitarios.
Desde hace mucho tiempo decimos que no necesitamos tantos abogados, m�dicos, psic�logos ni licenciados en ciencias de la comunicaci�n porque el mercado laboral no requiere estos profesionales en el n�mero en que se grad�an. En cambio, hoy hacen falta profesionales en una extensa serie de nuevas especialidades y subespecialidades, adem�s de un vasto n�mero de ciudadanos con formaci�n universitaria buena y polivalente, cada vez m�s requerida por los empleadores.
Si bien muchos de los profesionales de las carreras cl�sicas y superpobladas hacen valer sus t�tulos como prueba de competencias generales, es necesario que el sistema educativo tenga m�s en cuenta las transformaciones habidas en los sistemas de producci�n, de servicios y culturales.
En l�neas generales, se necesitan t�tulos universitarios m�s generalistas y polivalentes en un primer ciclo y un n�mero m�s diversificado de especialidades en un segundo ciclo. Por eso los estudios para la reforma curricular de la Universidad de Buenos Aires alientan una limitaci�n de las especializaciones en los estudios de grado, junto a la creaci�n de t�tulos intermedios, as� como el acortamiento en varios casos de los estudios de grado y una oferta m�s variada de posgrados.
Las duraciones de los distintos ciclos, adem�s, deben corresponderse con las habituales en el contexto universitario internacional, a fin de facilitar los intercambios y la circulaci�n de nuestros universitarios en el mundo. Es entonces necesario que se combine mejor el planeamiento de los niveles de grado y de posgrado, respondiendo a una estrategia de desarrollo integral de la educaci�n superior que actualmente falta.
La modernizaci�n de la universidad argentina requiere tambi�n que los t�tulos sean buscados menos como blasones y m�s como instrumentos para producir y utilizar conocimientos. Es una de las cosas a tener en cuenta para una reforma general de nuestro sistema de carreras y titulaciones, que todav�a no contempla tanto como deber�a, los cambios que se han producido en la �ltima d�cada en las ciencias, en las universidades, en el mundo del trabajo y en la estructura econ�mica y social de nuestro pa�s.
* Publicado en La Naci�n, 22/7/2001, secci�n 9, p. 6.
14. CARRERAS UNIVERSITARIAS PARA EL CRECIMIENTO.*
Las universidades tendr�n en este tiempo una importancia fundamental para lograr un mayor aprovechamiento de las capacidades intelectuales de nuestra sociedad. Para hacerlo necesitar�n planificar e implementar, entre otras cosas, un nuevo sistema de carreras y titulaciones de alcance nacional. La Universidad de Buenos Aires ha dado pasos en esa direcci�n con su proyecto de una reforma curricular integral, pero la tarea permanece a�n sin realizar.
Es com�n escuchar que los curr�culos de nuestras carreras de grado son demasiado largos y que deben acortarse a no m�s de cuatro a�os. Se espera tambi�n que las habilitaciones para ejercer las profesiones sean siempre obtenidas con los t�tulos de grado, sin requerir posgrados. Esta exigencia es alimentada, entre otras circunstancias, por la idea de que la gratuidad de la educaci�n no debe alcanzar a los posgrados. Desafortunadamente, el esfuerzo por �comprimir� los planes de estudios para que sean breves y contengan a la vez todo lo necesario encuentra a menudo obst�culos insalvables.
Conviene advertir que aquello que nosotros denominamos �grado� incluye, en la mayor parte del mundo, el grado y buena parte del posgrado. Como veremos, la clave del problema que enfrentamos reside en el �molde� mismo de nuestras carreras, proveniente de la vieja universidad napole�nica. �ste consiste en cursos que comienzan con el ingreso a la universidad y que culminan, tras cinco o seis a�os de estudios �de grado� (nuestras �carreras mayores�), con la obtenci�n de un t�tulo que asegura formaci�n suficiente para el desempe�o profesional. En la mayor parte del mundo este �grado largo�, que conduce a un solo t�tulo, hace ya tiempo fue dividido en ciclos, por lo menos uno de grado y otro de posgrado, al final de los cuales se otorgan sendos diplomas.
En los Estados Unidos, por ejemplo, se puede obtener un Bachellor y un Master en el mismo tiempo en que se cursan nuestras viejas carreras. En Francia sucede algo similar, all� se obtiene un Diploma de Estudios Universitarios Generales (DEUG) a los dos a�os y otro de Estudios Profundizados (DEA), o Superiores Especializados (DESS) a los cinco; una Licenciatura puede conseguirse a los tres a�os y un Master tambi�n a los cinco. En el mundo en general, y en excelentes universidades, para ingresar a un doctorado alcanza con haber realizado un grado de no m�s de cuatro a�os, y es normal doctorarse tras no m�s de ocho a�os de estudios universitarios, en total.
Los t�tulos de grado hoy tienden a ser m�s polivalentes que los de nuestras carreras, permitiendo acceder a una gama m�s amplia de posgrados. Salvo en �reas profesionales para las que es posible capacitar en un corto tiempo, estos primeros t�tulos tienen com�nmente un valor s�lo acad�mico. Adem�s, para responder mejor a la actual proliferaci�n de intersecciones entre las m�s distintas disciplinas, en un grado de tres o cuatro a�os es posible combinar con flexibilidad contenidos cada vez m�s diversos. Respecto a los posgrados (las maestr�as, por ejemplo), se pueden finalizar a la misma edad en que se concluyen nuestras carreras mayores y brindan habitualmente una mayor especializaci�n que estas �ltimas.
En resumen: todo indica que nuestras carreras no precisan ser acortadas sino divididas en ciclos, al menos uno de grado y otro de posgrado. Esta reforma ofrecer�a, con los mismos recursos presupuestarios, una formaci�n b�sica m�s flexible y polivalente y una capacitaci�n m�s afinada en las experticias que el mundo laboral de hoy requiere. De esta manera, para obtener sus t�tulos, nuestros estudiantes no tendr�an que estudiar m�s a�os que los requeridos en otros pa�ses.
Debe destacarse la urgente necesidad de pol�ticas de Estado que aseguren el financiamiento de la formaci�n de nuestra juventud en las vanguardias del conocimiento. Eso requiere fuerte inversi�n en investigaci�n cient�fica y en formaci�n de posgrado, que en la universidad necesariamente se combinan. El crecimiento de los posgrados no puede quedar librado simplemente a las conveniencias del mercado, que son siempre coyunturales y nunca estrat�gicas, incapaces de satisfacer las necesidades educativas de una sociedad que quiere construir un pa�s mejor con su propia inteligencia.
* La Naci�n, secci�n Notas, 22/3/02, p.17. Se public� tambi�n con el t�tulo de Carreras universitarias, �acortarlas o dividirlas?, en �Psicolog�a. Publicaci�n mensual informativa�, Facultad de Psicolog�a, UBA, A�o 11, N� 101, diciembre de 2001; y en La Raz�n, secci�n UBA, 30/11/2001, p. 4.
15. LA ASAMBLEA UNIVERSITARIA ELIGE RECTOR.
En medio de la grav�sima crisis que atraviesa el pa�s, la Asamblea Universitaria se reunir� en pocos d�as m�s para elegir al pr�ximo Rector. Ese acto ser� decisivo para la direcci�n que seguir� nuestra instituci�n, e incidir� fuertemente sobre el sistema universitario y el educativo en general, sobre la producci�n cient�fica, el desarrollo tecnol�gico, el cultural y, consecuentemente, sobre el conjunto de la vida social y tambi�n econ�mica de la Argentina.
El futuro gobierno de la UBA enfrentar� un tiempo extremadamente dif�cil, en el que muchos creemos que se definir� el destino de las universidades nacionales en el pa�s. Temas como su financiamiento, sus est�ndares de calidad, su funci�n en la producci�n cient�fica y tecnol�gica y en la cultura, su papel formador de grandes contingentes de profesionales y varios otros, requerir�n definiciones estrat�gicas que el conjunto de los universitarios deberemos hacer.
Sabemos que faltan pol�ticas educativas de Estado adecuadas a una naci�n que no se contenta con ser un ap�ndice de otras, pero no queremos esperar que vengan desde afuera las propuestas y los pasos a dar en el futuro, queremos ejercer plenamente la autonom�a universitaria, que consiste b�sicamente en que sea la inteligencia de los propios universitarios la que tenga la iniciativa para evaluar las cosas, hacer los diagn�sticos y proponer los cambios.
Dada la dimensi�n del desastre nacional que atravesamos, el pa�s necesita desesperadamente que los universitarios estemos a la altura de las circunstancias. Se requiere que aportemos lo mejor de las ciencias y de la cultura, tanto en saberes como en principios y actitudes, para formar ciudadanos con los conocimientos m�s avanzados y los principios �ticos m�s s�lidos, y servir con ello a la construcci�n o reconstrucci�n colectiva de pr�cticamente todo, porque casi nada en esta tierra ha quedado sin desquiciar.
Ser� indispensable potenciar las tareas m�s espec�ficas y propias de la Universidad, no aisl�ndonos sino d�ndole al pa�s aquello que s�lo el saber que ella elabora le puede dar. Para eso la Universidad tiene que hacerse m�s Universidad, llenando todos sus rincones de inquietudes acad�micas y cient�ficas, de avidez por el saber y ansias de perfecci�n intelectual, de deseos de aprender, ense�ar y servir. La tarea por delante requerir� que el gobierno universitario est� animado por este esp�ritu, garantizando que no extraviemos el rumbo.
Las cosas est�n demasiado mal como para no apuntar a lo m�s alto, con la mayor perspectiva y grandeza de que seamos capaces. Hace falta levantar el techo actual de nuestras posibilidades, y no alcanzar� con hombres nuevos si no perfeccionamos tambi�n los modos de funcionamiento, de manera que el gobierno universitario tenga la fuerza que s�lo la unidad de nuestra extensa comunidad universitaria puede hacer posible.
Elegiremos Rector, no caudillo ni patr�n, y para hacerlo buscaremos inteligencia, determinaci�n y capacidad de conducci�n democr�tica, una clara vocaci�n acad�mica y una gran energ�a dispuesta al trabajo. Pero no aspiramos a descansar en las virtudes de una sola persona, la delegaci�n de funciones que los universitarios hacemos por el voto no nos exime de la m�s activa y responsable participaci�n en la elaboraci�n del presente y del futuro de la instituci�n. Este es el sentido que resume el art�culo 103 del Estatuto Universitario, cuando dice que "el Rector es el representante de la Universidad" y establece, entre sus deberes (inc. "c"), que "dispone la ejecuci�n de los acuerdos y resoluciones de la Asamblea y del Consejo".
La genuina identificaci�n del Rector con su funci�n de representante del conjunto de la comunidad universitaria posibilitar� la cohesi�n entre sus distintas partes, permitiendo que la instituci�n se transforme a s� misma cuanto sea necesario sin disgregarse. Todos advertimos que la futura gesti�n requerir� mucha fuerza para ser exitosa. Por eso, adem�s de elegir un buen Rector, har� falta el apoyo m�s decidido de la comunidad universitaria. Tendremos que acostumbrarnos a trabajar m�s y mejor juntos, y en la escala en que haga falta, para defender la Universidad con eficacia y mejorarla todo lo necesario. Para vencer las inercias hist�ricas que hacen la desgracia en que est� sumergida nuestra sociedad se precisa la m�s vasta participaci�n de las inteligencias y capacidades de que disponemos.

16. UN PERFIL PARA EL RECTOR. *

Dada la dimensi�n del desastre nacional que atravesamos, es imperioso que la Universidad est� a la altura de las circunstancias. Se requiere el aporte de la mejor ciencia y cultura para la construcci�n o reconstrucci�n de pr�cticamente todo, porque casi nada en esta tierra ha quedado sin desquiciar.
La Universidad tiene que potenciar sus tareas m�s espec�ficas y propias, no para aislarse sino para darle al pa�s aquello que s�lo el saber que ella elabora le puede dar. Para eso debe llenar todos sus rincones de inquietudes acad�micas y cient�ficas, de avidez por el saber y ansias de perfecci�n intelectual, de deseos de aprender, ense�ar y servir. La tarea por delante hace indispensable que su gobierno est� animado por este esp�ritu, el �nico capaz de no extraviar el rumbo. Por esta raz�n, el futuro Rector, adem�s de inteligencia, determinaci�n, capacidad de conducci�n y mucha energ�a para el trabajo, debe estar �l mismo imbuido de genuina vocaci�n acad�mica.
Nada mejor que el Rector sea cautivo tanto del deleite en el estudio y en la erudici�n como de la disconformidad intelectual, que es el motor imprescindible para la b�squeda del conocimiento y la creaci�n. Que �l no pueda dejar de lado la necesidad de alimentarse con los pensamientos m�s ricos y l�cidos de todos los tiempos, que por su propia naturaleza se incline por las verdades antes que por las conveniencias, y que sea en el rigor racional y en la integridad �tica donde encuentre el apoyo interior para sus acciones. Siendo �stos tambi�n los atributos m�s apreciados en un universitario, �l podr� encarnar tanto en forma como en esencia la representaci�n que la Universidad le confiere.
El Rector, en efecto, no es un caudillo ni un patr�n sino, como est� en la letra del Estatuto Universitario, "el representante de la Universidad", con el deber preciso, entre otros, de "la ejecuci�n de los acuerdos y resoluciones de la Asamblea y del Consejo", cuya raz�n de ser concierne, en �ltima instancia, al "Saber" (con may�scula) y a aquello que la sociedad hace con �l.
Las cosas est�n demasiado mal en el pa�s como para no cerciorarse de hacerlas muy bien. Hace falta levantar el techo actual de posibilidades, y no alcanzar� con hombres nuevos si no se perfeccionan tambi�n los modos de funcionamiento, para que surjan las iniciativas y las fuerzas transformadoras que s�lo una activa cooperaci�n de la extensa comunidad universitaria es capaz de generar.
Para cambiarse a s� misma sin disgregarse, la Universidad de Buenos Aires necesita estar unida por un hilo claro e indestructible que la atraviese entera. La funci�n principal del Rector es asegurarlo, para lo cual su compenetraci�n con el esp�ritu esencial de la Universidad es clave. Al mismo tiempo, no se debe, ni ser� posible, el descanso en las virtudes de una sola persona. Los universitarios, a trav�s de su participaci�n en el gobierno de la instituci�n, tienen la responsabilidad de trabajar en la elaboraci�n de su presente y de su futuro.
La futura gesti�n de la Universidad de Buenos Aires requerir�, para ser exitosa, el m�s vasto concurso y apoyo de las capacidades de que �sta dispone. As� podr� contribuir con eficacia a vencer las inercias hist�ricas que hacen la desgracia en que est� sumergida nuestra sociedad.
* Publicado con el t�tulo �Un rector para la UBA�, La Naci�n, secci�n Notas, 1/4/02, p.15.


17. UBA: UN GOBIERNO M�S ACAD�MICO.*
Si bien la poca preparaci�n de los gobernantes no es una novedad, en nuestro pa�s ha quedado a la vista, como nunca, que la habilidad para acceder al poder no garantiza que se posean los conocimientos y las capacidades necesarias para hacer bien el trabajo. Nuestros sucesivos gobiernos se han mostrado m�s duchos en calcular cu�ntos votos obtendr�an en tal o cual elecci�n, o en obtener los apoyos para tomar el poder por asalto, que en prever las consecuencias sociales, econ�micas y culturales de los planes y medidas que se propon�an aplicar. Sucede que para timonear y llevar a buen puerto las instituciones de la Rep�blica se requieren experticias varias, una cultura y una ilustraci�n, una educaci�n, en fin, cuyos componentes principales siguen obteni�ndose en las universidades y no en los partidos pol�ticos, tampoco - vale la pena agregar - en los cuarteles.
Las universidades, que han sido com�nmente un lugar de encuentros y desencuentros entre la intelectualidad y las dirigencias, siempre quieren hacerse o�r por �stas, as� como evitar que las ambiciones pol�ticas les desnaturalicen su propio campo. Es que abundan los hombres que, al abrazar la vida pol�tica, no se gu�an por otra l�gica que la que conduce a incrementar su poder, distinta a la que permite acrecentar el saber, que es la tarea esencial de la universidad. Por esta raz�n, es deseable que en la conducci�n universitaria predominen quienes est�n efectivamente dedicados, por vocaci�n y ocupaci�n, a la b�squeda de saber.
Es posible que ponderaciones de este tipo hayan influido para que la UBA pusiera a su frente a un hombre de perfil acad�mico que no posee militancia partidaria. El nuevo rector ha venido planteando la conveniencia de una �despartidizaci�n� de la pol�tica universitaria, proponiendo centrarla m�s en los asuntos educativos que le ata�en espec�ficamente. Eso suena coincidente con el anhelo de la mayor parte de la ciudadan�a que, necesitada de una dirigencia capaz de hacer las cosas bien, desconf�a de quienes s�lo han demostrado aptitudes para conseguir votos o para mantenerse en cargos de jerarqu�a gracias a conexiones con el poder pol�tico.
En cualquier caso, uno de los desaf�os que enfrentar� la Universidad de Buenos Aires ser� asegurar con m�s contundencia, dentro de ella y desde ella hacia la sociedad, la primac�a en todos los �rdenes de las mejores sapiencias y capacidades, sin disminuir el vasto impacto formativo que mantiene sobre la vida cultural argentina. Su comunidad acad�mica ha mostrado que quiere experimentar un nuevo estilo de gobierno, en el que los equilibrios entre las distintas partes de la instituci�n, heterog�neas ellas y todas necesitadas de soporte para desarrollarse, no sea el resultado de una simple asignaci�n de espacios de poder o de recursos. Est� por verse cu�nto ello contribuir� a la modernizaci�n de sus estructuras de gesti�n, as� como a otras transformaciones igualmente necesarias. La falta de recursos frescos conspira siempre contra las reformas de envergadura.
Si se logra que el conjunto de los universitarios se aboque, de manera organizada y eficaz, a la evaluaci�n seria de las cuestiones y al planeamiento bien hecho de los pasos a dar, como corresponde a un �mbito en el que debe primar la racionalidad, la UBA tendr� algo nuevo que ofrecer a la reconstrucci�n del pa�s. Otro indicador confiable de que ella avanza en la direcci�n correcta ser�a que los conflictos que surjan en su interior asuman con nitidez las caracter�sticas de los mejores debates acad�micos.
* Escrito en agosto de 2002.
18. HACIA UNA MEJOR ORGANIZACI�N DE LA UBA.*
La Universidad de Buenos Aires es hoy m�s grande y compleja que la de hace algunos a�os por el incremento, en n�mero y en heterogeneidad, de las actividades de docencia, de investigaci�n y de extensi�n universitaria. Cuando una instituci�n crece mucho en tama�o, sin una reestructuraci�n de sus organigramas y funciones, los procesos burocr�ticos se vuelven m�s lentos y engorrosos. Una de las cuestiones resultantes es cu�ntas y cu�les iniciativas y decisiones deben tomarse en los escalones institucionales m�s altos, y cu�ntas y cu�les deben descentralizarse.
Temas como �stos est�n presentes cuando se discute, de tanto en tanto, si es o no conveniente dividir nuestra universidad en varias de menor tama�o, al modo de la de Par�s, de la de California o de alguna otra. Asuntos parecidos se plantean a nivel de las pol�ticas educativas nacionales cuando se considera qu� cosas deben ser de exclusivo resorte de cada casa de estudios y cu�les deben regularse de manera homog�nea para todas ellas. �ste es uno de los debates, como se sabe, en torno a la actual ley de educaci�n superior.
En la Universidad de Buenos Aires, una tensi�n entre centralizaci�n y descentralizaci�n se muestra en la tradicional pol�mica entre quienes sostienen que las funciones del rectorado deben reducirse, aumentando las de las facultades, y quienes piensan que ese tipo de descentralizaci�n contribuir�a a una indeseable feudalizaci�n. Respecto a este tema, es usual que para evitar el encierro de las facultades en s� mismas se proponga avanzar en la departamentalizaci�n. Se estima que los departamentos ser�an m�s �giles y m�s aptos que los consejos directivos de las facultades para tomar decisiones adecuadas en los asuntos que conciernen a sus �reas especificas, y que el paso ayudar�a a descongestionar las estructuras centrales haciendo m�s fluido el funcionamiento de todo el conjunto.
La organizaci�n por facultades sigue una l�gica de agrupamiento que refleja la clasificaci�n de profesiones que reconoce tradicionalmente la sociedad. La l�gica de organizaci�n por departamentos, en cambio, es de perfil m�s epistemol�gico, reuniendo a docentes que trabajan en una misma �rea o especialidad disciplinaria. La idea es que cada departamento provea ense�anzas y otros servicios universitarios a carreras y facultades varias.
En nuestra realidad es com�n que los departamentos resulten de una mezcla entre distintos criterios clasificatorios. Algunas de nuestras facultades, por ejemplo, han organizado sus departamentos haci�ndolos coincidir con las carreras que dictan. Esta l�gica de organizaci�n no se distingue de la tradicional. Si el presupuesto se asignara directamente a departamentos identificados con carreras estar�amos dividiendo, de hecho, facultades grandes en varias m�s peque�as. Puede ser que as� se resuelvan algunos de los problemas de una excesiva centralizaci�n, pero no que se faciliten las sinergias acad�micas y cient�ficas propias de las universidades departamentalizadas.
Ninguna de las formas de organizaci�n, sin embargo, carece de inconvenientes o logra estabilizarse de manera definitiva. El incremento del n�mero de especialidades en todas las �reas del conocimiento y la multiplicaci�n de intersecciones entre distintas disciplinas, hacen cada vez m�s necesaria la cooperaci�n entre universitarios ya no s�lo de distintas facultades sino de distintos departamentos.
Hoy son cada vez m�s las tareas que se pueden realizar entre varios sin necesidad de compartir un mismo espacio f�sico. El actual desarrollo de la teleinform�tica hace incluso dif�cil el aislamiento, sea en c�tedras, departamentos, facultades o universidades. Son tambi�n mucho m�s frecuentes los programas de investigaci�n, de docencia y de extensi�n universitaria en los que se participa m�s all� de la instituci�n a la que se pertenece. La multiplicaci�n de convenios entre distintas universidades va de la mano de una progresiva disminuci�n de la identificaci�n de los proyectos acad�micos con un asiento geogr�fico o institucional �nico. Es evidente que nuestros conceptos acerca de las fronteras tanto dentro de las facultades como entre ellas, y tambi�n entre las universidades, necesitan actualizaci�n.
* Clar�n�, Secci�n Opini�n, 10/9/2002, p.17. Se public� tambi�n con el t�tulo �Temas de organizaci�n� en �Psicolog�a. Publicaci�n mensual informativa�, Facultad de Psicolog�a, UBA, A�o 12, N� 106, agosto de 2002.

19. VIOLENCIA CONTRA EL RECTOR.*
El rector de la Universidad de Buenos Aires viene siendo v�ctima de violencias varias. No han faltado insultos, huevos arrojados sobre su persona ni forcejeos; su domicilio ha sido objeto de asedios y su autom�vil apaleado. Nadie sensato encuentra en las actitudes o manifestaciones del rector razones para ataques semejantes. Tampoco las ofrecen los mecanismos de conducci�n de la universidad, bastante aceitados como para que los representantes de los claustros resuelvan democr�ticamente sobre las cuestiones seg�n corresponde.
A diferencia de lo que sucede con los ciudadanos respecto a otros organismos del Estado, que se sienten poco o nada representados por sus autoridades, la mayor�a de los universitarios considera que comparte con las de su universidad, en general y m�s all� de tales o cuales diferencias, la defensa de la instituci�n. Precisamente, siempre que las papas queman nuestras universidades muestran que sus autoridades, si fueron elegidas conforme a sus estatutos, s�lo responden a sus mandantes: los universitarios. Por eso mismo los gobiernos a veces recelan de ellas, acus�ndolas de corporativas. Son de extra�ar, entonces, estos ataques a la cabeza de la universidad nacidos de su mismo seno.
El conflicto, d�as m�s, d�as menos, concluir�. �Qu� quedar�?. Tal vez mejore una que otra situaci�n apremiante de alguna facultad, pero es probable que s�lo sea una gota de agua para la mucha sed de todo el conjunto. No caben dudas, eso s�, que el trance da una vuelta de tuerca m�s al tema de la representatividad de los dirigentes estudiantiles en la universidad.
A medida que la crisis avanza hacia su culminaci�n, dos posturas, antit�ticas entre s�, resumen esta lid. De un lado est� la idea de algunas agrupaciones estudiantiles de que las autoridades deben ser elegidas de manera directa por todos los integrantes de la comunidad universitaria. �Un hombre, un voto�, dicen en el extremo, proponiendo que el peso de un estudiante en las decisiones sea igual al de un profesor. Esta posici�n, muy dif�cil de sostener por m�s de un rato, se apoya, en realidad, en un fuerte cuestionamiento a la legitimidad de las representaciones actuales. Quienes fueron elegidos, se expresa, pierden legitimidad porque no tienen voluntad de producir los cambios necesarios, que involucran no s�lo a la universidad sino al pa�s. Sin transformar el pa�s, explican, la universidad no podr� ser como deber�a ser.
La otra posici�n, mayoritaria y tal vez demasiado contemplativa, sostiene que quienes atacan al rector est�n lejos de expresar el pensamiento y la voluntad de la mayor�a de los universitarios, sean �stos estudiantes, profesores o graduados. Se�ala tambi�n que hay representantes estudiantiles que quieren imponer sus propias ideas haci�ndolas pasar por las de sus votantes. Estos dirigentes, se subraya, que se representan a s� mismos y no a quienes deber�an, encaran sus acciones, adem�s, evidenciando una gran falta de conocimiento de los asuntos universitarios. Se encuentran aqu� similitudes con lo que se observa en las m�s diversas esferas de gobierno.
El rector Guillermo Jaim Etcheverry ha subrayado que la universidad es un lugar de ideas. Para cultivarlas y sacarles frutos al modo universitario, se requiere que cada uno tenga, en primer lugar, disposici�n a escucharlas. La violencia es al rev�s: cada uno no s�lo espera sino que obliga a que sean los dem�s quienes escuchen, por eso es sorda.
Frente a la prolongaci�n del conflicto, la Universidad de Buenos Aires, que abriga el n�cleo intelectual y cient�fico de mayor envergadura del pa�s, reacciona de manera acorde a la responsabilidad que le cabe: reflexiona y no cede a la violencia. Es que no hay atajos, los problemas no se resuelven sin tomarse todo el trabajo que sea necesario.
* La Naci�n, secci�n Notas, 25/11/02, p.15.
20. CON LA L�GICA DEL TRABAJO.*
Nuestra civilizaci�n no s�lo ajusta su marcha al son de la econom�a sino que, progresivamente, viene restando importancia a cualquier otra cosa. La expresi�n �Es la econom�a, est�pido� muestra, con el improperio que contiene, qu� cerca se est� de la intolerancia. En los �ltimos tiempos, no obstante, nuestra ciudadan�a ha venido ensanchando su horizonte, seguramente como consecuencia del descalabro que vivimos. En este marco, la Universidad de Buenos Aires desarrolla el proyecto estrat�gico de investigaci�n llamado �Plan F�nix�. En la presentaci�n del �ltimo informe, se resum�a as� la perspectiva: �La crisis que sufre nuestro pa�s tambi�n es econ�mica�. La palabra �tambi�n� situaba la econom�a s�lo como una de las varias dimensiones a tener en cuenta para entender la vasta y compleja realidad que hoy es nuestro planeta.
Pero la intelligentzia de la UBA no s�lo sujeta la econom�a a una perspectiva m�s amplia, lo hace con propuestas neokeynesianas que proponen un fuerte aumento de la producci�n. No son, sin embargo, originalidades del mundo acad�mico local; entre las tantas voces que �ltimamente se elevan en una direcci�n similar est�n las de Joseph Stiglitz y Amartya Sen, ambos distinguidos con el premio N�bel de Econom�a. El primero, por ejemplo, en su pasaje por la Argentina, puso �nfasis en los problemas que provienen de confundir la l�gica de los bancos con las del trabajo y la industria, se�alando la conveniencia de evitar que en pa�ses como el nuestro los intereses del mundo financiero ahoguen al mundo de la producci�n. Quiz�s haya ablandado las durezas de algunos o�dos.
El plan F�nix no fue hecho para juntar votos; naci� al solo amparo de la vocaci�n, intelectual y de servicio, de un grupo de economistas universitarios que hace este trabajo ad-honorem. En verdad, el plan germin� rodeado del escepticismo o la apat�a de la mayor parte de la dirigencia pol�tica y de las entidades que proveen las ideas econ�micas que nuestros gobiernos implementan corrientemente. �No hay cosa peor asistida que la oreja del pr�ncipe�, escrib�a Quevedo hace cuatro siglos y, aunque habr�a que ver si esto realmente ha dejado de ser as� en alg�n lugar del planeta, los dirigentes siempre se esfuerzan por mostrar lo contrario.
Ahora son varios los precandidatos a la presidencia que para apoyar sus propuestas se refieren al plan F�nix. Uno que otro lo ha hecho reconociendo no haberlo le�do; le bastaba advertir, con la rapidez que a ninguno le falta, que el estudio re�ne condiciones atractivas para los futuros votantes: la primera de todas es que el valor de los hombres y la atenci�n que merecen ya no pueden supeditarse a los par�metros econ�micos seguidos por nuestro pa�s por lo menos en el �ltimo cuarto de siglo.
Cuando es obligado admitir que no arribamos a buen puerto, pierden sentido las razones por las cuales se eligi� el rumbo y se abre la posibilidad de pensares distintos. Tan es as� que la protesta contra el Fondo Monetario Internacional, que hasta hace muy poco parec�a un lujo s�lo para izquierdistas sin chances de gobernar, ahora est� en la boca de medio mundo. Pero la sociedad, consciente de que fue conducida a la ruina con bastante facilidad, parece precavida de los pensamientos complacientes y acomodaticios tan comunes en los dirigentes, que ahora prometen hacer cosas distintas. Para cumplir, debido a que la sapiencia necesaria no brota de sus cerebros como agua de manantial , deber�n buscarla donde ella est�.
�Ser� posible que los gobernantes perciban de verdad que las herramientas para construir el pa�s son sus escuelas y universidades y que, por lo tanto, es prioritario invertir en ellas?. La claridad de pensamiento suele ser inconstante, por eso Feliciano de Silva, un escritor espa�ol del siglo XVI, escrib�a: �... dicen los sabios que m�s vale saber que haber, y virtud que riqueza. Eso, hija, ser�a en otro tiempo, mas no en �ste: que ya sabes que dice el proverbio: que cada cosa en su tiempo�. Ojal� est� llegando una �poca en la cual, adem�s de buenas intenciones, hayan luces, y que no las apaguen los temperamentos volubles.
* La Naci�n, secci�n Notas, 10/1/03, p.17.

21. JUBILACI�N EN LA UBA.*
En nuestra querida UBA si usted es profesor y cumple 65 a�os debe jubilarse, a menos que sus colegas encuentren que todav�a puede ser �til y pidan formalmente que sea designado profesor consulto o em�rito. Si adem�s cuenta con el benepl�cito de los representantes de los graduados y de los estudiantes, le ser� reconocido no s�lo una loable ancianidad acad�mica sino que �sta todav�a sirve para algo, con algunas limitaciones, por cierto. Pero no podr� pedirlo usted mismo: el procedimiento estatutario aqu� se impone sobre la aplicaci�n lisa y llana del derecho a peticionar, demasiado elemental y escaso para garantizar las luces m�s elevadas en la c�spide de la academia moderna que es la universidad.
No ocuparemos el tiempo en devaneos acerca de si el saber est� m�s cerca de la azotea que del s�tano, resulta m�s interesante advertir que si Freud hubiera sido miembro de nuestro claustro lo habr�a abandonado ocho a�os antes de escribir El malestar en la cultura, once antes de sus Nuevas aportaciones al psicoan�lisis y trece de su Mois�s y la religi�n monote�sta. Si el caso fuera el de Chomsky, actualmente en el Massachussets Institute of Technology, desde hace diez a�os no tendr�a voto alguno en la pol�tica universitaria, y si Lacan hubiera estado entre nosotros, se tendr�a que haber mandado a mudar bastante antes de escribir L�etourdit, dejando su lugar a otros con la mente m�s fresca. Algo similar habr�a sucedido con B. F. Skinner, que al escribir su Beyond Freedom and Dignity dos a�os despu�s de retirarse de nuestra casa de altos estudios hubiera provocado en quienes se ocupan de discutir ese texto la sospecha de que tal vez no lo produjo en el mejor estado de su intelecto.
Todo tiene sus razones y, en este caso, se trata de que nuestra principal universidad sea conducida por cerebros j�venes, o no muy viejos, que son m�s r�pidos y m�s brillantes que los de quienes han pasado los sesenta y cinco. La mejor prueba la ofrecen los matem�ticos y los m�sicos, que demuestran que el genio pertenece a la mocedad. Por eso, ning�n integrante del grupo de matem�ticos franceses que utiliza el seud�nimo �Nicolas Bourbaki� puede tener m�s de cincuenta a�os. Beethoven ni siquiera hubiera tenido que jubilarse, puesto que muri� a los 57 a�os, mucho menos Mozart, desaparecido a los 35. El caso de J. S. Bach ofrecer�a la coincidencia m�s apropiada falleciendo a los 65, inmediatamente despu�s de jubilarse.
Por suerte, en la universidad no todo es matem�tica y m�sica. A los casos antes referidos, sin abundar demasiado, agreguemos el de Miguel de Cervantes, que al momento de escribir su dedicatoria a Los trabajos de Persiles y Sigismunda ya habr�a dejado de ser profesor regular de la UBA. Ese texto magistral y sobrecogedor, que comienza diciendo "puesto ya el pie en el estribo �", que escribe enfermo y a punto de morir, no hubiera estado a la altura de lo que esperamos de un par nuestro. Y aunque Carlos Menem s� pod�a ser reelecto a los 65 a�os como presidente de la Rep�blica, eso no habr�a servido para que Jos� Saramago no tuviera que retirarse de la docencia universitaria once a�os antes de recibir el premio N�bel.
Pablo Picasso hubiera empezado a trabajar con cer�mica reci�n despu�s de jubilarse como profesor regular, de modo que no habr�a participado gozando de esta jerarqu�a en el Congreso de Intelectuales de Breslau, ni pintado, a los 69 a�os, Mujeres a la Orilla del Sena, ni sus cuarenta variaciones sobre Las Meninas de Vel�squez, a los 76, ni las 347 aguafuertes que hizo teniendo 87, ni su serie de autorretratos pintados a los 91, con la muerte ya encima. Por �ltimo, se estima que Kant ten�a 70 a�os cuando escribi� El conflicto de las facultades, donde aborda con especificidad la cuesti�n universitaria. Para entonces ya habr�a dejado de ser uno de nuestros profesores regulares.
Quien sabe, tal vez no est� mal, si logramos que desaparezcan de nuestro entorno quienes se aproximan al final de sus d�as, ser profesor regular de la UBA podr�a ser un indicador de buena salud que nos permitir�a un descuento en la cuota del seguro. Eso s�, nada de pretender que en la universidad alguien se meta con asuntos sobre los cuales s�lo los viejos profesores tienen algo para decir.

* Publicado con el t�tulo �Jubilaci�n universitaria� en La Naci�n, Secci�n Notas, 14/01/2004, p�g. 17.

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