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El Nacional - Miércoles 24 De Octubre De 2001
Venezolanos buscan en Cuba la salud perdida.
Desde el 30 de noviembre de 2000, la isla ha acogido 1.084 pacientes. El convenio con La Habana, que presta ayuda médica gratuita a 2.500 personas por año, se queda corto ante las solicitudes; hasta ahora, alrededor de 10.000. La mayoría de los enfermos necesita rehabilitación, cirugía cardiovascular o mejorar su vida. El problema por resolver, admite el embajador Julio Montes, es el seguimiento de los tratamientos en el lugar de origen.
Vanessa Davies
La Habana
Foto
Carlos Rivodó
Es difícil no llorar con ellos, reír con ellos, emocionarse con ellos o contagiarse con sus esperanzas. Es imposible no ser, momentáneamente, uno más de ellos, igual que se es parte de una fotografía con sólo mirarla. Las historias de los pacientes venezolanos tratados en Cuba comparten la misma columna vertebral: quedaron al margen del sistema sanitario de Venezuela por alguna razón.
“Tengo 45 años, y 14 con miastenia gravis (afección autoinmune que ataca los músculos). El diagnóstico me lo hicieron en el Hospital Universitario de Caracas. Además, me salió un tumor en un seno. Me dijeron que debía operarme, pero eso costaba 8 millones de bolívares, y no los tenía. Llegué a Cuba el 22 de septiembre. Me operaron el lunes 8 de octubre, me quitaron un seno. En Venezuela nunca conseguí calidad humana. Los médicos de mi país me trataron muy mal, llegaron a decirme que iba a morir. El amor que he conseguido en Cuba no la había recibido en 14 años en Venezuela” (Martina Sojo).
Según datos de la sede diplomática de Venezuela en Cuba, en estos momentos la isla alberga 243 enfermos venezolanos. El convenio que firmaron ambas repúblicas ha beneficiado, desde el 30 de noviembre de 2000 hasta la fecha, a 1.084 personas, que han viajado con sus respectivos acompañantes. “La capacidad es para 2.500 por año”, indica el embajador Julio Montes, “pero ya tenemos 10.000 en lista de espera. Este acuerdo no tiene nada que ver con el tema petrolero; es una decisión del Gobierno cubano de ayudarnos”.
Mejorar la selección
Antes, ponían el pie en La Habana gracias a un avión militar. Como la nave se encuentra en reparaciones, una línea comercial se encarga de los traslados. El pasaje lo paga Venezuela; “pero en lo que los pacientes tocan suelo cubano, todos los gastos (médicos, medicamentos, alimentación, alojamiento) corren por cuenta de Cuba”, enfatiza Gustavo Ascanio, responsable del programa por la embajada venezolana. La gente llega con un diagnóstico bajo el brazo, y a partir de ese conocimiento previo es distribuida en función de los hospitales: ortopedia, al Frank País; cáncer y patologías cardiovasculares, al Hermanos Almeijeiras; rehabilitación, a La Pradera. “Mi esposo, Luis Anzola, tiene 35 años. Le detectaron carcinoma de testículo con metástasis pulmonar. Vino a Cuba para que le hicieran trasplante de médula ósea, porque en una de las mejores clínicas de Caracas nos cobraban, si no había complicaciones, 80 millones de bolívares”. (Carmen Báez).
El gran escollo de Venezuela, aventura Pedro Llerena, director del centro internacional La Pradera (donde se cumplen rehabilitaciones y postoperatorios), “es que a los individuos humildes y a la clase media le es muy difícil pagar una clínica o un hospital. 95% de los pacientes que recibimos son de bajo poder adquisitivo, sin posibilidades de atención en Venezuela”. La mejor medicina cubana “es el amor”, asevera Julio Montes. “Nosotros disponemos de mejores instalaciones hospitalarias, y 52.000 médicos; lo que no tenemos es organización, ni los valores de Cuba”. 25 instituciones asistenciales cubanas reciben a enfermos venezolanos, pero en materia de turismo internacional de salud (no exonerado por convenios como el suscrito con Venezuela) abundan otras nacionalidades: argentinos, chilenos, colombianos, mexicanos, españoles, canadienses.
“Sufro de retinopatía diabética. En un hospital de Maracay me pidieron 3 millones de bolívares para ponerme láser en los ojos. Estuve 1 año esperando en el hospital Miguel Pérez Carreño, y cuando por fin me operaron hubo un problema y no pudieron terminar. Me salió el viaje para Cuba y vine aunque la doctora del Pérez Carreño se puso brava y me aseguró que la medicina cubana no servía para nada. Aquí me aplicaron láser, estoy esperando que me operen el ojo derecho. El trato es muy especial, porque en Cuba te ven desde la raíz del pelo hasta la punta del pie”. (Mirna Carrasquel).
A La Habana han ido a parar algunos gazapos clínicos. “Llegó alguien a quien le habían diagnosticado dos hernias discales. Como a todos, se le hicieron los exámenes, y resulta que no había hernias, pero por la cirugía en Venezuela le estaban cobrando 12 millones de bolívares. Hasta eso hemos llegado”, relata Ascanio. Los errores, sin embargo, no pertenecen a un solo lado. “El sistema de selección de los venezolanos que vienen a Cuba debe democratizarse más. Ahora funciona por las gobernaciones, las guarniciones militares, y quien tiene la perseverancia es el que llega. Debería ser un sistema que establezca prioridades por la gravedad, por la situación económica”, advierte Montes. Si los solicitantes pueden solucionar sus males en Venezuela, aclara Jackeline Flores, representante del Ministerio de la Secretaría de la Presidencia, “se entrega el expediente a las gobernaciones”.
Despedirse del dolor
“He pasado 24 de mis 52 años con 5 hernias discales. Estuve en tratamiento, pero por el factor dinero no me podía operar porque tenía que ponerme prótesis y eso cuesta. En total, eran como 3,6 millones de bolívares que no tenía; no puedo trabajar (soy secretaria) debido a que perdí la fuerza de las manos. Un médico me dijo que necesitaba cirugía, y que eran 6 millones de bolívares. Como le dije que no tenía ese dinero, me contestó que entonces hiciera rehabilitación. Uno quisiera que no hubiera necesidad de salir de su país para recibir lo que necesita. No es justo”. (Gertrudis Díaz).
A Pedro Llerena le resulta fácil enumerar las razones por las cuales los venezolanos acuden a Cuba. “La mayoría de los pacientes requiere rehabilitación, o necesita prótesis de rodilla o cadera. La segunda causa son los trastornos cardiovasculares severos”, dictamina. “Generalmente, llegan en situaciones muy difíciles, porque no se ha actuado sobre ellos en el momento oportuno. No han sido atendidos a tiempo en Venezuela”. ¿Está o no atrasada la medicina cubana? “Fíjese si somos atrasados, que tenemos médicos en 28 países. Los indicadores nuestros son muy buenos, avalados por la Organización Mundial de la Salud y al nivel del primer mundo. Por ejemplo, la mortalidad infantil está en 6,5 niños fallecidos por 1.000 nacidos vivos”, argumenta. “En rehabilitación tenemos lo último de Alemania, Argentina, España, Italia y de lo que nosotros hacemos. Cuando tenemos dinero, compramos hasta de Estados Unidos a través de un tercer país”.
“Me operé la columna vertebral en Caracas, en el Ortopédico Infantil, hace más de 1 año. Eran dos vértebras desviadas; me pusieron una prótesis y un injerto. Fueron 6 millones de bolívares la cirugía, y 3 millones más en medicinas y terapia. Tardé 6 meses en reunir el dinero, porque aun cuando el diagnóstico era operación o silla de ruedas, si no pagaba no me intervenían. En Venezuela no es que haya malos médicos, sino que sólo hay médicos para los ricos. Vine a Cuba porque no podía pagar la fisioterapia: cada hora eran 15.000 bolívares, y necesitaba mínimo 2 horas diarias. Apenas llevo 3 semanas en Cuba y siento la mejoría. Esto es ejercicio en la mañana y en la tarde, y piscina en los ratos libres para fortalecer los músculos. Pienso regresar a Venezuela bailando cha-cha-cha. (Roberto Todd, músico de 64 años, hermano de la cantante Cecilia Todd).
El problema es el después de los enfermos. ¿Qué sucede cuando retornan a su hogar luego de una estadía de tres meses en la isla? “La gente avanza, vuelve curada o en camino a la curación, pero en Venezuela vuelven a no hacer nada. Nos falta desarrollar un sistema de seguimiento”, admite Julio Montes. El Ministerio de la Secretaría ha pedido a algunas gobernaciones (Táchira, Bolívar, Anzoátegui, Lara, Carabobo, Mérida, Trujillo, Nueva Esparta, Barinas) que no los abandonen, explica Jackeline Flores.
Un asunto adicional es el rechazo de algunos facultativos venezolanos que, denuncian Pedro Llerena y Gustavo Ascanio, se niegan a recibir a quienes regresan. “Nosotros hacemos un resumen de historia clínica, pero nos hemos encontrado con que algunos especialistas no los quieren ver en Venezuela. ¿Por qué los rechazan?”, inquiere Llerena.
Lo planteado con la rehabilitación, confía Ascanio, es que se constituyan centros para practicar los ejercicios en las guarniciones militares que gocen de espacio físico óptimo, y la formación de jóvenes venezolanos en Cuba.
Cambio de vida
“Mi hermana tiene 11 años con lupus eritematoso (enfermedad autoinmune). Ella es joven; tiene 32 años. ¿Por qué vinimos? Porque en Venezuela todo el tiempo era lo mismo, y quisimos ver si aquí nos iba mejor” (Yolanda, hermana de Jeannette Montilla).
Los venezolanos, destaca Pedro Llerena, “regresan muy contentos a su país. La mayoría (90%) van curados o mejorados. Otros han venido para corroborar un diagnóstico”. De las 128 personas vistas en el Hermanos Almeijeiras desde el 1 de diciembre de 2000, 43 sanaron y 54 mejoraron su calidad de vida, asegura José Antonio Negrín, encargado de la sala de internacionales del hospital Hermanos Almeijeiras; los demás, acepta, continúan siendo de pronóstico reservado. De acuerdo con las cuentas del médico, 60% fue operado por obstrucciones en las arterias coronarias, malformaciones congénitas, tumores en la cabeza. 40% restante está aquejado por afecciones crónicas (como diabéticos o sujetos con secuelas de quemaduras).
— Hemos aplicado atención multidisciplinaria. A un diabético le revisamos la boca y encontramos infecciones que, al ser atendidas, lo mejoraron como por arte de magia. A una paciente con miastenia gravis le estamos dando intacglobin, un producto que se hace en Suiza y Cuba, y que actúa como inmunomodulador- detalla Negrín.
“Tengo dos años con una supuesta enfermedad de Crohn (disfunción intestinal). En mi luna de miel monté a caballo, y empecé a sentir un ardor en el recto. Tenía un quiste piramidal que se me reventó hacia adentro. Estuve cinco meses viéndome con médicos, hasta que me operaron de emergencia en el Hospital Naval. Pero en la intervención me dejaron dos gasas dentro del cuerpo; estuve un año y medio tratándome en el Hospital Militar de Caracas y nunca las detectaron. Cuando llegué aquí no podía caminar, dormir ni sentarme. Tenía una infección grandísima. Llegué a Cuba con cuatro físuras; se cerraron tres, y a la otra le falta un milímetro. Me están colocando ozono y un medicamento hecho por cubanos, el factor de crecimiento epidérmico”. (Anabel Dumith, 26 años).
En la cuenta de pacientes hay que incluir los cinco que fallecieron, y que –a juzgar por la rápida respuesta- tanto Julio Montes como Pedro Llerena no olvidan: un hombre a quien le urgía un trasplante de corazón y había esperado por dos años; otro, consumido por el cáncer; un niño con metástasis, una pequeña víctima de una cardiopatía congénita, un individuo con pancreatitis aguda. “Habían llegado en condiciones muy delicadas”, insiste el embajador.
¿Hasta cuándo durará el convenio? Julio Montes no se permite ilusiones. “Debemos convencernos de que esto es una gran ayuda, pero temporal, porque nosotros debemos poder hacer lo que se realiza en Cuba. Rehabilitación, tratamiento de drogadicción, ortopedia, cardiopatías congénitas... es vergonzoso que no lo hagamos”.
De pie sin auxilio
La desgracia de Iván Ruiz ostenta día y año: 4 de febrero de 1991, fecha en que la onda expansiva de dos disparos le vulneró la médula espinal a la altura de las vértebras lumbares. “Me llevaron al Pérez Carreño, donde me atendió un equipo médico excelente que me salvó la vida”, narra Iván, una voz y una voluntad de 30 años que se yergue en la silla de ruedas.
“Yo no camino hoy día por haber sido mal tratado en lo que respecta a la rehabilitación. No podía costearla en clínicas. Cuando me pasó el accidente, una fisiatra me hizo un diagnóstico en el Pérez Carreño. Cinco años después fui a solicitarle un informe, y se limitó a transcribir el original”. Iván, que se graduó de abogado en la Universidad Santa María, lamenta que Venezuela no ofrezca a sus lesionados “una rehabilitación como la cubana. ¿Sabes por qué no podemos tener algo igual? No por equipos, sino por el material humano. Aquí se trabaja con el corazón. La gente hace su trabajo por vocación, no porque sea rentable. Tengo fe en Dios, en mis rehabilitadores y en mí”.
La diferencia, según Pedro Llerena, es conceptual. “Nosotros trabajamos con el paciente durante siete horas consecutivas. Aquí laboramos en equipo: neurólogo, fisiatra, defectólogo”. Emmanuel Logá, responsable del área de terapia ocupacional de La Pradera, se afana con Melvin Sandoval, un hombre de 47 años de edad dominado por una polineuropatía desde hace un lustro. Melvin había perdido la sensibilidad en pies y manos; caminaba con bastón. “En Venezuela no me dieron esperanzas. En el hospital Vargas me decían ¿para qué hacer rehabilitación?”. El propósito de tantas ocupaciones físicas, sentencia Logá, es fortalecer lo que este especialista llama “las potencialidades residuales, lo que aumenta su calidad de vida. Ellos empiezan una rehabilitación, y se van convencidos de que deben seguir trabajando. Salen terapeutas de aquí”. Melvin sabe que no tiene cura, “pero mientras en mi país me decían que me quedara sentado hasta que me muriera, en Cuba me aseguraron que podía mejorar”. Por lo pronto, sus esfuerzos diarios le legaron una recompensa: ahora anda con sus propios pies.