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El Nacional, 19 de Febrero de 2002
Talión
Una cacerola en el shortstop
Earle Herrera
El ex astro de las grandes ligas, Oswaldo Guillén, nunca vio rodar por el short stop una cacerola. Sin embargo, sufrió el embate de las perolas de lujo cuando, con sus amigos del big show, vino a disfrutar –creía él– de la Serie del Caribe. Antes de regresar atormentado a Estado Unidos, escribió en la columna que publica en un matutino (9 de febrero pasado): “Si uno enciende el televisor se queda asombrado de las cosas tan ridículas que están pasando. Las marchas y los cacerolazos ya no son una manera de protestar, sino una guachafita más dentro del desorden general que estamos viviendo. Menos mal que yo no vivo cerca de una avenida principal, porque tengo amigos que se están volviendo locos con el corneteo incesante de los automovilistas que, más que protestar, tienen una rochela de carnaval con bulla”. Squezze-play.
El mago de Oz, quien deslumbró con su guante en cinco equipos de la gran carpa, habla del mal rato que pasaron los peloteros del Caribe: “Salen un día del hotel y encuentran a un gentío vestido de negro, en supuesta señal de duelo, pero igual están bonchando y brincando, tomando whisky 18 en los restaurantes, cometiendo infracciones y botando basura a la calle desde unos carros que con orgullo exhiben una cintica negra en la antena”. A esos, caro Oswaldo, el buen periodismo no los llama chusma, hordas ni turbas, así enchiqueren el diamante desde el dogout hasta los out fielders. Bola ensalivada y carrera sucia.
El brazo del pelotero sigue siendo un rifle de short a primera: “Por cierto –afina la puntería–, el alcalde Peña en vez de estar hablando tanto gamelote, debería estar trabajando más por una Caracas que cada día tiene más problemas sin resolver”. Si el umpire de la inicial hubiese sido el veterano Bratton, seguramente canta “safe”, pero el “slide” del lento corredor fue defectuoso y el disparo del campocorto, mortal. Out de calle.
El superastro no se deja eclipsar por resentimientos de clase y concede una seña a las tribunas: “Si queremos tener un gran país, debemos comenzar por ser mejores personas, y eso no se logra a ¡cacerolazos!”. Y menos mal que el torpedero no pasó por la plaza Francia, donde la “sociedad civil” adoptó a un coronel que lanzó un ultimátum. En esa plaza, otrora, el glamour de la clase media fue guillotinado, cuando se reunió allí para quemar las tarjetas de crédito, su sello de status, por no poderlas pagar debido a los intereses de usura que le clavaron. Día pavoso aquel, negro, de justificado luto. Los banqueros y los que se llevaron los dólares de esa misma gente, hoy marchan con ella. Las víctimas vuelven a la hoguera por sus propios pasos, en compañía de sus victimarios. También le faltó a Ozzie Guillén darse una vueltica por La Casona. Habría visto otra modalidad de la protesta high que tanto lo asombró y desconcentró más allá de la grama corta. Tipas y tipos grandulones manifestando histéricos contra Rosinés, pegándole gritos desgañitados a una niña de cuatro años cada vez que quieren tumbar a Chávez, quien está en el otro extremo de la ciudad. Algo así como si los Yanquis de Nueva York quisieran definir la Serie Mundial jugando con los Invencibles de Cagua, BBC. Puro wild pitch, campeón, puro pass ball.
PS: En la plaza Francia una alcaldesa prohibió besarse. Eso es pavoso. En la plaza Francia un grupo de coco rapados lanzó, por los 80, un movimiento neofascista, de exaltación a la raza pura en un país 99,99% mestizo. Eso, además de pavoso, es peligroso. De allí se podrá salir a la toma de una barquilla, nunca de La Bastilla. No tendrán su 1789 marchando contra casas de familia y confundiendo a Soto Fuentes con Robespierre.