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Caracas, 31 de octubre de 2001.
¿Políticamente
correcto?
Juan Vicente Gómez Gómez.
Vivimos tiempos ambiguos. Vivimos tiempos en que es lo que no debiera ser, en los que lo que debiera ser no es. Vivimos tiempos maniqueos, en los que el bien se confunde con el mal.
Por lo cual sustentar principios está mal visto, criticado; y lo más grave, pueden ser interpretados de manera distinta a lo que ellos significan.
El martes 29 de octubre el Presidente Chávez se pronunció por la paz, que no es otra de las cosas que se cansó de repetir durante su última gira. De manera apasionada, esa es su característica, al referirse a la audiencia privada que le concedió el Papa Juan Pablo II, dijo que junto a él oró por la paz. A renglón seguido y mostrando una fotografía de niños afganos muertos a causa de los bombardeos, desgarradamente señaló: "La matanza de inocentes no tiene justificación. No se puede decir que fue un error. No se puede responder al terror con más terror"
Al día siguiente en Caracas la Embajada de EE UU emitió un comunicado criticando lo dicho por el Presidente y justificando su proceder en Afganistán. Al mismo tiempo el Departamento de Estado convocaba al embajador Ignacio Arcaya, para pedirle una explicación al respecto.
“La matanza de inocentes no tiene justificación”
¿Quién puede cuestionar esta afirmación? Inocentes fueron quienes murieron en los aviones secuestrados, en la torres gemelas de Nueva York, en las oficinas del Pentágono. Como inocentes son las mujeres, viejos y niños que están muriendo hoy, por causa de “errores de cálculo” en Afganistán. Como inocente fueron los que murieron ayer en el barrio “El Chorrillo” de Ciudad de Panamá; lo enajenados mentales del Hospital Siquiátrico de Grenada, o los funcionarios de la embajada China en Belgrado.
“No se puede decir que fue un error”
Ante la muerte de un inocente, de uno sólo, no se puede esgrimir a título de justificación el error.
Tiempos extraños los que vivimos; en los que EE UU, el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, la Organización del Tratado del Atlántico Norte, han justificado la agresión a Afganistán alegando el derecho a la legítima defensa. Y ello se contradice con los principios generales del derecho.
Para que exista legítima defensa se requiere que el daño que se le cause al agresor, no sea mayor que el que pueda recibir el agredido; y que la respuesta a la agresión se produzca en el mismo momento en que se es agredido. Por lo cual si después de ocurrida la agresión el agredido va en busca del agresor, ya no estaremos frente a una legítima defensa, sino ante un acto de venganza. Y eso es lo que estamos presenciando hoy en día en Afganistán. Era de esperarse, tanto más que en un arranque de indignación, políticamente incorrecto, el presidente de EE UU señaló que quería a Osama Ben Laden vivo o muerto.
Políticamente fue una frase desacertada, aunque humanamente comprensible. Como hubiese sido humanamente comprensible que las fuerzas de los EE UU y de sus aliados de la OTAN, hubiesen invadido Afganistán en procura de Osama Ben Laden. No ha sido así. Para proteger las vidas de sus soldados, según afirman, se han dado a la tarea de arrojar miles de bombas sobre objetivos que no justifican el precio de una sola de ellas, así como tampoco el costo de una hora de vuelo de los aviones que las arrojan. Están asolando un país que ya lo estaba por causa de más de diez años de guerra. Y están muriendo cientos de seres humanos cuya única culpa es encontrarse en el lugar equivocado, en el momento equivocado, pero del cual no pueden huir; del que se les impide huir. Esos “daños colaterales” no tienen justificación, por más que se los trate de justificar.
Pongan pues la carne en el asador. Dejen de bombardear. Busquen y capturen a Ben Laden. Sometan a los que lo protegen. De hacer esto creo que la población afgana habrá de unirse a las tropas de EE UU y de la OTAN, como ayer en Italia y Francia la población civil se unía a quienes venían a liberarlos de la ocupación Nazi.
“No se puede responder al terror con más terror”
Eso mismo lo está comprobando hoy la población civil de EE UU. Hace escasamente dos meses su Gobierno se negó a suscribir un Tratado Internacional para proscribir la fabricación de armas químicas y bacteriológicas. Hoy están aterrorizados por la amenaza del ántrax.
Apenas ayer, justo después de finalizada la Primera Guerra Mundial, las potencias involucradas en ella declararon que esa había sido la última guerra. Se creó la Sociedad de la Naciones. Ya sabemos lo que sucedió después, lo que hoy está sucediendo.
Al terror se le derrota combatiendo las causas que lo generan. El ser humano está en la obligación de combatir las causas que lo degradan, que lo alienan de su condición de ser creado a imagen y semejanza del Creador. El terror no podrá ser erradicado con más terror, con más violencia, con más injusticia, con más desigualdad. Eso hoy lo están proclamando intelectuales de la talla de Susan Sontag, Umberto Eco, José Saramago; no sólo Hugo Chávez Frías.
Recordemos que al enterarse Albert Einstein de lo que estaba fabricándose en el Desierto de Los Álamos, él y otros científicos e intelectuales diseñaron un reloj para contar las horas de vida que le quedaban a la humanidad. Hoy deberíamos ponerlo de nuevo en hora, tanto más que el mismo Secretario de Defensa de EE UU, Donald Rumsfeld, ha declarado que el uso de armas nucleares no está descartado en Afganistán.
Por lo cual las declaraciones del presidente de Venezuela podrán ser políticamente incorrectas, pero humanamente no lo son.