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Caracas, jueves 13 de septiembre de 2001.
Carta para una hermana gringa
Juan Vicente Gómez Gómez
Desde el Sur que, para Benedetti, también existe.
Recibí esta mañana tu crónica, contándome lo que Uds. sienten en Washintong a raíz de los acontecimientos del 11 de septiembre. Para mí es valiosa ya que me sitúa en una óptica que no es la mía. Comprendo y entiendo lo que me señalas, y me sirve para reforzar lo que había percibido a través de la televisión. Preferí conectarme con las emisoras de habla inglesa, BBC incluída, ya que tenía la necesidad de interiorizar una forma de pensar que me es ajena. Pero déjame ahora que te sitúe desde mi propia óptica, y habré de reforzarla con dos artículos de El País de ayer, escritos por norteamericanos.
En lo político me entra un fresquito cuando al prepotente le dan en la torre. No puedo sentir lástima por adecos y copeyanos, ¡que se jodan!. Su maldad y cinismo no puede ser objeto de mi conmiseración. Lo mismo me pasa con el Gobierno de los EE UU, me alegró que le hayan dado en la jeta, ellos mismos se lo buscaron. En el fondo este es el análisis al que se refieren los artículos que te mando. Ese es el análisis que se hace en la prensa y televisión francesa; que no en la española, Aznar se ha plegado al Imperio, aunque sí la de muchos intelectuales españoles; desde Antonio Gala hasta Francisco Umbral.
Creo que es hora de que los gringos hagan una análisis de lo sucedido, que se sometan a una profunda autocrítica, ya que esos hechos no son fortuitos. Esa es una sociedad que se sustenta sobre la VIOLENCIA, así en mayúsculas y en negrilla para no tener que desglosarla. Salvo en pequeños grupos no creo la posibilidad de una sana autocrítica, ya que la mayoría no está en condiciones de cuestionar su propio estilo de vida, el fulano "American way life".
Por eso mi indignación cuando los veo rasgarse hoy las vestiduras por los que les acaba de suceder. En el fondo lo que hay es rabia por descubrir que son vulnerables, mejor dicho, que su prepotencia los hizo vulnerables.
Por eso mi indignación cuando se nos quiere vender la idea que lo sucedido anteayer en EE UU es un atentado contra la civilización, contra la democracia.
¿Qué civilización? La de una nación que sólo se preocupa por su bienestar y que se cree facultada para materializar cualquier atropello a escala planetaria. ¿Qué democracia? De la que sólo se benefician los WASP. De la que se da el lujo de tener un presidente producto de un descomunal fraude electoral. De la que acepta un presidente que sólo obedece las órdenes de quienes se manejan en las sombras, que en definitiva son los que controlan el poder en los EE UU.
Esos muertos del Word Trade Center ¿no serán acaso victimas de un sistema perverso? No entro a considerar la responsabilidad que ellos puedan tener en él. Pero sí debo preguntarme si alguna vez se interrogaron sobre lo que esos símbolos significaban. Si alguna vez cuestionaron el aspecto ético de la globalización, del neoliberalismo. No lo creo. El sistema tiene mecanismos para hacerles creer que ellos trabajan en beneficio de la humanidad, que son autenticos patriotas que trabajan para la grandeza de su nación. Los que murieron en el Pentágono, no te quepa la menor duda, serán enterrados con honores militares; los demás cuando menos con una "strars and stripes" sobre el ataúd.
Y tengo también que condolerme por lo que todo esto supone. Tanto más cuando en ello se evidencia lo que es capaz el ser humano, cuando es impulsado por la desesperación. Ayer escribía el intelectual español Raúl del Pozo: ‘El terrorismo es la bomba atómica de los deseperados’, y le doy la razón.
Pero me conduelo también por el ser humano. Por un ser humano que pareciera empecinado en involucionar en lugar de evolucionar. Y aquí tengo que suscribir lo señalado por Teilhard de Chardin cuando afimaba que la humanidad gracias a la coreflexión, puede constituirse en una sociedad unanimizada en la que los cerebros se exaltan y se enriquecen reciprocamente; y que una sociedad que llegue a ese estrato de reciprocidad podría darle un nuevo impulso a la evolución humana. Y estoy también con él cuando afirma que la deshumanización del verdugo, deshumaniza a la Humanidad entera, es decir a cada uno de nosotros, y en cierto modo, todos somos solidarios con los hechos del verdugo, provenga de dónde él provenga.