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El País, 9 de Enero de 2002
Estados Unidos y el nuevo
orden mundial
WILLIAM PFAFF
El mundo empieza el año 2002 en una situación
sin precedentes en la historia de la humanidad. Una sola nación, Estados
Unidos, disfruta de un poderío militar y económico sin rival y puede imponerse
prácticamente donde quiera.
Incluso sin armas nucleares, Estados Unidos
podría destruir las fuerzas militares de cualquier otra nación de la Tierra.
Si quisiera, podría imponer una ruptura social y económica completa casi sobre
cualquier otro país.
Sus propias armas son en su mayor parte
invulnerables, desplegadas bajo los océanos y sobre ellos, o en emplazamientos
fortificados dentro de Estados Unidos. Las ciudades de la nación, si se cumplen
las actuales ambiciones de Washington, pasarán a estar defendidas activamente
por los sistemas antimisiles.
Ninguna nación ha poseído jamás un poder
como éste, ni tampoco una invulnerabilidad comparable. Para muchos en Estados
Unidos y en otros lugares ya parece ser un Estado protomundial, con el potencial
de erigirse en cabeza de una versión moderna de imperio universal, incluso de
un imperio espontáneo cuyos miembros son voluntarios.
La civilización occidental siempre se ha
visto influida por la idea de un imperio universal que sería el homólogo
terrenal del imperio espiritual de Dios. La mayoría del resto de las
civilizaciones no ha tenido esta ambición. Por ejemplo, China y Japón
afirmaban ser exclusivas y superiores, rodeadas de pueblos inferiores incapaces
de desafiarlas o de lograr limitarlas.
Occidente siempre ha dado por hecho que
estaba en posesión de la norma universal, y que el resto del mundo tendría que
acabar adaptándose a los estándares y las creencias de Occidente. Su convicción
de superioridad se inició en la religión, en la que tanto judíos como
cristianos reclamaban la verdad exclusiva, y se tradujo a términos laicos
durante la Ilustración.
Occidente afirmaba que sus nuevas ideas
sobre los derechos humanos, la libertad individual y (según la enunciación
estadounidense) la búsqueda individual de la felicidad eran válidas para todo
el resto del mundo.
En los últimos años, la 'americanización'
de la cultura popular mundial les parecía a muchos un presagio de la inminente
americanización de los valores políticos y económicos mundiales. Los propios
estadounidenses siempre han creído que su sociedad representa lo mejor y lo más
avanzado. De ahí la idea estadounidense común, aunque errónea, de que otros
pueblos 'odian a Estados Unidos' porque le tienen envidia.
Con todo, el país pasó de ser Estados
Unidos de la buena guerra a convertirse en Estados Unidos de principios de la
guerra fría, con lo mejor de la sociedad estadounidense dedicada a configurar
una Europa revitalizada y un nuevo 'atlanticismo'.
El cambio reciente más importante ha sido
la elevación del papel del dinero a la hora de determinar la forma en que se
gobierna Estados Unidos. Jamás fue una cuestión carente de importancia, pero
adquirió una nueva dimensión cuando el Tribunal Supremo resolvió que el
dinero declarado que se emplee para elegir candidatos y promocionar intereses
privados y comerciales en Washington es una forma de libertad de expresión
protegida por la Constitución. Aquello convirtió una república
representativa, en la que todos sus ciudadanos son teóricamente iguales entre sí,
en una plutocracia.
Inevitablemente, la cuestión básica de las
próximas dos o tres décadas será la forma en que Estados Unidos emplee el
sorprendente poder que ahora ejerce. Antes del 11 de septiembre, el país ya
estaba cerca de una universalidad de influencia e incluso dominación de la
sociedad internacional que ningún imperio anterior poseyó jamás. Pero carecía
de la voluntad política para imponerse. El 11 de septiembre proporcionó esa
voluntad.
Lo que es intrínseco a la cualidad de un
imperio es si se impone tanto culturalmente como militar y económicamente. Para
que tenga éxito hace falta la aquiescencia, si no la transformación, de las élites
que son los ciudadanos potenciales del imperio.
Todos los imperios que tuvieron éxito en el
pasado moldearon la historia a través de su poder cultural. Los imperios
occidentales del pasado eran inferiores en escala y poder absoluto en comparación
con Estados Unidos y la posición que ocupa actualmente. Sin embargo, sus
antiguas posesiones coloniales hoy son lo que son debido al impacto cultural del
imperialismo occidental, que es más claro precisamente en aquellos lugares
donde los colonizadores fueron violentamente expulsados en nombre de las ideas
occidentalizadas de los derechos humanos y la independencia nacional.
En cambio, el imperio soviético, que en
1946 incluía la mayor parte de Europa Central y toda Europa del Este y Eurasia,
con puestos avanzados en el Tercer Mundo, se derrumbó en un abrir y cerrar de
ojos a finales de los ochenta, dejando tras de sí el odio hacia Rusia y prácticamente
ningún legado cultural positivo. Los ideales y las ideas rusas, su derecho, su
idioma, su literatura, su arte, sus instituciones de gobierno y sus métodos
administrativos fueron totalmente rechazados en 1989 y 1990. El imperio soviético
se basó en el poder, y en nada más.
Estados Unidos utiliza su poder para dar
forma a un nuevo orden mundial. La cuestión es si este orden se basará
exclusivamente en el poder estadounidense, o si poseerá el dinamismo
intelectual y cultural necesario para evocar una verdadera conversión de
valores, un cambio en la mentalidad de la gente. Entre 1945 y los años sesenta,
Estados Unidos poseyó una preeminencia en Occidente que procedía de sus ideas
y su visión. ¿Se puede repetir eso? Ésa es la cuestión crucial.
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William Pfaff es analista político
estadounidense. © 2002, Los Angeles Times Syndicate International, división de
Tribune Media Services.
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