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3 de Diciembre de 2001
La
retórica del poder
O cuando la realidad no es lo mismo que la palabra.
Catherine García
No
puede existir la noticia verdaderamente objetiva. Aun separando
cuidadosamente comentario y noticia, la elección misma de la
noticia y su confección constituyen elemento de juicio implícito.
Umberto
Eco
Todos conocemos o podemos imaginar el importante papel que desempeñan los medios de comunicación en la conformación de la identidad de los pueblos. La prensa, además de registrar el acontecer, conceptualiza los valores compartidos por una comunidad espacio-temporal específica, da cuenta de los acontecimientos cotidianos de esa comunidad; pero también transmite la opinión de la gente con respecto a los hechos, sus expectativas, sus juicios de valor, y las prioridades que comparte ese grupo de personas que pertenece a un espacio y tiempo determinados. Se podría hablar de cierto fetichismo por todo lo que exprese la prensa, basta que algo salga por la televisión o por los periódicos para que se dé como verdad. Por esta razón, son muchos los investigadores que se han valido de los periódicos, por ejemplo, para escribir nuestra historia, pero, ¿hasta qué punto estos documentos nos acercan a la verdadera concepción de las mayorías? No hay que olvidar que toda construcción que pretende lo universal adolece luego de la exclusión voluntaria o involuntaria; por ello, todo discurso del poder utiliza el recurso de la sinécdoque –que es la figura retórica que nombra al todo por la parte– como su estrategia más notoria. Seguramente dentro de cien años muchos investigadores intentarán estudiar el presente período histórico valiéndose de esta especie de memoria colectiva que llamamos prensa, y es mejor no imaginar a qué conclusión podrían llegar: una visión parcial y en muchos casos falsa de los hechos.
Los periódicos siempre han cumplido una labor muy importante. El periodismo nació en Venezuela en una situación en la que la sociedad era sacudida por los sucesos de la guerra independentista; se podría decir que prestó su tinta para los avatares de las revueltas que signaron esa época. Volantes y hojas sueltas difundieron las ideas de interés público y animaron las sangrientas luchas que se venían librando. Miranda daba importancia suprema al periódico, tildándolo de “civilizador”, y Bolívar hablaba de “hacer la guerra con los papeles públicos”. Se desataba entonces a la par otra guerra en los tipos y galeras que imprimían los periódicos, una guerra de ideas y de fundamento de posiciones que en lo político se mantuvo en el transcurso del siglo XIX: en la Oligarquía Conservadora, en el Federalismo, en el Guzmancismo, en el Legalismo, en el Castrismo y en las diseminadas revueltas caudillescas del interior del país.
Aunque
a lo largo de toda nuestra historia el periodismo dio cuenta de las más
encarnizadas luchas, jamás se había visto lo que ahora acontece. Estamos
viviendo la más salvaje dictadura de los medios y no tenemos opción de
escapar. Programas de radio, telenovelas, programas de concursos, comerciales y,
para colmo de males, hasta las típicas gaitas que pudieran animar el espíritu
navideño, vienen con su dosis letal.
En
estos tiempos que corren el espacio en los periódicos, revistas y
principalmente en la televisión, está ganado a la oposición y aunque la razón
de ser de los medios debería sustentarse en sus receptores y en la función
social que pudieran cumplir, contribuyendo a la formación de la conciencia
ciudadana, antes que nada los medios de comunicación son empresas, propiedades
privadas donde el producto (las noticias) está condicionado por los intereses
del capital editor. Todos sabemos que dentro de la estructura empresarial del
periódico, los periodistas son los últimos en tomar las decisiones; pero ¿dónde
queda el derecho de las mayorías que necesitan legitimar su presencia en el
debate público y dejar escrito su propio papel en la historia?
Muchos
de quienes en otros tiempos cultivaron la lisonja al poder político –cuando
de verdad necesitábamos que defendieran nuestros derechos vulnerados– ahora
se adueñaron de nuestro discurso y, con él, de nuestras opiniones, inquietudes
y pasiones, y lo que es peor, están escribiendo nuestra historia para la
posteridad sustentándose en una tiranía mediática y valiéndose de una
perorata que se vuelve alegato en contra de un fantasma que ellos han inventado.
Manejan a su antojo el vehículo que pudiera servir de canal para la difusión
de ideas, polémicas, críticas y reflexiones del colectivo, y además nos
niegan el derecho a estar informados.
Nadie
en este momento puede negar que los medios presionan la toma de conciencia de la
gente, ¿cómo?, utilizando como estrategia la exaltación de los aspectos
negativos (muchos de los cuales son fabricados intencionalmente) e ignorando
aquellos que nos benefician a todos, para así generar en el colectivo una
sensación de angustia, es decir, sembrando el terror.
En
muchos casos no hay ni siquiera conciencia sobre lo que quieren lograr a partir
de las denuncias, sólo quieren verle el hueso a sus adversarios,
desacreditarlos y nada más.
El
peligro de todo esto es que no podemos negar el poder de penetración que tienen
los medios en la mentalidad, en la formación de la opinión de las personas.
Quienes no tienen acceso a otras alternativas tienen que enfrentar las
veinticuatro horas del día el aluvión de crítica virulenta que se divulga en
los medios, y pueden terminar, en el mejor de los casos, llenos de
incertidumbre. Hasta el humor ya está totalmente politizado, las situaciones de
la vida cotidiana ya no tienen interés y no se generan nuevas orientaciones temáticas.
Todos
debemos plantearnos como proyecto la construcción de un país diferente, asumir
una conciencia social que nos permita buscar la solución a los problemas de la
mayoría y no sólo concentrarnos en nuestros beneficios individuales. Mientras
no exista una conducta constructiva y no se planteen alternativas viables que
nos beneficien a todos, mientras el papel de los medios en este momento histórico
que estamos viviendo sea sólo la negación de lo bueno se ha podido construir,
aventurándose irresponsablemente a un final que ni siquiera a ellos les
beneficiaría; no se puede reconstruir un país.
Debemos
tener acceso a la mayor cantidad de información y de opiniones que se generen
en torno a los temas para que, desde nuestro libre albedrío,
con nuestra capacidad de juicio y sin coacción de ningún tipo, saquemos
nuestras propias conclusiones.