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Rebelión, 12 de Diciembre de 2001
Hugo Chávez en el
laberinto del lenguaje
Kintto Lucas
UNO
De esto hace casi diez años. Corría 1992,
estábamos en la redacción del periódico Mate Amargo de Montevideo cerrando
las últimas páginas, cuando de pronto surgió la noticia de un levantamiento
militar en Venezuela. La información era confusa y las especulaciones no se hacían
esperar. La derecha hablaba de intento de golpe de estado, gran parte de la
izquierda comparaba a los rebeldes con los carapintadas argentinos que habían
impuesto su mirada fascista a los gobiernos de Raúl Alfonsín y Carlos Menem,
muchos no entendían lo que estaba pasando y algunos decidimos reivindicar el
derecho a la duda. Aunque el periódico estaba casi cerrado, no podíamos obviar
el hecho: había que escribir al respecto y acepté el desafío. Desde un
comienzo no creí que se tratara de un intento de golpe de estado como los que
habíamos sufrido en el sur del continente. El lenguaje utilizado tampoco tenía
semejanzas con el de los carapintadas, y el gobierno corrupto de Carlos Andrés
Pérez, que profundizó la brecha entre pobres y ricos, no inspiraba ninguna
confianza.
Lo mejor era empezar por el lenguaje: analizar
primero la imagen de los hechos y su desenlace, y luego, sobre todo, ver qué se
escondía detrás de las palabras escritas y pronunciadas en las proclamas de
los alzados. Del análisis de los hechos se desprendía que no se trataba de un
intento de golpe de estado porque el poder radicaba en el alto mando, que salió
triunfante en el corto plazo al reprimir a los rebeldes, defendiendo el orden
establecido por la corruptela que rodeaba a Carlos Andrés Pérez. Como antes
había defendido la propiedad privada a sangre y fuego ante la llegada de los
desesperados que bajaron de los morros en el Caracazo. Si alguien podía dar un
golpe era justamente el alto mando. Pero fue del estudio de las palabras de
donde surgieron los datos más relevantes. Si me hubiese puesto a mirar el
discurso de los rebeldes desde una mirada de izquierda tradicional tal vez me
hubiese desilusionado porque no reivindicaban a la clase obrera, ni a Marx, ni a
Cuba. Solo reivindicaban la ética de luchar contra la corrupción y la imagen
de Bolívar. Pero eso no era mucho si tenemos en cuenta que los carapintadas
también reivindicaban la lucha contra la corrupción y la imagen de San Martín,
y la dictadura uruguaya también reivindicó a Artigas. Sin embargo al analizar
cada párrafo, empezaban a surgir las diferencias entre el discurso con sintaxis
fascista de los carapintadas y el de los oficiales venezolanos que, si bien no
se definían claramente en lo ideológico, demostraban una vinculación con la
historia de las luchas populares.
Cuando se reivindicaba a Bolívar no era al
militar lleno de latones que impone su poder y representa el nacionalismo
exacerbado, se defendía sus ideas con pleno conocimiento de lo que
representaban. El Bolívar que mostraban aquellas proclamas no tenía nada que
ver con el Artigas de los dictadores uruguayos ni el San Martín de los
carapintadas. Aquel, era un Bolívar humano, no una estatua con uniforme.
A la hora de juntar las piezas del
rompecabezas encontré ese discurso distinto al de los militares conosureños,
encontré un gobierno corrupto apoyado por una cúpula militar desgastada,
encontré un modelo económico que consumió la riqueza del petróleo entre
pocos, encontré el Caracazo como respuesta inorgánica a ese modelo, y la
represión como respuesta orgánica al desespero de la gente. Encontré también
el fantasma de una izquierda perdida en el discurso de la socialdemocracia. En
fin, una historia reciente que daba pautas para armar el puzzle.
A la hora de escribir, empecé por el lenguaje
y opté por descartar totalmente la imagen de golpismo, asumiendo la de una
rebelión. Opté también por desarrollar el análisis del discurso y argumentar
que el hecho en sí ponía de manifiesto un descontento con la conducción política
y económica de un país arrasado por la pobreza. Expliqué también que los
alzados eran un producto puramente venezolano, surgido desde Venezuela, sin una
mirada foránea. Ahí no había carapintadas, ni golpistas, ni militares
progresistas a la uruguaya, ni militares al estilo peruano, ni el populismo
peronista. No era un proceso que se podía encasillar dentro de los parámetros
que utilizaba la izquierda tradicional, o los que usaba la izquierda agiornada
surgida del baldío socialista en el Este europeo y convertida en poco tiempo en
nueva derecha. Sin embargo, se podía percibir el germen de una mirada nueva, no
tan ideologizada como estábamos acostumbrados, pero arraigada en la defensa de
la soberanía, estrechamente vinculada a una razón de ser nacional y hondamente
popular. La base de un proceso histórico distinto que se estaba gestando en
Venezuela y en un sector de las fuerzas armadas de ese país.
Cuando Mate Amargo estuvo en los kioscos,
muchos conocidos de la izquierda uruguaya me llamaron para decir que estaba
dando a un golpista el lugar que no merecía, además defendían a Pérez y
repudiaban aquella rebelión. Optaban así, como los grandes medios, por el
lenguaje del poder, lo que obviamente me tenía sin cuidado.
DOS
Nueve años después me tocó vivir una
historia similar pero mucho más de cerca, cuando en enero de 2000, en Ecuador,
se produjo la rebelión indígena apoyada por oficiales progresistas de las
fuerzas armadas de este país. Los diarios del continente hablaron de golpismo
sin analizar lo que realmente estaba sucediendo. Prefirieron la versión
enlatada al análisis, porque este podía llevarlos a descubrir ante la opinión
pública internacional otra rebelión con contenido popular. Los grandes medios
del continente y alguno que otro despistado de izquierda optaron por el lenguaje
del poder, que no aceptaba una alianza entre indios y militares progresistas.
Hoy esos creadores de opinión publica ponen
énfasis en el paro de los empresarios venezolanos secundados por la burocracia
sindical amiga de Carlos Andrés Pérez, como si se tratara de un paro del
pueblo venezolano. Otra vez el lenguaje que tergiversa. Los patrones pueden
parar gran parte de cualquier país si cierran sus comercios, sus empresas, sus
bancos y sus diarios y sacan de circulación sus buses, pero no es un paro del
pueblo que decide no trabajar para protestar. La gran mayoría del pueblo
venezolano hace años que no trabaja porque fueron justamente esos patrones con
su modelo económico quienes los expulsaron a la desocupación, provocando el
cierre de las fuentes de trabajo. Fueron ellos los que apostaron a la especulación
en lugar de la producción. Los que usufructuaron de las ganancias del petróleo
y ahora quieren entregarlo a capitales extranjeros. Los que prefieren mantener
propiedades rurales improductivas en lugar de promover la seguridad alimentaria.
Sin embargo, tampoco son capaces de perder
dinero con un paro que los beneficia. Por eso solo cerraron las vidrieras, las
oficinas, pero sus fabricas siguieron trabajando a puerta cerrada. Y aquellos
que sí pararon avisaron a sus empleados que esas horas serían descontadas en
el futuro. La burguesía venezolana, como la de cualquier parte, no da puntada
sin hilo. Para poner toda la carne en el asador esperan un apoyo más directo
del país gringo, que con su cruzada antiterrorista y su profundización del
Plan Colombia promete llegar a tierras andinas.
TRES
Para entender el significado del paquete de
leyes que los empresarios tildan de "estatistas" y que "van
contra la modernización" del país, es necesario volver a la guerra de símbolos
y al laberinto del lenguaje. Los sectores dominantes se alinean rápidamente
cuando sienten que el modelo empieza a correr peligro, cuando se dan cuenta que
el proceso histórico se acelera con la promulgación de leyes a favor de los
que menos tienen.
Tal vez el cuerpo legal más emblemático es
la Ley de Tierras y Desarrollo Rural, donde se establece que la tierra y la
propiedad no son privilegios de unos pocos, sino que deben estar al servicio de
toda la población. Este es, sin duda, un primer paso para terminar con el
latifundio en un país donde se necesita producir alimentos. Y por eso, en su
primer artículo determina la eliminación del latifundio como sistema contrario
a la justicia, al interés general y a la paz social en el campo, mientras en el
segundo declara afectadas todas las tierras publicas y privadas con vocación
para la producción agroalimentaria. Nuevamente el lenguaje como parte de los símbolos.
Nuevamente Chávez nos recuerda que aquel
proceso que se inició con la rebelión de 1992 sigue su curso. A veces lento o
vacilante, como diría Zitarrosa, a veces acelerado de más, pero sigue su
rumbo. Nunca se ha detenido desde la rebelión, incluso cuando el actual
presidente venezolano estuvo preso. Los procesos históricos no se detienen.
Queda gente por el camino, sufren marchas y contra marchas, pero no se detienen.
Que lleguen al destino deseado es otra cosa. En todo caso, esta ley de tierra es
una partecita pequeña de ese camino. Una ley que nos dice que los terrenos de
propiedad estatal serán sometidos a un esquema de parcelamiento y las tierras
privadas deberán someter su actividad a las necesidades de producción de
rubros alimentarios.
Que nos asegura además que las actividades
agrarias de mecanización, recolección, transporte, transformación y mercadeo
de productos agrarios se establecerán en forma autogestionaria y cogestionaria,
mediante organizaciones cooperativas o colectivas. Que establece que el Estado
se compromete a organizar un servicio eficiente de crédito agrario incorporando
a las instituciones bancarias y financieras publicas o privadas al mismo, o
creando otras si fuera necesario. Que reconoce el derecho a la adjudicación de
tierras a toda persona apta para el trabajo agrario y da prioridad a las mujeres
campesinas que sean cabeza de familia, garantizándoles, además, un subsidio
pre y post natal por parte del Instituto de Desarrollo Rural. Que tiene en
cuenta la necesidad de afectar el uso y aprovechamiento de las aguas
susceptibles de ser usadas para riego agrario y planes de acuicultura, y
establece que cualquier ciudadano podrá denunciar la existencia de tierras
ociosas. Que garantiza a los propietarios de terrenos privados que se encuentren
produciendo que no tendrán ningún problema.
Si con la aprobación de Constitución
Bolivariana, el esfuerzo para revitalizar la OPEP, la lucha por un mundo
multipolar enfrentado al unipolar del país gringo, y la solidaridad con Cuba,
Chávez demostró que las proclamas de 1992, supuestamente desideologizadas, tenían
contenido, con esta ley de desarrollo agrario deja claro que el contenido también
es parte del proceso histórico, y por lo tanto, se va construyendo y
reconstruyendo con él.
CUATRO
Seguramente el mayor error de Chávez es no
haber logrado todavía organizar e involucrar a la sociedad en un modelo
participativo. Aunque se podría argumentar que en tres años era muy difícil
cuando había que resolver tantos problemas de estructura política y militar, y
cuando había que edificar una base que diese sustento al proceso, como la nueva
Constitución y la política internacional que tanto desagrada al gobierno de
Washington. Es justamente desde Estados Unidos desde donde se ve con mejores
ojos el ataque empresarial a Chávez, porque éste es la piedra en el zapato que
habría que botar cuanto antes. Sin embargo, por ahora el país de Bush hijo
solo apuesta al lenguaje. Y dentro de esa apuesta juegan un papel fundamental
las imágenes adoptadas y recreadas por los cultores de la politología, esa
especie de patología de la postmodernidad, como dije alguna vez.
La primera idea es presentar al populismo como
causante de los males políticos y económicos que padecen los países
latinoamericanos. La segunda idea es mostrar a los gobiernos poco dóciles hacia
las políticas norteamericanas como populistas. En esa guerra de imágenes Chávez
es un populista, aunque la Constitución, las leyes y la política exterior que
está impulsando no tengan nada que ver con una propuesta de ese tipo. Tal vez
se podría aceptar que el estilo de Chávez se presta para que lo tilden de
populista. Pero el estilo de Fujimori y Menem también se prestaba para eso. Sin
embargo, como sus propuestas estaban apegadas al modelo neoliberal eran
"serios gobernantes" y tenían el respaldo del país de Bush. Mucho más
serio es el estado en que quedaron esos países después del paso de estos
personajes por el gobierno. En el lenguaje del poder Chávez es populista, como
seguramente mañana pueden ser populistas Lula si gana la presidencia de Brasil
y Tabaré Vázquez si gana la de Uruguay.
En ese juego de símbolos lo peor está en que
para el lenguaje del poder este "populismo de izquierda" podría ser
considerado como la "antesala del terrorismo". Mucho más luego del 11
de septiembre. Esa es la imagen que fomentan ciertos medios de comunicación y
alguno que otro politólogo en sus creativos análisis. Promover procesos de
oposición al modelo dominante con un lenguaje que se acerque a amplios sectores
es "populismo". Aplicarlo, dependiendo de la circunstancias, podría
ser considerado "terrorismo". Aunque eso dependerá de los momentos
históricos que están por venir.
Es bueno que el Foro de Sao Paulo haya dado su
apoyo al proceso bolivariano, y es mejor que quienes se consideran de izquierda
no duden que la consolidación de ese proceso, más allá de los errores, es una
contribución muy importante para echar por tierra el modelo que nos han
impuesto y la anexión político-económica que intentan imponer con la
implementación del ALCA y el Plan Colombia. De aquel articulo de Mate Amargo a
hoy, se reforzó la convicción de que los procesos históricos son muchos más
ricos que las elucubraciones de cierta izquierda que adapta su cuerpo según
venga el viento. Algunos de los que confundieron a Chávez con un carapintada y
se aferraron a la imagen socialdemócrata de Pérez hoy se han dado cuenta del
error, otros terminaron en la derecha, donde debían estar desde un comienzo.
Valió la pena que aquel artículo apostara por la duda y recurriera a las imágenes
del lenguaje, que ciertamente dicen mucho más que los encasillamientos burocráticos.
Ojalá la izquierda actual con todas sus
vertientes, no cometa el error de dar la espalda al proceso venezolano, porque
en estos días ese tipo de errores pueden costar mucho más caros que antes, y
tal vez ni haya tiempo para lamentar. Fidel Castro, que conoce el laberinto del
lenguaje y cuando no dice nada dice mucho, afirmó al llegar a Venezuela para la
reunión de los países del Caribe, que Chávez estaba viviendo momentos históricos,
"que son los que reconfortan". Son momentos de definiciones, y no se
puede permitir que el tren se descarrile.