"Todo en Domingo" de El Nacional, 31 de marzo de 2002

Encuestas

Pablo Antillano

Las encuestas son unas herramientas de trabajo que ya no sirven para nada. Sólo los propagandistas, los fanáticos y los ingenuos cabezas de ñame creen que los resultados de las encuestas que se hacen en Venezuela son confiables.

Hasta hace muy pocos años, las grandes decisiones de mercadeo y publicidad, las estrategias de promoción y las campañas electorales eran precedidas por sondeos y estudios de opinión pública que gozaban de una alta reputación. En Venezuela se establecieron, por eso, las más importantes empresas de medición de opinión pública, como la Gallup o la gente de la Universidad de Pennsylvania, diestros diseñadores de cuestionarios, y mejores lectores de estadísticas.

En su momento vinieron grandes asesores publicitarios y notorios técnicos de propaganda política como Joe Napolitan o David Garth, grandes lectores e interpretadores de sondeos. Estos gringos le exigían a sus clientes -los comandos de AD o Copei, según el fee- que les suministraran sondeos confiables. El mercado se llenó entonces de encuestadoras muy rigurosas.

Durante más de 30 años la empresa DATOS realizó una encuesta trimestral que proporcionaba una especie de evaluación del Producto Espiritual Bruto a unas doce grandes empresas nacionales. Estos "sponsors", que a su vez se relacionaban con partidos políticos o líderes nacionales, creían a pie juntilla lo que los datos de Zuloaga y Templeton les proporcionaban periódica y disciplinadamente.

MI RESULTADO, TU RESULTADO. Pero hoy, ¿quién demonios puede creer en una encuesta de opinión pública? La política, el enfrentamiento entre chavistas y antichavistas, ha convertido a las encuestas en una tonta mercancía, vulnerable a los intereses del contratante, a la vulgaridad y a la manipulación interesada. Hay tanta basura en el ventilador que hasta la más rigurosa de las empresas investigadoras, hasta las más ingenuas y éticas, carecen hoy de credibilidad. Y la credibilidad es el componente más importante de una encuesta y de una empresa encuestadora.

Como dice Belkis, la vendedora de Adaptógenos: para saber si CocaCola y PepsiCola quitan la sed, tiene que haber sed. Componente indispensable. De la misma manera, las encuestadoras sin credibilidad no son herramientas sino armas de propaganda. La encuesta, aunque sea seria, ha devenido en pamplinas.

Tratar de establecer cuando las encuestadoras perdieron la credibilidad es pan comido: cuando sus accionistas emitieron sus opiniones, cuando filtraron informaciones, cuando dieron los resultados a los medios antes que a sus clientes, cuando vomitaron sus pasiones en los textos interpretativos, cuando tomaron partido, cuando corrompieron los cuestionarios, cuando ocultaron los resultados, en fin. El país se quedó sin encuestas. Ya no hay clientes, sólo intereses.

80% SÍ, 80% NO. El gobierno sostiene que las encuestas serias le favorecen y que, por tanto, la gente lo apoya. La oposición muestra en cambio unas tortas y unas escalas con colores que muestran los porcentajes de síes y de nóes, donde el Gobierno está perdido. Las encuestas de Peña dicen que tiene un alto porcentaje. Las de Chávez dicen tener un alto porcentaje. Este canal de televisión dice que la gana en rating a este otro. Y se jalan las greñas. La encuestadora dice que la gente ama la meritocracia, la otra encuestadora dice que la mayoría detesta la meritocracia.

El público dice: ¡¡no me sirven!!

Cuando la Casa Blanca emprende una ofensiva bélica en tierras remotas, consulta previamente a la opinión pública. Si la encuesta no sirve, su política fracasa. Por eso exige tanto a las encuestadoras. Lo mismo pasa aquí. El país necesita hoy una encuestadora seria, imparcial, técnica, fría, cruel.

Porque el país, dividido, necesita, a pesar de todo, un arbitraje. Recurre a la Corte y no le sirve porque no le parece imparcial. Va a la Fiscalía y no le sirve. Busca a la SIP, que no es imparcial. Busca a la OEA que no es imparcial. Busca a los medios que no son imparciales. De esa misma manera, ha venido buscando el arbitraje en las encuestas, especie de plebiscito virtual, de elección primaria. Y ahí tampoco lo ha encontrado, porque tampoco las encuestas han resultado creíbles, o imparciales. El desenlace, o la conclusión, es inquietante: ¿es que no hay arbitraje posible?

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