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El Nacional, 12 de Noviembre de 2001
30 años después cumplirán el sueño de estar en el Aula Magna
Médicos de las promociones de 1971 de la UCV se graduarán con toga y birrete por primera vez
La intervención de que fue objeto la Universidad Central de Venezuela durante el primer gobierno de Caldera, dejó a más de 600 facultativos con el malestar de un título entregado por rectores interinos, sin sus familiares y bajo vigilancia de la Guardia Nacional. Este diciembre saborearán el desagravio
VANESSA DAVIES
| Les fue vedada esa emoción de estar en el
Aula Magna vestidos con toga y birrete; de escuchar en primera persona
los aplausos de sus compañeros. No se les erizó la piel al escuchar el
himno de la Universidad Central de Venezuela, cantado por el Orfeón
Universitario. En la graduación de algunos –realizada en la secretaría
o en la Torre Lincoln de Sabana Grande- no hubo ni un fotógrafo que
inmortalizara el momento; en la de otros, no pudieron estar ni sus
padres, y en cambio les impusieron a efectivos de la Guardia Nacional
como testigos. La UCV había sido intervenida por el Gobierno de Rafael
Caldera, y los médicos de las 4 promociones de 1971 (647 personas,
entre marzo y diciembre) quedaron con el sabor amargo de que les negaron
un derecho. 30 años después, un acto de desagravio –en el cual les
entregarán un diploma y probablemente un botón- les devolverá parte
del fruto que no saborearon. A 3 décadas de distancia, los 5
integrantes del comité promotor de la “segunda graduación”
desentierran sus historias.
—En 1970 ocurrió lo que nunca debe suceder: la universidad fue allanada y se suspendió todo. El Gobierno depuso al rector Jesús María Bianco, y vinieron rectores interinos: Oswaldo de Sola, Rafael Clemente Arráiz. Como consecuencia, los grados dentro de la UCV no se efectuaron- recuerda Felipe Siso (59 años de edad). —Yo finalicé el 28 de septiembre, y el 3 de octubre allanaron la universidad. Claro, nuestra graduación era para mediados de octubre, y quedó en veremos. Una de las cosas que más lamenté es que el diploma de nosotros estaba ya hecho, y tenía el nombre del rector (Jesús María Bianco, cercado por un Consejo Nacional de Universidades provisorio nombrado por el Gobierno de Caldera, e integrado entre otros por Ernesto Mayz Vallenilla). El nombre de Jesús María Bianco lo borraron, y en mi título pusieron el de Rafael Clemente Arráiz. El grupo de nosotros se “graduó” en la secretaría, con la GN chequeándolo a uno; te cachaban todo antes de dejarte entrar. Era como una violación— rememora Gladys Díaz de Padrón (53 años de edad). |
El allanamiento ocasionó la suspensión de los actos académicos y la humillación de los estudiantes y sus familiares.
Ahora tendrán la satisfacción de vestir toga y birrete.
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—Nos ponían en un pasillo, era como una cárcel. Nos llamaban de 15 a 20, nos sentaban en sillas de hierro. No tuvimos la dicha de que nuestros familiares estuvieran. Tuve la impresión de que nosotros éramos víctimas, y el rector también. Yo no me hubiera prestado para lo que él hizo. Nosotros teníamos derecho a graduarnos en el Aula Magna, así lo dice la Ley de Universidades. Mis dos hijos se pusieron toga y birrete primero que yo— refiere Felipe Siso.
Es justamente uno de sus hijos (se llama exactamente igual al padre y también es médico) el que los animó a organizarse y a proponerle la idea al decano de Medicina, Miguel Requena. “El momento más hermoso de mi vida ha sido el acto de graduación”, admite Siso. “Pero me puse en el lugar de mi padre y me dio muchísimo dolor pensar cómo me sentiría si me quitaran eso que estaba disfrutando. Por eso averigüé si era posible, y busqué un símil”. Para más información sobre el acto conmemorativo, se puede llamar a Emigle León, al 574-2783/2816.
Rumbo al Guinnes
Escucharlos puede ser una experiencia dolorosa. Ingresaron a la UCV en 1964, concluyeron la carrera en 1970, egresaron en 1971 (con varios meses de retraso que casi completan un año). Sin embargo, ya se curaron de espantos: está previsto que en diciembre de 2001 se “gradúen” –quienes así lo quieran por primera vez en el Aula Magna y con toga y birrete de pregrado (aunque algunos lo hicieron en sus maestrías). Pero el anuncio del rector Giuseppe Giannetto de que a lo mejor se suspende la entrega de títulos debido a la huelga de empleados, le toca el espíritu bromista a Felipe Siso: “Nosotros somos una rareza. Quizás nos van a suspender una segunda oportunidad. Creo que si eso pasa, vamos a ingresar al libro de récords Guinnes”. De cualquier manera, y por más que dentro de un mes tengan su homenaje trajeados de negro, hay daños imposibles de resarcir. “Algunos compañeros ya murieron. Nuestros padres, también, y ellos lucharon para vernos con esa toga y ese birrete, y eso no podrá ser”, lamenta Siso. “Eso no lo paga ningún presidente, ningún partido político”, —El acto de graduación en 1971 fue algo muy triste, porque recibimos un diploma de manos de alguien que no era el rector elegido democráticamente. Todos queríamos graduarnos de manos de Jesús María Bianco, y de repente nos impusieron un tipo a la machimberra, y luego otro. Mi acto se hizo en la secretaría, con un grupo de 10 personas. A la entrada de la UCV me quitaron la cédula de identidad; lo mismo le hicieron a mi esposo y a mi mamá. A mi esposo lo cacharon como a un delincuente, a mi mamá le revisaron la cartera. Todavía en las oficinas de la Secretaría nos volvió a cachar la Guardia Nacional. Fue deprimente, no hubo ni un discursito. Yo era la primera universitaria de mi familia. Era rebelde, pero ante todo, estudiante de Medicina— confía Emigle León de Brito (54 años de edad).
Hubo, claro, gestos de dignidad entre los médicos. “Muchos graduandos no le estrecharon la mano al rector interino. Yo no se la di. El me vio muy mal porque, para rematar, era ingeniero y fue profesor de mi esposo”, revive Emigle. “Yo no bajé la cabeza para que me pusieran la medalla. A una compañera le tocó Rafael Clemente Arráiz, que era chiquitico, y ella no quiso bajar la cabeza. ¿Sabes lo que hizo Arráiz? No le dio el diploma, ni la medalla. Aquello fue un lío”, comenta Gladys, risueña. Por la calentera de lo que sufrió Bianco, Emigle jamás montó ni exhibió su título.
No falta, por supuesto, la reflexión sobre la intervención de la UCV. “La allanaron en 1970, éramos bachilleres que habíamos terminado los exámenes, pero no teníamos título. Pasamos 6 meses en eso. La carrera había sido bastante traumática”, desempolva Nancy Negrín de Moreno (54 años de edad).
—La falta de planes para eliminar a los extremistas sin dañar a la universidad, es un crimen que no tiene perdón. De Rafael Caldera tuve la sensación de que dijo “A mí me da la gana de cerrar eso, y lo cierro”. No hubo pensamiento de más allá, no importó el daño que se le hizo al país. Yo, por ejemplo, me casé en quinto año de Medicina, y planifiqué tener mi hija recién graduado. ¡Sorpresa! Mi hija nació, pero mi graduación no ocurrió. Estuve 8 meses haciendo labores domésticas, mientras mi esposa nos mantenía a todos— argumenta Esteban Kondracki. Yo aprendí allí que nadie, ni gobierno ni oposición, ni derecha ni izquierda, ni Federación Médica ni Ministerio de Sanidad, ni partidos políticos, tuvieron consideración hacia nosotros, que ya habíamos terminado la carrera.
Rumbo a la calma
La vida siguió su camino. Los cinco salieron de la UCV, padecieron el poder de las “palancas”, ganaron becas (del Consejo de Desarrollo Científico y Humanístico) para continuar estudiando, trabajaron en hospitales, concluyeron sus posgrados: el de Felipe, en oncología médica; el de Emigle, en dermatología; el de Gladys, en radiología, más una especialización en ultrasonido en Estados Unidos; el de Nancy, en obstetricia y ginecología, además de una maestría en ginecología y esterilidad; el de Esteban, también en Estados Unidos, en microbiología e inmunología, y con una anécdota adicional: “Esa vez me gradué por correspondencia. La única ocasión en que me puse toga y birrete fue como profesor del posgrado del IVIC”. Hoy, 30 años después, los 5 coinciden en que le deben mucho a la Universidad Central de Venezuela. En que son lo que son por lo que en ella aprendieron. En que constituyó algo extraordinario haber formado parte de la UCV. Y prometen sentirse como nunca, cuando el locutor los llame por su nombre en el Aula Magna.